Puerto Rico: su transformación en el tiempo

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Archive for the ‘Eugenio María de Hostos’ Category

Espiritismo y modernidad en Rosendo Matienzo Cintrón (1855-1913)

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 21 abril 2013


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

Fragmento del ensayo “Espiritismo y modernidad: magia e historia en Puerto Rico a principios del siglo 20” en Historias marginales: otros rostros de Jano (Mayagüez, 2007)

Rosendo Matienzo Cintrón nacido el 22 de abril de 1855 fue, sin lugar a dudas, una de las figuras claves del Puerto Rico de la primera década del siglo 20. Su personalidad contradictoria dificulta al historiador de las resistencias políticas y sociales en Puerto Rico eslabonarlo con la tradición rebelde del Puerto Rico del siglo 19, asociada con demasiada facilidad a la figura de Ramón E. Betances, a la tradición de Cuba en armas y a la utopía antillanista. De hecho, el republicanismo radical que siempre caracterizó las posturas políticas de Matienzo Cintrón, no le condujo a converger con el separatismo confederacionista ni con el anexionista. Aquella postura fue un aliciente para tomar distancia del autonomista posibilista muñocista y para acercarse a un sector republicano que se había hecho fuerte dentro de aquella organización. El distanciamiento del muñocismo lo descartó del panorama canónico y la historiografía liberal autonomista lo relegó a un oscuro segundo plano dentro de una tradición política con la cual no encajaba

(…)

La filiación republicana de Matienzo Cintrón se manifestó tras la solución del conflicto militar del 1898. Desde aquel momento en adelante el concepto republicanismo adoptó unos contenidos distintos de los heredados por aquella tradición radical enraizada en el 1791 francés. La revisión domesticó el republicanismo hasta transformarlo en un sinónimo de la política profesional dominante en Estados Unidos. El fenómeno de la fusión, tan criticado por los autonomistas republicanos, los ortodoxos, a la altura de 1897 se reiteraba bajo la soberanía nueva. En los primeros dos bienios del siglo 20, periodo que se caracterizó por el control del Partido Republicano Puertorriqueño encabezado por José Celso Barbosa, el fenómeno se complicó aún más. El nuevo gobierno colonial y sus aliados fueron permisivos en extremo y el republicanismo exigente y la violencia política, entiéndase las turbas,  se transformaron en un dueto ingénito que el espiritista y humanista que había en Matienzo Cintrón no iba a tolerar.

rosendo_matienzo_cintronA pesar de lo que pueda imaginarse el analista, ello no fue suficiente para que el abogado perdiera la fe en la fórmula que identificaba la americanización y la modernización de la sociedad insular. De ese modo traducían algunos ideólogos liberales post bellum los proyectos regeneracionistas que tomarían auge en España después de 1898 marcando a la generación del cambio de siglo. En ambos casos, tanto la intelectualidad insular como la peninsular interpretó que la guerra había implicado la pérdida de una pasado, de una continuidad histórica y responsabilizó a los intelectuales de formular una explicación racional de las causas de aquella escisión. Detrás del regeneracionismo se ocultaba el afán romántico de la recuperación de algo perdido. Lo que se perdía era la presunta continuidad orgánica de la historia. Una historia escindida o discontinua no cabía en las mentes de aquellos intelectuales formados en la tradición ilustrada y positivista que partía de la premisa de la regularidad de los sistemas históricos.

Para el caso de Puerto Rico la situación resultaba más anómala. Garantizar esa continuidad perdida implicaba aceptar las bondades de la americanización material. La regeneración soñada dependía, en última instancia, de la presencia de Estados Unidos en la isla y de la integración de la parte al todo. La percepción de la anexión o la estadidad como una meta histórica valorable se afirmó en aquel sector ideológico. El impacto de la situación en Matienzo Cintrón es incierto, pero durante los años 1902 y 1903, se involucró en dos campañas pública disímiles solo en apariencia que vale la pena comentar brevemente: la de la unión y la del espiritismo. No se trata, debo aclarar, de un simple proceso de radicalización político social. En aquel contexto las ideas de Matienzo Cintrón resultaban lo suficientemente novedosas como para calificarlo como un revolucionario sin haber pisado aún la frontera de independentismo o de la izquierda. Se trata de un encuentro de corrientes paralelas de sistemas ideológicos que por alguna razón, comenzaron a caminar juntos en busca de un mismo propósito.

