Puerto Rico: su transformación en el tiempo

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Archive for the ‘Puerto Rico en el siglo 20’ Category

Espiritismo y modernidad en Rosendo Matienzo Cintrón (1855-1913)

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 21 abril 2013


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

Fragmento del ensayo “Espiritismo y modernidad: magia e historia en Puerto Rico a principios del siglo 20” en Historias marginales: otros rostros de Jano (Mayagüez, 2007)

Rosendo Matienzo Cintrón nacido el 22 de abril de 1855 fue, sin lugar a dudas, una de las figuras claves del Puerto Rico de la primera década del siglo 20. Su personalidad contradictoria dificulta al historiador de las resistencias políticas y sociales en Puerto Rico eslabonarlo con la tradición rebelde del Puerto Rico del siglo 19, asociada con demasiada facilidad a la figura de Ramón E. Betances, a la tradición de Cuba en armas y a la utopía antillanista. De hecho, el republicanismo radical que siempre caracterizó las posturas políticas de Matienzo Cintrón, no le condujo a converger con el separatismo confederacionista ni con el anexionista. Aquella postura fue un aliciente para tomar distancia del autonomista posibilista muñocista y para acercarse a un sector republicano que se había hecho fuerte dentro de aquella organización. El distanciamiento del muñocismo lo descartó del panorama canónico y la historiografía liberal autonomista lo relegó a un oscuro segundo plano dentro de una tradición política con la cual no encajaba

(…)

La filiación republicana de Matienzo Cintrón se manifestó tras la solución del conflicto militar del 1898. Desde aquel momento en adelante el concepto republicanismo adoptó unos contenidos distintos de los heredados por aquella tradición radical enraizada en el 1791 francés. La revisión domesticó el republicanismo hasta transformarlo en un sinónimo de la política profesional dominante en Estados Unidos. El fenómeno de la fusión, tan criticado por los autonomistas republicanos, los ortodoxos, a la altura de 1897 se reiteraba bajo la soberanía nueva. En los primeros dos bienios del siglo 20, periodo que se caracterizó por el control del Partido Republicano Puertorriqueño encabezado por José Celso Barbosa, el fenómeno se complicó aún más. El nuevo gobierno colonial y sus aliados fueron permisivos en extremo y el republicanismo exigente y la violencia política, entiéndase las turbas,  se transformaron en un dueto ingénito que el espiritista y humanista que había en Matienzo Cintrón no iba a tolerar.

rosendo_matienzo_cintronA pesar de lo que pueda imaginarse el analista, ello no fue suficiente para que el abogado perdiera la fe en la fórmula que identificaba la americanización y la modernización de la sociedad insular. De ese modo traducían algunos ideólogos liberales post bellum los proyectos regeneracionistas que tomarían auge en España después de 1898 marcando a la generación del cambio de siglo. En ambos casos, tanto la intelectualidad insular como la peninsular interpretó que la guerra había implicado la pérdida de una pasado, de una continuidad histórica y responsabilizó a los intelectuales de formular una explicación racional de las causas de aquella escisión. Detrás del regeneracionismo se ocultaba el afán romántico de la recuperación de algo perdido. Lo que se perdía era la presunta continuidad orgánica de la historia. Una historia escindida o discontinua no cabía en las mentes de aquellos intelectuales formados en la tradición ilustrada y positivista que partía de la premisa de la regularidad de los sistemas históricos.

