Puerto Rico: su transformación en el tiempo

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La Invasión de 1898: apuntes generales

Publicado por Mario R. Cancel en 29 abril 2010

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

La invasión de 1898 fue acontecimiento crucial que cambió de modo dramático la situación de Puerto Rico. El país que se había desarrollado mirando hacia Sevilla y Madrid, se vio forzado a girar hacia el polo de Washington. En alguna medida, Puerto Rico dejó de ser parte de Europa y se insertó de una vez y por todas en América. Las fuerzas que forzaron esa situación fueron diversas y complejas.

En primer lugar, el Republicanismo Nacionalista representado por el presidente William McKinley (1897-1901), cumplió un papel crucial en el proceso. McKinley gobierna aquel cuatrienio en un periodo de depresión económica después de una campaña en la cual la guerra y el expansionismo fueron componentes de su promesa de “prosperidad”.

En segundo lugar, favoreció la situación una “guerra mediática” bien articulada. La prensa escrita corporativa cumplió la función de crear un “clima de opinión” favorable a la intervención de Estados Unidos en las posesiones españolas en el Caribe y el Pacífico. La guerra iniciada con el “Grito de Baire” (1895), favoreció el ingreso de  corresponsales de guerra americanos en las zonas de combate. Un lugar común del lenguaje de la prensa fue la acusación de que los españoles torturaban a los campesinos cubanos y a que los mantenían cautivos en “campos de reconcentrados” para evitar que se conectaran con las guerrillas y bandas separatistas.

En tercer lugar, los imperialistas neo-aristocráticos, en particular la Marina de Guerra fue muy eficientes en convencer al Estado y al Pueblo americano de que la posesión de colonias ultramarinas no sólo prestigiaría a la Nación, sino que resultaban necesarias para garantizar la seguridad nacional y su hegemonía en el hemisferio.

La combinación de aquellas fuerzas produjo un notable consenso popular que consideró que la intervención militar y la expansión ultramarina, constituían un deber nacional y un acto de justicia. El americano promedio aceptaba el relato de la Inocencia de la Nación. En general apropió la Guerra Hispanoamericana como una responsabilidad o un  deber humanitario ineludible. McKinley mismo definió la situación como una intervención neutral en abril de 1898: el universalmente conocido argumento de que “nos vimos forzados a” intervenir, fue tan eficaz como después de la tragedia del 11 de septiembre de 2001 que justificó la “Guerra contra el Terrorismo”.

Las causas inmediatas y el escenario

En febrero de 1898 el acorazado Maine estaba de vista en La Habana, Cuba en “visita de buena voluntad”. La discusión de si la visita era de “buena voluntad” o una “demostración de fuerza” o una “provocación” siempre ha estado abierta. Cuando el día 15 el Maine estalló y murieron 266 personas, las autoridades de Estados Unidos acusaron a los españoles de torpedearlo desde un submarino o sumergible, mientras los españoles  alegaron que se trataba de un accidente dentro de la nave de guerra. El fragor del debate público no permitió una investigación sosegada en torno al incidente.

Por otro lado, en marzo se arrestó en San Juan, Puerto Rico al periodista y fotógrafo William Freeman del New York Herald. Freeman fue acusado por las autoridades coloniales de espionaje político dado que estaba fotografiando instalaciones militares españolas. El Gobierno de Estados Unidos usó ambos incidentes para justifica la agresión y la Declaración Formal fue divulgada el 25 de abril. El presidente McKinley llamó a filas 200,000 voluntarios, y encargó a los Generales de la Guerra Civil de 1864 la administración de la campaña. La Guerra Hispanoamérica tuvos dos características notables: su popularidad entre el americano medio y que fue dirigida por un generalato profundamente nacionalista.

La declaración de guerra puso a los Independentistas y Anexionistas en compás de espera. Ambos sectores esperaban que tras la invasión el Gobierno de estados Unidos tomara una decisión favorable a su aspiración política. Una excepción notable fue la opinión de Ramón E. Betances quien, desde París, sugirió que se hiciera un levantamiento y que se recibiera a los invasores con las armas en la mano. Los Autonomistas adoptaron un discurso pro-español abierto con toda seguridad con el propósito de “pagar” con su fidelidad el decreto de la Carta Autonómica de 1897. En ese sentido, los Autonomistas convergieron con los Conservadores, sus tradicionales enemigos políticos.