La primera de las campañas la inició probablemente hacia 1902,  cuando comenzaban sus disgustos con el Partido Republicano, y fue dirigida a crear la “Unión de Puerto Rico”, frente o asociación no electoral que, de hecho, se haría llamar en 1904 “agrupación de patriotas” a la vez que afirmaba que no tendría el carácter de “partido combatiente”.  La idea de la unión no era una novedad en el ámbito puertorriqueño. La Liga de Patriotas ideada por Eugenio María de Hostos es un antecedente interesante de la misma. En el documento “A los puertorriqueños” firmado en Nueva York el 10 de septiembre de 1898 el mayagüezano sintetizaba los fines de la organización. Por un lado, poner “a nuestra madre isla en condiciones de derecho” y “educar a un pueblo en la práctica de las libertades.”  La meta de Hostos era simple: “salir del pasado ibérico y entrar en el porvenir americano.”  El principio del borrón y la historia nueva era la actitud dominante. La Liga reclamaba con extremo candor la subordinación de las ideas políticas personales al “porvenir de nuestra isla”  voluntad que implicaba la subordinación de la política partidista al poder social.

El artefacto político propuesto por Hostos para enfrentar la situación de derecho era el plebiscito para “llegar a un convenio de gobierno temporal de los Estados Unidos en la isla”  y determinar al cabo si los puertorriqueños querían o no ser ciudadanos americanos. El corolario del proyecto consistía en “ayudar a los puertorriqueños a entrar con entero dominio de sí mismos en la verdadera y efectiva nueva era” y “ayudar a los americanos a americanizar la vida toda del país.”  Americanización y modernización se comprendían como sinónimos y como parte de un proceso inevitable que se debía auspiciar y celebrar. El modelo de aquel convenio colectivo del poder social se sustraía de la percepción que Hostos tenía de la sociedad estadounidense como un orden racional que los capacitaba para articular sanas “políticas de compromiso.”

Del mismo modo, en abril de 1899 José J. Henna propuso a Luis Muñoz Rivera, con el visto bueno del Comisionado en Washington del Partido Republicano el novelista Manuel Zeno Gandía, la consolidación de una unión puertorriqueña para hacer ciertas reclamaciones al gobierno de Estados Unidos. El proyecto pretendía comprometer a los tres líderes con el propósito de “facilitar el olvido de las pasadas luchas políticas, excluyendo el nombre de los ya disueltos partidos.”  De lo que se trataba era de afianzar una precaria solidaridad sobre la base del olvido del pasado hispánico, en la medida en que se ponía coto al afianzamiento de cualquier poder unipersonal. La meta última era, igual que la del proyecto de la Liga de Patriotas, promover un proceso plebiscitario que autorizara el ingreso de Puerto Rico a la unión americana.

El acuerdo de abril de 1899 no prosperó. De acuerdo con la documentación Muñoz Rivera alegó “que no podía haber acuerdo porque él representaba el Partido Liberal; Henna al Revolucionario; pero Zeno aunque Comisionado a Washington no era Jefe de Partido ni representaba a nadie. Los partidos Revolucionario y Liberal se habían evaporado con la guerra.”  La percepción de que un tramo de la historia había terminado con las eventualidades de 1898 era utilizada ahora para sabotear las posibilidades del proyecto político unitario ante Estados Unidos. El hecho de que la oposición hubiese venido de Muñoz Rivera no tiene que sorprender a nadie dada la actitud caudillista que siempre caracterizó al conflictivo político de Barranquitas. El cabecilla no parecía muy dispuesto a olvidar el pasado histórico. Para Muñoz Rivera el orden de los partidos políticos modernos estaba muy por encima del utópico poder social presentado por Hostos.

