Puerto Rico: su transformación en el tiempo

Historia y sociedad

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Proyecto para la Abolición de la Esclavitud de 1867

Publicado por Mario R. Cancel en 17 marzo 2011

Capítulo VIII: Debe abolirse la esclavitud en Puerto Rico, aunque sea sin indemnización. Debe abolirse también, aunque sea con reglamentación del trabajo. La abolición debe ser radical e inmediata. ¿Es objeción para que se mantenga la esclavitud en Puerto Rico la proximidad de esta Isla a la de Cuba?

Como anteriormente dejamos expuesto, la indemnización, que es fácil y llevadera repartida entre el Estado y la Provincia, considerada en sus fundamentos y en su utilidad, es de equidad, de buena política, de justicia y de reconocida conveniencia para los esclavos, tanto al menos como para los propietarios.

Segundo Ruiz Belvis

Supongamos, sin embargo, que esta indemnización no sea posible; supongamos que por un conjunto de dolorosas circunstancias no hay otro medio sino optar entre la abolición sin indemnización o la continuación de la esclavitud: en este caso, hemos dicho al contestar a la primera parte del interrogatorio primero y repetimos ahora, “suprímase la esclavitud en Puerto Rico y olvídese, si se quiere, que hay un gran número de propietarios a quienes se priva de una propiedad hasta aquí considerada como legítima”. En cualquiera de los casos, con indemnización o sin ella, la esclavitud no debe durar ya un solo día. La conciencia de los hombres honrados y la del mismo Gobierno deben sentir como el peso de una acción criminal cuando, pudiendo borrar con facilidad y en un momento hasta los vestigios de esa institución, aplazan, sin embargo, indefinidamente su resolución, unos por temores que la razón desecha, pero que la imaginación agiganta; el otro, por consideraciones cuyo valer no podemos en estos instantes calificar.

Puede suceder que la indemnización, imposible al principio, sea posible en un plazo más o menos largo; en este caso, y con mayor razón, proclámese desde luego la emancipación, échense las bases y fíjense los plazos.

Esto que decimos de la esclavitud decimos igualmente en lo que al trabajo de los emancipados se refiere. Creemos, y así lo hemos sostenido en otra ocasión, que la economía política, la conveniencia pública y la más estricta justicia reclaman la completa libertad del trabajo en todos y cada uno de los individuos de una sociedad; hemos dicho también, concretándonos a la clase libre de color en Puerto Rico, compuesta en parte de ingenuos y de libertos, que no deben, en bien propio y del país, estar sujetos a reglamentación alguna en el trabajo; pero si esto, por temores también exagerados, se cree que puede ser dañoso a la prosperidad de Puerto Rico, venga enhorabuena la reglamentación, con tal que no exceda de un período de cinco años.

En suma: queremos y pedimos en nombre de la honra y del porvenir de nuestro país la abolición inmediata, radical y definitiva de la esclavitud; en cuanto a los medios para llevar a cabo este gran acto de justicia, aunque señalados por nosotros aquellos que estimamos más fundados en una política prudente y elevada, los encomendamos siempre a la ilustrada iniciativa del Gobierno y a la recta conciencia de la opinión pública.

Esta petición nuestra, que, aun siendo individual, fuera digna de ser tenida en cuenta, recibe aquí autoridad ilimitada, porque con más honra que merecimientos, somos en esta ocasión los elegidos por el voto de algunas poblaciones y además los representantes, no tan elocuentes como fieles, de las opiniones, sentimientos y doctrinas de la mayor parte de los naturales de Puerto Rico.

Una objeción, de la cual es bien hacerse en este punto cargo, se opone por algunos a la abolición en nuestra Antilla: su proximidad a Cuba y el precedente que desde luego establecería. No desconocemos lo que este argumento vale, pero a nuestra vez podríamos preguntar: ¿creen los que tal dicen, cree el mismo Gobierno que es posible sostener ese sistema de inmovilidad y petrificación en la cuestión social de la esclavitud? ¿Creen que esta terrible iniquidad, borrada ya de todas las naciones del mundo, condenada por todas las conciencias, rechazada por los más elevados intereses se estancará y durará mucho tiempo en las Antillas españolas? No es posible que lo crean; y si esto es así, la política más trivial y ligera aconseja que se debe empezar a abolir allí donde todas las circunstancias brindan a la reforma, donde la población esclava es corta, donde hay una población libre, densa y numerosa, donde la riqueza no necesita de aquella institución y donde, en fin, la tranquilidad no puede turbarse porque desaparezca en un día próximo y determinado. Si esto se hace, no solamente se dará cumplida satisfacción a las necesidades de Puerto Rico —que, al fin, tiene pleno derecho para ser escuchado y atendido independientemente de la isla de Cuba—, sino que, además, y ésta es una consideración muy importante, España, que nada ha hecho en la abolición de la esclavitud y cuyos sentimientos en este punto son, en concepto de algunos, un tanto sospechosos, dará, suprimiéndola en nuestra isla, un ejemplo al mundo de la sinceridad de sus protestas, de su política en lo porvenir y de la rectitud de sus intenciones.

