Puerto Rico: su transformación en el tiempo

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Puerto Rico: Su transformación, en el tiempo. Memorias para marcar la piel

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 19 septiembre 2008


  • Dra. Anayra Santory
  • Departamento de Humanidades

Hacía ayer tanto calor que la pregunta retórica de siempre —”¿hace calor, o soy yo?”—me pareció más boba que de costumbre. Consideré que había que sustituirla con un recurso conversacional más serio, con una pregunta casi enjundiosa. “No te parece,” musité “¿que éste ha sido el día más caliente del verano?”  No obtuve respuesta.  Me contestó una mirada incierta que parecía concluir que es imposible comparar el calor de cada día.  Me atuve al silencio.  Después de todo los “calores” son como la historia, son siempre de alguien y dependen de la fragilidad de sus memorias. ¿Cómo comparar uno con otro?  Hacia calor y por el momento no había más elaboración posible. Quizás la habrá mañana, me dije.  Quizás mañana atemos con un hilo imperceptible el calor de ayer con la tragedia que se cernía ominosa sobre una abatida Nueva Orleáns.  De haber resultado ciertos los peores pronósticos, el calor efímero retornarla a mi imaginación como una especie de ave de mal agüero.  Saltarla de mi piel para marcar la fragilidad de mi memoria.  Quedarla impreso junto a las imágenes vespertinas de las ráfagas distantes. “Gustav ocurrió un día de intenso calor”, habría recordado. Mientras aguardaba por las noticias de las seis pensaba en el tenue hilo con el que caprichosamente se tejen las memorias.

El libro de Mario Cancel y Héctor Feliciano Ramos, “Puerto Rico: su transformación en el tiempo” nos propone una ruta inversa a la del calor que recordamos si el dia termina en tragedia. Este libro seductor escrito a dos manos, o mejor dicho, compuesto a dos manos como el collage de dos artistas, me ofrece memorias que  aunque ajenas van quedándoseme impresas.  Las memorias de éste libro son memorias que saltan a la piel.  No son memorias cualesquiera, son memorias patrimoniales. Son nuestras como es nuestra una herencia. Como todas las herencias, constituyen un regalo y a la vez una explicación. Explican un poco quienes somos.  Y mientras no se rechacen, como toda herencia ofrecen una identidad.  Descubro que si las reclamo para mi, estas memorias se vuelven vicarias, memorias que otro tuvo en nuestro  lugar. Calores ajenos que se vuelven propios.  Imposible, por lo tanto, enfrentarse a estas páginas con frialdad o distancia.  Después de todo, tampoco seria apropiado.  Ante la lectura de un testamento, hay siempre cierto grado de nerviosismo y reverencia y así me acerco a este libro.  Así acepto, capitulo tras capitulo, las deudas contraídas por el legatario anónimo y así acepto también sus bienes.  Trato de dejarme transformar por lo que estas memorias han testado.  Me voy preguntando como he vivido sin ellas.  Me siento como los robots de Blade Runner cuando descubren que las memorias de la infancia que atesoran no son suyas, que le han sido implantadas. ¿Quién he sido? ¿Quién he dicho ser?  ¿Cómo he andado por el mundo vacía de estas memorias ajenas?

pr1¿Cómo he podido desconocer los pocos nombres que se recuerdan de los esclavos que conspiraron y se rebelaron en nuestro lugar? Y digo en “nuestro lugar” en más de un sentido.  Primero, porque conspiraron en el lugar que llamamos nuestro, Puerto Rico; y segundo, porque queremos creer que en “su lugar” nosotros también hubiéramos conspirado.  Marcos Xiorro, Antonio Congo, Jaime Bangua, Goleta, Sogui, Goa, Dan, Bernabé, Enrique Longobá: ¡Presentes! Luchadores todos de la primera mitad de nuestro siglo XIX por su libertad, por su igualdad, por la posibilidad misma de cualquier fraternidad con los blancos.  ¿Cómo no recordar también a los hombres y mujeres que sufriendo en carne propia su condición de vasallos, y viviendo sin los derechos más elementales a la palabra o a la reunión declararon como prioridad concomitante a la suya, la libertad de sus hermanos más indefensos y recurrieron a todos los medios -legales e ilegales— para liberarlos? ¿Cómo desconocer, por ejemplo, a quienes valientemente presentaron en abril de 1867 ante las autoridades españolas el famoso Proyecto para la Abolición de la Esclavitud en Puerto Rico a pesar de que quedaba expresamente prohibida en la agenda esta discusión y a pesar de la disidencia de parte de la delegación puertorriqueña y cubana?  Segundo Ruiz Belvis, José Julián Acosta, Francisco Mariano Quiñones: ¡Presentes! ¿Cómo olvidar a Betances, orgulloso de ser “prietuzco”, maestro en todas las artes que llevan a la libertad? ¿O al maestro de José Julián Acosta, Rafael Cordero, tabaquero negro y fundador de una de las cuatro escuelas para niños con las que nos amaneció el siglo XIX? ¿Por qué no sabía yo que la hermana de éste Celestina abrió una escuela para niñas casi 20 años antes que su tan mal recordado hermano?  ¡Cuánto bien nos salió de esas primeras letras impartidas por manos negras a niños negros y blancos!

