Puerto Rico: su transformación en el tiempo

Historia y sociedad

  • Lo nuevo

  • Posts Más Vistos

  • Los mejores

  • Categorías

  • Historias y palabras

  • Visitantes

    • 424,027 hits
  • Comentarios de los lectores

    Herald D. Lorenzo Tr… on Puerto Rico: su transformación…
    Reinerio Ramírez Per… on Espiritismo y modernidad en Ro…
    Herald on Culturas agro-alfareras o…
    Jan Luis Mercado on Documento y comentario: Socied…
    Benjamin Quiñones on Documento y comentario: La Igl…
  • Archivos

  • Taller de trabajo

  • Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

    Únete a otros 3.033 seguidores

Archivos de la categoría ‘Documento de historia de Puerto Rico’

Documento y comentario: Puertorriqueños, así somos nosotros

Publicado por Mario R. Cancel-Sepúlveda en 31 marzo 2010


  • Salvador Brau (1842-1912)

Preciso es reconocer grandes cualidades de carácter en el pueblo puertorriqueño; cualidades inherentes algunas a toda la extensa familia española, pero muy en especial nuestras; otras, tan especiales que sería en vano buscarlas en todas esas nacionalidades nutridas con española savia en los vastísimos territorios de vecino continente.

Originarios de las provincias peninsulares del mediodía, los primitivos colonizadores del suelo borincano, nos trajeron la vivacidad de imaginación y la delicadeza en el sentir que les eran peculiares; pero de ningún modo la vehemencia en el obrar que les distingue.

Esta observación salta a la vista, y de tal manera descuella, que cualquiera poco conocedor de los orígenes del pueblo puertorriqueño, le crearía procedente no del mediodía sino del norte de Europa al observar la parsimonia con que procede en muchos de sus actos sociales.

Es verdad que lo expansivo del carácter, lo generoso y sufrido, y lo propenso a resignarse con una promesa, a veces con una simple fórmula de cortesía (que consideramos generalmente como augurio venturoso) bastan para calificar la riqueza soñadora de nuestra fantasía, descubriéndose pronto su verdadera procedencia; pero, a pesar de esto o quizás por esto mismo, somos un pueblo especial, fácil de dirigir y muy aficionado a dejar hacer, sin inquietarse mucho cuando no lo hallamos hecho, por más que nos lo hayan ofrecido.

Conocidos estos antecedentes, parecerá extraño que la calidad predominante entre los puertorriqueños sea la independencia de carácter; con todo, hay que reconocerlo así.

Sea por razón del aislamiento en que hemos vivido, sea por los hábitos de la vida campestre, sea por desconocimiento de ciertas conveniencias sociales, ello es que el puertorriqueño estima en mucho su libertad individual, y no se muestra dispuesto a sacrificarla a etiquetas y fórmulas convencionales.

Si es esto un bien o un mal no tratamos de averiguarlo ni lo necesitamos para nuestro propósito. Nosotros describimos; encárguense de juzgar otros…

Y que describimos estudiando la naturaleza, es indudable.

Por de contado somos los puertorriqueños los peores cortesanos del mundo. Hablamos en términos generales, y convencidos de que no faltarán entre nosotros personas aficionadas a frecuentar encumbrados salones, y muy hábiles para proceder en ellos con ese exquisito amaneramiento propio de la etiqueta palaciega, mas no puede juzgarse la colectividad por el individuo, sobre todo cuando el individuo ha podido modificarse por circunstancias extrañas a sus congéneres.

Estudiad al puertorriqueño en cualquiera localidad de la isla, y le veréis decidor y jovial en sus reuniones, pero circunspecto y hasta desabrido en la vida pública; muy respetuoso con la autoridad, pero evitando todo lo posible el rozarse con ella hasta para asuntos que le interesan. Si la autoridad le llama no dejará de responder al llamamiento, pero se le hará agradable el retirarse de su presencia, para regresar a su conuco (finca rústica de corta extensión) o a sus quehaceres.

Si la necesidad os conduce a la casa de un puertorriqueño —hablamos del carácter genuino, no del adulterado— veréis con qué delicadeza ejerce el deber de la hospitalidad, por mucho que podáis serle desconocido, mas no esperéis que él venga a la vuestra a solicitar correspondencia.

En sus deberes nacionales es un modelo. ¿Peligra la integridad del suelo patrio? Pues pronto le hallaréis a defenderla. ¿Sufren sus hermanos en provincias lejanas? Su bolsa está pronta para socorrerles. ¿Celebra la nación alguna hazaña gloriosa? Al júbilo general se asocia espontáneamente.

