Puerto Rico: su transformación en el tiempo

Historia y sociedad

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Documento y comentario: Jíbaro, una definición

Publicado por Mario R. Cancel en 27 febrero 2010

  • José Pablo Morales (1828-1882)
  • Escritor y periodista

¿Qué es un jíbaro? Yo lo soy y no acierto con una definición exacta a esta voz, conforme a la inteligencia que generalmente se le da en nuestro país.

La Real Academia de la lengua no trae esta palabra en su Diccionario, al menos hasta la 8va. edición que es la que manejamos. Su adicionador Salvá introdujo la palabra jíbaro en el Diccionario como provincial de Cuba. “Se dice, según este autor, de los animales domésticos que se hacen montaraces y particularmente de los perros. En sentido figurado agreste, grosero”.

Ni el Sr. Salvá, ni su consultor Don Domingo del Monte, conocieron a mi dulce dueña, que si hubieran visto esta jibarita de talle gentil, ojos negros y pelo de ala de cuervo, leída y escribida, de seguro que confesarían, si vivos estuviesen, que jíbaro en Puerto Rico no quiere decir agreste ni montaraz.

No es de extrañar que los diccionarios no nos den el verdadero sentido de la palabra provincial de Puerto-Rico jíbaro, cuando vemos que el mismo Salvá, tan sesudo y estudioso, y sus copistas la Sociedad Literaria, en su Nuevo Diccionario impreso en París, donde se le dan tan rudos ataques a la Academia Española, dicen muy formales, que totuma es “especie de calabaza común en ambas Américas, que comen cocida los indios, y cuya corteza les sirve para llevar la chicha y el aguardiente.” Los historiadores primitivos de India, particularizaron con todos sus pelos y señales el árbol del totumo o higuera, de modo que es un escándalo que los literatos españoles del siglo XIX nos salgan ahora con que es una calabaza que se come.  Si resucitara el buen Gonzalo Fernández de Oviedo, le diría a la Sociedad Literaria de París: “soltad la pluma e idos a cargar agua en los calabazos.”

Después del glorioso descubrimiento del Nuevo Mundo y su conquista, tres razas se encontraron en contacto: la blanca, la india y la negra. De ellas salieron las castas, que las preocupaciones sociales clasificaron minuciosamente, y de las cuales se ocupó más de una vez el legislador, considerándolas inferiores a las razas primitivas. He aquí una de estas antiguas clasificaciones:

  • Español con india, sale mestizo.
  • Mestizo con española, sale castizo.
  • Castizo con española, sale español.
  • Español con negro, sale mulato.
  • Mulato con española, sale morisco.
  • Morisco con española, sale salta-atrás.
  • Salta-atrás con india, sale chino.
  • Chino con mulata, sale lobo.
  • Lobo con mulata sale jíbaro.
  • Jíbaro con india, sale albarrazado.
  • Albarrazado con negra, sale cambujo.
  • Cambujo con india, sale sambaigo.
  • Sambaigo con mulata, sale calpan-mulato.
  • Calpan-mulato con sambaigo, sale tente en el aire.
  • Tente en el aire con mulata, sale no te entiendo.
  • No te entiendo con india, sale ahí estás.

Cosas que ya pasaron. —Conforme a esta escala el jíbaro tendría 31/64 de español, 25/64 de africano y 8/64 de indio; pero hoy los jíbaros somos españoles enteros y completos por deber, por derecho, por conveniencia y por afección: ciudadanos españoles por todos cuatro costados, a pesar de los matices de este u otro color físico o político.

Dudárase quizás por algunos que estas clasificaciones sean una cosa seria; pero es indisputable que sobre ellas se basaban muchas leyes de Indias, donde encontramos los nombres de las castas que dejamos apuntadas.

Entre ellos figura el de jíbaro y sería probablemente su acepción primitiva. Quizás si esta palabra se deriva del gibber latino o jiba en castellano. Todos los nombres de las castas son por lo regular en su origen despreciativos, y así como de mulo se derivó mulato, de jiba y jiboso pudo sacarse jíbaro. Esto no pasa de una mera suposición, que no tiene ningún fundamento histórico.

