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Historia llena de enjundia detrás de las calles mayagüezanas

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 10 octubre 2010


Carla Minet para Mayaguez Sabe a Mangó

El historiador Mario Cancel es un juglar de microhistorias. Se encarga de hurgar en los archivos hasta encontrar historias que complementan, y muchas veces contrastan, la historia conocida, la oficial. Dice que no le gusta trabajar temas del centro: que prefiere los límites, las periferias, los que llama los vacíos o silencios.

Como el abolicionista Segundo Ruiz Belvis, Cancel es nativo de Hormigueros, aunque su vida académica la desarrolla principalmente en el Recinto de Mayagüez, de la Universidad de Puerto Rico, donde es Catedrático Asociado de Historia. También es conferenciante de Narrativa Universal y Puertorriqueña en la Escuela Graduada de Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón, porque además, es escritor. Es miembro de la Academia Puertorriqueña de la Historia y del Pen Club de Puerto Rico. En fin, es un estudioso incansable y sus más de quince publicaciones, cuatro blogs e incontables ensayos, artículos y reseñas lo confirman.

De Mayagüez sabe muchas cosas. En especial, se ha ocupado de estudiar el paso de los norteamericanos por la ciudad de las aguas puras, en su texto La americanización en Mayagüez (1898-1900). Sobre ello conversó con mayaguezsabeamango.com.

Comenzó nuestra conversación, con la invasión norteamericana y cómo se vivió en la ciudad, con una sentencia lapidaria: “Las guerras son confrontaciones, pero lo que pasa después de las guerras son transacciones de símbolos en donde los dominadores tienen que ponerse de un modo. Había un balance bien interesante entre los símbolos norteamericanos más obvios, como era el caso de los íconos del nacionalismo norteamericanos. Esas escenas ahora pueden parecer campechanas, distantes, hasta folclóricas, pero yo no creo que fuese una situación tan “light” cuando ocurrió. La impresión que me da la lectura de testimonios y documentos es que había sentimientos encontrados con respecto a cómo reaccionar emocionalmente a la presencia de los norteamericanos. En Mayagüez hay mucha esperanza con la llegada de los norteamericanos, pero cuando entramos al detalle, también hubo mucha conflictividad”.

Las calles de Mayagüez, que hoy transitan ciudadanos que en general desconocen su suculenta historia, fueron quizás el elemento más contundente, que sobrevive, del proceso de dominio norteamericano en la ciudad, pues “la hegemonía se instituye de diversos modos”.

“Lo de las calles es la parte que más perdura. La calle que se usó para que las tropas penetraran en la ciudad la llamaron Libertad. Era toda una intención de que se asociara si no conscientemente, de manera inconsciente, esa fecha del 11 de agosto y esa entrada gloriosa de las tropas americanas como un acto de libertad”. Cancel se refiere también a la antigua calle 11 de agosto, que intersecta las calles Independencia y Nenadich, y que toma su nombre del día de la entrada de las tropas estadounidenses a suelo mayagüezano, y que todavía conserva su nombre. Originalmente la calle se llamaba Calle San José, luego de la invasión se llamó 11 de agosto, y recientemente fue denominada calle Ernesto Ramos Antonini.

Pero los nombres de las calles tienen su contexto. Las principales arterias de la ciudad de hoy, como la calle Betances, antes Post, o la McKinley, antes Candelaria, son una caja de Pandora que nos obliga a descubrir la historia de la ciudad. Para finales del siglo 19, la situación política del país era peculiar.

“Los únicos sectores en Puerto Rico que veían una amenaza en Estados Unidos eran los intereses españoles, particularmente los intereses ligados al comercio. Mayagüez era una ciudad que tenía, por su zona portuaria, una conexión bien intensa con Estados Unidos por el mercado de los azúcares y el melao. En general, la presencia de los estadounidenses en la zona era visible en la década de 1860, y esos intereses españoles los asociaban con grupos subversivos, porque veían un apoyo moral, tácito, a los proyectos radicales de Puerto Rico, a los proyectos separatistas puertorriqueños. Era un apoyo simbólico. En cierto modo, todo esto de que estar cerca de los norteamericanos era ser antiespañol, era cierto, había algo de realidad en todo eso. Las fuerzas vivas puertorriqueñas, los productores y consumidores puertorriqueños, la gente pobre en Puerto Rico no tenía por que ver en Estados Unidos un elemento amenazante. No lo vio en el 98, no lo vio en el 99, y se ajustaron con mucha facilidad a la nueva soberanía”, describe Cancel con agudeza.

Pareciera por la plática con Cancel que ya para entonces, la población había asumido en sus entrañas el carimbo de la colonización. Y eso se sumó a la maestría con que los nuevos colonizadores norteamericanos manejaron su asentamiento. Ejemplos de esto, sobran.

