Puerto Rico: su transformación en el tiempo

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Transformaciones económicas y culturales en Puerto Rico (1765 en adelante)

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 9 noviembre 2014


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

A partir de 1765, la isla atraviesa por toda una serie de transformaciones que a la larga redundarán en la conformación de la imagen actual del Puerto Rico del siglo 19. En el campo socioeconómico el propósito más notable del imperio fue tratar de redirigir la economía de la colonia hacia el mercado exterior, estimulando la producción de bienes agrarios apetecibles en el extranjero. Esa era, teóricamente, una manera de poner coto al gran dilema de la economía subterránea –entiéndase, el contrabando- y de restarle espacios a la ineficiente agricultura de subsistencia.

Santo Domingo y Puerto Rico en un mapa del siglo 18Paralelamente se intentaba facilitar el tráfico entre las colonias y la península. La caña de azúcar, volvió a convertirse en la meta de los planificadores españoles. El café, recién introducido en la isla desde 1735, y el tabaco, producto autóctono que tan bien se producía entre los vegueros cubanos, cumplirían la función de productos alternos en aquel juego económico lleno de riesgos. El algodón, el jengibre, el añil, entre otros, seguirían durante mucho tiempo ocupando una posición de privilegio entre los productores de la isla. Si ese propósito se conseguía, las posibilidades de aumentar los ingresos del erario serían mucho mayores.

Para agilizar la agricultura en gran escala había que trabajar con el problema de la tierra. Dos problemas mayores había en este sentido. Por un lado, el hecho de que la mayoría de las tierras en Puerto Rico estuviesen sin titular u otorgadas en usufructo. Segundo, el dominio que los sectores ganaderos, los llamados hateros, tenían sobre amplias extensiones de tierras en la colonia. Demoler los hatos y transformarlos en tierras agrarias y titularlas para poder facturar un impuesto sobre la tierra y controlar mejor la producción eran soluciones que iban la una de la mano de la otra. El ofrecimiento de títulos a quienes decidieran dedicar sus tierras a cultivos exportables a cambio de un impuesto mínimo se convirtió en un estímulo al nuevo programa económico de finales del siglo 18.

Aquella economía agraria nueva contaría con el respaldo del estado el cual, incluso, trataría de facilitar el tráfico de esclavos a la isla. La venta de contratos a compañías monopolísticas se convertiría en la orden del día en aquel periodo. Hacia 1765 la Compañía Aguirre Aristegui de origen catalán dominó el tráfico de esclavos, como ya se señaló en otra ocasión.

Las características de la colonia entre 1765 y 1807 justificaron aquella actitud. Si para 1765 había en la isla 44,883 habitantes de acuerdo con la estadística de Alejandro O’Reilly; hacia 1776, año en el cual comenzaron a hacerse censos anuales sistemáticos, la misma había aumentado a 70,355. Diecinueve años después, en 1795 sumaban 129,758 los habitantes y hacia 1807 la población estaba en los 183,211. Los demógrafos y comentaristas de la época como fray Iñigo Abad y Lasierra, opinaban que todavía habría espacios en el territorio colonial para sostener algo más que 300,000 personas.

Aquella población vivía dentro de los parámetros de una cultura rural en acelerada transición hacia una economía agraria comercial. Aquel fenómeno, reflejado en la vida cotidiana en el cambio forzoso en las formas de uso de la tierra, en la reconcentración de aquel recurso y en la amenaza de la pequeña propiedad, debió ser preocupación de todos los días de aquellos campesinos. Uno de los sectores que más rápido aumenta fue el de los esclavos. La política de agilización del tráfico negrero había funcionado. La clasificación de “indígenas”, se disuelve en la más flexible de “pardos” donde cabe cualquier elemento no blanco dentro de un orden cultural racista y que se convertirá en el código diferenciador en los libros parroquiales desde aquella época. También habría que apuntar el crecimiento de los sectores blancos durante aquel período.

El asunto es complicado. Una cultura dominante de raíces blancas se sobrepondrá sobre una cultura de masas de origen no blanco en donde predominan los elementos afrocaribeños. Hacia 1800, la idea de un Puerto Rico diferenciado de España, de lo puertorriqueño, de lo insular y de lo que significa ser criollo está vigente en la colonia. La conciencia cultural diferenciadora es innegable. El tiempo de la conciencia política, con todas sus complejidades vendrá después.