No necesitamos resumir lo que llevamos dicho. Hemos procurado determinar los orígenes de la esclavitud en Puerto Rico, lo hemos examinado después en alguna de sus más importantes relaciones y en todos casos hemos llegado a una conclusión verdaderamente consoladora, a saber: que lo que está condenado por la justicia y por la moral lo está también en rigor por la historia, por la riqueza y por la conciencia pública. La abolición, por lo tanto, es de todo punto necesaria. Los medios que, por cumplir con un propósito tan honroso como satisfactorio, hemos propuesto para aboliría, serán más o menos acertados, más o menos fáciles de llevar a cabo: en este punto nos sometemos de ahora para siempre a lo que con los ojos puestos en el bien del país y en prin­cipios de justicia, se resuelva y determine.

Lo que hemos querido dejar asentado es que la institución de la esclavitud es un hecho perturbador, inmoral y preñado de peligros que conviene alejar inmediatamente y .sin levantar mano del seno de nuestra hermosa Antilla.

¿Qué no ha corrompido, en efecto, en nuestras sociedades de América el hecho de la esclavitud? En el orden material ha envilecido el trabajo, ley necesaria para que el hombre realice las aspiraciones de su propia naturaleza; en el orden económico, al convertir al hombre en propiedad, ha provocado la depreciación de las demás propiedades; en el orden civil, al violar la personalidad del esclavo, al negarle hasta el consuelo de la familia, ha llevado la corrupción hasta el seno mismo de las familias privilegiadas; en el orden administrativo ha hecho necesaria, imprescindible, la omnipotencia del poder, porque allí donde las relaciones de derecho están sacrílegamente perturbadas, el orden no puede nacer sino del miedo de los que sufren y de la violencia de los que mandan; en el orden político ha entronizado un estado de cosas en que la energía del individuo se extingue y las virtudes se acaban y la virilidad en el carácter es casi imposible, porque estas grandes prendas necesitan para vivir del aire de la libertad; en el orden social, la esclavitud ha creado una especie de aristocracia sin más tradición que el color y sin más poder que la riqueza; y en el orden moral y religioso ha arrojado aquella sociedad a una vida pasiva sin ideal y a un estado de cosas basado sobre la injusticia y la iniquidad.

Así, por esta funesta y universal trascendencia, la esclavitud, que no fuera en un principio más que un elemento obligado de producción, ha llegado a ser el origen y la causa permanente de todos los males que hoy pesan sobre las colonias españolas. La cuestión social, por lo tanto, al reducirse entera a la institución de la esclavitud, ha ganado en intensidad todo lo que ha perdido en extensión.

Al lado de este peligro, cuya importancia no procuramos amenguar, la institución de la esclavitud ofrece para su resolución, y una vez realizada, un gran número de ventajas que no podemos sino rápidamente indicar. El carácter único con que refleja la cuestión social, es la primera.

Francisco M. Quiñones

En Europa, las mejores inteligencias se pierden cuando quieren descubrir en ese conjunto de grandes cuestiones sociales —el proletariado, la propiedad, el impuesto, etc.—, un principio superior, una solución única que remedie todos los males y concierte en armonía superior todos los derechos. En las Antillas, por el contrario, el problema social, vario y múltiple en sus partes, se ha concentrado en una sola institución: en la esclavitud. Resolver este problema es resolverlos todos. ¿Quién puede apreciar la nueva vida que se desenvolverá en esas sociedades, hoy castigadas por la esclavitud, el día en que esta institución desaparezca tranquila y satisfactoriamente para todos? La filosofía enseña que allí donde la acción y reacción de dos razas libres son más enérgicas, el progreso es más rápido y la organización social más vigorosa; la historia prueba que con medidas prudentes y previsoras, colonias como las islas Mauricio, Las Barbadas, Martinica y Antigua llegan a ser más ricas y felices. La moral, en fin, la fe profunda que debemos abrigar en todas las grandes causas, nos dicen que devolver en una sociedad una buena parte de su población a los goces de la familia y de la libertad; que consagrar la igualdad de todos los hombres ante el Estado como está consagrada por la religión ante Dios; que ampararles en su personalidad, en su trabajo y en su propiedad, es una empresa grande, digna de ser llevada a cabo aun a costa de algunos sacrificios.