Para el caso de Puerto Rico la situación resultaba más anómala. Garantizar esa continuidad perdida implicaba aceptar las bondades de la americanización material. La regeneración soñada dependía, en última instancia, de la presencia de Estados Unidos en la isla y de la integración de la parte al todo. La percepción de la anexión o la estadidad como una meta histórica valorable se afirmó en aquel sector ideológico. El impacto de la situación en Matienzo Cintrón es incierto, pero durante los años 1902 y 1903, se involucró en dos campañas pública disímiles solo en apariencia que vale la pena comentar brevemente: la de la unión y la del espiritismo. No se trata, debo aclarar, de un simple proceso de radicalización político social. En aquel contexto las ideas de Matienzo Cintrón resultaban lo suficientemente novedosas como para calificarlo como un revolucionario sin haber pisado aún la frontera de independentismo o de la izquierda. Se trata de un encuentro de corrientes paralelas de sistemas ideológicos que por alguna razón, comenzaron a caminar juntos en busca de un mismo propósito.

La primera de las campañas la inició probablemente hacia 1902,  cuando comenzaban sus disgustos con el Partido Republicano, y fue dirigida a crear la “Unión de Puerto Rico”, frente o asociación no electoral que, de hecho, se haría llamar en 1904 “agrupación de patriotas” a la vez que afirmaba que no tendría el carácter de “partido combatiente”.  La idea de la unión no era una novedad en el ámbito puertorriqueño. La Liga de Patriotas ideada por Eugenio María de Hostos es un antecedente interesante de la misma. En el documento “A los puertorriqueños” firmado en Nueva York el 10 de septiembre de 1898 el mayagüezano sintetizaba los fines de la organización. Por un lado, poner “a nuestra madre isla en condiciones de derecho” y “educar a un pueblo en la práctica de las libertades.”  La meta de Hostos era simple: “salir del pasado ibérico y entrar en el porvenir americano.”  El principio del borrón y la historia nueva era la actitud dominante. La Liga reclamaba con extremo candor la subordinación de las ideas políticas personales al “porvenir de nuestra isla”  voluntad que implicaba la subordinación de la política partidista al poder social.

El artefacto político propuesto por Hostos para enfrentar la situación de derecho era el plebiscito para “llegar a un convenio de gobierno temporal de los Estados Unidos en la isla”  y determinar al cabo si los puertorriqueños querían o no ser ciudadanos americanos. El corolario del proyecto consistía en “ayudar a los puertorriqueños a entrar con entero dominio de sí mismos en la verdadera y efectiva nueva era” y “ayudar a los americanos a americanizar la vida toda del país.”  Americanización y modernización se comprendían como sinónimos y como parte de un proceso inevitable que se debía auspiciar y celebrar. El modelo de aquel convenio colectivo del poder social se sustraía de la percepción que Hostos tenía de la sociedad estadounidense como un orden racional que los capacitaba para articular sanas “políticas de compromiso.”

Del mismo modo, en abril de 1899 José J. Henna propuso a Luis Muñoz Rivera, con el visto bueno del Comisionado en Washington del Partido Republicano el novelista Manuel Zeno Gandía, la consolidación de una unión puertorriqueña para hacer ciertas reclamaciones al gobierno de Estados Unidos. El proyecto pretendía comprometer a los tres líderes con el propósito de “facilitar el olvido de las pasadas luchas políticas, excluyendo el nombre de los ya disueltos partidos.”  De lo que se trataba era de afianzar una precaria solidaridad sobre la base del olvido del pasado hispánico, en la medida en que se ponía coto al afianzamiento de cualquier poder unipersonal. La meta última era, igual que la del proyecto de la Liga de Patriotas, promover un proceso plebiscitario que autorizara el ingreso de Puerto Rico a la unión americana.

El acuerdo de abril de 1899 no prosperó. De acuerdo con la documentación Muñoz Rivera alegó “que no podía haber acuerdo porque él representaba el Partido Liberal; Henna al Revolucionario; pero Zeno aunque Comisionado a Washington no era Jefe de Partido ni representaba a nadie. Los partidos Revolucionario y Liberal se habían evaporado con la guerra.”  La percepción de que un tramo de la historia había terminado con las eventualidades de 1898 era utilizada ahora para sabotear las posibilidades del proyecto político unitario ante Estados Unidos. El hecho de que la oposición hubiese venido de Muñoz Rivera no tiene que sorprender a nadie dada la actitud caudillista que siempre caracterizó al conflictivo político de Barranquitas. El cabecilla no parecía muy dispuesto a olvidar el pasado histórico. Para Muñoz Rivera el orden de los partidos políticos modernos estaba muy por encima del utópico poder social presentado por Hostos.