Algunos observadores ilustrados extranjeros como Fernando Miyares (1775), el citado fray Iñigo Abad y Lasierra (1788) y el naturalista francés André Pierre Ledrú (1797) fueron capaces de hablar de un carácter propiamente insular. Distinguieron en la vida cotidiana de los puertorriqueños, unos patrones que los hacían distintos de la “gente de la otra banda” (los peninsulares). Desde las actitudes, hasta la música popular, todo en ellos se distancia del imperio que los forzó a nacer. También se desprende de aquellas observaciones el papel predominante de la cultura no blanca, es decir mulata, en aquel periodo del desarrollo de la nacionalidad.

La cultura académica y la cultura popular caminan por rutas diferentes y el dinamismo de la cultura popular fue mucho más notable. En Puerto Rico, la urbe es un fenómeno de excepción. San Juan y San Germán se distinguen en aquella categoría. La personalidad de ambos órdenes es muy distinta. A fines del siglo 18 la capital ha desarrollado sus rasgos actuales, con sus estrechas calles adoquinadas incluso y todas las murallas que, en parte, desaparecieron a fines del siglo 19 como consecuencia del aumento desmedido de la población.

En la ciudad convive el arte europeo con los primeros atisbos de un arte colonial reflejo de aquel. La arquitectura sirve de pie a aquel perfil del San Juan de Puerto Rico o del San Germán de Auxerre de fines del 18. En un mundo que vive alrededor de la fe católica, el arte religioso es una clave. Mobiliario, imaginería religiosa, orfebrería, buena parte de ello proviene de Europa. Las artes locales se desarrollaron marginalmente. El pintor mulato José Campeche trabaja con técnicas europeas un mundo ideológico puertorriqueño. En ello y en la difusión internacional de su obra radica su importancia. Su labor como retratista, pintor de temas religiosos, histórico e incluso sociales lo convierte en una sorpresa en el tardío siglo 18.

Paralelamente, un arte local tradicional crece y se distingue. La talla de santos en palo viene a cumplir una función compleja dentro del orbe del catolicismo popular e incluso del oficial. San Germán fue uno de los grandes centros de aquel proceso como demuestra la colección de tallas del Convento Porta Coeli. En síntesis, hacia el 1800 la idea de Puerto Rico y “lo puertorriqueño” había avanzado. El siglo 19 tan sólo la politizará y la pondrá en manos de los sectores criollos blancos quienes virtualmente la cerrarán a los otros grupos sociales.

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La invasión inglesa de 1797

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 7 febrero 2013


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

El Ciclo Revolucionario Atlántico implicó una revisión total de las relaciones internacionales y la política de alianza en Europa a fines del siglo 18. A la altura del año 1795, las relaciones entre el Reino de España, la República de Francia, controlada en aquel entonces por una Convención Nacional radical que atravesaba  por una crisis que anunciaba su disolución, y el Reino Unido de Inglaterra, se hicieron más tensas. Inglaterra confiaba en que la inestabilidad promovería rebeliones separatistas en el Imperio español de América. Las insurrecciones de los comuneros de la actual Colombia y Venezuela en el 1781 parecían anticipar aquella eventualidad. Los ingleses ya soñaban con una América soberana en que podrían establecer su hegemonía política y su dominio comercial.

Inglaterra parecía confiar en que España, en nombre de los ideales monárquicos, se aliaría con ella con el fin de frenar el empuje de las ideas republicanas dominantes en Francia. Sin embargo España, contrario al deseo inglés, pactó un acuerdo con la República de Francia en 1796. En su decisión mediaron dos consideraciones importantes: primero, el fuerte espíritu anti-inglés de los hispanos y, segundo, que las nuevas autoridades francesas organizadas en el llamado Directorio, no resultaban amenazantes por su carácter moderado. En 1796 Francia y España normalizaron sus relaciones políticas y económicas a pesar de la reticencia de la diplomacia inglesa.

