Puerto Rico: su transformación en el tiempo

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Archive for the ‘Puerto Rico en el siglo 18’ Category

La invasión inglesa de 1797

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 7 febrero 2013


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

El Ciclo Revolucionario Atlántico implicó una revisión total de las relaciones internacionales y la política de alianza en Europa a fines del siglo 18. A la altura del año 1795, las relaciones entre el Reino de España, la República de Francia, controlada en aquel entonces por una Convención Nacional radical que atravesaba  por una crisis que anunciaba su disolución, y el Reino Unido de Inglaterra, se hicieron más tensas. Inglaterra confiaba en que la inestabilidad promovería rebeliones separatistas en el Imperio español de América. Las insurrecciones de los comuneros de la actual Colombia y Venezuela en el 1781 parecían anticipar aquella eventualidad. Los ingleses ya soñaban con una América soberana en que podrían establecer su hegemonía política y su dominio comercial.

Inglaterra parecía confiar en que España, en nombre de los ideales monárquicos, se aliaría con ella con el fin de frenar el empuje de las ideas republicanas dominantes en Francia. Sin embargo España, contrario al deseo inglés, pactó un acuerdo con la República de Francia en 1796. En su decisión mediaron dos consideraciones importantes: primero, el fuerte espíritu anti-inglés de los hispanos y, segundo, que las nuevas autoridades francesas organizadas en el llamado Directorio, no resultaban amenazantes por su carácter moderado. En 1796 Francia y España normalizaron sus relaciones políticas y económicas a pesar de la reticencia de la diplomacia inglesa.

1797La alianza franco-española y el Caribe

La situación condujo a los ingleses a aumentar la presión militar en las zonas periféricas de control hispano. Con ello en mente, agredieron el Cabo de San Vicente en Portugal, atacaron la ciudad portuaria de Cádiz que había sido el punto de origen de los descubrimientos y un importante lugar de intercambio comercial con Indias, y arremetieron contra Tenerife en Islas Canarias. En el Caribe Insular atacaron y tomaron la Isla de Trinidad en febrero de 1797 y en abril se dirigieron hacia Puerto Rico. Los ingleses confiaban en que San Juan caería con facilidad porque, una vez en la zona, reconocieron que  no había una escuadra española encargada de defenderla permanentemente.

Los ingleses no conocían, sin embargo, la situación defensiva y militar de Puerto Rico en aquel año. La colonia era gobernada por el Capitán General Ramón de Castro y Gutiérrez, contaba con cerca de 6,500 efectivos para su defensa, distribuidos entre soldados profesionales estacionados en la capital y todos aquellos que habían sido convocados del resto del territorio. Disponía además de un “Plan de Defensa” bien articulado y la alianza con Francia, había hecho posible la integración de unos 270 a 300 franceses a los cuerpos militares españoles gracias a las gestiones del cónsul de ese país en la capital, Augustin Paris. Las fortificaciones de la capital habían sido revisadas desde 1765, como se sabe y se encontraban modernizadas y apertrechadas. El escenario de 1797 era el de una ciudad bien defendida y artillada en la cual Francia y España medían fuerzas ante Reino Unido en el contexto de un conflicto internacional.

Escudo de la Capital

Puerto Rico no había sufrido una agresión directa de Reino Unido de Inglaterra desde la 1598, cuando una escuadra al mando de Sir George Clifford intentó  tomar el territorio. La agresión de 1797 reprodujo en parte la táctica militar del 1598: el objetivo inicial no serían las fuerzas del Morro y el San Cristóbal. Los ingleses desembarcarían por la zona de Santurce y avanzarían hacia la Isleta por tierra.

