I
Sabido es por los documentos publicados en Nueva York por los rebeldes, que la insurrección de Yara se incubó en las escuelas, se atizó con proclamas incendiarias y calumniosas contra España, se le dio cohesión con la propaganda de El Siglo y que otras varias circunstancias concurrieron a extraviar la opinión pública en las Antillas. Pero lo que no se sabe sino de un modo imperfecto es que las escuelas, los papeles subversivos, la prensa pseudo-reformista, la literatura indiófila y los demás manantiales de aguas laborantes no fueron más que arroyos que confluían a un punto céntrico oculto, donde estaba la gran manufactura del separatismo. Todos los signos exteriores de la, al parecer, latente conspiración no eran más que las arterias de un cuerpo cuyo cerebro era invisible. La gran manufactura, el cerebro del laborantismo que precedió a los acontecimientos de Lares y de Yara, estaba en las sociedades secretas, sociedades que a la hora en que estas líneas trazamos existen reorganizadas en Puerto Rico.
(…)
Si al siguiente día de ocurridas las escandalosas escenas de la noche del día 23 de setiembre en Lares, se hubiese constituido allí el alcalde mayor Navascués, celoso servidor de España e inteligente criminalista, muchos secretos habría descubierto en sus indagatorias, porque a aquel íntegro juez no se le ocultó desde las primeras diligencias que hizo en Ponce que la insurrección se había organizado en las sociedades secretas, y su mayor deseo ha sido perennemente recoger cuantos detalles pudo sobre estos centros de la traición. Pero los rebeldes habían tenido tiempo de destruir sus papeles, pues hasta el día 6 de octubre no se constituyó el juzgado en Lares, es decir, trece días después de los acontecimientos del 23 de setiembre cuando las personas más importantes habían sido imperfectamente indagadas por el alcalde Mediavilla y por su sucesor San Antonio, sin sacar nada en claro, inmediatamente después de desalojados los insurrectos, sobre cómo se había tramado la rebelión, y a no ser por una gran casualidad, que fue causa, como en otro lugar referiremos, de que el coronel Iturriaga, comandante militar de Arecibo, prendiese el 21 a don Manuel María González, presidente de la sociedad secreta de Camuy, situada en el barrio del Palomar y denominada Comité Lanzador del Norte número 1, de seguro que ignoraríamos del todo la organización general de estas numerosas asociaciones. La prisión de este prominente cabecilla ha sido el motivo principal de que abortase el movimiento general que se tenía acordado hacer el 29 simultáneamente en toda la Isla, y dio ocasión a que cayera en manos de la autoridad el borrador del Reglamento formado por nosotros los fundadores de la Asociación para la libertad e independencia de la Isla de Puerto Rico.
(…)
II
He aquí las bases generales de las mencionadas asociaciones. Sus miembros eran de tres clases: maestres, priores y hermanos. En cada pueblo de la Isla debía de haber un maestre, y en la capital, en Mayagüez o en otro punto residía el maestre director o sea el jefe general de todas las sociedades.
Para ingresar en la última escala, en la categoría de hermano, era preciso tener buenas costumbres; no ser el afiliado, por ejemplo, dado a la bebida para que no pudiera involuntariamente revelar los secretos o la existencia del club: los maestres y priores eran los que autorizaban o rehusaban la entrada de un hermano. Antes de iniciárseles se les leía un manifiesto antiespañol que suponemos sea una de las proclamas que insertamos en el Apéndice. No se permitía el ingreso, sin haber hecho muchos y especiales méritos laborantes, a ningún peninsular o español, ni a personas que ejercieran cargos públicos, cualquiera que fuese su profesión, ni a los jueces, abogados, procuradores, alcaldes, jueces de paz ni a los secretarios de estos últimos; ni tampoco, añade textualmente el reglamento, «a los que estén en contacto con estas clases, recibiendo de ellas beneficios directos o lucrando indirectamente en sus negocios y manejos». Acerca de la admisión de hermanos había especial encargo de proceder con toda prudencia consultando siempre entre sí los priores y el maestre.