La “Unión puertorriqueña-americana” que propuso Matienzo Cintrón desde julio de 1902 estaba intrínsecamente vinculada a aquellos esfuerzos fallidos. Las circunstancias eran un tanto distintas. Desde el 1ro. de mayo de 1900 Puerto Rico había estrenado un régimen colonial civil mediante el estatuto Joe Benson Foraker. Las discusiones para la aprobación del estatuto habían hecho pública toda la desconfianza que tenían los congresistas de Estados Unidos en cuanto a la capacidad de los puertorriqueños para el gobierno propio o los merecimientos que poseían para gozar el privilegio de la ciudadanía americana.

Matienzo Cintrón consideraba fundamental que la organización fuese capaz de unir las voluntades de los puertorriqueños en un reclamo para la solución definitiva del problema estatutario del país a la vez que se desarrollaba una política más atrevida para confrontar los problemas económicos del país. La sintonía de este proyecto con la propuesta teórica hostosiana es notable: los dos debían mucho al positivismo y al pensamiento crítico del siglo 19. Del mismo modo, existe una distancia notable entre aquella concepción y la tosca traducción que Luis Muñoz Rivera hizo del concepto a partir de 1904. El Partido Unión de Puerto Rico, aunque les aseguró el poder hasta 1928, mucho les costó en términos del anquilosamiento ideológico y la confusión en que redundó. La “Unión de Puerto Rico” se imaginó como una gran fraternidad, utópica ciertamente, capaz de traducir la voz de todos los puertorriqueños ante una realidad que se consideraba opresiva. Cuestionar la supremacía la capacidad de los partidos políticos para resolver un dilema de aquella índole era problemático por el hecho de que aquel tipo de organizaciones representaban uno de los mayores logros del orden burgués y la democracia liberal representativa o delegativa. La experiencia de los partidos políticos en Puerto Rico apenas había iniciado, con muchas limitaciones, en 1871. Decir a la altura de 1899 o 1903 que aquellos artefactos que tanto había costado perfeccionar no representaban una alternativa viable resultaba difícil de comprender para la clase de los políticos profesionales.

(…)

La “Unión”  propuesta por Matienzo Cintrón, transformada por la fuerza de los hechos en Partido Unión de Puerto Rico, tan sólo usó el mito de la fraternidad sostenida por el frágil andamiaje que significaba “Base quinta”  para  tratar de comprometer a las mayorías puertorriqueñas para fines electorales y garantizar su control del presupuesto. El unionismo no era más que una fachada y un arreglo de lenguaje. El poder hegemónico del muñocismo dentro de la organización era evidente.

(…)

Parece obvio además el hecho de que el independentismo colectivamente visto nunca interpretó a José de Diego como un traductor fiel de lo que aquella propuesta ideológica contenida en la Base Quinta defendía. Ese fue el caso de Luis Lloréns Torres y Nemesio R. Canales quienes hicieron de de Diego el centro de sus más acerbas críticas de manera reiterada en la medida en que la Unión de Puerto Rico se convertía en una organización política colaboradora del establishment colonial.  Todo ello sirvió de cimiento para que en 1912 se consolidara una asociación independentista, denominada con el mismo lenguaje que se había designado a la Unión, llamada Partido de la Independencia de Puerto Rico al margen del independentismo dieguista.

La meteórica presencia de aquel independentismo en la segunda década del siglo 20 puertorriqueño, es uno de los fenómenos más interesantes de toda la historia puertorriqueña. Lo curioso es que la propuesta atrajera a un segmento significativo de los unionistas de 1903 que se disgustaron con el proyecto político partidista de unión de Muñoz Rivera. El partido o asociación no fue interpretado como una alternativa viable en su tiempo.