Estos son rasgos típicos de nuestro pueblo; mas, por el extremo contrario, ¿le oprime a él alguna calamidad? A nadie acude para remediarla. Si le dan, acepta; si le ofrecen, aguarda; si le burlan en sus esperanzas, se resigna.

Podrá decir alguno: «Si a estas notables condiciones se le agregase cierta dosis de ductilidad y un ligero abandono al retraimiento, para asistir a tertulias oficiales y frecuentar las oficinas públicas, ese pueblo sacaría mejor partido de los encargados de administrarle y dirigirle.» La observación será exacta, pero ¿qué le hemos de hacer? Nosotros somos así. Educados en la soledad, nos avenimos mal con el bullicio cortesano.

El régimen colonial contribuyó mucho a acrecentar esos instintos solitarios, y los desengaños sufridos, si no son suficientes para amenguar nuestra lealtad ingénita, bastan para hacernos cautos y recelosos.

Es verdad que de ese alejamiento habitual de los círculos autoritarios, a que nos lleva la índole de carácter y la educación política que hemos recibido, han sacado provecho ciertas gentes para suponernos díscolos y mal avenidos con los poderes públicos; pero nosotros somos así, y, contando siempre con nuestra buena fe, seguimos creyendo, a pesar de todo, que a los pueblos se les debe juzgar por su historia y no por la insidia de mal avenidos consejeros.

Y tan apegados nos hallamos a nuestras costumbres, que no damos muestras de corrección.

¿Viene un gobernador nuevo? Le recibiremos con palmas. ¿Nos dirige cuatro frases halagüeñas? Le elevamos al séptimo cielo. ¿Demuestra hacer algo en bien del país? Le proclamamos nuestro bienhechor, nuestro salvador, y no encontramos sitio bastante digno donde estampar su nombre; pero nos mantenemos siempre a respetuosa distancia: a la capa, como suelen llamar los marinos a una de sus más hábiles maniobras. Esto, dicen algunos que es inconveniente; podrá serlo, pero hay que confesar que tiene sus ventajas.

Si el gobernador no cumple nada de lo ofrecido, si se inclina del lado de los especuladores políticos y nos da el gran camelo, no nos vemos obligados a ponernos en franquicia, diciendo como la zorra: están verdes. La reserva observada evita tan penoso trance. No se debe, pues, estudiar la medalla sólo por el anverso.

Conviene, por otra parte, tener presente que puede suceder, mejor dicho, ha sucedido, que un gobernador reformista se torne en furibundo conservador, o que dando oídos a consejas y tradiciones fantásticas, como el miedo es contagioso, concluya por abrumarnos con expedientes gubernativos o aturdimos con gritos estentóreos, marchándose luego en paz a recoger como premio, un marquesado o cosa semejante: para hechos tales parece creado expresamente el carácter de los puertorriqueños.

Con una calma estoica oímos los dicharachos: con admirable sangre fría dejamos que cursen los expedientes sobre las soñadas conspiraciones; y cuando nos llega la noticia de que el héroe se ha dado los honores del triunfo allá en el Capitolio, o cuando mendiga nuestros votos para que le encumbramos a los escaños de la Representación Nacional, nos conformamos con dejar que juguetee en nuestros labios y anime nuestro semblante una significativa sonrisa. Así somos nosotros.

El Domingo, 9-IX-1883.

Comentario:

Salvador Brau es considerado uno de los precursores de la historiografía y la sociología puertorriqueñas. Fue activista abolicionista, liberal y autonomista, y trabajó al servicio de España y Estados Unidos en el cambio del siglo 19 al 20. El documento de 1883 incluido es un interesante juicio sobre lo que significa la Nacionalidad Puertorriqueña para este olvidado intelectual.

Brau reconoce el papel fundamental de la Hispanidad en la Puertorriqueñidad, pero llama la atención sobre ciertas cualidades “tan especiales” que solo pueden ser nuestras. Entre lo Hispánico lo Puertorriqueño existen, por lo tanto, elementos de continuidad y de discontinuidad. Los argumentos de Brau son histórico-sociales, producto de la observación social y de la racionalidad. Pero la Nacionalidad Puertorriqueña se describe mediante conceptos morales y sicológicos producto en parte de orden colonial autoritario en que había madurado.