Es tan corto este testamento -corto a pesar de las 500 páginas frente a mí— que creo poder compensar los años perdidos aprendiéndolo de memoria.  Quiero hacer de estas memorias legadas, memorias propias.  Quiero que estas memorias ajenas, vicarias y ahora mías marquen mi piel.

“Puerto Rico: su transformación en el tiempo” nos regala memorias hechas de piedra, papel y tijeras.  Memorias que saltan de registros formados por el barro y la piedra, por las letras olvidadas en el papel de las cartas, por las marcas en la piel de los esclavos, memorias recientemente recortadas por tijeras.  Las memorias que elaboran los autores comienzan en el Cretáceo Superior de la Era Mesozoica, cuando surgieron, casi con el tiempo mismo, esas estructuras antidiluvianas que los geólogos denominan el Batolito de San Lorenzo y el Complejo de Utuado. Comparable a la hazaña del director chino Zhang Yimou en su magistral condensación fílmica de 5,000 años de historia de la China al inicio de las Olimpiadas, nuestros autores reman del cretáceo hasta la orilla del presente.  Se detienen en la antepenúltima página del libro que publican ante una nueva formación de piedra, ésta vez del paleolítico jurídico puertorricense: el Paseo Caribe.  Lo proponen como ejemplo de la confrontación entre aquellos que defienden el escenario natural que tomó millones de años formar y los que lo consideran telón de trasfondo para sus oportunidades de ganancia.  Mencionan de un lado a Tito Kayak, del otro… la lista de compradores la ofrece Claridad en la página 5 de la edición del 21 al 27 de agosto del presente año.  Olvidan nuestros autores mencionar lo que he aprendido en páginas anteriores.  Que muy cerca de ahí precisamente, y utilizando a San Jerónimo como apoyo, se libraron en 1797 las primeras batallas de milicianos puertorriqueños en la defensa de una tierra que sentían suya, aunque su gobierno estuviese en otras manos.  Nos cuentan: Más que la expulsión de los invasores ingleses, la importancia del hecho es que fue la primera vez que sectores considerables del pueblo puertorriqueño, aunaban esfuerzos para defender masivamente “su propia patria” … Aunque hubo ocasiones en las que los hijos del país siempre hablan demostrado su valentía, en 1797 fue otra cosa muy diferente.  No se debió pensar únicamente en enfrentar y salir de un peligro inminente como era la invasión inglesa, sino que afloró una conciencia nueva por la que la gente debió tener claro que una victoria de los ingleses significarla la introducción en el país de cambios muy profundos. A eso, pensamos, no estaban dispuestos los puertorriqueños. (133) Paseo Caribe, en su modernidad depredadora de los bienes colectivos que son los recursos marítimo-terrestres, depreda también el muy tangible espacio de unas memorias intangibles.  El Tribunal Supremo de Puerto Rico, que no está para historias, desconsidera esta dimensión de los terrenos bajo litigio y nos compensa con un callejoncito escénico hacia el lugar de los hechos. Nuestro patrimonio queda reducido a un callejón.  Más logró en 1797 un tal “Pepe Díaz, el soldado más valiente que el Rey de España tenía.”

El libro que presentamos ante ustedes, aunque sirva de testamento, no debe confundirse en su forma.  Reiteramos, es un libro seductor.  Se abre lleno de fotos, ilustraciones, rutas y mapas en un afán por no imponerse, por ser polifónico, por invitarnos a jugar y a dejarnos seducir por la mirada.  A diferencia de los demás libros para adultos, éste no reclama que fijemos la atención en un sólo punto gris. Ni que nos movamos monótonamente de derecha a izquierda, de arriba hacia abajo. Al contrario, abrir las páginas de este libro es enfrentarse a una misteriosa fuerza centrifuga.  En cada esquina nos incita a ponerlo un lado y a seguir un rastro en la virtualidad de la web o en el mundo paralelo que trae contenido en un CD.  Más que libro, este libro quiere ser puerta y no puerta ornamental, orgullosa de sí, sino indispensable puerta de escape.