Los hechos de la invasión en Puerto Rico

La táctica de los invasores consistió en ejecutar un eficaz  bloqueo naval a los puertos de la isla. Con ello de lograba cerrar la entrada y salida de mercancías, hecho que produjo una visible escasez de bienes de consumo que desestabilizó la vida de las comunidades pobres. El 10 de mayo la Escuadra del Alm. William T. Sampson (1840-1902) se estacionó frente al San Cristóbal. El fuego del Castillo, justificó un bombardeo de 3 horas –entre las 5:00 y las  8:00 AM- contra la ciudad capital el día 12 de mayo.  El 22 de junio hubo un nuevo intercambio de fuego frente al San Cristóbal. La función del fuego cruzado era medir la “capacidad de fuego” de España y mantener a la Guarnición de la Capital ocupada con el fin de facilitar la segunda fase: la invasión.

El desembarco de tropas se ejecutó por 4 zonas poco defendidas el 25 de julio. El principal de ello fue por la bahía de Guánica. Los puertos de  Fajardo, Arroyo y Ponce fueron el escenario de desembarcos de apoyo. En Guánica y Ponce se leyó una Proclama de propaganda acreditada al Gen. Nelson A. Miles (1839-1925) explicando la invasión. El plan de los invasores era que las tropas se desplazarían por tierra, tomaría los pueblos uno a uno y convergerían en la Capital bloqueada a mediados de agosto. Lo cierto es que la resistencia ofrecida por los Alcaldes y los Municipios fue poca. El 12 de agosto, un día después de la toma de la ciudad de Mayagüez se firmó un cese al fuego. La campaña fue bélicamente eficaz y limpia.

La Invasión de 1898: El balance

Resulta innegable que, en general, la resistencia de parte de las fuerzas españolas a los invasores fue muy limitada. Las confrontaciones estuvieron protagonizadas por las Patrullas Volantes o Macheteros: tropas informales de soldados puertorriqueños mal armados que actuaban a las órdenes del Ejército de España. Las tropas formales recibieron orden de retirarse honrosamente y evitar una confrontación. Una lectura de la tradición oral del 1898 se burla y ridiculiza al Ejército Español, hecho que puede interpretarse como que el mismo se desprestigió ante la gente común.

El vacío de poder generó una gran confusión política. El Partido Unión Autonomista –en el poder- por voz de Luis Muñoz Rivera, se puso a la orden del ejército invasor, negoció su apoyo, a cambio de que los dejaran administrar el país. Los Autonomistas dieron, por lo tanto, un giro de dramático en su opinión con el fin de acomodarse al lado de los vencedores. De hecho, en 1899, cuando se formalizó el traspaso de soberanía, defendieron la Anexión como Estado. Todo parece indicar que, en aquel momento, Estadidad y Autonomía eran consideradas equivalentes. José Celso Barbosa, republicano bajo España,  se asoció al Partido Republicano americano en el poder. Todo parece indicar que Barbosa admiraba el orden Federal Americano, como buen republicano federalista, y pensaba que los Estados eran Soberanos. La configuración de la opción de la Estadidad –la integración a la Unión Americana- fue una respuesta radical ante la desaparición del blasón español de la isla que también recibió el apoyo de artesanos y obreros y de parte de la intelectualidad del país.

La actitud ante el cambio de soberanía fue, en general, esperanzadora. Los productores de azúcar y café vieron el cambio una oportunidad. La situación podía sacar a la industria azucarera de su crisis, o abrir el mercado del café en Estados Unidos. La clase artesanal, los sectores medios urbanos,  los pequeños comerciantes intentaron adaptarse al cambio y atraer al invasor-consumidor con ofertas en inglés.  Los  intelectuales y profesionales confiaban en la promesa de  Progreso y la Democracia Americana. Dos distinguidos líderes del independentismo en 1912, -R. Matienzo Cintrón y R. López Landrón, vieron en el 1898 una  Revolución Modernizadora y manifestaron un abierto menosprecio a  España como un poder retrógrado y oscurantista. Los trabajadores diestros y no diestros, rurales y urbanos, confiaban en que la Democracia Americana reconocería sus derechos laborales.

