- Salvador Brau (1842-1912)
Preciso es reconocer grandes cualidades de carácter en el pueblo puertorriqueño; cualidades inherentes algunas a toda la extensa familia española, pero muy en especial nuestras; otras, tan especiales que sería en vano buscarlas en todas esas nacionalidades nutridas con española savia en los vastísimos territorios de vecino continente.
Originarios de las provincias peninsulares del mediodía, los primitivos colonizadores del suelo borincano, nos trajeron la vivacidad de imaginación y la delicadeza en el sentir que les eran peculiares; pero de ningún modo la vehemencia en el obrar que les distingue.
Esta observación salta a la vista, y de tal manera descuella, que cualquiera poco conocedor de los orígenes del pueblo puertorriqueño, le crearía procedente no del mediodía sino del norte de Europa al observar la parsimonia con que procede en muchos de sus actos sociales.
Es verdad que lo expansivo del carácter, lo generoso y sufrido, y lo propenso a resignarse con una promesa, a veces con una simple fórmula de cortesía (que consideramos generalmente como augurio venturoso) bastan para calificar la riqueza soñadora de nuestra fantasía, descubriéndose pronto su verdadera procedencia; pero, a pesar de esto o quizás por esto mismo, somos un pueblo especial, fácil de dirigir y muy aficionado a dejar hacer, sin inquietarse mucho cuando no lo hallamos hecho, por más que nos lo hayan ofrecido.
Conocidos estos antecedentes, parecerá extraño que la calidad predominante entre los puertorriqueños sea la independencia de carácter; con todo, hay que reconocerlo así.
Sea por razón del aislamiento en que hemos vivido, sea por los hábitos de la vida campestre, sea por desconocimiento de ciertas conveniencias sociales, ello es que el puertorriqueño estima en mucho su libertad individual, y no se muestra dispuesto a sacrificarla a etiquetas y fórmulas convencionales.
Si es esto un bien o un mal no tratamos de averiguarlo ni lo necesitamos para nuestro propósito. Nosotros describimos; encárguense de juzgar otros…
Y que describimos estudiando la naturaleza, es indudable.
Por de contado somos los puertorriqueños los peores cortesanos del mundo. Hablamos en términos generales, y convencidos de que no faltarán entre nosotros personas aficionadas a frecuentar encumbrados salones, y muy hábiles para proceder en ellos con ese exquisito amaneramiento propio de la etiqueta palaciega, mas no puede juzgarse la colectividad por el individuo, sobre todo cuando el individuo ha podido modificarse por circunstancias extrañas a sus congéneres.
Estudiad al puertorriqueño en cualquiera localidad de la isla, y le veréis decidor y jovial en sus reuniones, pero circunspecto y hasta desabrido en la vida pública; muy respetuoso con la autoridad, pero evitando todo lo posible el rozarse con ella hasta para asuntos que le interesan. Si la autoridad le llama no dejará de responder al llamamiento, pero se le hará agradable el retirarse de su presencia, para regresar a su conuco (finca rústica de corta extensión) o a sus quehaceres.
Si la necesidad os conduce a la casa de un puertorriqueño —hablamos del carácter genuino, no del adulterado— veréis con qué delicadeza ejerce el deber de la hospitalidad, por mucho que podáis serle desconocido, mas no esperéis que él venga a la vuestra a solicitar correspondencia.
En sus deberes nacionales es un modelo. ¿Peligra la integridad del suelo patrio? Pues pronto le hallaréis a defenderla. ¿Sufren sus hermanos en provincias lejanas? Su bolsa está pronta para socorrerles. ¿Celebra la nación alguna hazaña gloriosa? Al júbilo general se asocia espontáneamente.
Estos son rasgos típicos de nuestro pueblo; mas, por el extremo contrario, ¿le oprime a él alguna calamidad? A nadie acude para remediarla. Si le dan, acepta; si le ofrecen, aguarda; si le burlan en sus esperanzas, se resigna.
Podrá decir alguno: «Si a estas notables condiciones se le agregase cierta dosis de ductilidad y un ligero abandono al retraimiento, para asistir a tertulias oficiales y frecuentar las oficinas públicas, ese pueblo sacaría mejor partido de los encargados de administrarle y dirigirle.» La observación será exacta, pero ¿qué le hemos de hacer? Nosotros somos así. Educados en la soledad, nos avenimos mal con el bullicio cortesano.
El régimen colonial contribuyó mucho a acrecentar esos instintos solitarios, y los desengaños sufridos, si no son suficientes para amenguar nuestra lealtad ingénita, bastan para hacernos cautos y recelosos.