El autor no quiere hacer una lista de virtudes y defectos. La decisión la debe tomar el lector. Pero, en general, los rasgos que Brau distingue son los siguientes:

1. La “vivacidad de imaginación y la delicadeza”.

2. Lo “expansivo del carácter, lo generoso y sufrido, y lo propenso a resignarse con una promesa”.

3. La “independencia de carácter” y el hecho de que el “puertorriqueño estima en mucho su libertad individual”.

4. La  “parsimonia con que procede” y la ausencia de “vehemencia en el obrar”.

5. Manifiesta “instintos solitarios” y tiene por virtud la “hospitalidad”.

6. Son “los peores cortesanos del mundo”, distantes del boato, el formalismo, los protocolos y el lujo.

7. Es “decidor y jovial en sus reuniones, pero circunspecto y hasta desabrido en la vida pública”.

8.  Es un pueblo “fácil de dirigir y muy aficionado a dejar hacer” y, a la vez,  “respetuoso con la autoridad, pero evitando todo lo posible el rozarse con ella”, cumpliendo “sus deberes nacionales es un modelo”.

9. “¿Viene un gobernador nuevo? Le recibiremos con palmas”, pero “si el gobernador no cumple nada de lo ofrecido (…) no nos vemos obligados a ponernos en franquicia” o protestar y guarda silencio.

10. No cambian con facilidad: “apegados nos hallamos a nuestras costumbres” de donde deriva su tesis central de que “así somos nosotros”.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Publicado en Autonomismo puertorriqueño, Documento de historia de Puerto Rico, Educación en historia, Historia de Puerto Rico, Puerto Rico en el siglo 19, Salvador Brau | Etiquetado: , , , , , , | 14 Comments »

Documento y comentario: Insurrección de Lares, Sociedades Secretas

Publicado por Mario R. Cancel-Sepúlveda en 13 marzo 2010


I

Sabido es por los documentos publicados en Nueva York por los rebeldes, que la insurrección de Yara se incubó en las escuelas, se atizó con proclamas incendiarias y calumniosas contra España, se le dio cohesión con la propaganda de El Siglo y que otras varias circunstancias concurrieron a extraviar la opinión pública en las Antillas. Pero lo que no se sabe sino de un modo imperfecto es que las escuelas, los papeles subversivos, la prensa pseudo-reformista, la literatura indiófila y los demás manantiales de aguas laborantes no fueron más que arroyos que confluían a un punto céntrico oculto, donde estaba la gran manufactura del separatismo. Todos los signos exteriores de la, al parecer, latente conspiración no eran más que las arterias de un cuerpo cuyo cerebro era invisible. La gran manufactura, el cerebro del laborantismo que precedió a los acontecimientos de Lares y de Yara, estaba en las sociedades secretas, sociedades que a la hora en que estas líneas trazamos existen reorganizadas en Puerto Rico.

(…)

Si al siguiente día de ocurridas las escandalosas escenas de la noche del día 23 de setiembre en Lares, se hubiese constituido allí el alcalde mayor Navascués, celoso servidor de España e inteligente criminalista, muchos secretos habría descubierto en sus indagatorias, porque a aquel íntegro juez no se le ocultó desde las primeras diligencias que hizo en Ponce que la insurrección se había organizado en las sociedades secretas, y su mayor deseo ha sido perennemente recoger cuantos detalles pudo sobre estos centros de la traición. Pero los rebeldes habían tenido tiempo de destruir sus papeles, pues hasta el día 6 de octubre no se constituyó el juzgado en Lares, es decir, trece días después de los acontecimientos del 23 de setiembre cuando las personas más importantes habían sido imperfectamente indagadas por el alcalde Mediavilla y por su sucesor San Antonio, sin sacar nada en claro, inmediatamente después de desalojados los insurrectos, sobre cómo se había tramado la rebelión,  y a no ser por una gran casualidad, que fue causa, como en otro lugar referiremos, de que el coronel Iturriaga, comandante militar de Arecibo, prendiese el 21 a don Manuel María González, presidente de la sociedad secreta de Camuy, situada en el barrio del Palomar y denominada Comité Lanzador del Norte número 1, de seguro que ignoraríamos del todo la organización general de estas numerosas asociaciones. La prisión de este prominente cabecilla ha sido el motivo principal de que abortase el movimiento general que se tenía acordado hacer el 29 simultáneamente en toda la Isla, y dio ocasión a que cayera en manos de la autoridad el borrador del Reglamento formado por nosotros los fundadores de la Asociación para la libertad e independencia de la Isla de Puerto Rico.