La Invasión de 1898: el apoyo y la resistencia

La elite política local del Partido Unión Autonomista y el Partido Autonomista Ortodoxo favorecieron la Anexión. La Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cunabo, encabezada por J.J. Henna y Roberto H. Todd, vieron en el 1898 una Oportunidad para la Libertad e incluso ofreció su Plan de Invasión, un Cuerpo de Porto Rican Scouts, e información  sobre las defensas de España a la Oficina del Secretario de la Marina Theodore Roosevelt. En julio de 1898, Antonio Mattei Lluveras y Mateo Fajardo Cardona, hicieron gestiones para que los exiliados vinieran a Puerto Rico con los americanos y, de paso, se comprometieron a no solicitar la soberanía tras la invasión

La resistencia se limitó a los combates menores de Los Macheteros. En la zona oeste, los hubo en Guánica, Susúa-Yauco, Hormigueros y el  Guasio en Añasco. En la zona este, ocurrieron en los pueblos de Arroyo, Guayama, Fajardo y Coamo. Y en la montaña,  se efectuaron en Ciales y  Guamaní, Cayey. Un resultado directo de la Invasión fue que estimuló y legitimó la violencia contra los españoles. Se trataba de grupos armados campesinos, conocidos como las Partidas Sediciosas o los Tiznados. La tradicional violencia de la ruralía puertorriqueña de siglo 19, se manifestó una vez más. Los Tiznados estaban organizados en bandas o guerrillas y se movían al amparo de los bosques de la zona montañosa central. Ejecutaban ataques nocturnos contra españoles que fluctuaban entre la agresión, el robo y la violencia física. Pero investigaciones ejecutadas durante la conmemoración del 1898 en su centenario, sugieren que también tuvieron por objetivo a los americanos en la forma del sabotaje al ejército y la violencia armada. Los  Tiznados fueron perseguidos y disueltas por el ejército y son considerados como una manifestación de la violencia rural endémica no politizada típica del Puerto Rico de aquel siglo.

El balance indica que entre 1898 y 1900, las masas del país favorecían la Estadidad. El momento para anexar a Puerto Rico, si esa hubiese sido la meta de los invasores, era aquel. Pero todo concurre en indicar que aquel no era el plan del Gobierno de Estados Unidos con el país caribeño.

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Documento y comentario: Jíbaro, una definición

Publicado por Mario R. Cancel en 27 febrero 2010

  • José Pablo Morales (1828-1882)
  • Escritor y periodista

¿Qué es un jíbaro? Yo lo soy y no acierto con una definición exacta a esta voz, conforme a la inteligencia que generalmente se le da en nuestro país.

La Real Academia de la lengua no trae esta palabra en su Diccionario, al menos hasta la 8va. edición que es la que manejamos. Su adicionador Salvá introdujo la palabra jíbaro en el Diccionario como provincial de Cuba. “Se dice, según este autor, de los animales domésticos que se hacen montaraces y particularmente de los perros. En sentido figurado agreste, grosero”.

Ni el Sr. Salvá, ni su consultor Don Domingo del Monte, conocieron a mi dulce dueña, que si hubieran visto esta jibarita de talle gentil, ojos negros y pelo de ala de cuervo, leída y escribida, de seguro que confesarían, si vivos estuviesen, que jíbaro en Puerto Rico no quiere decir agreste ni montaraz.

No es de extrañar que los diccionarios no nos den el verdadero sentido de la palabra provincial de Puerto-Rico jíbaro, cuando vemos que el mismo Salvá, tan sesudo y estudioso, y sus copistas la Sociedad Literaria, en su Nuevo Diccionario impreso en París, donde se le dan tan rudos ataques a la Academia Española, dicen muy formales, que totuma es “especie de calabaza común en ambas Américas, que comen cocida los indios, y cuya corteza les sirve para llevar la chicha y el aguardiente.” Los historiadores primitivos de India, particularizaron con todos sus pelos y señales el árbol del totumo o higuera, de modo que es un escándalo que los literatos españoles del siglo XIX nos salgan ahora con que es una calabaza que se come.  Si resucitara el buen Gonzalo Fernández de Oviedo, le diría a la Sociedad Literaria de París: “soltad la pluma e idos a cargar agua en los calabazos.”

Después del glorioso descubrimiento del Nuevo Mundo y su conquista, tres razas se encontraron en contacto: la blanca, la india y la negra. De ellas salieron las castas, que las preocupaciones sociales clasificaron minuciosamente, y de las cuales se ocupó más de una vez el legislador, considerándolas inferiores a las razas primitivas. He aquí una de estas antiguas clasificaciones:

  • Español con india, sale mestizo.
  • Mestizo con española, sale castizo.
  • Castizo con española, sale español.
  • Español con negro, sale mulato.
  • Mulato con española, sale morisco.
  • Morisco con española, sale salta-atrás.
  • Salta-atrás con india, sale chino.
  • Chino con mulata, sale lobo.
  • Lobo con mulata sale jíbaro.
  • Jíbaro con india, sale albarrazado.
  • Albarrazado con negra, sale cambujo.
  • Cambujo con india, sale sambaigo.
  • Sambaigo con mulata, sale calpan-mulato.
  • Calpan-mulato con sambaigo, sale tente en el aire.
  • Tente en el aire con mulata, sale no te entiendo.
  • No te entiendo con india, sale ahí estás.