(…)

La segunda de las campañas de Matienzo Cintrón estuvo dirigida a consolidar la Federación de Espiritistas de Puerto Rico bajo la nueva soberanía en Mayagüez a partir del año 1903. Matienzo Cintrón fue uno de los oradores invitados a la asamblea fundacional que escogió a Francisco Vincenty como primer presidente.  Aquella organización se convirtió, por lo menos hasta 1913, en un influyente órgano patriótico y creador de opinión dentro del país. No se trataba sólo del compromiso humanitario que siempre fue una de las claves del espiritismo organizado desde el último tercio del siglo 19.  La Federación de Espiritistas se interpretó a sí misma como un cuerpo cívico –no sólo religioso o ético- centrado, igual que la “Unión de Puerto Rico”, en aquel concepto de la fraternidad que se había convertido en un lugar común entre buena parte de las elites intelectuales más significativos de aquel periodo. De hecho, todavía en 1913 cuando se consolidó el órgano literario modernista por antonomasia la Revista de las Antillas, pieza clave de la bibliografía de afirmación nacional del siglo 20, Nemesio R. Canales y Luis Lloréns Torres hacían voz común en el texto “Vendimia literaria” para asegurar que las metas del proyecto literario eran el “progreso” y la “fraternidad”,  los mismos objetivos de la referida Federación de Espiritistas. Había un consenso tácito que percibía que la modernidad se encontraba en una situación de crisis que había que enfrentar de algún modo. La espiritualidad y la estética fueron dos mecanismos primados en la confrontación de aquel proceso.

Si en términos de la búsqueda de la fraternidad Matienzo Cintrón caminaba al lado de su generación, en otros ámbitos representaba un contrapunto que es meritorio recordar. Su espiritismo kardeciano militante penetraba, por decirlo así, las ideologías que defendía. Su visión de mundo era, primero, la de un espiritista. Era a través de ese crisol que interpretaba los otros ámbitos de su ideología.

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La Ley Foraker y la política en Puerto Rico: unas impresiones

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 9 mayo 2012


  •          Mario R. Cancel
  •          Historiador y escritor

La aprobación de la Ley Foraker por el Congreso de Estados Unidos, desmovilizó a las vanguardias políticas Independentistas y Estadoístas. La misma fue obra de Joseph B. Foraker (1846-1917) , gobernador de Ohio en 1886 y Senado por ese estado entre 1897 y 1909. Foraker había sido uno de los testigos de la expansión estadounidense en el Caribe español y llegó a ser contendor de William Taft para la presidencia. No se trataba, por lo tanto, de una figura menor en el republicanismo del cambio de siglo 19 al 20.

La razón para ello fue que la nueva situación jurídica impuso un “compás de espera” al asunto de Estatus definitivo de Puerto Rico. El inmovilismo estimuló un proceso de realineamiento político  que conllevó la revisión de muchas de las  tácticas de lucha política al uso. Uno ejemplo de ello fue la cuestión de la resistencia armada, medio que había defendido los separatistas de tendencia independentista y anexionistas a los largo del siglo 19: las armas dejaron de ser una opción por lo menos hasta 1930.

Joseph Benson Foraker

Senado Joseph Benson Foraker

Transición y ajuste: las tendencias políticas bajo la soberanía americana

Entre 1898 y 1903  Puerto Rico vivió un cuestionable auge anexionista y la Utopía Estadoísta se impuso como la opción de las mayorías. Las implicaciones de ello fueron que americanización administrativa, jurídica y económica de Puerto Rico, fue interpretada como un valor y parecía obtener el consenso de las mayorías. La promesa de Modernización del 1898 parecía tener la confianza total de los puertorriqueños. A pesar de que la americanización cultural también tuvo sus defensores, la misma se convirtió en la proverbial manzana de la discordia. La cuestión de la cultura fue la semilla de la cual surgió una nueva versión de la resistencia al americano. Aquella resistencia se caracterizó por su Nacionalismo Cultural y la reapropiación de la cultura local, vista como nacional,  y la revalorización de las raíces hispánicas, rechazadas por la fiebre de la americanización que marcó al 1898. La hispanidad se centró en dos signos cruciales: el catolicismo y el idioma español.