La “Unión puertorriqueña-americana” que propuso Matienzo Cintrón desde julio de 1902 estaba intrínsecamente vinculada a aquellos esfuerzos fallidos. Las circunstancias eran un tanto distintas. Desde el 1ro. de mayo de 1900 Puerto Rico había estrenado un régimen colonial civil mediante el estatuto Joe Benson Foraker. Las discusiones para la aprobación del estatuto habían hecho pública toda la desconfianza que tenían los congresistas de Estados Unidos en cuanto a la capacidad de los puertorriqueños para el gobierno propio o los merecimientos que poseían para gozar el privilegio de la ciudadanía americana.

Matienzo Cintrón consideraba fundamental que la organización fuese capaz de unir las voluntades de los puertorriqueños en un reclamo para la solución definitiva del problema estatutario del país a la vez que se desarrollaba una política más atrevida para confrontar los problemas económicos del país. La sintonía de este proyecto con la propuesta teórica hostosiana es notable: los dos debían mucho al positivismo y al pensamiento crítico del siglo 19. Del mismo modo, existe una distancia notable entre aquella concepción y la tosca traducción que Luis Muñoz Rivera hizo del concepto a partir de 1904. El Partido Unión de Puerto Rico, aunque les aseguró el poder hasta 1928, mucho les costó en términos del anquilosamiento ideológico y la confusión en que redundó. La “Unión de Puerto Rico” se imaginó como una gran fraternidad, utópica ciertamente, capaz de traducir la voz de todos los puertorriqueños ante una realidad que se consideraba opresiva. Cuestionar la supremacía la capacidad de los partidos políticos para resolver un dilema de aquella índole era problemático por el hecho de que aquel tipo de organizaciones representaban uno de los mayores logros del orden burgués y la democracia liberal representativa o delegativa. La experiencia de los partidos políticos en Puerto Rico apenas había iniciado, con muchas limitaciones, en 1871. Decir a la altura de 1899 o 1903 que aquellos artefactos que tanto había costado perfeccionar no representaban una alternativa viable resultaba difícil de comprender para la clase de los políticos profesionales.

(…)

La “Unión”  propuesta por Matienzo Cintrón, transformada por la fuerza de los hechos en Partido Unión de Puerto Rico, tan sólo usó el mito de la fraternidad sostenida por el frágil andamiaje que significaba “Base quinta”  para  tratar de comprometer a las mayorías puertorriqueñas para fines electorales y garantizar su control del presupuesto. El unionismo no era más que una fachada y un arreglo de lenguaje. El poder hegemónico del muñocismo dentro de la organización era evidente.

(…)

Parece obvio además el hecho de que el independentismo colectivamente visto nunca interpretó a José de Diego como un traductor fiel de lo que aquella propuesta ideológica contenida en la Base Quinta defendía. Ese fue el caso de Luis Lloréns Torres y Nemesio R. Canales quienes hicieron de de Diego el centro de sus más acerbas críticas de manera reiterada en la medida en que la Unión de Puerto Rico se convertía en una organización política colaboradora del establishment colonial.  Todo ello sirvió de cimiento para que en 1912 se consolidara una asociación independentista, denominada con el mismo lenguaje que se había designado a la Unión, llamada Partido de la Independencia de Puerto Rico al margen del independentismo dieguista.

La meteórica presencia de aquel independentismo en la segunda década del siglo 20 puertorriqueño, es uno de los fenómenos más interesantes de toda la historia puertorriqueña. Lo curioso es que la propuesta atrajera a un segmento significativo de los unionistas de 1903 que se disgustaron con el proyecto político partidista de unión de Muñoz Rivera. El partido o asociación no fue interpretado como una alternativa viable en su tiempo.