1797La alianza franco-española y el Caribe

La situación condujo a los ingleses a aumentar la presión militar en las zonas periféricas de control hispano. Con ello en mente, agredieron el Cabo de San Vicente en Portugal, atacaron la ciudad portuaria de Cádiz que había sido el punto de origen de los descubrimientos y un importante lugar de intercambio comercial con Indias, y arremetieron contra Tenerife en Islas Canarias. En el Caribe Insular atacaron y tomaron la Isla de Trinidad en febrero de 1797 y en abril se dirigieron hacia Puerto Rico. Los ingleses confiaban en que San Juan caería con facilidad porque, una vez en la zona, reconocieron que  no había una escuadra española encargada de defenderla permanentemente.

Los ingleses no conocían, sin embargo, la situación defensiva y militar de Puerto Rico en aquel año. La colonia era gobernada por el Capitán General Ramón de Castro y Gutiérrez, contaba con cerca de 6,500 efectivos para su defensa, distribuidos entre soldados profesionales estacionados en la capital y todos aquellos que habían sido convocados del resto del territorio. Disponía además de un “Plan de Defensa” bien articulado y la alianza con Francia, había hecho posible la integración de unos 270 a 300 franceses a los cuerpos militares españoles gracias a las gestiones del cónsul de ese país en la capital, Augustin Paris. Las fortificaciones de la capital habían sido revisadas desde 1765, como se sabe y se encontraban modernizadas y apertrechadas. El escenario de 1797 era el de una ciudad bien defendida y artillada en la cual Francia y España medían fuerzas ante Reino Unido en el contexto de un conflicto internacional.

Escudo de la Capital

Puerto Rico no había sufrido una agresión directa de Reino Unido de Inglaterra desde la 1598, cuando una escuadra al mando de Sir George Clifford intentó  tomar el territorio. La agresión de 1797 reprodujo en parte la táctica militar del 1598: el objetivo inicial no serían las fuerzas del Morro y el San Cristóbal. Los ingleses desembarcarían por la zona de Santurce y avanzarían hacia la Isleta por tierra.

El General Ralph Abercromby (1734–1801), y el Almirante William Harvey, comandaron una impresionante escuadra de entre 60 y 68 buques y un ejército de cerca 14,100 hombres, de acuerdo con informes oficiales de la gobernación. La escuadra inglesa se divisó el 17 de abril y el 18 se escenificó un desembarco de por lo menos 1,200 invasores por la playa de Cangrejos. Los avances de primer momento justificaron un nuevo desembarco de sobre 3,000 efectivos. Aquella fuerza ocupó sin problemas el barrio de Santurce desde el Puente de San Antonio hasta el de Martín Peña, y estableció su centro de operaciones en la casa episcopal de Cangrejos, donde hoy se encuentra la Iglesia de San Mateo de Cangrejos.

El objetivo era  avanzar desde allí hacia la capital pero, para alcanzar ese fin, tenían que conseguir dos cosas. Primero, tomar las defensas de la isla de Miraflores, el Fortín de San Gerónimo en el Boquerón y el Puente de San Antonio con el fin de avanzar al noroeste hacia el San Juan Viejo. Segundo, evitar una agresión por la zona sur procedente de Hato Rey o Bayamón. Los choques más violentos fueron en la banda norte del territorio controlado por los ingleses por la urgencia que tenían de tomar la capital de inmediato y evitar una guerra larga. Su posición los ponía en riesgo de enfrentar ataques en dos frentes: al norte y al sur.

El 18 de abril, un día después del desembarco, los ingleses controlaban el territorio que iba del Puente de San Antonio hasta el de Martín Peña, pero reconocían su desventaja de fuerzas y lo peligroso de su situación si la guerra se prolongaba. Bajo aquellas condiciones se arriesgaron a pedir la rendición de la plaza de San Juan. El gobernador de Castro les dijo que los defensores estaban “dispuestos a vender caras sus vidas” y se negó a conceder la ciudad. De Castro conocía la ventaja táctica que poseía y confiaba en que los ingleses, si no avanzaban hacia la Isleta, se verían en la necesidad de retirarse.