(…)

II

He aquí las bases generales de las mencionadas asociaciones. Sus miembros eran de tres clases: maestres, priores y hermanos. En cada pueblo de la Isla debía de haber un maestre, y en la capital, en Mayagüez o en otro punto residía el maestre director o sea el jefe general de todas las sociedades.

Para ingresar en la última escala, en la categoría de hermano, era preciso tener buenas costumbres; no ser el afiliado, por ejemplo, dado a la bebida para que no pudiera involuntariamente revelar los secretos o la existencia del club: los maestres y priores eran los que autorizaban o rehusaban la entrada de un hermano. Antes de iniciárseles se les leía un manifiesto antiespañol que suponemos sea una de las proclamas que insertamos en el Apéndice. No se permitía el ingreso, sin haber hecho muchos y especiales méritos laborantes, a ningún peninsular o español, ni a personas que ejercieran cargos públicos, cualquiera que fuese su profesión, ni a los jueces, abogados, procuradores, alcaldes, jueces de paz ni a los secretarios de estos últimos; ni tampoco, añade textualmente el reglamento, «a los que estén en contacto con estas clases, recibiendo de ellas beneficios directos o lucrando indirectamente en sus negocios y manejos». Acerca de la admisión de hermanos había especial encargo de proceder con toda prudencia consultando siempre entre sí los priores y el maestre.

Acordada la admisión de un hermano, el prior le leía el manifiesto y todo el reglamento de las asociaciones. En seguida con la mayor solemnidad y en presencia de cuatro testigos escogidos de entre los asociados, o mayor número si los había a mano, el prior le hacía prestar sobre los Santos Evangelios juramento de cumplir las obligaciones contenidas en una fórmula que empezaba así: «Juro por Dios y por mi honor ser fiel a esta sociedad, obedecer cumplidamente todos sus preceptos, así como también guardar toda reserva respecto de la existencia de la sociedad; contribuir con mi persona y bienes al sostenimiento de la misma, estando dispuesto a poner la mano donde se me mande o la suerte decida, etc.» El hermano, al ser admitido, quedaba obligado según el reglamento:

1.° a cumplir todos y cada uno de sus artículos;

2.a a profesar y practicar los principios contenidos en el manifiesto de una fecha que no se cita y que hemos dicho suponemos sea una de las proclamas que van al fin de esta obra;

3.° a propagar las doctrinas antiespañolas en todas partes y hacer toda clase de esfuerzos privados para conseguir el mayor número posible de miembros para la asociación;

4.° a trabajar con la mayor diligencia por la causa de la libertad y de la independencia no esquivando fatigas ni sacrificios de ninguna especie;

5.° a prestar absoluta obediencia a las órdenes de su prior o jefe inmediato sin replicar ni pedir explicaciones;

6.° a no poner jamás óbice ni excusa alguna cuando se tratase de prestar algún servicio extraordinario, ya fuera de carácter personal, pecuniario o ya afectase a sus bienes;

7.° a concurrir en el momento y al puesto que se le designase a la hora del conflicto, sin que sirviese de excusa el estado de la familia ni motivo alguno particular, marchando a la orden de su jefe abandonándolo todo.

Para que el neófito no se asustase ante la magnitud del compromiso, se le prometía cuidar por la asociación de su familia proveyendo a su manutención, seguridad y demás necesidades con parte de los fondos que se recaudaban para material de guerra. Por último, el socio que cometiese alguna infracción de los estatutos de la sociedad, se obligaba a recibir resignada y humildemente la pena que acordasen los priores con el maestre, aunque esta pena fuera la de muerte.

(…)

Las reuniones eran semanales y no tenían lugar siempre a la misma hora y hasta a veces variaban de local, a cuyo efecto para cada uno de estos meetings se avisaba de antemano a los socios por medio del hermano de guardia. El no asistir un miembro a estas reuniones sin causa legítima, se consideraba como una falta grave, suficiente para que el que en ella incurriese perdiese el aprecio y la confianza de la asociación.

Tomado de Pérez Moris, J., & Cueto y González Quijano, L. (1975). Historia de la insurrección de Lares, precedida de una reseña de los trabajos separatistas que se vienen haciendo en la Isla de Puerto Rico desde la emancipación de las demás posesiones hispano-ultramarinas y seguida de todos los documentos a ellas referentes. Clásicos Puertorriqueños Edil. Río Piedras: Editorial Edil. Págs. 75-80. Edición de Kenneth Lugo del Toro.