El General Ralph Abercromby (1734–1801), y el Almirante William Harvey, comandaron una impresionante escuadra de entre 60 y 68 buques y un ejército de cerca 14,100 hombres, de acuerdo con informes oficiales de la gobernación. La escuadra inglesa se divisó el 17 de abril y el 18 se escenificó un desembarco de por lo menos 1,200 invasores por la playa de Cangrejos. Los avances de primer momento justificaron un nuevo desembarco de sobre 3,000 efectivos. Aquella fuerza ocupó sin problemas el barrio de Santurce desde el Puente de San Antonio hasta el de Martín Peña, y estableció su centro de operaciones en la casa episcopal de Cangrejos, donde hoy se encuentra la Iglesia de San Mateo de Cangrejos.

El objetivo era  avanzar desde allí hacia la capital pero, para alcanzar ese fin, tenían que conseguir dos cosas. Primero, tomar las defensas de la isla de Miraflores, el Fortín de San Gerónimo en el Boquerón y el Puente de San Antonio con el fin de avanzar al noroeste hacia el San Juan Viejo. Segundo, evitar una agresión por la zona sur procedente de Hato Rey o Bayamón. Los choques más violentos fueron en la banda norte del territorio controlado por los ingleses por la urgencia que tenían de tomar la capital de inmediato y evitar una guerra larga. Su posición los ponía en riesgo de enfrentar ataques en dos frentes: al norte y al sur.

El 18 de abril, un día después del desembarco, los ingleses controlaban el territorio que iba del Puente de San Antonio hasta el de Martín Peña, pero reconocían su desventaja de fuerzas y lo peligroso de su situación si la guerra se prolongaba. Bajo aquellas condiciones se arriesgaron a pedir la rendición de la plaza de San Juan. El gobernador de Castro les dijo que los defensores estaban “dispuestos a vender caras sus vidas” y se negó a conceder la ciudad. De Castro conocía la ventaja táctica que poseía y confiaba en que los ingleses, si no avanzaban hacia la Isleta, se verían en la necesidad de retirarse.

Para el día 22 de abril los ingleses, atrincherados frente al San Gerónimo del Boquerón, mostraban desaliento por su situación y comenzaban a reconocer la escasez de víveres. El fuego más intenso se desarrollaba entre el San Gerónimo y el San Antonio, en manos españolas, y las trincheras y  una batería de artillería en el Olimpo, hoy Miramar, controlado por los ingleses. Con el fin de romper el impasse, el 28 de abril los ingleses desplazaron unos buques hacia la zona del Castillo de San Felipe del Morro. Los españoles respondieron con una avanzada militar por tierra  al sur de la zona de control inglesa y movilizaron una fuerza de 1,200 hombres en su mayoría criollos o puertorriqueños contra el Puente Martín Peña. Esa fue la batalla que más popularidad alcanzó de aquella confrontación y fue clave en la derrota de los británicos.

Las diferencias entre Abercromby y Harvey y lo incómodo de su posición, explican que el 30 de abril levantaran sus campamentos y comenzaran a reembarcar, dejando tras de sí armas, municiones y pólvora. El 2 de mayo ya no estaban en aguas de Puerto Rico. El 4 de mayo hubo desfile militar, misa de acción de gracias y fiesta en la capital, como era de esperarse.

Gob. Ramón de Castro y Gutiérrez por José Campeche (1801)

Gob. Ramón de Castro y Gutiérrez por José Campeche (1801)

 

Un juicio

Las razones para la derrota de los ingleses son varias:

1. La disparidad de  fuerzas entre los españoles y los ingleses a favor de los primeros fue clave. España siempre contó con tropas frescas a su disposición siempre. El flujo de refuerzos de Bayamón, Cataño o Guaynabo, fue muy eficiente.

2. Las fuerzas españolas nunca estuvieron en peligro de una escasez de suplementos militares y alimentos por lo que podían aguardar con comodidad el agotamiento de las fuerzas invasoras.

3. El apoyo de los criollos o puertorriqueños a las autoridades españolas fue total y sincero. Por entonces dominaba un poderoso espíritu anti-sajón en los insulares y las autoridades lo aprovecharon en su beneficio. Ello explica el contante flujo de voluntarios civiles a las fuerzas.

