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Del marxismo al marxismo leninismo: la experiencia del 1917

Publicado por Mario R. Cancel-Sepúlveda en 7 septiembre 2007


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Los rasgos distintivos de la visión de mundo de la tradición marxista y marxista-leninista ha sido el método dialéctico marxista.  Las premisas básicas de este procedimiento son, en primer lugar, la presunción de que el método es capaz de apropiar y expresar con fidelidad la realidad objetiva material. El corolario de esa presunción es que el método es capaz de poner en las manos del marxista y el marxista leninista la dialéctica verdadera de la realidad objetiva. Por esta vía se gana acceso al conocimiento de las leyes generales que regulan la naturaleza, la sociedad y el pensamiento. Se trata, en consecuencia, de una teoría que interpreta el conocimiento como un reflejo fiel de la realidad. Se trata de una actitud de las ciencias naturales anteriores al relativismo que muestra una marcada presencia de la física newtoniana y del positivismo y el materialismo científico del siglo 19.

La deriva más importante de aquella concepción tiene que ver con la praxis. La posesión de aquel método autoriza al poseedor a transformar el mundo en la dirección que se proponga, La transformación del mundo no es una mera capacidad hipotética. Para el marxista y el marxista-leninista aquella capacidad se transforma en un deber moral. El pensador se encuentra comprometido con la praxis, con la crítica-revolucionaria y con la organización para el cambio. De este modo la praxis se convierte en el poder que juzga al pensador o en el espacio para la demostración de la validez de su postura.

La segunda premisa tiene que ver con el culto a la autoridad de unos autores llamados clásicos. El clásico se comporta, como en el pensamiento ilustrado y moderno, en un modelo a comprender y completar. El marco de los clásicos marxistas es bastante reducido: se trata de Karl Marx y Federico Engels. El argumento que valida su condición es precisamente la capacidad que mostraron para combinar sus teorías con una praxis revolucionaria concreta.  La Revolución de Octubre de 1917 en Rusia amplió el panorama de los clásicos. Aún antes de su muerte en 1924, Vladimir Lenin fue considerado un clásico. Su formación en derecho, sus estudios filosóficos, su capacidad para manejar la bibliografía de Marx y Engels como un exegeta y un crítico legitimaban el juicio. Pero todo ello sin su condición de organizador revolucionario, no hubiese sido suficiente para convertirlo en una figura de culto al mismo nivel de Marx y Engels.

El proceso forzó a revisar las notables divergencias interpretativas que había entre Lenin yMarx y Engels. Las mismas se interpretaron como una puesta al día acorde con la praxis particular que a cada uno le correspondió vivir e interpreta.  En efecto, la Rusia Zarista del capitalismo desigual vivida por Lenin muchas veces desde el exilio; y la Europa del capitalismo avanzado que fue el laboratorio de Marx y Engels requerían artefactos diferentes para la interpretación.

La transformación de Josip Stalin fue el cuarto clásico fue producto de una época convulsa. Las circunstancias que lo condujeron a ese lugar fueron varias. Por un lado, resultaron cruciales los debates sobre el espinoso debate táctico entre la revolución permanente o el socialismo en un solo país desarrollado entre los años 1924 y 1925. El precario triunfo de la tesis de la revolución en un solo país en 1925, y el subsiguiente desplazamiento de la oposición de izquierda y de Lev Trotski del Partido Comunista de la Unión Soviética a partir de 1927, garantizaron la categorización de Stalin como clásico. La metáfora los transformó de inmediato en el continuador de la obra de Lenin y así se le interpretó por lo menos hasta el momento de su muerte.

Sin embargo entre 1953 y1956 Stalin fue revisado y descalificado de su condición de clásico por una diversidad de circunstancias. Su muerte abrió un periodo de crítica muy duro a su administración encabezado por el nuevo hombre fuerte ruso Nikita Kruschev. Uno de los grandes problemas de la noción clásico es su proclividad a consagrar a las figuras como los poseedores de verdades irrefutables y este tipo de concepciones por lo regular corren el peligro de convertirse en principios incuestionables que se comportan como dogmas. El desmantelamiento de una estructura de clásicos es tan problemático comos u institución.

La situación sirve para comprender la tercera premisa del marxismo y el marxismo-leninismo que tiene que ver con la afirmación de una serie de paradigmas filosóficos que algunos críticos han preferido llamar meta-dogmas con toda la carga crítica que ese segundo concepto implica. Los paradigmas o meta-dogmas activos en la Revolución de Octubre de 1917 tienen una naturaleza análoga a aquellos que cimentaron en 1789 francés -libertad, igualdad, fraternidad- o los que articularon el discurso de los anarquistas rusos -tierra y libertad-. Se trata de grandes consignas sintéticas o mitos que mueven la voluntad de las masas y las comprometen con una causa.

Estos paradigmas filosóficos parten de una concepción unitaria de la historia que la ve como un todo orgánico, racional y estructurado. La idea de que la historia posee una serie de principios o leyes generales que la rigen y que las mismas son accesibles a la razón y la ciencia es crucial a la hora de determinar sus metas y objetivos. Esas metas y objetivos pueden retrasarse o adelantarse acorde con una praxis social.  Los paradigmas más preciadas de la discursividad marxista y marxista leninista son la libertad y la igualdad. En ese sentido coinciden con la propuesta de la democracia radical, del socialismo distributivo, del liberalismo clásico y del mercado global. En todos los casos se expresa un fuerte contenido humanístico, es decir, se afirma el papel activo de los seres humanos a la hora de articular aquellas metas supremas. El humanismo se explica por el fuerte componente racional de los discursos. Se presume la existencia de un mundo cósmico, ordenado, comprensible y predecible. Para los marxistas y los marxistas leninistas los paradigmas se comportan como  metas inevitables o forzosas, pero los contenidos de cuestiones como la libertad y la igualdad son redefinidos.

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