(…)

La segunda de las campañas de Matienzo Cintrón estuvo dirigida a consolidar la Federación de Espiritistas de Puerto Rico bajo la nueva soberanía en Mayagüez a partir del año 1903. Matienzo Cintrón fue uno de los oradores invitados a la asamblea fundacional que escogió a Francisco Vincenty como primer presidente.  Aquella organización se convirtió, por lo menos hasta 1913, en un influyente órgano patriótico y creador de opinión dentro del país. No se trataba sólo del compromiso humanitario que siempre fue una de las claves del espiritismo organizado desde el último tercio del siglo 19.  La Federación de Espiritistas se interpretó a sí misma como un cuerpo cívico –no sólo religioso o ético- centrado, igual que la “Unión de Puerto Rico”, en aquel concepto de la fraternidad que se había convertido en un lugar común entre buena parte de las elites intelectuales más significativos de aquel periodo. De hecho, todavía en 1913 cuando se consolidó el órgano literario modernista por antonomasia la Revista de las Antillas, pieza clave de la bibliografía de afirmación nacional del siglo 20, Nemesio R. Canales y Luis Lloréns Torres hacían voz común en el texto “Vendimia literaria” para asegurar que las metas del proyecto literario eran el “progreso” y la “fraternidad”,  los mismos objetivos de la referida Federación de Espiritistas. Había un consenso tácito que percibía que la modernidad se encontraba en una situación de crisis que había que enfrentar de algún modo. La espiritualidad y la estética fueron dos mecanismos primados en la confrontación de aquel proceso.

Si en términos de la búsqueda de la fraternidad Matienzo Cintrón caminaba al lado de su generación, en otros ámbitos representaba un contrapunto que es meritorio recordar. Su espiritismo kardeciano militante penetraba, por decirlo así, las ideologías que defendía. Su visión de mundo era, primero, la de un espiritista. Era a través de ese crisol que interpretaba los otros ámbitos de su ideología.

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La Ley Foraker y la política en Puerto Rico: unas impresiones

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 9 mayo 2012


  •          Mario R. Cancel
  •          Historiador y escritor

La aprobación de la Ley Foraker por el Congreso de Estados Unidos, desmovilizó a las vanguardias políticas Independentistas y Estadoístas. La misma fue obra de Joseph B. Foraker (1846-1917) , gobernador de Ohio en 1886 y Senado por ese estado entre 1897 y 1909. Foraker había sido uno de los testigos de la expansión estadounidense en el Caribe español y llegó a ser contendor de William Taft para la presidencia. No se trataba, por lo tanto, de una figura menor en el republicanismo del cambio de siglo 19 al 20.

La razón para ello fue que la nueva situación jurídica impuso un “compás de espera” al asunto de Estatus definitivo de Puerto Rico. El inmovilismo estimuló un proceso de realineamiento político  que conllevó la revisión de muchas de las  tácticas de lucha política al uso. Uno ejemplo de ello fue la cuestión de la resistencia armada, medio que había defendido los separatistas de tendencia independentista y anexionistas a los largo del siglo 19: las armas dejaron de ser una opción por lo menos hasta 1930.

Joseph Benson Foraker

Senado Joseph Benson Foraker

Transición y ajuste: las tendencias políticas bajo la soberanía americana

Entre 1898 y 1903  Puerto Rico vivió un cuestionable auge anexionista y la Utopía Estadoísta se impuso como la opción de las mayorías. Las implicaciones de ello fueron que americanización administrativa, jurídica y económica de Puerto Rico, fue interpretada como un valor y parecía obtener el consenso de las mayorías. La promesa de Modernización del 1898 parecía tener la confianza total de los puertorriqueños. A pesar de que la americanización cultural también tuvo sus defensores, la misma se convirtió en la proverbial manzana de la discordia. La cuestión de la cultura fue la semilla de la cual surgió una nueva versión de la resistencia al americano. Aquella resistencia se caracterizó por su Nacionalismo Cultural y la reapropiación de la cultura local, vista como nacional,  y la revalorización de las raíces hispánicas, rechazadas por la fiebre de la americanización que marcó al 1898. La hispanidad se centró en dos signos cruciales: el catolicismo y el idioma español.