Para el día 22 de abril los ingleses, atrincherados frente al San Gerónimo del Boquerón, mostraban desaliento por su situación y comenzaban a reconocer la escasez de víveres. El fuego más intenso se desarrollaba entre el San Gerónimo y el San Antonio, en manos españolas, y las trincheras y  una batería de artillería en el Olimpo, hoy Miramar, controlado por los ingleses. Con el fin de romper el impasse, el 28 de abril los ingleses desplazaron unos buques hacia la zona del Castillo de San Felipe del Morro. Los españoles respondieron con una avanzada militar por tierra  al sur de la zona de control inglesa y movilizaron una fuerza de 1,200 hombres en su mayoría criollos o puertorriqueños contra el Puente Martín Peña. Esa fue la batalla que más popularidad alcanzó de aquella confrontación y fue clave en la derrota de los británicos.

Las diferencias entre Abercromby y Harvey y lo incómodo de su posición, explican que el 30 de abril levantaran sus campamentos y comenzaran a reembarcar, dejando tras de sí armas, municiones y pólvora. El 2 de mayo ya no estaban en aguas de Puerto Rico. El 4 de mayo hubo desfile militar, misa de acción de gracias y fiesta en la capital, como era de esperarse.

Gob. Ramón de Castro y Gutiérrez por José Campeche (1801)

Gob. Ramón de Castro y Gutiérrez por José Campeche (1801)

 

Un juicio

Las razones para la derrota de los ingleses son varias:

1. La disparidad de  fuerzas entre los españoles y los ingleses a favor de los primeros fue clave. España siempre contó con tropas frescas a su disposición siempre. El flujo de refuerzos de Bayamón, Cataño o Guaynabo, fue muy eficiente.

2. Las fuerzas españolas nunca estuvieron en peligro de una escasez de suplementos militares y alimentos por lo que podían aguardar con comodidad el agotamiento de las fuerzas invasoras.

3. El apoyo de los criollos o puertorriqueños a las autoridades españolas fue total y sincero. Por entonces dominaba un poderoso espíritu anti-sajón en los insulares y las autoridades lo aprovecharon en su beneficio. Ello explica el contante flujo de voluntarios civiles a las fuerzas.

4. El Brigadier y Gobernador Militar Ramón de Castro, era un estratega extraordinario y tenía tropas que le eran fieles y estaban bien entrenadas. Todo ello, vinculado al hecho de que las defensas se hallaban en un estado óptimo, aseguraron la victoria española en 1797.

Por último, la interpretación de los hechos de 1797 ha sido contradictoria. Las autoridades españolas reconocieron el heroísmo de los defensores fuesen estos peninsulares o insulares, pero lo interpretaron como una reafirmación de su fidelidad a la bandera española. El 1799 una Real Orden impuso que el escudo de armas de San Juan incluyera una orla con la frase “Por su constancia, amor y fidelidad, es muy noble y muy Leal esta Ciudad”. La historiografía nacionalista ha destacado en aquellos eventos un signo digno de orgullo puertorriqueño por el hecho de que muchos de los héroes militares no eran españoles. Lo cierto es que después de aquellos combates Puerto Rico fue español hasta el 1898 cuando otro poder sajón, Estados Unidos, lo tomó sin dificultad de manos hispanas.

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Documento y comentario: La sociedad puertorriqueña del siglo 18 (1788)

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 29 enero 2010


Capítulo XXX: Carácter y diferentes castas de los habitantes de la isla de San Juan de Puerto-Rico

  • Fray Agustín Iñigo Abbad y Lasierra
  • Historiador

Los Europeos de diferentes naciones que se han establecido en esta isla, la mezcla de estos con los indios y negros, y los efectos del clima que obra siempre sobre los vivientes, han producido diferentes castas de habitantes que se distinguen en su color, fisonomía y carácter. Verdad es, que mirados en globo y sin reflexión, se nota poca diferencia en sus cualidades y solo se descubre un carácter tan mezclado y equívoco como sus colores; efecto sin duda de los diferentes mixtos de los transmigrados, que han comunicado con la sangre su color y pasiones á sus descendientes en este país.

Los primeros Españoles que se establecieron en esta isla corrigieron en parte el carácter de los indios, tomando de estos al mismo tiempo el modo de vivir, alimentarse y alojarse; dejaron mucha parte de las costumbres de su educación con su trato y mudanza de clima; la misma variación se observa en los animales, plantas y semillas que se transportan de España á la América. Con el arribo de los negros y de otros diferentes colonos de Europa, África y América, que forman la población de esta isla, ha resultado mayor variedad de colores y castas. Para facilitar su conocimiento distinguiremos las clases de hombres de que se forman.