Podemos, pues, asentar como cierto que si todos los males que hoy se dejan sentir en las Antillas españolas nacen directa e inmediatamente de la institución de la esclavitud, todos los bienes, en cambio, todo el progreso con que aquella sociedad sueña, sin poderlo conseguir jamás, lo debe esperar de la emancipación de sus esclavos.

La historia comprueba esta verdad. No ha habido un solo colono, ni existe un solo partidario de la esclavitud, como dice un distinguido escritor, que no haya anunciado con una convicción profunda que la emancipación produciría estos tres resultados:

La cesación del trabajo y la ruina completa de las colonias.

La vuelta de los negros a la barbarie.

El robo y el asesinato.

Los hechos han, felizmente, desmentido tan fatales augurios.

“El resultado de la emancipación llevada a cabo en las Islas Occidentales —decía en 1842 Lord Stanley, Ministro de las Colonias en Inglaterra— ha sobrepujado hasta las más lisonjeras esperanzas de aquellos más ardientes partidarios de la prosperidad colonial; no solamente ha aumentado la riqueza material de cada una de las islas, sino que, lo que es mejor, ha habido un gran progreso en las costumbres industriales, un perfeccionamiento en el sistema social y religioso y un desarrollo en los individuos de esas cualidades intelectuales y morales que son más necesarias a la dicha que los objetos materiales de la vida. Los negros son hoy felices y viven satisfechos; entregados al trabajo, han aumentado su bienestar, y, al mismo tiempo que han disminuido los crímenes, han llegado a ser mejores las costumbres. El número de matrimonios ha crecido, y, merced a la influencia de los ministros de la religión, la instrucción se ha propagado. Tales son las consecuencias de la emancipación; su éxito ha sido completo en cuanto al fin principal de la medida.”

Estas ventajas, acreditadas por la historia, no pueden faltar en Puerto Rico si la abolición se lleva a cabo. Suprimida la esclavitud y destruida, por lo tanto, la causa de tantos y tan graves males como antes hemos enumerado, aumentará la población porque las relaciones entre los individuos serán muy libres y naturales, vendrán capitales extranjeros, hoy completamente retraídos, y, por consiguiente, aumentarán las transacciones y se desarrollará la industria; movilizada la propiedad territorial, hoy punto menos que estancada, se desenvolverá el valor de la riqueza y el crédito dentro y fuera de la isla; la mayor demanda de trabajo y la baratura de los artículos de primera necesidad mejorarán la condición material de las clases obreras; reducido el interés del dinero, se desgravará la propiedad, y, como consecuencia de todas estas inmensas ventajas, se desarrollará el espíritu de asociación, se crearán instituciones de ahorro y de crédito, de que ahora carecemos; se perfeccionarán los procedimientos agrícolas e industriales y, últimamente, la sociedad ganará en vida moral, que es la fuente suprema de donde nacen el respeto a los derechos y garantías individuales.

En cuanto al tránsito de la esclavitud al estado libre, en otras partes tan temido por lo radical, en Puerto Rico carece, afortuna­damente, de importancia. La población de color libre, tan numerosa en Puerto Rico y uno de los elementos que más coadyuvan al porvenir de aquella sociedad, hace allí las veces de una clase intermediaria entre la raza esclava y la población blanca. Dios sólo sabe lo que tenemos que agradecer a esa clase honrada y laboriosa que, por un lado, aumenta la riqueza, ayuda a la población blanca, y, por el otro, se ofrece como un eterno y brillante ideal a los ojos de la raza africana. El esclavo en Puerto Rico no envidia al blanco: la degradación de su estado de una parte y su ignorancia de otra, impiden que su ambición raye tan alto: lo que el esclavo allí contempla con amor y con envidia es el desenvolvimiento de la clase de color libre, porque conoce que ése es el estado inmediato al de su redención y que en él ha de vivir para llegar un día al término de sus esperanzas.