Tal vez en nuestra isla predominó la palabra jíbaro. Para designar la mezcla de blancos, indios y negros que formaba el principal núcleo de la población de nuestros campos; andando el tiempo fue perdiendo esta voz su significado, y hoy el verdadero que tiene en la provincia es el mismo de la palabra rústico. Aquí no se aplica el nombre de jíbaro a los animales alzados o cimarrones.

UN JÍBARO.

Nota: El texto fue escrito hacia el 1876 y ha sido tomado de la recopilación  Misceláneas históricas (1924) San Juan, PR

Comentario:

El artículo de Morales es un modelo de cómo se discutió la cuestión jíbara en la última parte del siglo 19 en Puerto Rico. Partiendo de la octava edición del Diccionario de la Real Academia (1837), el autor establece el hecho de que el vocabulario indo-antillano seguía siendo incomprendido por los lingüistas europeos. El ejemplo de las palabras jíbaro y totumo, le sirve para documentar ese hecho.

Su explicación del jíbaro se elabora mediante un procedimiento sencillo. El Descubrimiento permitió la integración de tres razas –la blanca, la india y la negra-. De su mezcla salieron una diversidad de castas -16 en total- sin que por ello signifique que se trata de grupos que se aislen de los demás o practiquen la endogamia.

Su matemática racial le permite elaborar una fórmula cultural para comprender al jíbaro: “el jíbaro tendría 31/64 de español, 25/64 de africano y 8/64 de indio”. Lo más importante del documento es su conclusión de “hoy los jíbaros somos españoles enteros y completos por deber, por derecho, por conveniencia y por afección”. Recuerden que escribe en 1876. Los logros de la Revolución Gloriosa de 1868 y de la República de 1873 a 1874 estaban muy vivos entre los intelectuales puertorriqueños de aquel momento. El jíbaro ya no aparece como un potencial rebelde antiespañol sino como un buen español.

Por último, Morales no hace ningún comentario sobre la condición social del jíbaro o su relación con la tierra.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

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Documento y comentario: La sociedad puertorriqueña del siglo 18 (1788)

Publicado por Mario R. Cancel en 29 enero 2010

Capítulo XXX: Carácter y diferentes castas de los habitantes de la isla de San Juan de Puerto-Rico

  • Fray Agustín Iñigo Abbad y Lasierra
  • Historiador

Los Europeos de diferentes naciones que se han establecido en esta isla, la mezcla de estos con los indios y negros, y los efectos del clima que obra siempre sobre los vivientes, han producido diferentes castas de habitantes que se distinguen en su color, fisonomía y carácter. Verdad es, que mirados en globo y sin reflexión, se nota poca diferencia en sus cualidades y solo se descubre un carácter tan mezclado y equívoco como sus colores; efecto sin duda de los diferentes mixtos de los transmigrados, que han comunicado con la sangre su color y pasiones á sus descendientes en este país.

Los primeros Españoles que se establecieron en esta isla corrigieron en parte el carácter de los indios, tomando de estos al mismo tiempo el modo de vivir, alimentarse y alojarse; dejaron mucha parte de las costumbres de su educación con su trato y mudanza de clima; la misma variación se observa en los animales, plantas y semillas que se transportan de España á la América. Con el arribo de los negros y de otros diferentes colonos de Europa, África y América, que forman la población de esta isla, ha resultado mayor variedad de colores y castas. Para facilitar su conocimiento distinguiremos las clases de hombres de que se forman.