Dan el nombre de criollos indistintamente á todos los nacidos en la isla de cualquiera casta ó mezcla de que provengan. A los Europeos llaman blancos ó usando de su misma expresión, Hombres de la otra banda. Estos no dejan de sentir los efectos del clima: por lo común, caen enfermos, pierden parte de la viveza de su color y de la sangre. Con todo conservan en general el carácter de su espíritu, son más industriosos y aplicados que los criollos. Estos son bien hechos y proporciona­dos; apenas se vé en toda la isla algún lisiado. Su constitución es delicada y en todos sus miembros tienen una organización muy fina y suelta y propia de un clima cálido; pero este mismo los hace perezosos, los priva de la viveza regular de las acciones y les da un color y aspecto que parecen convalecientes: son pausados, taciturnos y están siempre de observación; pero de una imaginación viva para discurrir é imitar cuanto ven: aman la libertad, son desinteresados y usan de la hospitalidad con los forasteros; pero son vanos é inconstantes en sus gustos. Tienen inclinación á las acciones brillantes y de honor: han manifestado intrepidez en la guerra y sin duda son buenos soldados para expediciones y campañas cortas, pues acostumbrados á una vida sedentaria sienten dejarla por mucho tiempo; se inclinan más á las expediciones navales y se dedican al corso y contrabando con afición y valentía; resisten mucho el hambre y tienen grande espíritu y resolución para un abordaje.

Miran con tedio á los Europeos: el demasiado ardor y vivacidad de estos en sus operaciones los incomoda y les domina siempre la emulación; pero los reciben con franqueza en sus casas, los alimentan y mantienen con gusto y se glorían de descender de ellos. Las mujeres aman á los Españoles con preferencia á los criollos: son de buena disposición; pero el aire salitroso del mar les consume los dientes y priva de aquel color vivo y agradable que resalta en las damas de otros países; el calor las hace desidiosas y desaliñadas; se casan muy temprano, son fecundas, aficionadas al baile y á correr á caballo, lo que ejecutan con destreza y desembarazo extraordinario.

Los mulatos, de que se compone la mayor parte de la población de esta isla, son los hijos de blanco y negra. Su color es oscuro desagradable, sus ojos turbios, son altos y bien formados, más fuertes y acostumbrados al trabajo que los blancos criollos, quienes los tratan con desprecio. Entre esta clase de gentes hay muchos expeditos y liberales para discurrir y obrar; se han distinguido en todos tiempos por sus acciones y son ambiciosos de honor.

Los negros que hay en esta isla unos son traídos de las costas de África, otros son criollos, hijos ó descendientes de aquellos sin mezcla de otra casta: los primeros son todos vendidos por esclavos; de los segundos hay muchos libres. Con todo no hay cosa más afrentosa en esta isla que el ser negro ó descendiente de ellos; un blanco insulta á cualquiera de estos impunemente con las expresiones más vilipendiosas; algunos amos los tratan con un rigor indigno recreándose en tener siempre levantada la vara de tiranos, de que resultan la infidelidad, deserción y el suicidio; otros los miran con sobrada estimación y cariño, haciéndolos instrumentos del lujo y vanidad empleándolos únicamente en el servicio doméstico: pero estos mismos llegan á sufrir el rigor de la esclavitud cuando el amo muere y pasan á otro, ó porque ha puesto su afición en otra cosa: entonces una cabaña estrecha y miserable les sirve de morada, su cama es el chinchorro de cordeles ó un cañizo de varas más propio para atormentar el cuerpo que para descansarlo; la tela grosera que cubre parte de su desnudez no los defiende de los calores del día, ni del rocío perjudicial de la noche; el alimento que se les da de cazabe, batatas, plátanos y cosas semejantes apenas basta para sustentar su miserable existencia; en fin privados de todo están condenados á un trabajo continuo, expuestos siempre á experimentar los rigores de un amo codicioso ó feroz.