Esto constituye un elemento de orden y una segura garantía de que se puede resueltamente proceder a la abolición inmediata de la esclavitud.

Tal es, al menos, nuestra más profunda y sincera convicción. ¡Ojalá que el Gobierno, ojalá que la opinión pública de España acojan este nuestro voto, que es también el voto de todas las buenas almas de nuestra nación, porque de esta suerte se alejarán para siempre las complicaciones y peligros de que está preñada esta institución aborrecible.

De cualquier manera y sea cual sea el resultado de este nuestro humilde trabajo, lo que no se podía menos de reconocer, y esto basta para la satisfacción de nuestra conciencia, es que defender los fueros de la justicia, intentar la desaparición de una iniquidad que deshonra nuestro nombre, romper para siempre las cadenas de la esclavitud y todo esto sin perjudicar los intereses creados y sin perturbar la vida general del país, es un propósito honrado y fecundo, que podremos no alcanzar, pero que de seguro merecerá de todos los buenos consideración y respeto.

Junta Informativa de Reformas, Madrid, 10 de abril de 1867. — S. Ruiz Belvis, José Julián Acosta, Francisco M. Quiñones

Comentario:

El documento que antecede resume la posición de los Comisionados de Puerto Rico a la Junta Informativa de Reformas (1866-1867). Se trata del alegato más visible por “la completa libertad de trabajo” en el siglo 19 puertorriqueño. En el mismo se solicita la “abolición radical” de la esclavitud, entendida en el principio de que debía ser “inmediata” pero “con indemnización o sin ella”. Pero también sugiere la necesidad de desregular el “trabajo de lo emancipados” porque la economía política requiere la más “completa libertad del trabajo”. La esclavitud negra, sostiene los Comisionados, es un crimen y un acto aborrecible.

El otro punto interesante es que los Comisionados alegan ser los representantes legítimos de “las opiniones, sentimientos y doctrinas de la mayor parte de los naturales de Puerto Rico”. El argumento se esgrime por el hecho de que en aquel entonces se posponía la abolición por el peligro de la “guerra de razas” que presumiblemente aquella reforma podía producir en Cuba. Los puertorriqueños aspiran a que la situación de Puerto Rico sea tratada de manera separada de la de Cuba. La razones para ello son tres. Primero que acá “la población esclava es corta”, que en esta isla hay “una población libre, densa” y que “la riqueza no necesita de aquella institución” para crecer. En Cuba ocurría todo lo contrario. En el proceso trata de seducir a la Corona alegando que mediante la abolición en Puerto Rico, la imagen internacional de España mejorará, en la medida en que demostrará “la sinceridad de su protestas” o compromiso con el cambio. Los pensadores puertorriqueños piensa que la esclavitud está condenada, lo mismo por la justicia, la moral, la historia, la riqueza y la conciencia pública.

En la parte final de alegato precisan que, mientras en Europa, el problema o la cuestión social se centra en “el proletariado, la propiedad, el impuesto”, en las Antillas “se ha concentrado…en la esclavitud”. En ambas esferas se trata de asuntos relacionados con el modo de producción social que era una preocupación de la economía política de la época. La idea de que resolviendo uno y otro, se resolvían todos los demás problemas es comprensible pero fantasiosa. Por último los autores tratan de convencer a la Junta de lo inapropiado de ver en la abolición de la esclavitud un estímulo a la barbarie y a la violencia. Por el contrario, en su propuesta la reforma estimularía la reactivación de una economía que, en 1867, daba la impresión de estar empantanada y ausente de algunos de los signos determinantes de una economía de libre mercado moderna. En cierto modo, esta es la síntesis de la filosofía de una revolución burguesa y liberal que nunca se dio del todo en el Puerto Rico del siglo 19.

El documento que antecede resume la posición de los Comisionados de Puerto Rico a la Junta Informativa de Reformas (1866-1867). Se trata del alegato más visible por “la completa libertad de trabajo” en el siglo 19 puertorriqueño. En el mismo se solicita la “abolición radical” de la esclavitud, entendida en el principio de que debía ser “inmediata” pero “con indemnización o sin ella”. Pero también sugiere la necesidad de desregular el “trabajo de lo emancipados” porque la economía política requiere la más “completa libertad del trabajo”. La esclavitud negra, sostiene los Comisionados, es un crimen y un acto aborrecible.