El auge anexionista se materializó en el hecho de que en las elecciones de  1900 y 1902, el Partido Republicano Puertorriqueño de José Celso Barbosa, se impuso en las urnas de una manera cuestionable. El opositor,  Partido Federal Americano de Luis Muñoz Rivera, no estuvo conforme con los procesos e hizo reiteradas acusaciones no solo de fraude electoral, sino de que  las autoridades estadounidenses favorecían a aquel partido Estadoísta. La situación no era muy distinta a la de fines del siglo 19, cuando el Partido Incondicional Español se imponía en medio de procesos electorales fraudulentos. La política produjo actos de violencia contra los Federales, encabezada por las Turbas Republicanas encabezadas por el militante José Mauleón y lo cierto es que la Insular Police, de reciente creación, no actuaba contra las Turbas con el rigor que se esperaba de un cuerpo policiaco justo.

El giro ideológico de 1903: características

En 1903 algo sucedió: la Utopía Estadoísta comenzó a mostrar signos de fragilidad. El orden Foraker dejó claro que la Estadidad no sería concedida o impuesta en lo inmediato. Lo mismo podría alegarse con respecto a la Independencia o la Confederación de las Antillas en cualquiera de sus versiones. Ese mismo año, se realizó una encuesta de opinión sobre Estatus organizada por La Correspondencia de Puerto Rico, un  diario de circulación general dirigido por el Dr. Manuel Zeno Gandía, escritor y padre de la novela moderna en el país. Encuestadas más de 50,000 personas, la mayoría favoreció la Independencia y la Confederación de las Antillas como solución última a la relación colonial con Estados Unidos. El estadoísmo declinaba a pesar de que detentaba el poder. Casi me atrevo a decir que la prédica pública de Eugenio María de Hostos y la Liga de Patriotas, había surtido su efecto.

La situación condujo a la creación de un nuevo instrumento de oposición. Se trataba de un movimiento amplio no electoral denominado Unión Puertorriqueña, articulado por el Maestro Masón, espiritista y abogado,  Rosendo Matienzo Cintrón. La Unión Puertorriqueña proponía crear el equivalente a un frente anticolonial por medio de una organización cívica, no partidista y no electoral, que recordaba la Liga de Patriotas hostosiana. Matienzo Cintrón ejecutó una campaña promocional en la prensa durante los años 1903 y 1904, momento en el cual la estabilidad del poder del Partido Republicano Puertorriqueño se vino al piso.

Algo, sin embargo, cambio el panorama. En 1904, Luis Muñoz Rivera regresó de Nueva York a la isla y adoptó la idea de la Unión Puertorriqueña como suya. Sobre la base de su bien ganada influencia, desde antes de 1896 era una de las figuras más notables en la contienda insular, la presentó como una opción en la asamblea del Partido Federal Americano celebrada los días 18 y 19 de febrero de aquel año. Durante la misma, el Partido Federal Americano se disolvió y se reorganizó bajo el nombre de Partido Unión de Puerto Rico. La unión seguiría siendo la meta de la organización, pero la forma de manufacturar la misma tomó una forma distinta. En lugar de disolver a los partidos en un frente amplio cívico, se aspiraría a consolidar la diversidad en un partido político nuevo con la finalidad de tomar el poder mediante las urnas.

El Partido Unión de Puerto Rico: programa

La organización rechazó la Ley Foraker de 1900 por su carácter colonial, pero aceptó las contiendas electorales como un espacio legítimo de lucha. Al enfrentar la cuestión  estatutaria, favoreció cualquier forma de estatus no-colonial,  igual que la Liga de Patriotas de Hostos

La Base 5ta de su programa incluyó la Estadidad, la Independencia o el Self-government, así identificado en inglés, siempre y cuando el mismo fuera no colonial.