4. El Brigadier y Gobernador Militar Ramón de Castro, era un estratega extraordinario y tenía tropas que le eran fieles y estaban bien entrenadas. Todo ello, vinculado al hecho de que las defensas se hallaban en un estado óptimo, aseguraron la victoria española en 1797.

Por último, la interpretación de los hechos de 1797 ha sido contradictoria. Las autoridades españolas reconocieron el heroísmo de los defensores fuesen estos peninsulares o insulares, pero lo interpretaron como una reafirmación de su fidelidad a la bandera española. El 1799 una Real Orden impuso que el escudo de armas de San Juan incluyera una orla con la frase “Por su constancia, amor y fidelidad, es muy noble y muy Leal esta Ciudad”. La historiografía nacionalista ha destacado en aquellos eventos un signo digno de orgullo puertorriqueño por el hecho de que muchos de los héroes militares no eran españoles. Lo cierto es que después de aquellos combates Puerto Rico fue español hasta el 1898 cuando otro poder sajón, Estados Unidos, lo tomó sin dificultad de manos hispanas.

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Documento y comentario: La sociedad puertorriqueña del siglo 18 (1788)

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 29 enero 2010


Capítulo XXX: Carácter y diferentes castas de los habitantes de la isla de San Juan de Puerto-Rico

  • Fray Agustín Iñigo Abbad y Lasierra
  • Historiador

Los Europeos de diferentes naciones que se han establecido en esta isla, la mezcla de estos con los indios y negros, y los efectos del clima que obra siempre sobre los vivientes, han producido diferentes castas de habitantes que se distinguen en su color, fisonomía y carácter. Verdad es, que mirados en globo y sin reflexión, se nota poca diferencia en sus cualidades y solo se descubre un carácter tan mezclado y equívoco como sus colores; efecto sin duda de los diferentes mixtos de los transmigrados, que han comunicado con la sangre su color y pasiones á sus descendientes en este país.

Los primeros Españoles que se establecieron en esta isla corrigieron en parte el carácter de los indios, tomando de estos al mismo tiempo el modo de vivir, alimentarse y alojarse; dejaron mucha parte de las costumbres de su educación con su trato y mudanza de clima; la misma variación se observa en los animales, plantas y semillas que se transportan de España á la América. Con el arribo de los negros y de otros diferentes colonos de Europa, África y América, que forman la población de esta isla, ha resultado mayor variedad de colores y castas. Para facilitar su conocimiento distinguiremos las clases de hombres de que se forman.

Dan el nombre de criollos indistintamente á todos los nacidos en la isla de cualquiera casta ó mezcla de que provengan. A los Europeos llaman blancos ó usando de su misma expresión, Hombres de la otra banda. Estos no dejan de sentir los efectos del clima: por lo común, caen enfermos, pierden parte de la viveza de su color y de la sangre. Con todo conservan en general el carácter de su espíritu, son más industriosos y aplicados que los criollos. Estos son bien hechos y proporciona­dos; apenas se vé en toda la isla algún lisiado. Su constitución es delicada y en todos sus miembros tienen una organización muy fina y suelta y propia de un clima cálido; pero este mismo los hace perezosos, los priva de la viveza regular de las acciones y les da un color y aspecto que parecen convalecientes: son pausados, taciturnos y están siempre de observación; pero de una imaginación viva para discurrir é imitar cuanto ven: aman la libertad, son desinteresados y usan de la hospitalidad con los forasteros; pero son vanos é inconstantes en sus gustos. Tienen inclinación á las acciones brillantes y de honor: han manifestado intrepidez en la guerra y sin duda son buenos soldados para expediciones y campañas cortas, pues acostumbrados á una vida sedentaria sienten dejarla por mucho tiempo; se inclinan más á las expediciones navales y se dedican al corso y contrabando con afición y valentía; resisten mucho el hambre y tienen grande espíritu y resolución para un abordaje.