“En el año 99, en cuanto desembarcan los norteamericanos y toman el poder, autorizan la creación de una central sindical en Puerto Rico, y los estimulan a organizarse laboralmente para que reclamen sus espacios en un orden social que fue injusto con ellos. Era una manera muy inteligente de trabajar con las masas. En parte, esa buena relación que tuvieron las clases artesanales y obreras y los libertos puertorriqueños de primera generación con la invasión, explican por qué Puerto Rico tuvo un movimiento obrero, políticamente moderado, exigente sindicalmente, y que siempre tuvo una confianza extraordinaria en que la presencia norteamericana era una garantía para los derechos populares en el país. Buena parte del registro fotográfico durante la invasión representa a nuestras clases populares y artesanales, era casi como un documentar la miseria de Puerto Rico bajo España, y se puede ver como un compromiso de la nueva soberanía con esa gente. Eso explica por qué el anexionismo fue tan poderoso durante las primeras décadas de la invasión norteamericana aquí”.

Pero el síndrome del colonizado no parecía ser exclusivo de los puertorriqueños, sino que se extendía a Cuba, la antilla mayor, tan reconocida por su bravía revolucionaria. Las circunstancias históricas dictaban las pautas. Según Cancel, incluso había más confianza antes de la invasión en que el control de los Estados Unidos “podría ser una garantía de libertad para Puerto Rico”.

“Hay un testimonio de Betances en París para la revista Le Monde Diplomatique, cuando le preguntan por el momento extraordinario en que los Estados Unidos está por declarar la guerra, y él dice que los cubanos preferirían mil veces ser anexados a Estados Unidos que seguir siendo españoles. Es un testimonio político, para ponerle presión a España en el contexto europeo, pero si se trataba de confianza, los rebeldes preferían cualquier cosa que no fuera España. No querían la autonomía porque no confiaban en España, y si Estados Unidos entraba, ellos veían en Estados Unidos una opción que quizá podían aprovechar para alcanzar la libertad. Era una urgencia coyuntural”, afirma.

Ante España, Estados Unidos parecía una mejor apuesta. Pero argumentaba Betances que Inglaterra o Francia eran mejor. Se trataba de un juego diplomático, que traslucía la voz de auxilio de los rebeldes, que denotaba la urgencia por ser salvados del coloniaje español, no por sí mismos, sino por otro gran poder.

“Desde ese tiempo estamos convencidos de que, en lo que competía a los separatistas puertorriqueños, había un reconocimiento de la fragilidad del proyecto. Betances y Hostos reconocían que si habían fracasado persistentemente en un proyecto de separación para Puerto Rico, había que pensar, por qué fracasaba tantas veces. Betances reconocía que Puerto Rico era el eslabón más débil en todo esto. Eso es bien difícil de aceptar hasta para los independentistas, pero él lo conviene en su correspondencia. Así se puede entender por qué Betances era uno de los nombres elegidos para una calle en Mayagüez. Para los observadores norteamericanos era muy fácil conectar a Betances con su proyecto. Para el espionaje español, Betances era un agente norteamericano, y para los norteamericanos era un signo que se podía utilizar para afianzar la confianza de la gente en ellos, porque era un signo querido en Mayagüez”.

Y así, con el trasfondo que nos explica el historiador, llegamos a comprender el nombre que toma la calle Betances antes de la invasión. La vía luego fue nombrada calle Post, en 1909, para recalcar el servilismo al entonces gobernador americano Regis Henri Post, que regentó el país entre 1907 y 1909. La calle va desde el Puente de Barcelona hasta la Avenida Corazones, de la Sultana del Oeste. En 2005, el alcalde de Mayagüez, José Guillermo Rodríguez sustituyó el nombre de la “Calle Post” con el nombre de “Calle Dr. Ramón Betances”. Al restituirle su nombre a la referida vía, el ejecutivo intentaba resaltar las ejecutorias del patriota. “Es deber de los pueblos conservar el nombre de los hombres ilustres y notables para que las generaciones futuras recuerden con cariño y respeto sus ejecutorias a favor del bienestar social y político de sus conciudadanos. El prócer al que hoy hacemos justicia se distinguió por su servicio a nuestro pueblo como médico, político y abolicionista que luchó incansablemente en contra de la esclavitud, de nefasta recordación para todos”.

Lo mismo ocurrió con la Calle McKinley, cuyo nombre se origina en el presidente que ordena y ejecuta la invasión de 1898. Paralela a la Méndez Vigo, la que por demasiados años fuera Calle McKinley fue originalmente la calle La Candelaria, nombrada por la santa patrona de la ciudad, herencia de la colonización española. En el 2006, el mismo alcalde, Rodríguez, la restituyó, y ahora las nuevas generaciones la conocerán como La Candelaria, aunque muchos todavía no se acostumbran al cambio.

“Mayagüez reafirma las bases cristianas que fueron claves en su fundación en este día de la Candelaria devolviéndole el nombre original a una de nuestras calles principales como ya hizo con la antigua calle Post, restituyéndole el nombre oficial de Ramón Emeterio Betances”, dijo entonces el ejecutivo municipal.

Sobre estas restituciones, Cancel comenta que: “Es parte de algo curioso de Mayagüez. Hay un rescate de las tradiciones hispánicas. Yo lo definiría como afirmar los valores de una cultura liberal, una cultura de centro. Eso es propio de autonomistas y gente de centro. Cualquier nominación de una calle, implica una batalla simbólica”

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