El otro punto interesante es que los Comisionados alegan ser los representantes legítimos de “las opiniones, sentimientos y doctrinas de la mayor parte de los naturales de Puerto Rico”. El argumento se esgrime por el hecho de que en aquel entonces se posponía la abolición por el peligro de la “guerra de razas” que presumiblemente aquella reforma podía producir en Cuba. Los puertorriqueños aspiran a que la situación de Puerto Rico sea tratada de manera separada de la de Cuba. La razones para ello son tres. Primero que acá “la población esclava es corta”, que en esta isla hay “una población libre, densa” y que “la riqueza no necesita de aquella institución” para crecer. En Cuba ocurría todo lo contrario. En el proceso trata de seducir a la Corona alegando que mediante la abolición en Puerto Rico, la imagen internacional de España mejorará, en la medida en que demostrará “la sinceridad de su protestas” o compromiso con el cambio. Los pensadores puertorriqueños piensa que la esclavitud está condenada, lo mismo por la justicia, la moral, la historia, la riqueza y la conciencia pública.

En la parte final de alegato precisan que, mientras en Europa, el problema o la cuestión social se centra en “el proletariado, la propiedad, el impuesto”, en las Antillas “se ha concentrado…en la esclavitud”. En ambas esferas se trata de asuntos relacionados con el modo de producción social que era una preocupación de la economía política de la época. La idea de que resolviendo uno y otro, se resolvían todos los demás problemas es comprensible pero fantasiosa. Por último los autores tratan de convencer a la Junta de lo inapropiado de ver en la abolición de la esclavitud un estímulo a la barbarie y a la violencia. Por el contrario, en su propuesta la reforma estimularía la reactivación de una economía que, en 1867, daba la impresión de estar empantanada y ausente de algunos de los signos determinantes de una economía de libre mercado moderna. En cierto modo, esta es la síntesis de la filosofía de una revolución burguesa y liberal que nunca se dio del todo en el Puerto Rico del siglo 19.

Los interesados pueden también consultar Segundo Ruiz Belvis: política y modernidadSegundo Ruiz Belvis: una aventura de la memoria

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

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Betances y la epidemia del cólera

Publicado por Mario R. Cancel en 16 junio 2010

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Si hemos de creer la aseveración del Dr. Francisco X. Veray de que Betances es uno de los “fundadores de la medicina académica puertorriqueña”, forzoso es apuntar que la epidemia de cólera de 1855 a 1856 fue el laboratorio donde se forjó el gran médico. En abril de 1856 convalidó Betances su título en Puerto Rico y ya para agosto 5 lo hallamos trabajando de lleno contra la peligrosa enfermedad. Iniciada su práctica en mayo, el joven galeno contaba apenas con tres meses de experiencia para afrontar tan ardua tarea.

Justo es señalar que es durante este período (1856-1859) que se teje el perfil romántico y de héroe de pueblo de Betances. En estos breves apuntes trataremos de señalar la presencia histórica real de Betances en este trágico episodio.

Dr. Ramón E. Betances Alacán

La campaña contra el cólera en Mayagüez fue coordinada desde el Ayuntamiento por uno de esos héroes anónimos que raras veces figura en los libros de historia. Fue el Regidor José Antonio Ruiz Gandía, originario de Aguada y de distinguido linaje, padre de Segundo, Antonio y Mariano Ruiz, quien elaboró con José Francisco Basora y el propio Betances las prevenciones necesarias.

A principios de agosto de 1856, Ruiz informó la presencia del cólera en Naguabo, al este de la Isla, y consiguió el 3 de agosto, se autorizara tomar fondos del erario para cubrir las erogaciones de los auxilios a los invadidos, cantidades que se cubrirían con un reintegro basado en la cuota individual de cada vecino. Fue Ruiz el individuo comisionado para visitar las boticas y percatarse estuviesen bien surtidas de medicinas.

Para cumplir con esta tarea, Ruiz Gandía tuvo que laborar en estrecha relación con los dos oficiales médicos del Ayuntamiento: José Francisco Basora, médico titular, y Ramón Emeterio Betances, cirujano de sanidad con carácter interino. Establecida la debida comunicación, fueron los médicos los que se ocuparon de diseñar un plan de prevención dado el caso de que el mismo 5 de agosto “diez casos de colerina muy graves” habían sido detectados en la comunidad. Betances y Basora recomendaron se dividiese la población en dos trazos o áreas. El norte le competiría a Basora y el sur a Betances.