Miran con tedio á los Europeos: el demasiado ardor y vivacidad de estos en sus operaciones los incomoda y les domina siempre la emulación; pero los reciben con franqueza en sus casas, los alimentan y mantienen con gusto y se glorían de descender de ellos. Las mujeres aman á los Españoles con preferencia á los criollos: son de buena disposición; pero el aire salitroso del mar les consume los dientes y priva de aquel color vivo y agradable que resalta en las damas de otros países; el calor las hace desidiosas y desaliñadas; se casan muy temprano, son fecundas, aficionadas al baile y á correr á caballo, lo que ejecutan con destreza y desembarazo extraordinario.

Los mulatos, de que se compone la mayor parte de la población de esta isla, son los hijos de blanco y negra. Su color es oscuro desagradable, sus ojos turbios, son altos y bien formados, más fuertes y acostumbrados al trabajo que los blancos criollos, quienes los tratan con desprecio. Entre esta clase de gentes hay muchos expeditos y liberales para discurrir y obrar; se han distinguido en todos tiempos por sus acciones y son ambiciosos de honor.

Los negros que hay en esta isla unos son traídos de las costas de África, otros son criollos, hijos ó descendientes de aquellos sin mezcla de otra casta: los primeros son todos vendidos por esclavos; de los segundos hay muchos libres. Con todo no hay cosa más afrentosa en esta isla que el ser negro ó descendiente de ellos; un blanco insulta á cualquiera de estos impunemente con las expresiones más vilipendiosas; algunos amos los tratan con un rigor indigno recreándose en tener siempre levantada la vara de tiranos, de que resultan la infidelidad, deserción y el suicidio; otros los miran con sobrada estimación y cariño, haciéndolos instrumentos del lujo y vanidad empleándolos únicamente en el servicio doméstico: pero estos mismos llegan á sufrir el rigor de la esclavitud cuando el amo muere y pasan á otro, ó porque ha puesto su afición en otra cosa: entonces una cabaña estrecha y miserable les sirve de morada, su cama es el chinchorro de cordeles ó un cañizo de varas más propio para atormentar el cuerpo que para descansarlo; la tela grosera que cubre parte de su desnudez no los defiende de los calores del día, ni del rocío perjudicial de la noche; el alimento que se les da de cazabe, batatas, plátanos y cosas semejantes apenas basta para sustentar su miserable existencia; en fin privados de todo están condenados á un trabajo continuo, expuestos siempre á experimentar los rigores de un amo codicioso ó feroz.

Como vienen de diversas provincias son también de diversas inclinaciones, no obstante, se puede decir que su carácter y opiniones las forman en mucha parte sus amos propios: si estos los aman y tratan con cariño corresponden hasta el heroísmo; pero si son demasiadamente rígidos saben sufrir y disimular sus sentimientos hasta tener ocasión de vengarse, lo que ejecutan con venenos, empleándolos en los ganados, en los otros esclavos y en cuanto es útil á su enemigo; algunos especialmente los de Mina se quitan á sí mismos la vida persuadidos que van á renacer en su patria, que tienen por el mejor país del mundo: son muy inclinados al baile y á la música y mucho más al otro sexo y á la venganza.

De esta variedad y mezcla de gente resulta un carácter equívoco y difícil de explicar: pero á todos convienen algunas circunstancias que podemos considerar como características de los habitantes de Puerto-Rico: el calor del clima los hace indolentes y desidiosos; la fertilidad del país que les facilita los medios de alimentarse los hace desinteresados y hospitalarios con los forasteros; la soledad en que viven en sus casas de campo los acostumbra al silencio y cavilación; la organización delicada de su cuerpo auxilia la viveza de su imaginación que los arrebata á los extremos; la misma delicadeza de órganos que los hace tímidos, los hace mirar con desprecio todos los peligros y aun la misma muerte; las diferentes clases que hay entre ellos infunden vanidad y orgullo en unos, abatimiento y emulación en otros.