El auge anexionista se materializó en el hecho de que en las elecciones de  1900 y 1902, el Partido Republicano Puertorriqueño de José Celso Barbosa, se impuso en las urnas de una manera cuestionable. El opositor,  Partido Federal Americano de Luis Muñoz Rivera, no estuvo conforme con los procesos e hizo reiteradas acusaciones no solo de fraude electoral, sino de que  las autoridades estadounidenses favorecían a aquel partido Estadoísta. La situación no era muy distinta a la de fines del siglo 19, cuando el Partido Incondicional Español se imponía en medio de procesos electorales fraudulentos. La política produjo actos de violencia contra los Federales, encabezada por las Turbas Republicanas encabezadas por el militante José Mauleón y lo cierto es que la Insular Police, de reciente creación, no actuaba contra las Turbas con el rigor que se esperaba de un cuerpo policiaco justo.

El giro ideológico de 1903: características

En 1903 algo sucedió: la Utopía Estadoísta comenzó a mostrar signos de fragilidad. El orden Foraker dejó claro que la Estadidad no sería concedida o impuesta en lo inmediato. Lo mismo podría alegarse con respecto a la Independencia o la Confederación de las Antillas en cualquiera de sus versiones. Ese mismo año, se realizó una encuesta de opinión sobre Estatus organizada por La Correspondencia de Puerto Rico, un  diario de circulación general dirigido por el Dr. Manuel Zeno Gandía, escritor y padre de la novela moderna en el país. Encuestadas más de 50,000 personas, la mayoría favoreció la Independencia y la Confederación de las Antillas como solución última a la relación colonial con Estados Unidos. El estadoísmo declinaba a pesar de que detentaba el poder. Casi me atrevo a decir que la prédica pública de Eugenio María de Hostos y la Liga de Patriotas, había surtido su efecto.

La situación condujo a la creación de un nuevo instrumento de oposición. Se trataba de un movimiento amplio no electoral denominado Unión Puertorriqueña, articulado por el Maestro Masón, espiritista y abogado,  Rosendo Matienzo Cintrón. La Unión Puertorriqueña proponía crear el equivalente a un frente anticolonial por medio de una organización cívica, no partidista y no electoral, que recordaba la Liga de Patriotas hostosiana. Matienzo Cintrón ejecutó una campaña promocional en la prensa durante los años 1903 y 1904, momento en el cual la estabilidad del poder del Partido Republicano Puertorriqueño se vino al piso.

Algo, sin embargo, cambio el panorama. En 1904, Luis Muñoz Rivera regresó de Nueva York a la isla y adoptó la idea de la Unión Puertorriqueña como suya. Sobre la base de su bien ganada influencia, desde antes de 1896 era una de las figuras más notables en la contienda insular, la presentó como una opción en la asamblea del Partido Federal Americano celebrada los días 18 y 19 de febrero de aquel año. Durante la misma, el Partido Federal Americano se disolvió y se reorganizó bajo el nombre de Partido Unión de Puerto Rico. La unión seguiría siendo la meta de la organización, pero la forma de manufacturar la misma tomó una forma distinta. En lugar de disolver a los partidos en un frente amplio cívico, se aspiraría a consolidar la diversidad en un partido político nuevo con la finalidad de tomar el poder mediante las urnas.