El principio de higiene, difundido por la Gaceta, tanto de ranchos de esclavos y habitaciones como de consumos, fue defendido ampliamente por los médicos. Sin embargo, el profundo compromiso de Betances con los desposeídos produjo roces y quejas ya que, de acuerdo con el Jefe de la Guarnición de Mayagüez, el caborrojeño no ponía suficiente interés en velar por la salud de los militares acuartelados en la Villa. La cantidad de víctimas en agosto y septiembre (alrededor de 1,500 personas), nos habla del cúmulo de trabajo que tuvieron que desplegar ambos médicos durante la epidemia.

El levantamiento de una contribución mensual para hospitales de coléricos, de una relación de voluntarios y la creación de cementerios provisionales fueron también medidas que sirvieron para disminuir los efectos nocivos de la colerina.

La epidemia debió dramatizar ante los ojos de Betances la injusta situación de pobreza y coloniaje en que vivía la Isla. En este sentido, la imagen del Padre de la Patria Puertorriqueña, la leyenda del médico que fatigaba cinco caballos, la figura del doctor de los pobres y del defensor de los negros, se forjan con esta experiencia en donde el caborrojeño demostró su hombría de bien y, fuera de toda duda, sus incuestionables capacidades como científico.

Nota: Publicado en Revista / Review Interamericana Otoño-Invierno 1988. Vol. XVIII. No. 3-4. Págs. 133-134.

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Segundo Ruiz Belvis: política y modernidad

Publicado por Mario R. Cancel en 4 junio 2009

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

“ ¿Eres esclavo? En tal caso, no puedes ser amigo. ¿Eres tirano? En tal caso, nadie puede ser amigo suyo.”

Friedrich Nietzsche

a_ruiz_quinonescA la altura de 1857, a los veintiocho años, cuando recibe el título de Licenciado en Derecho y Letras con calificación “sobresaliente”, Ruiz Belvis era ya un intelectual maduro, con una visión cultural inquietante y dispuesto al servicio de su país como se observará de inmediato. Visto en perspectiva resulta increíble que a aquel muchacho apenas le quedasen diez años de vida intensa y tortuosa y que el servicio que quería darle a la patria ¿a Puerto Rico y las Antillas? fuese confundido con la subversión y le llevase al destierro y al sacrificio personal. Radicado en Mayagüez, comenzó la verdadera apoteosis del patricio.

Las circunstancias son interesantes. La historia también está construida sobre la base de coincidencias y azares. Desde 1854 José Francisco Basora ejercía como Médico Titular en la Villa de Mayagüez; y ya en 1855, Betances actuaba como Cirujano de Sanidad Interino en la misma localidad. Desde 1857 los apellidos de Ruiz Belvis, Basora y Betances estarán imbricados en la vida cívica de la ciudad constituyéndose en tres de las claves ideológicas y políticas de la década de 1860 a 1869. No sólo eso. Su laborantismo salió de las fronteras regionales para encender la llama que a la larga condujo al esfuerzo revolucionario más complejo, más significativo y más elaborado de todo el siglo 19 puertorriqueño: el Grito de Lares del 23 de septiembre de 1868.

Yo me imagino, y aquí tengo que dar vuelo a la fantasía, el esfuerzo de aquellas voluntades que desde un principio estuvieron de acuerdo en la necesidad de la separación definitiva de Puerto Rico y Cuba del debilitado Imperio Español; el valor especial que tuvieron que tener para, desde la posición social que disfrutaban, renunciar a ciertos privilegios de clase -porque el heroísmo es una forma de la renuncia siempre- en pos de causas tan malquistas como la de la abolición de la esclavitud y, en el caso específico de Ruiz Belvis y Betances, la causa antillana de la Confederación y de la república democrática. Hay que recordar el miedo que todo esto levantaba en el común de la gente gracias a los fantasmas redivivos de un Haití soberano y negro, o unas repúblicas hispanoamericanas inestables que España se ocupó de soliviantar.