No hay duda que la esclavitud y abatimiento de los negros y demás gentes de color infunden en los Españoles americanos una cierta fantasía: desde su infancia se ven rodeados de hombres destinados á adivinar sus pensamientos. Este primer golpe de ojo al despertar la luz de la razón, no puede menos de entumecer su corazón con una idea ventajosa de sí mismos. Por otra parte poco acostumbrados á encontrar resistencia ni obstáculo en cumplir sus gustos, y á llevar los castigos propios de la juventud adquieren el espíritu de presunción; se crían sin trabajos y sin contradicciones, semejantes á los príncipes, que no han experimentado jamás las adversidades. Son generalmente frugales, de poco sueño y perspicaces; pero ambiciosos de gloria, achaque interesante á la política si saben utilizarlo los Gobernadores, á quienes tributan toda sumisión y respeto. Este es en suma el concepto que he formado de los naturales de esta isla, lo que se comprenderá mejor en el capítulo siguiente.

Tomado de Agustín Iñigo Abbad y Lasierra, Historia geográfica, civil y natural de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico (1788 / 1979)  Río Piedras: EDUPR.

Comentario:

Abbad y Lasierra establece el elemento central de los insulares: la mezcla racial y el carácter equívoco que ello produce. La ambigüedad o la indefinición, es propia de los puertorriqueños pero es un rasgo que se asume como un defecto. Lo español se ha diluido entre lo indígena, lo negro y las diversas migraciones europeas y americanas que han ido tocando la isla a través de los siglos.

Los  criollos son los nacidos en la isla independientemente de su raza o casta. Se trata de un concepto inclusivo que equivale a una idea de la nacionalidad. Los blancos o europeos españoles incluso- son vistos como extranjero o de la otra banda. La forma en que Abbad y Lasierra compara ambas clase es interesante. Las destrezas sociales de los blancos o europeos son superiores a las de los criollos, en especial laboriosidad. La preferencia de las mujeres por los blancos o europeos sirve para confirmar el argumento.

Los mulatos y los negros libres o esclavos, completan el cuadro. Abbad y Lasierra los trata con cierto aire de superioridad a la vez que resalta que las relaciones entre ambos y los blancos y los criollos son tensas. El discrimen racial es una actitud común en aquella época. La expresión “no hay cosa más afrentosa en esta isla que el ser negro ó descendiente de ellos” no significa otra. El cuadro de la vida inestable de los esclavos que sigue a la misma es un testimonio valioso de aquel injusto sistema.

El Fragmento cierra con una búsqueda de elementos en común en  aquel “carácter equívoco y difícil de explicar”. El clima y sus efectos sobre el carácter son la base de la nacionalidad para Abbad y Lasierra. Su condición de  “indolentes y desidiosos”, “desinteresados y hospitalarios”, la “delicadeza” y la “viveza de la imaginación” son producto del clima y la geografía tropical. Las ventajas sociales de los “Españoles americanos” los ha hecho gente fantasiosa y poco competitiva, si uso el lenguaje moderno.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

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Documento y comentario: Memoria de D. Alexandro O’Reilly

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 11 junio 2009


D. Alexandro O’Reilly, Memoria sobre la Isla de Puerto Rico (Fragmento). Tomado de: Aída Caro Costas. Antología de lecturas de historia de Puerto Rico (siglos XVI-XVIII), 2.a ed. Río Piedras: Editorial Universitaria, 1980, pp. 454-456.

Relación circunstanciada del actual estado de la población, frutos y proporciones para fomento que tiene la isla de San Juan de Puerto Rico, con algunas ocurrencias sobre los medios conducentes a ello, formada para noticia de S. M. y de sus Ministros, por el Mariscal de Campo Alexandro O’Reylly, y de resulta de la visita general que acababa de hacer en la expresada Isla, para evacuar las comisiones que se ha dignado fiar a su celo la piedad del Rey.