El Partido Unión de Puerto Rico: programa

La organización rechazó la Ley Foraker de 1900 por su carácter colonial, pero aceptó las contiendas electorales como un espacio legítimo de lucha. Al enfrentar la cuestión  estatutaria, favoreció cualquier forma de estatus no-colonial,  igual que la Liga de Patriotas de Hostos

La Base 5ta de su programa incluyó la Estadidad, la Independencia o el Self-government, así identificado en inglés, siempre y cuando el mismo fuera no colonial.

El concepto Self-government apelaba a la idea de Autonomía Radical de fines del siglo 19, en el sentido que le había dado Román Baldorioty de Castro, entre otros, incluso Hostos a la altura de 1867. Una forma de comprender ese concepto es mirarlo a la luz de los actuales conceptos jurídicos de la República Asociada, la Libre Asociación o el Free Associate State. En cuanto a la Independencia, lo que seducía era un sistema bajo el protectorado de Estados Unidos, tal y como se entendía, por aquel entonces, la relación de la república de Cuba, bajo la Enmienda Platt, con Estados Unidos. Igual que Cuba, la República de Puerto Rico, debía hacer concesiones militares y económicas a Estados Unidos para garantizar su seguridad, según formuló años más tarde el abogado José de Diego Martínez.

Puerto Rico USA ¿hacia dónde?

La coyuntura abrió una era nueva en el país. El Partido Unión de Puerto Rico dominó las elecciones desde 1904 hasta 1932. En 1904 ganó todo lo distritos electorales menos Aguadilla y Ponce. En las elecciones de 1906 y 1908, coparon todos los distritos sin excepción. El Estadoísmo estaba en retroceso, sin duda. Pero ello no significaba que hubiese desaparecido del panorama. La “luna de miel” con los invasores estaba condenada desde 1900 sin duda. La relación entre la metrópoli y la colonia no sería la misma desde aquel momento.

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Anti-figuraciones: bocetos puertorriqueños, un ejercicio de historia social

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 5 octubre 2010


  • Dr. Juan E. Hernández Cruz
  • Sociólogo y Miembro de la Academia de la Historia

Hoy nos ocupa aquí, comentar el más reciente libro del profesor Mario Cancel, amigo por el cual tengo un gran respeto intelectual y un genuino afecto. Un libro interesante, denso, como Mario nos ha acostumbrado a esperar de él, de un tema novedoso que refleja vivencias y experiencias de un grupo de ilustres puertorriqueños, casi todos de este Puerto Rico, el de la isla. Fue Don Arturo Morales Carrión el primero que convincentemente nos llevo a intuir los dos Puerto Ricos: el “primero” la capital; el otro, “la isla”. Yo añadiría otra categoría hoy: el Puerto Rico de la diáspora, de los que van y vienen.

Cada uno de esos Puerto Ricos tiene su idiosincrasia, su historia y su voz. En este libro Mario nos revela minuciosamente, interesantísimos girones de uno de ellos, el de “la isla”. Y lo hace a contrapelo de la historiografía y crítica literaria dominantes. Por eso, al él revelarnos las biografías de algunos representantes de ese mundo, que comparten espacios en una literatura marginal, o vivencias históricas dispares, lo resultante es una trama que se urde mediante una ingeniosa y extensa investigación.

El título del libro de por sí ya nos revela su intención, se trata de anti-figuraciones, o etapas de una biografía, o un acto de desdoblamiento del biografiado, y porque no decirlo, también del autor, y es que Mario escribe también desde una literatura marginal. (Cuando decimos aquí marginal, queremos decir al margen de la literatura del otro Puerto Rico, el oficial, el de la capital, que ha estado orientado hacia las metrópolis y los ismos e ideologías en boga.)

A mí me consta que el profesor Cancel no escribió estas biografías, o bocetos, con la intención de darnos una muestra vigorosa de la literatura marginal, o de la historiografía no convencional, eso surgió después, como el mismo lo relata en el prólogo. Y me consta, porque yo fui uno de los que lo entusiasmé para que se uniera a mí en un proyecto sobre la literatura sangermeña y escribiera el prólogo de la novela Kalila de Francisco Mariano Quiñones. Proyecto éste originado por el Círculo de Recreo de San Germán.