El concepto Self-government apelaba a la idea de Autonomía Radical de fines del siglo 19, en el sentido que le había dado Román Baldorioty de Castro, entre otros, incluso Hostos a la altura de 1867. Una forma de comprender ese concepto es mirarlo a la luz de los actuales conceptos jurídicos de la República Asociada, la Libre Asociación o el Free Associate State. En cuanto a la Independencia, lo que seducía era un sistema bajo el protectorado de Estados Unidos, tal y como se entendía, por aquel entonces, la relación de la república de Cuba, bajo la Enmienda Platt, con Estados Unidos. Igual que Cuba, la República de Puerto Rico, debía hacer concesiones militares y económicas a Estados Unidos para garantizar su seguridad, según formuló años más tarde el abogado José de Diego Martínez.

Puerto Rico USA ¿hacia dónde?

La coyuntura abrió una era nueva en el país. El Partido Unión de Puerto Rico dominó las elecciones desde 1904 hasta 1932. En 1904 ganó todo lo distritos electorales menos Aguadilla y Ponce. En las elecciones de 1906 y 1908, coparon todos los distritos sin excepción. El Estadoísmo estaba en retroceso, sin duda. Pero ello no significaba que hubiese desaparecido del panorama. La “luna de miel” con los invasores estaba condenada desde 1900 sin duda. La relación entre la metrópoli y la colonia no sería la misma desde aquel momento.

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Documento y comentario: Betances ante la invasión de 1898

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 12 julio 2010


Carta Núm.1 De Ramón E. Betances a  Julio Henna

Arcachón (Gironde), 16 abril ’98

Querido Julio:

La noche del día en que usted me escribió (primero de abril) estaba yo moribundo. Me dio un ataque de opresión (uremia) al llegar de París, que se repitió el 5. Después me quedé con congestión pulmonar doble y todavía no he salido, en este país donde el tiempo es primaveral, sino un par de veces a tres o cuatrocientos pasos del Hotel. Espero reponerme un poco para volver a París.

Sección de Puerto Rico (1896)

Contesto su carta: Veo que está usted siempre muy excitado contra Estrada y usted me perdonará hacerle algunas reflexiones que no tienen más objeto que el bien de la revolución en Puerto Rico. No se exaspere tanto. Lo más que necesitamos es unión. Es bueno ponerse en su lugar y yo me pregunto si cualquier otro cubano, en su lugar, no hubiera hecho otro tanto, y si teniendo a su disposición de armas para Puerto Rico, donde la sublevación era problemática, no hubiera echado manos de esas armas urgentemente pedidas por sus compatriotas próximos a ser degollados. Además, no hay que juzgar a todo un pueblo por uno de los suyos. Estrada no es Cuba, y allí tenemos gran número de simpatizantes, desde Masó, Gómez, Calixto, Mayía, Miró, Lacret y otros Generales, entre los cuales figuró Antonio Maceo, hasta nuestros capitanes y tenientes borinqueños.

Cálmese y obremos de acuerdo. Así estaremos seguros de alcanzar más pronto nuestro objeto. Porque hay que desengañarse: la América es una gran nación pero no le es simpática a todo el mundo. Es claro que, si no se puede obtener otra cosa, valdría más llegar a formar un estado en la Unión que seguir siendo españoles; pero ninguno de nosotros tiene el derecho, como los jefes africanos, de coger el país y entregarlo a un poder extranjero. Esa decisión no le pertenece sino a todo el pueblo portorriqueño. Yo doy mi nombre para la revolución; no para la conquista de mi tierra.

Ya usted ve que en esas condiciones no le puedo dar importancia a la «Revolución» de los clubes de Santo Domingo.