Comentario:

Pérez Moris responsabilizaba a la escuela, la propaganda clandestina y la prensa por “extraviar la opinión pública” y producir la Insurrección de Lares en 1868, pero reconocía el protagonismo que habían tenido las “Sociedades Secretas” en convertir la conjura en una realidad. Los fragmentos incluidos describen el funcionamiento de las mismas. Toda la información que se tenía de las mismas provenía del “Reglamento…” incautado el 21 de septiembre a Manuel María González, jefe del comité “Lanzador del Norte Número 1”, grupo activo en el Barrio Palomar de Camuy. Las “Sociedades Secretas”son calificadas como el “cerebro…invisible” de la rebelión y como “centros de la traición” a la hispanidad.

El “Reglamento…” dividía jerárquicamente a los miembros en maestres, priores y hermanos, a la manera de los gremios artesanales o las logias secretas tradicionales. Los maestres y priores eran responsables de atraer a los nuevos hermanos o aprendices y un Maestre Director regía toda la organización desde San Juan o Mayagüez.  El maestre es un título militar asociado al gobierno económico de una empresa; y el prior es un título religioso que significa el primero o superior en una orden. Es probable que la titularidad implicara una separación entre las funciones militares y civiles entre los asociados. La exclusión de los peninsulares o españoles y la afirmación de la pulcritud moral y las buenas costumbres de los hermanos o aprendices, son elementos comunes en organizaciones nacionalistas y que aspiran a una disciplina militar.

La iniciación comprometía el honor del laborante. Consistía en la lectura ante cuatro testigos de un “Manifiesto” antiespañol y del “Reglamento”, y en el juramento de fidelidad sobre los “Santos Evangelios”, ritual que contradice el carácter anticatólico del liderato rebeldes , pero a la vez sugiere que la Insurrección fue organizada por un grupo bastante plural que toleraba la diferencias. La ceremonía requería “buenas costumbres” y una fidelidad y obediencia a toda prueba,  hermano con el fin de conseguir la “independencia” y la “libertad”. También aclara que ningún español o funcionario público debía ser aceptado en la organización.

De acuerdo con Pérez Moris, se trataba de una organización bien articulada que celebraba reuniones semanales en locales rotativos y se consideraba una “falta grave”ausentarse a las mismas. El lenguaje de los documentos citados por Pérez Moris  no deja duda de que en su redacción no participaron los anexionistas y demuestra el carácter nacionalista de la Insurrección.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Publicado en Colonialismo, Documento de historia de Puerto Rico, Educación en historia, Grito de Lares, Puerto Rico en el siglo 19, Ramón Emeterio Betances, Sociedades secretas, Violencia política | Etiquetado: , , , , , , , , | 16 Comments »

Documento y comentario: Jíbaro, una definición

Publicado por Mario R. Cancel-Sepúlveda en 27 febrero 2010


  • José Pablo Morales (1828-1882)
  • Escritor y periodista

¿Qué es un jíbaro? Yo lo soy y no acierto con una definición exacta a esta voz, conforme a la inteligencia que generalmente se le da en nuestro país.

La Real Academia de la lengua no trae esta palabra en su Diccionario, al menos hasta la 8va. edición que es la que manejamos. Su adicionador Salvá introdujo la palabra jíbaro en el Diccionario como provincial de Cuba. “Se dice, según este autor, de los animales domésticos que se hacen montaraces y particularmente de los perros. En sentido figurado agreste, grosero”.

Ni el Sr. Salvá, ni su consultor Don Domingo del Monte, conocieron a mi dulce dueña, que si hubieran visto esta jibarita de talle gentil, ojos negros y pelo de ala de cuervo, leída y escribida, de seguro que confesarían, si vivos estuviesen, que jíbaro en Puerto Rico no quiere decir agreste ni montaraz.

No es de extrañar que los diccionarios no nos den el verdadero sentido de la palabra provincial de Puerto-Rico jíbaro, cuando vemos que el mismo Salvá, tan sesudo y estudioso, y sus copistas la Sociedad Literaria, en su Nuevo Diccionario impreso en París, donde se le dan tan rudos ataques a la Academia Española, dicen muy formales, que totuma es “especie de calabaza común en ambas Américas, que comen cocida los indios, y cuya corteza les sirve para llevar la chicha y el aguardiente.” Los historiadores primitivos de India, particularizaron con todos sus pelos y señales el árbol del totumo o higuera, de modo que es un escándalo que los literatos españoles del siglo XIX nos salgan ahora con que es una calabaza que se come.  Si resucitara el buen Gonzalo Fernández de Oviedo, le diría a la Sociedad Literaria de París: “soltad la pluma e idos a cargar agua en los calabazos.”