Acordada la admisión de un hermano, el prior le leía el manifiesto y todo el reglamento de las asociaciones. En seguida con la mayor solemnidad y en presencia de cuatro testigos escogidos de entre los asociados, o mayor número si los había a mano, el prior le hacía prestar sobre los Santos Evangelios juramento de cumplir las obligaciones contenidas en una fórmula que empezaba así: «Juro por Dios y por mi honor ser fiel a esta sociedad, obedecer cumplidamente todos sus preceptos, así como también guardar toda reserva respecto de la existencia de la sociedad; contribuir con mi persona y bienes al sostenimiento de la misma, estando dispuesto a poner la mano donde se me mande o la suerte decida, etc.» El hermano, al ser admitido, quedaba obligado según el reglamento:
1.° a cumplir todos y cada uno de sus artículos;
2.a a profesar y practicar los principios contenidos en el manifiesto de una fecha que no se cita y que hemos dicho suponemos sea una de las proclamas que van al fin de esta obra;
3.° a propagar las doctrinas antiespañolas en todas partes y hacer toda clase de esfuerzos privados para conseguir el mayor número posible de miembros para la asociación;
4.° a trabajar con la mayor diligencia por la causa de la libertad y de la independencia no esquivando fatigas ni sacrificios de ninguna especie;
5.° a prestar absoluta obediencia a las órdenes de su prior o jefe inmediato sin replicar ni pedir explicaciones;
6.° a no poner jamás óbice ni excusa alguna cuando se tratase de prestar algún servicio extraordinario, ya fuera de carácter personal, pecuniario o ya afectase a sus bienes;
7.° a concurrir en el momento y al puesto que se le designase a la hora del conflicto, sin que sirviese de excusa el estado de la familia ni motivo alguno particular, marchando a la orden de su jefe abandonándolo todo.
Para que el neófito no se asustase ante la magnitud del compromiso, se le prometía cuidar por la asociación de su familia proveyendo a su manutención, seguridad y demás necesidades con parte de los fondos que se recaudaban para material de guerra. Por último, el socio que cometiese alguna infracción de los estatutos de la sociedad, se obligaba a recibir resignada y humildemente la pena que acordasen los priores con el maestre, aunque esta pena fuera la de muerte.
(…)
Las reuniones eran semanales y no tenían lugar siempre a la misma hora y hasta a veces variaban de local, a cuyo efecto para cada uno de estos meetings se avisaba de antemano a los socios por medio del hermano de guardia. El no asistir un miembro a estas reuniones sin causa legítima, se consideraba como una falta grave, suficiente para que el que en ella incurriese perdiese el aprecio y la confianza de la asociación.
Tomado de Pérez Moris, J., & Cueto y González Quijano, L. (1975). Historia de la insurrección de Lares, precedida de una reseña de los trabajos separatistas que se vienen haciendo en la Isla de Puerto Rico desde la emancipación de las demás posesiones hispano-ultramarinas y seguida de todos los documentos a ellas referentes. Clásicos Puertorriqueños Edil. Río Piedras: Editorial Edil. Págs. 75-80. Edición de Kenneth Lugo del Toro.
Comentario:
Pérez Moris responsabilizaba a la escuela, la propaganda clandestina y la prensa por “extraviar la opinión pública” y producir la Insurrección de Lares en 1868, pero reconocía el protagonismo que habían tenido las “Sociedades Secretas” en convertir la conjura en una realidad. Los fragmentos incluidos describen el funcionamiento de las mismas. Toda la información que se tenía de las mismas provenía del “Reglamento…” incautado el 21 de septiembre a Manuel María González, jefe del comité “Lanzador del Norte Número 1”, grupo activo en el Barrio Palomar de Camuy. Las “Sociedades Secretas”son calificadas como el “cerebro…invisible” de la rebelión y como “centros de la traición” a la hispanidad.
El “Reglamento…” dividía jerárquicamente a los miembros en maestres, priores y hermanos, a la manera de los gremios artesanales o las logias secretas tradicionales. Los maestres y priores eran responsables de atraer a los nuevos hermanos o aprendices y un Maestre Director regía toda la organización desde San Juan o Mayagüez. El maestre es un título militar asociado al gobierno económico de una empresa; y el prior es un título religioso que significa el primero o superior en una orden. Es probable que la titularidad implicara una separación entre las funciones militares y civiles entre los asociados. La exclusión de los peninsulares o españoles y la afirmación de la pulcritud moral y las buenas costumbres de los hermanos o aprendices, son elementos comunes en organizaciones nacionalistas y que aspiran a una disciplina militar.
La iniciación comprometía el honor del laborante. Consistía en la lectura ante cuatro testigos de un “Manifiesto” antiespañol y del “Reglamento”, y en el juramento de fidelidad sobre los “Santos Evangelios”, ritual que contradice el carácter anticatólico del liderato rebeldes , pero a la vez sugiere que la Insurrección fue organizada por un grupo bastante plural que toleraba la diferencias. La ceremonía requería “buenas costumbres” y una fidelidad y obediencia a toda prueba, hermano con el fin de conseguir la “independencia” y la “libertad”. También aclara que ningún español o funcionario público debía ser aceptado en la organización.
De acuerdo con Pérez Moris, se trataba de una organización bien articulada que celebraba reuniones semanales en locales rotativos y se consideraba una “falta grave”ausentarse a las mismas. El lenguaje de los documentos citados por Pérez Moris no deja duda de que en su redacción no participaron los anexionistas y demuestra el carácter nacionalista de la Insurrección.
- Mario R. Cancel
- Historiador y escritor




