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1917: una teoría de la discontinuidad entre la Rusia Zarista y la Rusia Soviética

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 5 septiembre 2007


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Los historiógrafos aceptan que, en términos generales, la revolución de 1905, y las de febrero y octubre de 1917 significaron una ruptura. El hecho de que entre octubre de 1917 y 1922 la Rusia Soviética se transformara en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas abona a la percepción de la existencia de un antes y un después. La aceptación o el rechazo de la validez de aquel proceso de ruptura conlleva una toma de posición respecto a la legitimidad discursividad que le sirve de sostén: el marxismo leninismo. Su aceptación o su rechazo generan discursos históricos divergentes respecto al objeto de estudio. Dos dispositivos esenciales deben ser tomados en cuenta a la hora de interpretar aquellos procesos de cambio. Por un lado, el papel de la intelligentzia y, por otro, la cuestión de la Gran Guerra. 

La posición de la intelligentzia en la Rusia Soviética es un asunto complejo. Se trataba de gente altamente educada, intelectuales y profesionales, jóvenes universitarios y obreros urbanos con conciencia sindical u obrera. Uno de los rasgos distintivos fue su ocasional disposición a militar en los procesos de cambio revolucionario. La tradición de oposición al orden de la Rusia Zarista identificado con la reacción fue un lugar común. Pero la oposición se alimentó lo mismo de tendencia liberales, democráticas, ácratas y/o anarquistas, populistas, socialistas y marxistas. Los puntos de convergencia eran, por lo tanto, tantos como los de divergencia.   

La intelligentzia o la intelectualidad que se asoció a los procesos revolucionarios, fue propensa a legitimar los procesos de cambio mediante una diversidad de argumentos. En el caso de intelectuales no socialistas, se trataba de gente de vanguardia y de ideas populistas que produjeron discursos de alto contenido humanista. Algunos se transformaron en socialistas pro-forma como fue el caso de Maxim Gorki, Josip Mandelstam,Ana Arjmatova o Sergei Eisentein. Su compromiso con la ideas marxista-leninistas mostró diversos niveles de profundidad y, en algunos casos, terminó en la ruptura. 

La intelligentzia o la intelectualidad activista, tenía otra tesitura. Se trataba de marxistas confesos arraigados en la tradición socialdemócrata identificados con el menchevismo y el bolchevismo, como es el caso deVladimir Lenin, Lev Trotski. Victor Serge o Nicolai Bujarin por solo mencionar algunos. Las tradiciones ideológicas de las que provenían hablan de su diversidad. Algunos, como es el caso de Serge provenían del anarquismo y del pensamiento ácrata.

Otros como Bujarin y Trostki del socialismo de tradición menchevique que las derechas a veces identificaban con cierta tradición de izquierda judía. Lenin mismo mostraba un pasado cercano al populismo, un hermano suyo conspiró y murió por esa causa, y un tránsito formal por el marxismo alemán llamado clásico. Para este segmento la legitimación de la evolución de la Rusia Soviética implicaba afirmar la distancia que se abría con respecto a la Rusia Zarista. Ese es el sentido de cualquier revolución desde 1789. 

Las bases teóricas de la intelligentzia o la intelectualidad no socialista se estructuraron sobre el compromiso con las masas populares explotadas, tanto las de las ciudades como las del campo. La intelectualidad pretendió traducir las aspiraciones de aquellos sectores con la lógica ilustrada y moderna, dos poderosos componentes del imaginario cultural occidental. Aquella lógica elitista reconocía que el ciudadano educado –la elite- tenía el deber y la capacidad de adelantar la causa de los desposeídos. El lenguaje de aquel discurso desarrollaba un fuerte contenido ético.

Las bases teóricas de la intelligentizia o la intelectualidad socialista era también una parte de la tradición occidental. La primera era el socialismo alemán utilizado como pre-texto o fundamento filosófico en especial ciertos textos clásicos de Karl Marx y Friedrich Engels. El pensamiento de aquello era interpretado como una síntesis de lo mejor del imaginario europeo. La propuesta de que el marxismo integraba y superaba, según el modelo de la dialéctica hegeliana, la economía clásica inglesa, la filosofía clásica alemana y el socialismo francés, era axiomática.

Con ello se aseguraba que las teorías del capitalismo moderno, la dialéctica de Kant y Hegel y la tradición del socialismo distributivo en el modelo de la Revolución de los iguales de Babeuf en 1797, convergieran en el marxismo como una culminación y superación.  Otra tradición que impacta la mirada y la interpretación de la ruptura es la Segunda Internacional Socialista o Internacional Obrera (1889-1916). Aquella institución fue un laboratorio de internacionalismo obrero muy rico para la tradición de las izquierdas. Pero, como se sabe, la presumida solidaridad internacional de la clase colapsó ante el llamado nacionalista de del países del Entente y el Centro involucrados en la Gran Guerra. Los Partidos Socialistas de la Segunda Internacional apoyaron el esfuerzo bélico sin reparos. Algunos observadores de izquierda interpretaron el renacimiento de la voluntad nacionalista como una fiebre que, además, afirmaba la fragilidad de la conciencia de clase de los trabajadores. La Segunda Internacional tenía entonces su sede en Bruselas y era presidida por el socialista Emile Vandervelde.            

La situación fue una de las claves para que un fragmento del Socialismo Ruso se distanciara de la Segunda Internacional y afirmara la necesidad de que los trabajadores no se involucraran en la guerra auspiciada por sus enemigos de clase. Iniciado el conflicto la postura desembocó en un discurso antibélico abiertamente subversivo en la medida en que se oponía a las posturas de los estados. Los bolcheviques, encabezados por Lenin, fueron muy consecuentes con esa posición. El argumento teórico era que la Gran Guerra era una Guerra Imperialista y que la táctica correcta de la clase trabajadora era aprovechar la destrucción de los estados involucrados para adelantar la causa de la lucha de clases. Fue precisamente en ese contexto en el cual Lenin redactó su tesis El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916). El dominio sistemático del discurso marxista, mediado por el leninismo se hizo cada vez más patente. 

El marxismo y el marxismo leninismo compartieron una serie de fundamentos que dificulta su separación teórica. La distancia o la proximidad entre los dos campos, sin embargo, fue uno de los puntos de pugna más importantes entre los socialistas a la hora de las revoluciones del 1917. El hecho de que la mirada que se elabora sobre ambos campos se construya desde el tribunal de la práctica y sobre la base de la presunción de la esencialidad del progreso, ha sido crucial.

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