Como vienen de diversas provincias son también de diversas inclinaciones, no obstante, se puede decir que su carácter y opiniones las forman en mucha parte sus amos propios: si estos los aman y tratan con cariño corresponden hasta el heroísmo; pero si son demasiadamente rígidos saben sufrir y disimular sus sentimientos hasta tener ocasión de vengarse, lo que ejecutan con venenos, empleándolos en los ganados, en los otros esclavos y en cuanto es útil á su enemigo; algunos especialmente los de Mina se quitan á sí mismos la vida persuadidos que van á renacer en su patria, que tienen por el mejor país del mundo: son muy inclinados al baile y á la música y mucho más al otro sexo y á la venganza.

De esta variedad y mezcla de gente resulta un carácter equívoco y difícil de explicar: pero á todos convienen algunas circunstancias que podemos considerar como características de los habitantes de Puerto-Rico: el calor del clima los hace indolentes y desidiosos; la fertilidad del país que les facilita los medios de alimentarse los hace desinteresados y hospitalarios con los forasteros; la soledad en que viven en sus casas de campo los acostumbra al silencio y cavilación; la organización delicada de su cuerpo auxilia la viveza de su imaginación que los arrebata á los extremos; la misma delicadeza de órganos que los hace tímidos, los hace mirar con desprecio todos los peligros y aun la misma muerte; las diferentes clases que hay entre ellos infunden vanidad y orgullo en unos, abatimiento y emulación en otros.

No hay duda que la esclavitud y abatimiento de los negros y demás gentes de color infunden en los Españoles americanos una cierta fantasía: desde su infancia se ven rodeados de hombres destinados á adivinar sus pensamientos. Este primer golpe de ojo al despertar la luz de la razón, no puede menos de entumecer su corazón con una idea ventajosa de sí mismos. Por otra parte poco acostumbrados á encontrar resistencia ni obstáculo en cumplir sus gustos, y á llevar los castigos propios de la juventud adquieren el espíritu de presunción; se crían sin trabajos y sin contradicciones, semejantes á los príncipes, que no han experimentado jamás las adversidades. Son generalmente frugales, de poco sueño y perspicaces; pero ambiciosos de gloria, achaque interesante á la política si saben utilizarlo los Gobernadores, á quienes tributan toda sumisión y respeto. Este es en suma el concepto que he formado de los naturales de esta isla, lo que se comprenderá mejor en el capítulo siguiente.

Tomado de Agustín Iñigo Abbad y Lasierra, Historia geográfica, civil y natural de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico (1788 / 1979)  Río Piedras: EDUPR.

Comentario:

Abbad y Lasierra establece el elemento central de los insulares: la mezcla racial y el carácter equívoco que ello produce. La ambigüedad o la indefinición, es propia de los puertorriqueños pero es un rasgo que se asume como un defecto. Lo español se ha diluido entre lo indígena, lo negro y las diversas migraciones europeas y americanas que han ido tocando la isla a través de los siglos.

Los  criollos son los nacidos en la isla independientemente de su raza o casta. Se trata de un concepto inclusivo que equivale a una idea de la nacionalidad. Los blancos o europeos españoles incluso- son vistos como extranjero o de la otra banda. La forma en que Abbad y Lasierra compara ambas clase es interesante. Las destrezas sociales de los blancos o europeos son superiores a las de los criollos, en especial laboriosidad. La preferencia de las mujeres por los blancos o europeos sirve para confirmar el argumento.

Los mulatos y los negros libres o esclavos, completan el cuadro. Abbad y Lasierra los trata con cierto aire de superioridad a la vez que resalta que las relaciones entre ambos y los blancos y los criollos son tensas. El discrimen racial es una actitud común en aquella época. La expresión “no hay cosa más afrentosa en esta isla que el ser negro ó descendiente de ellos” no significa otra. El cuadro de la vida inestable de los esclavos que sigue a la misma es un testimonio valioso de aquel injusto sistema.

El Fragmento cierra con una búsqueda de elementos en común en  aquel “carácter equívoco y difícil de explicar”. El clima y sus efectos sobre el carácter son la base de la nacionalidad para Abbad y Lasierra. Su condición de  “indolentes y desidiosos”, “desinteresados y hospitalarios”, la “delicadeza” y la “viveza de la imaginación” son producto del clima y la geografía tropical. Las ventajas sociales de los “Españoles americanos” los ha hecho gente fantasiosa y poco competitiva, si uso el lenguaje moderno.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

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