Después del glorioso descubrimiento del Nuevo Mundo y su conquista, tres razas se encontraron en contacto: la blanca, la india y la negra. De ellas salieron las castas, que las preocupaciones sociales clasificaron minuciosamente, y de las cuales se ocupó más de una vez el legislador, considerándolas inferiores a las razas primitivas. He aquí una de estas antiguas clasificaciones:

  • Español con india, sale mestizo.
  • Mestizo con española, sale castizo.
  • Castizo con española, sale español.
  • Español con negro, sale mulato.
  • Mulato con española, sale morisco.
  • Morisco con española, sale salta-atrás.
  • Salta-atrás con india, sale chino.
  • Chino con mulata, sale lobo.
  • Lobo con mulata sale jíbaro.
  • Jíbaro con india, sale albarrazado.
  • Albarrazado con negra, sale cambujo.
  • Cambujo con india, sale sambaigo.
  • Sambaigo con mulata, sale calpan-mulato.
  • Calpan-mulato con sambaigo, sale tente en el aire.
  • Tente en el aire con mulata, sale no te entiendo.
  • No te entiendo con india, sale ahí estás.

Cosas que ya pasaron. —Conforme a esta escala el jíbaro tendría 31/64 de español, 25/64 de africano y 8/64 de indio; pero hoy los jíbaros somos españoles enteros y completos por deber, por derecho, por conveniencia y por afección: ciudadanos españoles por todos cuatro costados, a pesar de los matices de este u otro color físico o político.

Dudárase quizás por algunos que estas clasificaciones sean una cosa seria; pero es indisputable que sobre ellas se basaban muchas leyes de Indias, donde encontramos los nombres de las castas que dejamos apuntadas.

Entre ellos figura el de jíbaro y sería probablemente su acepción primitiva. Quizás si esta palabra se deriva del gibber latino o jiba en castellano. Todos los nombres de las castas son por lo regular en su origen despreciativos, y así como de mulo se derivó mulato, de jiba y jiboso pudo sacarse jíbaro. Esto no pasa de una mera suposición, que no tiene ningún fundamento histórico.

Tal vez en nuestra isla predominó la palabra jíbaro. Para designar la mezcla de blancos, indios y negros que formaba el principal núcleo de la población de nuestros campos; andando el tiempo fue perdiendo esta voz su significado, y hoy el verdadero que tiene en la provincia es el mismo de la palabra rústico. Aquí no se aplica el nombre de jíbaro a los animales alzados o cimarrones.

UN JÍBARO.

Nota: El texto fue escrito hacia el 1876 y ha sido tomado de la recopilación  Misceláneas históricas (1924) San Juan, PR

Comentario:

El artículo de Morales es un modelo de cómo se discutió la cuestión jíbara en la última parte del siglo 19 en Puerto Rico. Partiendo de la octava edición del Diccionario de la Real Academia (1837), el autor establece el hecho de que el vocabulario indo-antillano seguía siendo incomprendido por los lingüistas europeos. El ejemplo de las palabras jíbaro y totumo, le sirve para documentar ese hecho.

Su explicación del jíbaro se elabora mediante un procedimiento sencillo. El Descubrimiento permitió la integración de tres razas –la blanca, la india y la negra-. De su mezcla salieron una diversidad de castas -16 en total- sin que por ello signifique que se trata de grupos que se aislen de los demás o practiquen la endogamia.

Su matemática racial le permite elaborar una fórmula cultural para comprender al jíbaro: “el jíbaro tendría 31/64 de español, 25/64 de africano y 8/64 de indio”. Lo más importante del documento es su conclusión de “hoy los jíbaros somos españoles enteros y completos por deber, por derecho, por conveniencia y por afección”. Recuerden que escribe en 1876. Los logros de la Revolución Gloriosa de 1868 y de la República de 1873 a 1874 estaban muy vivos entre los intelectuales puertorriqueños de aquel momento. El jíbaro ya no aparece como un potencial rebelde antiespañol sino como un buen español.

Por último, Morales no hace ningún comentario sobre la condición social del jíbaro o su relación con la tierra.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Publicado en Campesinado puertorriqueño, Documento de historia de Puerto Rico, Educación en historia, Historia de Puerto Rico, Jíbaro, José Pablo Morales, Nacionalismo cultural, Puerto Rico en el siglo 19, Uncategorized | Etiquetado: , , , , , , | 21 Comments »

 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 3.033 seguidores

%d personas les gusta esto: