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Segundo Ruiz Belvis: Una aventura de la memoria

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 4 junio 2009


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

“Se cruzará contigo en una calle y acaso notarás que es alto y gris y que mira las cosas”.

El forastero, Jorge Luis Borges

ruiz_belviscSegundo Ruiz Belvis es una de las personalidades más enigmáticas de la historia de Puerto Rico en el siglo 19. A pesar de su papel protagónico en la evolución de las ideas y del activismo político insular entre 1857 y 1867, la llamada “década intranquila”, el hormiguereño ha sido interpretado como un apéndicede otras figuras de relieve de su tiempo de las que fue par, colaborador e incluso modelo.

En ese sentido, Ruiz Belvis es un tema que no se ha cerrado aún en la historiografía puertorriqueña. Al cabo de los años me he dado cuenta de que los esfuerzos de Luis M. Díaz Soler por contextualizar el Proyecto para la abolición de la esclavitud en Puerto Rico, y los de Ada Suárez Díaz por construir una biografía del abogado, no fueron esfuerzos vanos. Tal vez lo que más ha pesado sobre la oscura imagen que se tiene del dirigente abolicionista y separatista sea la brevedad de una vida que se inició en el Hormigueros de 1829, y terminó en condiciones en extremo polémicas en el Valparaíso de 1867.

O tal vez se trata del peso que se ha puesto en la construcción de la imagen de Ramón Emeterio Betances como síntesis de una idea de lo nacional y como “Padre de la Patria”. A esas claves me voy a referir a lo largo de este ensayo a fin de ratificar dos cosas. Primero, que para el patriciado la muerte es vida y en ocasionesritual de paso a una forma sublimada de la eternidad. Y segundo, que detrás de la magia del procerato había unos seres humanos concretos distintos, en ocasiones, de la imagen que se ha inventado la gente de ellos.

Imagino a Ruiz Belvis creciendo entre el barrioHormigueros de San Germán, y el Mayagüez y el San Germán urbanos de la década de 1830 a 1839. Estos tres ambientes debieron marcar por siempre la volátil sicología del joven. La personalidad histórica del Hormigueros barrio, marcada por una centenaria tradición milagrosa que el fenecido amigo Antulio Parrilla Bonilla, Obispo Titular de Ucres, distinguía siempre como un poderoso signo de la nacionalidad puertorriqueña; la calle del Convento del San Germán viejo, de rancio abolengo aristocrático y colonial que trazaba en fuga su historia hasta el mismo siglo 16 de los conquistadores; el Mayagüez de proyección moderna que desde 1760 se alzaba como gran ciudad y donde la familia Ruiz tenía intereses materiales que proteger y una casa en la antigua calle de la Candelaria del barrio de la Cárcel.

En aquel Hormigueros, ya perdido bajo el manto del cambio material, Ruiz Belvis aprendió el arte del manejo de las armas y de la equitación. La tradición oral ha sido capaz de preservar el icono de una figura que se iba transformando en héroe desde la más transparente niñez como si hubiese estado destinado a ello. Esa energía de la oralidad en la figuración de la persona y el militante, habla mucho del impacto y la necesidad del “hombre prometeíco” en un pueblo en que el heroísmo parece flor extraña.

Tradición y modernidad, en consecuencia, fueron dos fuerzas en pugna en la visión de mundo de Ruiz Belvis. A fin de cuentas, esa fue la situación de toda aquella generación de intelectuales que alcanzó la madurez alrededor de los años 1840 y 1850, y que el antropólogo Eugenio Fernández Méndez identificó con la personalidad del caborrojeño Salvador Brau. Lo cierto es, y esto me consta de propio conocimiento, que si Brau y Alejandro Tapia y Rivera son los signos mayores de aquel momento en el mundo liberal, en la historiografía y el pensamiento social; ese mismo papel jugaron Ruiz Belvis y Ramón E. Betances en el orbe del hacer político, del activismo y de la revolución en el siglo 19.

Fue en la propiedad de Mayagüez y con maestros privados o instructores particulares, donde Ruiz Belvis hizo las primeras letras. Su formación superior, que inicia hacia el 1845 cuando apenas contaba 16 años, habría de hacerla, de acuerdo con otra persistente tradición oral, en la ciudad de Caracas, capital de la República de Venezuela. Nadie ha podido demostrar la historicidad de esta presunción. La mitología popular, sin embargo, se ha servido de la misma para crear vínculos poco probables entre el Ruiz Belvis joven y los veteranos de la intentona revolucionaria de 1838 en Puerto Rico, aquella que inmortalizó los nombres de Andrés Salvador y Juan Vizcarrondo Martínez, los precursores de Lares, según los llamase en alguna ocasión Betances.

betancescEs posible que hacia 1848 estuviese de vuelta en Hormigueros, en los preparativos de su viaje a España a culminar sus estudios en derecho y jurisprudencia en la Universidad Central de Madrid. Nada se sabe con certeza de esta estadía. Otra vez es la tradición oral la que lo ubica viajando, entre febrero y marzo de 1849 de acuerdo con mis cálculos, con destino a algún puerto de la península. Este viaje y esta fecha se convertirán a la larga en un punto de viraje, en un meandro en la vida de Ruiz Belvis. Si se ha de dar crédito a esa poética oralidad que tanta historia guarda, en aquel viaje conoció a Betances quien se dirigía a París a terminar sus estudios en la Escuela de Medicina de dicha ciudad. Tanto para el biógrafo de Betances como para el de Ruiz Belvis, aquel es un momento culminante en la construcción del procerato nacional puertorriqueño: los cerebros de la subversión de 1868 al fin se habían encontrado.