La voluntad política española gustó mucho de desmerecer a los adversarios y cuando ello no demostró ser eficiente, recurrió a la represión indiscriminada de los enemigos en el interior. Pero también hay que recordar toda la complejidad que el movimiento separatista tenía a la altura de 1860 cuando anexionistas a Estados Unidos y hasta especialistas-autonomistas, vieron en aquel movimiento ideológico una sombrilla protectora.

En aquel contexto Ruiz Belvis acabó electo a la posición de Síndico Primero del Ayuntamiento de Mayagüez. El Caballero Síndico tenía el deber de velar por el buen uso de los fondos públicos municipales y fiscalizar las actividades del Cabildo de la ciudad. Cada proyecto aprobado en el cabildo tenía que pasar por sus manos antes de ser puesto en práctica. Cada emisión de fondos para cualquier fin social también. Hay que decir que en aquel momento Ruiz Belvis se hallaba tan vinculado al ambiente y al espacio mayagüezanos que se distanció de los asuntos de la hacienda y los intereses de la familia en Hormigueros y San Germán.

Es en Mayagüez donde, en colaboración con Betances y Basora, fundó hacia 1857 o 1858, la “Sociedad abolicionista secreta”, tan cargada de leyendas y tan difícil de documentar de manera seria. Yo no podría asegurar, después de revisar la documentación y las actas bautismales de varios pueblos de la costa oeste de Puerto Rico posteriores al 1858, en especial Hormigueros donde vivía la mayor parte de los esclavos de los Ruiz, que el activismo y la manumisión de esclavos fuese una meta principal del separatismo rebelde en aquel momento. La lista de libertos en circunstancias que pueden presumirse ligadas a la tradición de la “Sociedad abolicionista secreta” es mínima.

Lo que sí parece evidente es que los fines políticos de aquel activismo joven estaban llegando a su cenit entre 1864 y 1866. En el plano internacional, España se había fraguado una imagen política desastrosa con su intervención en los asuntos internos de la República Dominicana y su campaña por restaurar la soberanía hispana en aquella isla. La situación empeoró aún más cuando el débil imperio intentó poner en jaque a la República de Chile en su puerto de Valparaíso reclamando compensaciones por una guerra de independencia que estaba consumada hacía años. En todo aquel proceso lo único que consiguió concretamente España fue soliviantar el ánimo americano y crearse un bloque de adversarios que a la larga, podían ser aliados potenciales o sostén de un levantamiento armado en Cuba y Puerto Rico. Ruiz Belvis y Betances sabían esto e iban a aprovechar de una manera coherente la errática política internacional de la monarquía española.

Una de las fuentes más confiables de la década del 1860 en Puerto Rico, los periodistas e historiadores conservadores José Pérez Moris y Luis Cueto quienes fueron testigos de primera fila de aquel momento de la historia nacional puertorriqueña, estaban de acuerdo en que después de 1864 la zona oeste, en particular Mayagüez se había convertido en un hervidero de conspiraciones. Sociedades secretas y masónicas, alegaban, hacían su trabajo para debilitar el poder español. Ruiz Belvis mismo, junto a Betances y el patriota autonomista sangermeño Francisco Mariano Quiñones, se habían iniciado en la logia “Unión Germana” de San Germán. Un complejo y poco investigado mundo clandestino maduró entre 1864 y 1867 y en todo ese proceso Ruiz Belvis fue una de las figuras claves.

f_m_quinonescLa historia puertorriqueña ha salvado la figura de Ruiz Belvis por su compromiso con la abolición inmediata de la esclavitud africana en Puerto Rico con indemnización o sin indemnización para los futuros ex-amos. Su labor, junto a José Julián Acosta y Francisco Mariano Quiñones, en la redacción del Proyecto para la abolición de la esclavitud presentado en Madrid en la Junta Informativa de Reformas en 1867 en un momento en que el problema llegaba a su clímax y todavía era anatema discutir el mismo en el seno del poder español, lo inmortalizó dentro de la historia de la jurisprudencia y el derecho americanos. Valga aclarar que numerosos historiadores y testigos de la época coinciden en indicar que el referido documento es en lo fundamental producto de la pluma de Ruiz Belvis. Yo, por mi parte, he llegado a creer en la necesidad de la gloria compartida en este caso como en otros. El compromiso de Acosta y Quiñones con la causa de la abolición era tan incuestionable como el de Ruiz Belvis y el de Betances.