Dan el nombre de criollos indistintamente á todos los nacidos en la isla de cualquiera casta ó mezcla de que provengan. A los Europeos llaman blancos ó usando de su misma expresión, Hombres de la otra banda. Estos no dejan de sentir los efectos del clima: por lo común, caen enfermos, pierden parte de la viveza de su color y de la sangre. Con todo conservan en general el carácter de su espíritu, son más industriosos y aplicados que los criollos. Estos son bien hechos y proporciona­dos; apenas se vé en toda la isla algún lisiado. Su constitución es delicada y en todos sus miembros tienen una organización muy fina y suelta y propia de un clima cálido; pero este mismo los hace perezosos, los priva de la viveza regular de las acciones y les da un color y aspecto que parecen convalecientes: son pausados, taciturnos y están siempre de observación; pero de una imaginación viva para discurrir é imitar cuanto ven: aman la libertad, son desinteresados y usan de la hospitalidad con los forasteros; pero son vanos é inconstantes en sus gustos. Tienen inclinación á las acciones brillantes y de honor: han manifestado intrepidez en la guerra y sin duda son buenos soldados para expediciones y campañas cortas, pues acostumbrados á una vida sedentaria sienten dejarla por mucho tiempo; se inclinan más á las expediciones navales y se dedican al corso y contrabando con afición y valentía; resisten mucho el hambre y tienen grande espíritu y resolución para un abordaje.

Miran con tedio á los Europeos: el demasiado ardor y vivacidad de estos en sus operaciones los incomoda y les domina siempre la emulación; pero los reciben con franqueza en sus casas, los alimentan y mantienen con gusto y se glorían de descender de ellos. Las mujeres aman á los Españoles con preferencia á los criollos: son de buena disposición; pero el aire salitroso del mar les consume los dientes y priva de aquel color vivo y agradable que resalta en las damas de otros países; el calor las hace desidiosas y desaliñadas; se casan muy temprano, son fecundas, aficionadas al baile y á correr á caballo, lo que ejecutan con destreza y desembarazo extraordinario.

Los mulatos, de que se compone la mayor parte de la población de esta isla, son los hijos de blanco y negra. Su color es oscuro desagradable, sus ojos turbios, son altos y bien formados, más fuertes y acostumbrados al trabajo que los blancos criollos, quienes los tratan con desprecio. Entre esta clase de gentes hay muchos expeditos y liberales para discurrir y obrar; se han distinguido en todos tiempos por sus acciones y son ambiciosos de honor.

Los negros que hay en esta isla unos son traídos de las costas de África, otros son criollos, hijos ó descendientes de aquellos sin mezcla de otra casta: los primeros son todos vendidos por esclavos; de los segundos hay muchos libres. Con todo no hay cosa más afrentosa en esta isla que el ser negro ó descendiente de ellos; un blanco insulta á cualquiera de estos impunemente con las expresiones más vilipendiosas; algunos amos los tratan con un rigor indigno recreándose en tener siempre levantada la vara de tiranos, de que resultan la infidelidad, deserción y el suicidio; otros los miran con sobrada estimación y cariño, haciéndolos instrumentos del lujo y vanidad empleándolos únicamente en el servicio doméstico: pero estos mismos llegan á sufrir el rigor de la esclavitud cuando el amo muere y pasan á otro, ó porque ha puesto su afición en otra cosa: entonces una cabaña estrecha y miserable les sirve de morada, su cama es el chinchorro de cordeles ó un cañizo de varas más propio para atormentar el cuerpo que para descansarlo; la tela grosera que cubre parte de su desnudez no los defiende de los calores del día, ni del rocío perjudicial de la noche; el alimento que se les da de cazabe, batatas, plátanos y cosas semejantes apenas basta para sustentar su miserable existencia; en fin privados de todo están condenados á un trabajo continuo, expuestos siempre á experimentar los rigores de un amo codicioso ó feroz.

Como vienen de diversas provincias son también de diversas inclinaciones, no obstante, se puede decir que su carácter y opiniones las forman en mucha parte sus amos propios: si estos los aman y tratan con cariño corresponden hasta el heroísmo; pero si son demasiadamente rígidos saben sufrir y disimular sus sentimientos hasta tener ocasión de vengarse, lo que ejecutan con venenos, empleándolos en los ganados, en los otros esclavos y en cuanto es útil á su enemigo; algunos especialmente los de Mina se quitan á sí mismos la vida persuadidos que van á renacer en su patria, que tienen por el mejor país del mundo: son muy inclinados al baile y á la música y mucho más al otro sexo y á la venganza.

