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La historiografía después de la modernidad y el estructuralismo

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 19 abril 2008


  • Mario R. Cancel, perfilMario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

El posmodernismo es una discusión ideológica centrada en torno a los fundamentos del saber heredados de la modernidad. Su asociación a un tiempo histórico llamado postmodernidad, momento que implica una experiencia cultural y un ordenamiento social distinto a aquellos que distinguieron a la modernidad, es evidente. Los pensadores que han centrado la discusión en torno a este elusivo concepto difieren en torno a si la postmodernidad como momento histórico, representa una etapa nueva en la evolución de occidente, o si es meramente una fase nueva del desarrollo de la llamada alta modernidad. 

Algunos pensadores de extracción marxista como Fredric Jameson han conceptualizado el fenómeno bajo el código tardomoderno. Visto dentro de ese contexto cambiante, el pensamiento postmodernista es el conjunto de planteamientos ideológicos que caracterizan esta época de cambio que inició después de la Segunda Guerra Mundial en 1945, alcanzó su madurez en la inquieta década de 1960 y llegó a su culminación después de 1989 con la quiebra concreta de la solidez de la mayor parte de los paradigmas de la modernidad. El dominio de las comunicaciones, la virtualidad, el neoliberalismo, la globalización, el hiperconsumo y la reestructuración de las ideas sobre riqueza y pobreza serían el caldo de cultivo material de la nueva época.  El pensamiento postmoderno atañe a una amplia gama de disciplinas del saber. Se trata de una revolución hermenéutica por medio de la cual se van perdiendo la mayor parte de las garantías en torno a la estabilidad del saber heredado. El pensamiento posmoderno ha sido interpretado, usando el lenguaje de Jean F. Lyotard, como el espacio en cual terminan los metarrelatos, se lastiman los paradigmas explicativos y perecen las utopías heredadas de la modernidad, incluyendo el sueño de la democracia liberal y el socialismo. En ese sentido la filosofía, la ética y la teología, han visto desvanecerse los cimientos seguros en los cuales se montaban sus discursos en la medida en que se han trasformado en mera retórica o se han esclavizado a un utilitarismo extremo. La postfilosofía acepta la relatividad de la representación de las cosas y camina hacia los terrenos de la literatura, la posética se abraza a la disciplina del mercadeo, se deshace de los principios eternos y se guía por la finalidad del goce y la utilidad inmediatas. La posteología (re) inventa una divinidad con los fragmentos de múltiples sistemas religiosos y desarrolla una relación más liberal con la divinidad. El impacto de todo ello sobre la vida cotidiana es enorme. 

Algo análogo ocurre en la arquitectura y las artes plásticas en general en la medida en que la hibridez, el acopio de las tradiciones más diversas y anacrónicas, se imponen al purismo heredado de la modernidad. En este ámbito la ruptura con el estructuralismo moderno, esa percepción de que la realidad toda estaba organizada alrededor de un sistema simbólico común, resultó más patente. La revolución posmoderna consistió en que la presumida unidad elemental de significación, el principio de que el objeto cognoscible era siempre aprensible realmente por el sujeto cognoscente, perdió confiabilidad. No se cuestiona la capacidad de saber. Lo que se pone en duda es el carácter del conocimiento.  El efecto de ese proceso en las ciencias naturales y sociales es obvio. Aquellas disciplinas que servían para explicar al ser humano y su entorno, habían sido el producto más acabado de la modernidad. Todas ellas dependían de la noción ciencia como saber exacto, del artefacto de la razón como unidad o estructura universal de saber, del automatismo de la relación causa y efecto para apropiar una realidad comprensible, del determinismo que convertía la realidad en un proceso necesario e inevitable, y del principio de la evolución como sinónimo de progreso. Ese conjunto de principios servía para celebrar el “presente” que formuló aquellas percepciones. 

Los sistemas de interpretación asociados al postmodernismo y a la postmodernidad parten de la premisa de que los mencionados asertos de la modernidad son impugnables. En términos generales hoy preocupa más a los pensadores la forma en que se construye un saber o su representación, para usar el concepto de Roger Chartier, que el saber en sí. Preocupa más la hermeneusis o interpretación, que la epistemología o la gnoseología. La estructuración que se atribuye a lo real es una construcción tentativa que sirve en la medida en que es funcional y que puede ser sustituida por otra en condiciones particulares. En ese sentido el pensamiento posmoderno es el reino de la incertidumbre, de la inseguridad y de la sospecha, como decía Michel Foucault cuando celebraba la obra de Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud y Karl Marx.. La muerte de la objetividad y el fin de los principios esenciales imposibilitan toda ciencia natural o social en el sentido moderno de la palabra. 

El pensamiento postestructural implica, precisamente, la aceptación de que las estructuras heredadas (ciencia, razón, causalidad, determinismo, universales, esencias, progreso) ya no son útiles para refrendar el saber. Los nombres de Jacques Derrida, Michel Foucault y Paul Ricouer están íntimamente ligados a esa tradición. Desde la perspectiva postestructural, para comprender o apropiar la realidad, es imperativo reconocer un nuevo nivel de complejidad en la misma. Si, según Friedrich Nietzsche, se sabe en perspectiva, la pluralidad de puntos de vista y la polisemia de la realidad son patentes. Si además de aceptar ese principio se erosionan las jerarquías de saber y se afirma un pluralismo democratizador, es posible que la postmodernidad sí represente un chance para la libertad como sugería Gianni Váttimo. 

Esa misma diversidad hace al posmodernismo difícil de definir y de aceptar por los pensadores de la modernidad o la altamodernidad. El carácter de la rebelión antimoderna de los postmodernos a fines del siglo 20, guarda alguna analogía con la rebelión romántica ante la herencia ilustrada en los primeros decenios del siglo 19. El posmodernismo niega la posibilidad del conocimiento objetivo y cuestiona el significado universal de las palabras y textos. El significado se transforma en una transacción ejecutada entre el emisor y el receptor. Si la razón y la verdad no son más que un acto de poder o la consolidación de las metáforas o las mentiras, entonces lo que se encuentra en juego es la noción central sobre la cual se cimentó la civilización cristiana occidental: la idea de la verdad. Una verdad degradada a la condición de artefacto mundano que es producida por medio de múltiples formas de la coartación, no se ajusta ni a los principios de la ilustración ni a los de la modernidad. En ello radica el núcleo creativo del postmodernismo.

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