Decía Arcadio Díaz Quiñones en su ensayo La Memoria Rota que al final, “en todo enfrentamiento crítico del pasado late implícita la esperanza de un nuevo comienzo”.  Los autores concurren y apuestan sin decirlo a los efectos acumulativos que tendrá el que muchos atraviesen la puerta de su libro y crucen a ese universo ignoto de memorias ajenas que son también nuestras.  Y apuestan a que de allí surgirán gentes con una nueva voluntad de presente. Si así ocurriera, el presente tendría que ser distinto, y no por alguno de los cataclismos que ahora parecen inevitables, sino por una refrescada apreciación de nuestras encerronas.  A lo mejor simplemente porque nos cae de pronto un cansancio de siglos y por que se hará inevitable sacudírnoslo para seguir viviendo. O a lo mejor porque reconoceremos las múltiples ocasiones que hemos andado en círculos.  Como por ejemplo, en torno a la discusión del tema del status.   En uno de sus mejores capítulos los autores explican en detalle y concluyen valientemente lo que ni todavía el gobernador del país se atreve a afirmar.

(…) que la Ley 600 (Ley de Relaciones Federales con Puerto Rico) sólo se aprobó para permitir cambios en el gobierno interno del país, lo que se encomendó al pueblo y a la Asamblea Constituyente que se organizara según lo estipulado; pero las relaciones políticas y económicas entre los dos países quedaron intactas, como se hablan establecido por las leyes Foraker (1900) y Jones (1917). (350)

Y que por consiguiente, las relaciones entre ambos países se encuentran “más o menos en el mismo punto en que las dejó la Ley Foraker a principios del siglo XX.” (505)

Pero los ejemplos que hacen que el presente se parezca casi misteriosamente al pasado trascienden la improductividad de las estrategias oficiales para zanjar el asunto del status. Parecen amontonarse los informes acerca de la realidad del país: desde la Memoria de Melgarejo en 1582, los informes  de Alejandro O’Reilly en 1765, los Informes ante la Junta Informativa de Reformas en 1866, el Plan Chardón de 1934, dos informes de la Brookings Institution, uno en el siglo XX y otro en el que recién estrenamos. En fin, a excepción de la Cuba de los planes quinquenales debemos ser la sociedad más estudiada del Gran Caribe.

Igualmente semeja ser también un fenómeno de hondas raíces el entrecruce constante en nuestro país entre la ilegalidad y la legalidad, entre la oficialidad y la “brega”, entre la más alta alcurnia y lo que hoy llamamos ciertos aspectos de la “economía informal” y antes denominábamos meramente como contrabando. Fue Miguel Henríquez, y no otro, mulato y zapatero de oficio el primer millonario puertorriqueño, dueño de una flota de barcos, y quien, a pesar de los dudosos orígenes de su fortuna recibiera del rey Felipe Ven 1713 los títulos de Capitán de Mar y Tierras y Caballero de la Real Efigie (153).  Si ponemos a un lado el importantísimo aspecto de la utilidad social del contrabando en el siglo XVIII, el escándalo de Coquito y los narco-legisladores desaparece ante cualquier intento de comparación, sin que logre, claro está, condonación alguna.

Por último, quisiera señalar la lucha desesperada por los pocos espacios “de influencia”, según el decir de nuestros autores que existen desde el comienzo de nuestra vida colectiva.  Aparentaría ser que donde el gobierno propio es tan limitado, cualquier cuota de poder se disputa a muerte.  “A mediados del siglo XVI,” dicen Cancel y Feliciano, -como a principios del XXI, añado yo—en Puerto Rico se produjeron una serie de controversias por los reducidos espacios de poder que existían más allá de los que controlaban los gobernadores y obispos.  …Una de estas áreas fue la posesión de tierras […] Otro campo de batalla política fue el control de los dos ayuntamientos isleños y de los puestos de regidores, alcaldes ordinarios y otros cargos.  Un último escenario de estas luchas fue el religioso. (120) Cualquier parecido con la lucha desesperada de Castro Font o Acevedo Vilá por los espacios en sus respectivos partidos es de seguro producto de una febril imaginación que lleva ya demasiado tiempo transitando por estas memorias. Escapo el ejercicio de ver el presente en los registros del pasado y me acojo al consejo final de nuestros amigos que nos advierten que a pesar de la importancia de la historia, y la desvalidez de carecer de las más elementales memorias, lo fundamental es que todos comencemos a pensar sobre el tiempo que se vive, desde el tiempo que se vive.”  Por que después de todo, “lo más complejo es apropiar el presente pero, dada la situación, esa es una responsabilidad que no podemos evitar.”

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