Cosas que ya pasaron. —Conforme a esta escala el jíbaro tendría 31/64 de español, 25/64 de africano y 8/64 de indio; pero hoy los jíbaros somos españoles enteros y completos por deber, por derecho, por conveniencia y por afección: ciudadanos españoles por todos cuatro costados, a pesar de los matices de este u otro color físico o político.

Dudárase quizás por algunos que estas clasificaciones sean una cosa seria; pero es indisputable que sobre ellas se basaban muchas leyes de Indias, donde encontramos los nombres de las castas que dejamos apuntadas.

Entre ellos figura el de jíbaro y sería probablemente su acepción primitiva. Quizás si esta palabra se deriva del gibber latino o jiba en castellano. Todos los nombres de las castas son por lo regular en su origen despreciativos, y así como de mulo se derivó mulato, de jiba y jiboso pudo sacarse jíbaro. Esto no pasa de una mera suposición, que no tiene ningún fundamento histórico.

Tal vez en nuestra isla predominó la palabra jíbaro. Para designar la mezcla de blancos, indios y negros que formaba el principal núcleo de la población de nuestros campos; andando el tiempo fue perdiendo esta voz su significado, y hoy el verdadero que tiene en la provincia es el mismo de la palabra rústico. Aquí no se aplica el nombre de jíbaro a los animales alzados o cimarrones.

UN JÍBARO.

Nota: El texto fue escrito hacia el 1876 y ha sido tomado de la recopilación  Misceláneas históricas (1924) San Juan, PR

Comentario:

El artículo de Morales es un modelo de cómo se discutió la cuestión jíbara en la última parte del siglo 19 en Puerto Rico. Partiendo de la octava edición del Diccionario de la Real Academia (1837), el autor establece el hecho de que el vocabulario indo-antillano seguía siendo incomprendido por los lingüistas europeos. El ejemplo de las palabras jíbaro y totumo, le sirve para documentar ese hecho.

Su explicación del jíbaro se elabora mediante un procedimiento sencillo. El Descubrimiento permitió la integración de tres razas –la blanca, la india y la negra-. De su mezcla salieron una diversidad de castas -16 en total- sin que por ello signifique que se trata de grupos que se aislen de los demás o practiquen la endogamia.

Su matemática racial le permite elaborar una fórmula cultural para comprender al jíbaro: “el jíbaro tendría 31/64 de español, 25/64 de africano y 8/64 de indio”. Lo más importante del documento es su conclusión de “hoy los jíbaros somos españoles enteros y completos por deber, por derecho, por conveniencia y por afección”. Recuerden que escribe en 1876. Los logros de la Revolución Gloriosa de 1868 y de la República de 1873 a 1874 estaban muy vivos entre los intelectuales puertorriqueños de aquel momento. El jíbaro ya no aparece como un potencial rebelde antiespañol sino como un buen español.

Por último, Morales no hace ningún comentario sobre la condición social del jíbaro o su relación con la tierra.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

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La vida política en el país: el liberalismo después de 1868

Publicado por Mario R. Cancel en 3 febrero 2009

Mario R. Cancel

 

La derrota de la Insurrección de Lares, estimuló el crecimiento del liberalismo. La base social del liberalismo y el separatismo, no eran muy distintas. Detrás de aquellas ideologías había hacendados, comerciantes, intelectuales y profesionales. La gran diferencia entre ambos proyectos fue que el liberalismo era un movimiento no violento que aspiraba a un cambio negociado en la relación de Puerto Rico y España.

 

Aspiraciones políticas de los liberales

 

Los liberales se opusieron a la separación de Puerto Rico de España, ya fuese con fines independentistas o anexionistas. Su meta última era que el país dejara de ser tratado como una colonia y tuviese una relación digna con la Península. Las alternativas anticoloniales eran simples.