Es verdad que de ese alejamiento habitual de los círculos autoritarios, a que nos lleva la índole de carácter y la educación política que hemos recibido, han sacado provecho ciertas gentes para suponernos díscolos y mal avenidos con los poderes públicos; pero nosotros somos así, y, contando siempre con nuestra buena fe, seguimos creyendo, a pesar de todo, que a los pueblos se les debe juzgar por su historia y no por la insidia de mal avenidos consejeros.
Y tan apegados nos hallamos a nuestras costumbres, que no damos muestras de corrección.
¿Viene un gobernador nuevo? Le recibiremos con palmas. ¿Nos dirige cuatro frases halagüeñas? Le elevamos al séptimo cielo. ¿Demuestra hacer algo en bien del país? Le proclamamos nuestro bienhechor, nuestro salvador, y no encontramos sitio bastante digno donde estampar su nombre; pero nos mantenemos siempre a respetuosa distancia: a la capa, como suelen llamar los marinos a una de sus más hábiles maniobras. Esto, dicen algunos que es inconveniente; podrá serlo, pero hay que confesar que tiene sus ventajas.
Si el gobernador no cumple nada de lo ofrecido, si se inclina del lado de los especuladores políticos y nos da el gran camelo, no nos vemos obligados a ponernos en franquicia, diciendo como la zorra: están verdes. La reserva observada evita tan penoso trance. No se debe, pues, estudiar la medalla sólo por el anverso.
Conviene, por otra parte, tener presente que puede suceder, mejor dicho, ha sucedido, que un gobernador reformista se torne en furibundo conservador, o que dando oídos a consejas y tradiciones fantásticas, como el miedo es contagioso, concluya por abrumarnos con expedientes gubernativos o aturdimos con gritos estentóreos, marchándose luego en paz a recoger como premio, un marquesado o cosa semejante: para hechos tales parece creado expresamente el carácter de los puertorriqueños.
Con una calma estoica oímos los dicharachos: con admirable sangre fría dejamos que cursen los expedientes sobre las soñadas conspiraciones; y cuando nos llega la noticia de que el héroe se ha dado los honores del triunfo allá en el Capitolio, o cuando mendiga nuestros votos para que le encumbramos a los escaños de la Representación Nacional, nos conformamos con dejar que juguetee en nuestros labios y anime nuestro semblante una significativa sonrisa. Así somos nosotros.
El Domingo, 9-IX-1883.
Comentario:
Salvador Brau es considerado uno de los precursores de la historiografía y la sociología puertorriqueñas. Fue activista abolicionista, liberal y autonomista, y trabajó al servicio de España y Estados Unidos en el cambio del siglo 19 al 20. El documento de 1883 incluido es un interesante juicio sobre lo que significa la Nacionalidad Puertorriqueña para este olvidado intelectual.
Brau reconoce el papel fundamental de la Hispanidad en la Puertorriqueñidad, pero llama la atención sobre ciertas cualidades “tan especiales” que solo pueden ser nuestras. Entre lo Hispánico lo Puertorriqueño existen, por lo tanto, elementos de continuidad y de discontinuidad. Los argumentos de Brau son histórico-sociales, producto de la observación social y de la racionalidad. Pero la Nacionalidad Puertorriqueña se describe mediante conceptos morales y sicológicos producto en parte de orden colonial autoritario en que había madurado.
El autor no quiere hacer una lista de virtudes y defectos. La decisión la debe tomar el lector. Pero, en general, los rasgos que Brau distingue son los siguientes:
1. La “vivacidad de imaginación y la delicadeza”.
2. Lo “expansivo del carácter, lo generoso y sufrido, y lo propenso a resignarse con una promesa”.
3. La “independencia de carácter” y el hecho de que el “puertorriqueño estima en mucho su libertad individual”.
4. La “parsimonia con que procede” y la ausencia de “vehemencia en el obrar”.
5. Manifiesta “instintos solitarios” y tiene por virtud la “hospitalidad”.
6. Son “los peores cortesanos del mundo”, distantes del boato, el formalismo, los protocolos y el lujo.
7. Es “decidor y jovial en sus reuniones, pero circunspecto y hasta desabrido en la vida pública”.
8. Es un pueblo “fácil de dirigir y muy aficionado a dejar hacer” y, a la vez, “respetuoso con la autoridad, pero evitando todo lo posible el rozarse con ella”, cumpliendo “sus deberes nacionales es un modelo”.
9. “¿Viene un gobernador nuevo? Le recibiremos con palmas”, pero “si el gobernador no cumple nada de lo ofrecido (…) no nos vemos obligados a ponernos en franquicia” o protestar y guarda silencio.
10. No cambian con facilidad: “apegados nos hallamos a nuestras costumbres” de donde deriva su tesis central de que “así somos nosotros”.
- Mario R. Cancel
- Historiador y escritor