De esta variedad y mezcla de gente resulta un carácter equívoco y difícil de explicar: pero á todos convienen algunas circunstancias que podemos considerar como características de los habitantes de Puerto-Rico: el calor del clima los hace indolentes y desidiosos; la fertilidad del país que les facilita los medios de alimentarse los hace desinteresados y hospitalarios con los forasteros; la soledad en que viven en sus casas de campo los acostumbra al silencio y cavilación; la organización delicada de su cuerpo auxilia la viveza de su imaginación que los arrebata á los extremos; la misma delicadeza de órganos que los hace tímidos, los hace mirar con desprecio todos los peligros y aun la misma muerte; las diferentes clases que hay entre ellos infunden vanidad y orgullo en unos, abatimiento y emulación en otros.

No hay duda que la esclavitud y abatimiento de los negros y demás gentes de color infunden en los Españoles americanos una cierta fantasía: desde su infancia se ven rodeados de hombres destinados á adivinar sus pensamientos. Este primer golpe de ojo al despertar la luz de la razón, no puede menos de entumecer su corazón con una idea ventajosa de sí mismos. Por otra parte poco acostumbrados á encontrar resistencia ni obstáculo en cumplir sus gustos, y á llevar los castigos propios de la juventud adquieren el espíritu de presunción; se crían sin trabajos y sin contradicciones, semejantes á los príncipes, que no han experimentado jamás las adversidades. Son generalmente frugales, de poco sueño y perspicaces; pero ambiciosos de gloria, achaque interesante á la política si saben utilizarlo los Gobernadores, á quienes tributan toda sumisión y respeto. Este es en suma el concepto que he formado de los naturales de esta isla, lo que se comprenderá mejor en el capítulo siguiente.

Tomado de Agustín Iñigo Abbad y Lasierra, Historia geográfica, civil y natural de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico (1788 / 1979)  Río Piedras: EDUPR.

Comentario:

Abbad y Lasierra establece el elemento central de los insulares: la mezcla racial y el carácter equívoco que ello produce. La ambigüedad o la indefinición, es propia de los puertorriqueños pero es un rasgo que se asume como un defecto. Lo español se ha diluido entre lo indígena, lo negro y las diversas migraciones europeas y americanas que han ido tocando la isla a través de los siglos.

Los  criollos son los nacidos en la isla independientemente de su raza o casta. Se trata de un concepto inclusivo que equivale a una idea de la nacionalidad. Los blancos o europeos españoles incluso- son vistos como extranjero o de la otra banda. La forma en que Abbad y Lasierra compara ambas clase es interesante. Las destrezas sociales de los blancos o europeos son superiores a las de los criollos, en especial laboriosidad. La preferencia de las mujeres por los blancos o europeos sirve para confirmar el argumento.

Los mulatos y los negros libres o esclavos, completan el cuadro. Abbad y Lasierra los trata con cierto aire de superioridad a la vez que resalta que las relaciones entre ambos y los blancos y los criollos son tensas. El discrimen racial es una actitud común en aquella época. La expresión “no hay cosa más afrentosa en esta isla que el ser negro ó descendiente de ellos” no significa otra. El cuadro de la vida inestable de los esclavos que sigue a la misma es un testimonio valioso de aquel injusto sistema.

El Fragmento cierra con una búsqueda de elementos en común en  aquel “carácter equívoco y difícil de explicar”. El clima y sus efectos sobre el carácter son la base de la nacionalidad para Abbad y Lasierra. Su condición de  “indolentes y desidiosos”, “desinteresados y hospitalarios”, la “delicadeza” y la “viveza de la imaginación” son producto del clima y la geografía tropical. Las ventajas sociales de los “Españoles americanos” los ha hecho gente fantasiosa y poco competitiva, si uso el lenguaje moderno.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

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