***

Hablemos ahora de mí. Yo que nunca he temido a nada en este mundo, tiemblo al pensar lo que habrá de ser mi situación cuando vuelva a París. En otra ocasión le escribí a usted que apenas me quedaba clientela alguna como médico. La que una vez fue suficientemente numerosa, la he descuidado para dedicarle todas mis actividades a la causa de Cuba. Hoy soy como un apestado con quien no quieren cuenta aquellos que quieren seguir bien con España; y los hay que cuando me ven llegar, me huyen, temerosos de que voy a pedirles para la causa de Cuba.

Naturalmente que hay excepciones en este último terreno, pues son muchos los que mensualmente contribuyen espontáneamente con cantidades generosas; pero esto es lo que tiene que ver con el Agente de Cuba. El doctor Betances, como tal doctor, no tiene clientela y ha tenido, para vivir, que ir vendiendo todo aquello que tenía precio y podía venderse fácilmente. Sólo me queda un objeto de arte, y precisamente por serlo, nadie quiere comprarlo. Me refiero al célebre retrato que me hizo el pintor español Domingo, que figuró en la Exposición de París, y que fue tan admirado. Nadie compra un retrato del doctor Betances, aunque lo haya pintado el celebrado pintor Domingo. Veremos.

Betances

Carta Núm. 2: De Ramón E. Betances a Eugenio María de Hostos

París, 7 de junio de 1898

Querido Hostos:

Ya debe usted haber llegado a esta fecha al centro de operaciones. ¡Cuánto me alegro!

Por desgracia yo estoy también muy lejos y por mil razones no puedo hacer como usted. Conviene mucho que usted esté ahí y que, como yo, haga presión todo lo posible sobre Henna, para que se mueva hasta obtener para Puerto Rico las mismas concesiones, siquiera, que se le hacen a Cuba.

Ya usted sabrá las exigencias de los americanos.

1. ° Puerto Rico entregado a los Estados Unidos, definitivamente, como indemnización de guerra.

2. ° Cuba entregada temporalmente hasta que los cubanos hayan organizado un gobierno.

Y tenemos que los puertorriqueños, bajo la influencia española, pretenden resistir a la invasión americana. Los jíbaros no sueltan su escarapela sangre y oro del sombrero, y se arman con decisión. Esta situación puede traer a la isla inmensas desgracias.

New York Times (1898)

He perdido mi tiempo queriendo abrir los ojos a los políticos españoles, para que tratásemos directamente sobre la base de nuestra independencia lo que hubiera impedido la intervención yankee y habría sido aceptado por el pueblo. No ha sido posible hacerles comprender esta necesidad, que les habría conservado nuestras simpatías y ventajas comerciales, además de una indemnización.

Por otro lado me parece que Henna no se preocupa sino de arrancar la isla de manos de los españoles, aunque caiga luego en la de los americanos como territorio.

Le he escrito que deben dos o tres formarse en comisión, ponerse a la voz con el gobierno yankee y hablar claro; esto es, decir la verdad: Puerto Rico no quiere pertenecer a la Unión. Está resuelto a resistir. Esto puede producir desastres irreparables. América debe ser generosa. No puede pedir que nos sometamos a una conquista, cuando casi todo nuestro comercio y nuestras industrias hemos de tenerlo con ella. La independencia para nosotros es nuestra salvación y para los americanos una fuente más considerable de riquezas.

Un pueblo pequeño en un país muy poblado no puede hacer más que trabajar, para ser feliz, etc., etc.

Yo estoy preparando aquí el terreno para ver si se puede ejercer alguna influencia sobre los hombres de Madrid y sobre los de Washington.

Escríbanle a Henna en el mismo sentido. Yo lo he hecho ya y seguiré haciéndolo. Henna desgraciadamente es muy yankee, pero va equivocado, y le he escrito que sería un crimen de parte de nosotros, exponer el pueblo puertorriqueño a las desgracias que puede traer una resistencia ciega.

La independencia absoluta es lo que puede salvarnos. Yo creo que estaremos; para ella, en mejores condiciones todavía que los cubanos.