Anti-figuraciones: bocetos puertorriqueñosEn esa ocasión yo veía la posibilidad del especialista en historia y en literatura (Mario domina ambas disciplinas) libre de ataduras dogmáticas, para que escribiera la biografía de Don Francisco Mariano Quiñones y ubicara su novela desde una perspectiva crítica. Sé que otros de los trabajos incluidos en este libro también fueron solicitados por las mismas razones y en reconocimiento de su dedicación y erudición.

El resultado de esos trabajos encomendados en diferentes ocasiones, por un periodo de varios años y por diferentes personas, constituyen el volumen que hoy se nos presenta con voz propia y con una nueva personalidad. Se trata de Anti-figuraciones: bocetos puertorriqueños que así es el título completo del libro.

En el caso del ensayo de Mariano Quiñones, titulado “De Kalila a la literatura nacional o el oprobio del cosmopolitanismo” que ya he comentado en otro contexto, se refiere a la complejidad de la novelística de ese autor, la cual ha sido construida, y cito a Mario, “sobre los cimientos de la literatura masónica y mágica” para luego añadir “tan extrañas en la tradición literaria nacional”. Razón por la cual ha sido clasificada como marginal, debido a que rompe con la mayor parte de los moldes de lo que la crítica puertorriqueña ha considerado clásicos, como expresiones del S.19. Mario Cancel nos recrea los discursos del romanticismo y el nacionalismo, que encontrarían su mejor vehículo de expresión en la novela de Occidente, y el criollismo y naturalismo, que serían lo propio en la novela puertorriqueña. Acotando que serían a su vez los que menos peligro representarían para la ideología del régimen español de la época.

Otra posible lectura de estos textos es desde el interaccionismo simbólico, una de las microteorías de la sociología. Partiendo de la tesis de Simmel, y su concepción del pensamiento dialéctico, que él describe como multicausal y multidireccional, integrando hechos y valores y rechazando la idea de que hay líneas divisorias tajantes entre los fenómenos sociales. Simmel pone énfasis en las relaciones sociales y el interés, además de reconocer la importancia del presente, en relación con el pasado y en la proyección del futuro. Siendo este último el aspecto que hace a la obra de Mario atinada y permite que hagamos esa lectura simmeliana.

Todos los bocetos, o relatos biográficos del libro, nos revelan unos personajes y unas contradicciones, que son importantes para descifrar ese pasado y para ayudarnos a un entendimiento de este presente. Como diría el propio Simmel “el mundo puede entenderse mejor en términos de conflicto y de contrastes entre categorías opuestas”.

La posición de Simmel establece que el mundo está compuesto de innumerables acontecimientos, acciones e interacciones. Para orientarse en el laberinto de la realidad (que él llama los “contenidos”) las personas la ordenan, mediante su reducción, a modelos y formas. De esta manera, el actor se enfrenta a un número limitado de formas, en lugar de a un conjunto de acontecimientos específicos. La tarea del sociólogo y valga la pena decir del historiador en este caso, de acuerdo a Simmel, consiste en hacer lo mismo que el lego; esto es, imponer un número limitado de formas a la realidad social, a la interacción en particular, para que de esta manera pueda analizarla mejor. Esta metodología permite por lo general obtener un extracto de las características comunes que se encuentran en un amplio frente de interacciones específicas. Un ejemplo de ello serían las formas interactivas de superordenación y subordinación que se basan en una vasta gama de relaciones, “tanto en el estado, como en la comunidad religiosa; tanto en una asociación económica, como en una escuela de arte o en la familia”.