Después de 1867 la vida de Ruiz Belvis dio otro giro radical que lo iba a lanzar en brazos de la muerte. En julio de 1867, corrían los primeros días del mes, Ruiz Belvis y Betances se vieron precisados a tomar una decisión que alteraría de manera definitiva el resto sus vidas. Estaban ante la disyuntiva de someterse ante una autoridad que no respetaban; o decidirse a abrir una vía franca hacia la revolución tomando el camino del exilio, el destierro y el clandestinaje. Las citaciones para presentarse ante el gobernador con que se recibió a los delegados de Puerto Rico ante la Junta Informativa de Reformas forzaron la decisión de romper en definitiva con una España que no podía dar lo que no tenía, según lo aseguraba Betances.

Aquí Hormigueros es, según la tradición oral, otra vez refugio del patriota. El relato en general es muy oscuro y confuso. Lo cierto es que acompañados por el párroco de Hormigueros Antonio González, consiguieron evadirse vía Cabo Rojo -tal vez apoyados por uno de los hermanos Cabassa, dueños de las haciendas “Acacia” y “Belvedere”- hasta algún punto de la bahía de Guánica desde donde partieron –en ruta a Saint Thomas o República Dominicana- hacia la ciudad de Nueva York, refugio de los rebeldes de las Antillas en aquel momento. La revolución de las Antillas estaba en marcha. Nueva York era punto común de encuentro de exiliados esperanzados y de emigrantes ansiosos de una vida mejor que nunca conseguían.

De Nueva York ambos pasaron a Saint Thomas de nuevo y en esta isla de las Antillas Menores se separarían para no verse más. Ruiz Belvis partió a cumplir una importante “misión política” ante las autoridades chilenas, y Betances se detuvo en el Caribe a fin de continuar agitando la cuestión de Puerto Rico y Cuba. Su tarea era más complicada. Debía hacer acopio de armas para un futuro levantamiento libertario en Puerto Rico. Se sabe que en la larga travesía al sur, Ruiz Belvis pisó suelo colombiano y peruano antes de arribar a Valparaíso, Chile. Se presume que en los distintos puertos de arribo estableció contactos con aliados del proyecto libertario de las Antillas por medio de supuestas logias masónicas comprometidas con la causa. Yo tampoco podría asegurarlo, pero la historia de lo secreto plantea muchas dificultades algunas insalvables.

Con ello Ruiz Belvis se convirtió en el primero de los “peregrinos de la libertad” que buscó en la América Hispana un sostén para un proyecto que se entendía clave para la seguridad de la América soberana: la Confederación de las Antillas. Más tarde, Eugenio María de Hostos y Pedro Albizu Campos iniciarían esfuerzos similares bajo condiciones disímiles.

Todo parece indicar que a Valparaíso, ciudad donde se le recibió como a un dignatario político de la resistencia antillana y presidente del Comité Revolucionario de Puerto Rico, llegó enfermo de gravedad y a los pocos días, el 3 de noviembre de 1867, falleció de complicaciones con un mal de estrechez en la uretra. En el Hotel Aubry, donde se hospedaba, recibió los cuidados de ciertas personas con toda probabilidad ligadas al proyecto que allí trataba de completar. El héroe había caído sin ver cumplida la meta que se había propuesto. Con ello la esperanza del apoyo internacional para la causa de las islas se tronchaba. Las Antillas, como Italia en su momento, tendrían que hacerlo por sí solas.

Segundo Ruiz Belvis es la proyección más universal de este microcosmos que llamamos Hormigueros. No me cabe la menor duda de que, de haber sobrevivido aquel trauma, el prócer hubiese retornado a la cabeza de un ejército de invasión para culminar la tarea que Lares comenzó y no pudo consolidar. Ese era el temple del soldado y ese fue el papel que le encargaron sus hermanos en la revolución. A sus treinta y ocho años, nadie podía cuestionar la hombría de bien del caballero y la militancia del rebelde. El “olvidado”, como le bautizó Hostos en 1873 cuando visitó su tumba que todavía estaba en pie en el cementerio de Valparaíso, vive de algún en la memoria de los puertorriqueños que sienten nostalgia por el sueño de la libertad.

Publicado en Grito de Lares, Historia de Puerto Rico, Puerto Rico en el siglo 19, Ramón Emeterio Betances, Segundo Ruiz Belvis | Etiquetado: , , , , , | Deja un Comentario »

 
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