 

Algunos aspiraban que Puerto Rico fuese reconocido como una Provincia Española en paridad con otras regiones de la península. La paridad se conseguiría mediante la aplicación de la Constitución de 1836 o la de 1869, según fuese el caso. Colocar al país al amparo de la Ley Fundamental del Reino, equiparaba jurídicamente a los insulares con los peninsulares, es decir los asimilaba. Por ello se les denominó liberales asimilistas.

 

Otros liberales querían que Puerto Rico fuese reconocido como una Autonomía Española. Es sector favoreció en 1836 y en 1867 en la Junta Informativa de Reformas, la redacción de “Leyes Especiales” que se ajustaran al espíritu local o regional. En el lenguaje de la época se les llamó liberales especialistas y, luego, autonomistas. Su imagen de liberales radicales tenía que ver con el énfasis que ponían en las diferencias entre peninsulares e insulares.

 

Los liberales asimilistas y especialistas se oponían a la anexión a Estados Unidos, lo mismo que a la independencia y la Confederación Antillana. Sus posturas políticas los transformaron en un movimiento que impactó a las masas. Su discurso resultaba atractivo por su carácter modernizador: los liberales reclamaron el reconocimiento de derechos civiles y la ciudadanía española, y resistieron el autoritarismo de los Capitanes Generales.

 

Sus posturas no eran distintas de las de los anexionistas y los independentistas, pero las posibilidades de colaboración con aquellos grupos siempre fueron pocas. Por ello el Gobierno Español los trató como radicales peligrosos e insistió en acusarlos de actuar como aliados de los separatistas de todas las tendencias. Si bien es cierto que algunos liberales lo fueron, también hay que indicar que otros liberales llegaron a ser informantes del Gobierno cuando lo consideraron necesario.

 

Las aspiraciones socio-económicas de los liberales, los anexionistas y los independentistas también coincidían. Oponerse a España implicaba atacar una forma de hacer la economía que se consideraba retrógrada: el monopolio colonial y el poder del estado sobre el hacer económico. La reestructuración del mercado local en el marco del mercado libre y la integración de Puerto Rico al mercado internacional, fue un sueño común de todos aquellos grupos. La meta de que se simplificara el sistema impositivo de aduanas y el sistema impositivo sobre la producción y la tierra, eran metas comunes. La idea de que ello animaría el consumo y la reinversión, estaba presente detrás de ello.

 

 

El conservadurismo

 

El conservadurismo fue un grupo amorfo que favoreció la presencia española en cualquiera de sus formas. En términos generales los conservadores preferían la monarquía autoritaria por su capacidad para reprimir la anarquía y la oposición política. Pero estuvieron dispuestos a favorecer la Monarquía Limitada en 1869, e incluso la República Española en 1873.

 

El conservadurismo se define por oposición al liberalismo. Es un movimiento que aspira defender la nacionalidad española ante todos sus adversarios y, con ello, los valores legítimos de ella: el catolicismo y la tradición. Fue un feroz opositor del separatismo ya fuese anexionista o independentista y siempre manifestó un fuerte discurso anti-venezolano primero, y anti-americano después. Por eso se oponen al reconocimiento de libertades civiles y la educación de las masas: en ambos procesos veían un estímulo a la anarquía y a la oposición.

 

En términos económicos, favorecen el progreso material de la colonia como una garantía para la permanencia poder español en la isla. Pero desconfían del mercado libre y favorecen políticas económicas proteccionistas en que el Gobierno intervenga en el quehacer económico. Lo que temen es la ingerencia en la economía local de poderes amenazantes como Inglaterra o Estados Unidos por medio de su capital o sus créditos.

 

Su base social fueron los grandes intereses comerciales, la Iglesia Católica, la numerosa burocracia gubernativa y algunos sectores poderosos del Ejército. En realidad se trataba de una minoría poderosa hermanada por la el origen común español. Pero numerosos puertorriqueños de todas las clases y residentes extranjeros con intereses creados en la colonia, favorecieron sus posturas por miedo al cambio.

 

Conclusiones

 

La decisión de España de autorizar la organización de partidos políticos legales en 1870, cumplió varias funciones.

 

1. Organiza y controla la opinión pública sobre bases simples

2. Estimula la polarización de la discusión entre liberales y conservadores, mientras deja fuera a las “ideas peligrosas” asegurando su silenciamiento.

3. Limita la discusión pública a un lenguaje tolerable y poco amenazante con el cual el Gobierno Español puede trabajar

 

Allí estuvieron las bases de la domesticidad política típica de la modernidad que dominará el panorama insular hasta bien entrado el siglo 20.

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