En su hospedaje en la calle de Pavía en Madrid y en las aulas, entró en contacto con una serie de figuras de profundo significado para el siglo 19 nacional: Alejandro Tapia y Rivera, Román Baldorioty de Castro, José Julián Acosta, Eugenio María de Hostos, entre los insulares; Emilio Castelar, Julio Nombela y Miguel Morayta, entre los peninsulares, por sólo mencionar un puñado de los más destacados. Se trata de una elite académica con deseos de dirigir a las gentes, de traducir la voluntad popular a la causa genérica del liberalismo con sus variantes de paciencia e impaciencia que no podemos discutir en el contexto de este ensayo.

De todas maneras, valga decir que Ruiz Belvis, de acuerdo con Tapia y Rivera en Mis memorias, destacó como una figura “susceptible e impaciente” lo cual debe traducirse, partiendode la premisa de quién y qué pensaba políticamente Tapia, como un radical. Esa concepción del “radical” todavía permanece un poco velada en la historiografía puertorriqueña en la medida en que se ha aplicado una mecánica interpretativa en donde, además de darse una imagen inmóvil y fría de las ideologías, tampoco han sido capaces los historiadores de determinar la fluidez de las fronteras entre el conservador, el liberal y el separatista con sus complejidades íntimas.

Como era de esperarse, el privilegio de nacer en el seno de una familia acaudalada le abrió a Ruiz Belvis la ruta de las profesiones y las posibilidades del saber-poder.Pero también, valga decirlo, le dejó la avenida expedita del pensamiento libertario y de la democracia radical que en Europa, en especial en Francia, había madurado al calor de la Comuna de París de febrero de 1848. Aquel fue el momento de la Segunda República Francesa y desde entonces republicanismo, antimonarquismo y anticlericalismo fueron las claves ideológicas de la promoción joven. El impacto de aquella experiencia en liberales y separatistas de todo tipo fue notable. De aquellas fuentes bebió la generación rebelde del Puerto Rico de 1850 a la cual tanto debe la cultura nacional según concebida en el siglo 19.

Aquellos jóvenes, Ruiz Belvis incluso, no fueron sólo los arúspices del destino nacional por todas sus vías. También sintieron la inquietud de explicarse de una manera novedosa el problema de la naturaleza y el contenido del ser nacional. Las armas de un romanticismo militante que se hacía las mismas preguntas fueron de profunda utilidad para ellos. La necesidad de un discurso genealógico sobre lo nacional se hizo patente en los estudiantes.

El mes de marzo de 1851, Tapia y Rivera, a instancias de Baldorioty de Castro fundaba la “Sociedad recolectora de documentos históricos de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico.” En la misma colaboraron, además de Acosta, Ruiz Belvis y Betances, los jóvenes Lino Dámaso Saldaña, José Cornelio Cintrón, Calixto Romero Togores, Genaro Aranzamendi, Juan Viñals y Federico González. En 1854 Tapia y Rivera publicó buena parte del producto de aquellas labores en su clásico tomo Biblioteca histórica de Puerto Rico. El esfuerzo era loable: la intención era responder a la pregunta del qué somos los puertorriqueños colectivamente considerados a la luz de la documentación histórica desde 1492 hasta 1797. Para ello debían ofrecer un acervo documental capaz de servir de base para la articulación de un proyecto nacional viable. La pregunta clásica de la modernidad emergente estaba sobre la mesa.

En general, no se trataba de un libro de historia en el sentido en que hoy podemos entender ese concepto. La Biblioteca histórica de Puerto Rico, cargada de nociones historicistas y positivistas propias del siglo, sólo pretendía exponer las cosas tal como habían sido y para ello el documento escrito parecía la fuente irrefutable. Construido a la manera de una enciclopedia, el volumen devino en un verdadero ejercicio de erudición fría. A la larga, aquella colección se convirtió en un código público para explicar la genealogía de la historia de Puerto Rico dentro de las tradiciones hispánicas más adustas.

Habría que esperar a los esfuerzos postreros de Brau, el mismo Tapia Y Rivera, José Marcial y Francisco Mariano Quiñones, entre otros, para poder hablar de historia y sociología disciplinares en el Puerto Rico del siglo 19. Sin embargo, aquel relato fragmentado del pasado insular sería durante cerca de un siglo recurso documental único para la apreciación del pasado colonial español de Puerto Rico en sus fuentes. La aportación particular de Ruiz Belvis a la misma sería, según se sabe,la traducción del francés de las partes referentes a Puerto Rico del “Libro primero” de Juan de Laet.

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  1. Reblogueó esto en Horomicos: microhistorias.

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