Yo le hubiera ya escrito a Máximo Gómez y a Calixto García, haciéndoles estas reflexiones; pero creo que mis cartas no llegarán a sus manos. Vea si de ahí usted puede hacerlo directamente.

Esta situación me llena de inquietud.

***

Entiéndanse también en ésa con Guzmán Rodríguez (de Añasco), que está en Macorís expulso. Le escribo que se vea con usted.

***

En este día se ha corrido la noticia que hay revolución en Santo Domingo.

Trabajemos en bien de nuestra pobre «islilla», que puede hacer la felicidad de su millón de habitantes, si tenemos la fortuna de ver nuestro sueño realizado.

Con un abrazo cordial.

Betances

Tomadas de Ramón Emeterio Betances, Las Antillas para los antillanos. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1975. págs. 239-241 y 258-261. Prólogo de Carlos M. Rama.

Comentario:

La carta a Henna, escrita desde Arcachon, cerca de Burdeos, donde convalecía de insuficiencia renal. Su situación de salud ya no mejoró del todo. Betances, además, había sufrido el rechazo de un sector de la migración cubana en París y no se encontraba en una buena situación económica. Por otro lado, la guerra se cernía sobre la inmigración y el exilio, hecho que reclamaba revisar las tácticas para poder enfrentar el proceso y sacar ventajas del mismo. El 15 de febrero había ocurrido el hundimiento del Maine. El 28 de marzo, una Comisión investigativa americana determinó que la causa del incidente era una mina, conclusión que negó una Comisión española. El 25 de abril Estados Unidos declaró la guerra a España. Pocos días después del 25, Betances tuvo una reunión con el influyente Embajador de Estados Unidos en Francia, Gen. Horace Porter, como parte de las indagaciones del diplomático en torno a la frágil situación financiera de la monarquía española.

Gen. Horace Porter

La carta a Hostos, escrita desde París se redacta tras el bombardeo de San Juan el 12 de mayo y poco después de la movilización de la Marina hacia las costas de Cuba. En ella Betances ha definido una táctica que espera acelere la consecución de la Independencia de Puerto rico en el marco de la Guerra Hispanoamericana. Los documentos reflejan, pues, la tensión de Betances ante los hechos que se aceleran sin control.

La propuesta de Betances es simple. Primero, hay que evitar las tensiones entre cubanos y puertorriqueños hasta donde sea posible y mantener la unidad. Henna deberá tolerar las actitudes de Estrada Palma en nombre de los fines estratégicos del proyecto revolucionario. La expresión “América es una gran nación” demuestra que todavía se confiaba en que la invasión de Estados Unidos abriera una puerta para la independencia. Betances debía afirmar ese hecho en particular ante Henna quien defendía públicamente la anexión. Todavía anexionistas e independentistas podían trabajar por una causa común. La voluntad francamente modernizadora y progresista de Betances, le lleva a afirmar que “valdría más llegar a formar un estado en la Unión que seguir siendo españoles”. Eso no lo convertía en un anexionista como han alegado algunos comentaristas: le afirmaba como antiespañol y le ponía en posición de convencer a Henna de que debían y podían aunar esfuerzos “contra España” por encima de su divergencias estratégicas.

Segundo, aprovechar que el destino de Puerto Rico dependía del destino de Cuba. Betnaces recomienda que se evite resistir a los invasores porque ello “puede traer a la isla inmensas desgracias”. Que se cree una Comisión que informe a los americanos que “Puerto Rico no quiere pertenecer a la Unión” y de ese modo impedir pacíficamente la anexión. Negociar un acuerdo y convencer a estados Unido de que un Puerto Rico soberano será “una fuente más considerable de riquezas” que uno anexado. La nota a Hostos demuestra que, en ese momento, confía más en su capacidad para enfrentar en conflicto que en la de Henna. El camino de la Independencia lo abrirá la diplomacia inteligente. No contaba Betances con que Hostos no favorecía esa táctica sino el plebiscito racional, como articuló luego en la Liga de Patriotas.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

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