Más admirará esto cuando se sepa que hay en esta isla, 39,846 personas libres y 5,037 esclavos; que es muy templado el calor; muy sano el temperamento, y tan favorable a los Europeos como a los naturales; que está bañada de muchos ríos caudalosos, que abundan en buen pescado; que en las sierras nunca faltan aguas; que en las llanuras hay bellísimas vegas, que de maíz, arroz, tabaco y los demás frutos, dá dos y hasta tres cosechas al año, que se puede regular que todo lo que siembra dá ochenta por uno; que las cañas de azúcar, son las más gruesas, altas, jugosas y dulces de América; que el algodón, añil, café, pimienta de tabasco, cacao, nuez moscada y vainilla se dá de buena calidad; que se atribuye la inferior calidad del tabaco a la codicia de los cosecheros en cogerlo antes de estar en sazón para que tenga más jugo y peso; a excepción de este fruto, del café y cañas de azúcar, los demás se hallan silvestres en los montes. El palo de mora, muy buscado por los extrangeros para sus tintes amarillos, es muy abundante, como así mismo el guayacán, que es madera muy fuerte para motones, y del que se sirven para varios muebles, y tisanas antigálicas. Los holandeses e ingleses sacan anualmente considerable porción de uno y otro; pasa de 43,000 pesos lo que importa. Se halla en la isla grande abundancia de excelentes maderas para edificios, ingenios, construcción de pequeñas embarcaciones de comercio y carbón. He visto en las inmediaciones de Guayama, salitre. Hay salinas suficientes para el consumo; infinitas yerbas, raíces y gomas medicinales, que podrían formar considerable renglón de comercio.

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Mariscal Alejandro O'Reilly

Para que se conozca mejor como han vivido y viven hasta ahora estos naturales, conviene saber que en toda la isla no hay más que dos escuelas de niños; que fuera de Puerto Rico y la villa de San Germán pocos saben leer, que cuenta, por épocas de los gobiernos, huracanes, visitas de obispo, arribo de flotas o situados: no entienden lo que son leguas, cada uno cuenta la jornada a proporción de su andar, los hombres más visibles de la isla comprendidos los de Puerto Rico, cuando están en el campo andan descalzos de pie y pierna. Los blancos ninguna repugnancia hallan en estar mezclados con los pardos. Todos los pueblos a excepción de Puerto Rico no tienen más vivientes de continuo que el cura, los demás existen siempre en el campo a excepción de todos los domingos que los inmediatos a la iglesia acuden a misa, y los tres días de Pascua en que ocurren todos los feligreses generalmente.

 

Comentario:

Con el fin de interesar a Carlos III en Puerto Rico, O’Reilly elabora, primero, un balance del potencial de la colonia. Pare ello comenta la población, exalta las bondades del clima, resalta los recursos de irrigación natural y la fertilidad de los llanos. De inmediato destaca aquellos productos cultivados racionalmente, y aquellos productos silvestres que los españoles no han aprovechado por desidia. Entre ellos apunta algunos que son útiles para la industria textil y especias exóticas que podrían aprovecharse mejor. La riqueza maderera noble, las hierbas medicinales y la minería de la sal natural, también encuentran un espacio en el comentario del investigador irlandés.

La parte final del alegato enfatiza en la pobreza de la vida social en la colonia con el fin de llamar la atención del Rey para que se ocupe de la isla. El argumento de las pocas escuelas y el analfabetismo es propio de un intelectual ilustrado que ve en la educación una garantía de progreso. El desprecio al estilo de vida del colono común es un apunte valioso. O’Reilly lamenta la facilidad con que la gente se mezcla con razas consideradas inferiores y la anarquía de la vida en el campo lejos de la ciudad y de las autoridades civiles y religiosas.

La idea de O’Reilly es demostrar el potencial de la colonia, y contrastarlo con el estado de la misma. O’Reilly confía, en la tradición ilustrada, que una explotación racional de la colonia hará que la misma produzca más dividendos.

 

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

 

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