Hay en estos trabajos un paralelismo con lo que Simmel nos propone, eso es fijarse en un fenómeno específico, finito, de entre los acontecimientos más amplios del mundo en general, el examen de la multiplicidad de elementos que lo pueden componer e indagar su causa, que le da coherencia y así descubrir su forma. Investigar entonces los orígenes de esas formas y explorar sus implicaciones estructurales.

Este enfoque tiene el riesgo de que el investigador imponga un orden donde no lo había y de producir una serie de estudios inconexos, que a la postre no se acerque al construido por los legos. Eso no ocurre en este trabajo, que resulta coherente y nos revela situaciones específicas, partiendo de esa realidad que yo he conceptualizado como “el otro Puerto Rico” ubicada en la comparación con el “primer Puerto Rico” y el más amplio, del mundo en general. En este caso, ese enfoque nos permite entender mejor a Lola Rodríguez de Tió (Imágenes de una poeta: un asomo a la bibliografía de Lola Rodríguez de Tió) y la necesidad expresada por don Emilio del Toro Cuebas de que se escribiera la biografía de Lola, “la de la patriota”. Necesidad que se repetirá, al decir de Cancel, por diferentes estudiosos, en diferentes momentos históricos hasta el presente. El profesor Cancel recurre entonces a hilvanar los pasos de Lola, señalando el exilio y las dificultades de reconstruir éste, terminando con una oración lapidaria: “Los peregrinos (exiliados) no dejan de ser figuras marginales de una versión de la historia que se ve precisada a citarlos pero no puede integrarlos cabalmente a sus grandes invenciones nacionales”.

La contradicción de la dama de alta sociedad, señalada por Cancel, que prestó su casa en La Habana para guardar “armas, municiones y explosivos” o la ruptura de ella con algunos de los moldes impuestos por un orden social dominado por los hombres puede que sea resuelto en el “futuro” a que hace alusión Simmel. Esa biografía de la patriota que reclamaba del Toro Cuebas posiblemente sea escrita en su otra “realidad social”, la cubana y en Puerto Rico siga siendo “la poeta refinada que pululó libremente entre Alejandro Tapia y Rivera y José Gautier Benítez”. Aunque sospecho que ese sea un reto que tomé el mismo Mario y nos sorprenda con una biografía de Lola que integre su polifacética vida.

El caso de Loida Figueroa (en el ensayo El discurso histórico de Loida Figueroa Mercado: apuntes iniciales) que a decir de Cancel se podría definir como una “historiadora tradicional” en el momento en que se originaban unos postulados de la “nueva historiografía”, este precisa, hablando en el lenguaje de Simmel; los “contenidos” de romanticismo, positivismo, y nacionalismo, para darle “forma” en el “compromiso con una causa”, lo que le dio personalidad al discurso histórico de Loida Figueroa, marcándola como “una figura única entre las mujeres que trabajaron la historia en el S.XX”.

En este ensayo Mario utiliza también un concepto del interaccionismo “el performance”, la actuación que también refleja la influencia de Erving Goffman sobre su trabajo. Quiero hacer un comentario final en mi rol de editor: este es un libro atractivo y bien hecho, con un excelente papel color marfil viejo y una letra legible, un libro atractivo y fácil de leer. Felicito a los editores de Isla Negra. A Mario, enhorabuena.

Comentario en torno al libro Anti-figuraciones: bocetos puertorriqueños de Mario R. Cancel (Isla Negra Editores, 2003) leído el 22 de abril de 2004 en la Biblioteca Juan Cancio Ortiz de la Universidad Interamericana de  San Germán.

Posted in Anti-figuraciones: bocetos puertorriqueños, Erving Goffman, George Simmel, Historia de Puerto Rico, Historiografía y teoría, Juan E. Hernández Cruz, Mario R. Cancel, Nacionalismo cultural, Puerto Rico en el siglo 19, Puerto Rico en el siglo 20 | Etiquetado: , , , , , , | Leave a Comment »

 
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