Puerto Rico: su transformación en el tiempo

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Archive for the ‘José Celso Barbosa’ Category

José Celso Barbosa: un divertimento y un homenaje

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 24 julio 2013


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

José Celso Barbosa nació el 27 de julio de 1857 en Bayamón y falleció el 21 de septiembre de 1921 en la Capital. Negro, hijo de artesanos, luego médico egresado de la prestigiosa Universidad de Michigan, se constituyó en una de las figuras más influyentes de la cultura política puertorriqueña desde la histórica Asamblea de Ponce celebrada en el Teatro la Perla en 1887, hasta su muerte en 1921. Autonomista Radical y Republicano apasionado durante el siglo 19, estadoísta y republicano en el siglo 20,  imagino su desilusión ante los avatares que marcaron a Puerto Rico después de la esperanzadora invasión americana de 1898. Las leyes orgánicas de 1900 y 1917 no habían complacido por completo a ningún líder político que se respetara a sí mismo, independientemente de sus preferencias políticas.

José Celso Barbosa (1880)

José Celso Barbosa (1880)

Lo cierto es que para los separatistas independentistas y los separatistas anexionistas, el 1898 desembocó en un compás de espera que, a la altura de 2013, no ha terminado aún. Las autoridades estadounidenses, a pesar de su promesa de “libertad”, prefirieron siempre, indistintamente de que fuesen controladas por el Partido Republicano o por el Demócrata, los senderos políticos de la indecisión. En Puerto Rico, para bien o para mal, esos espacios siempre se han identificado con un mal definido centro y con la autonomía o el autogobierno colonial. Soy historiador y voy a conmemorar a Barbosa haciendo lo que no he visto a nadie hacer hace años: mirándolo en sus papeles. Voy a visitarlo por aquellos días de marzo y mayo de 1921 cuando, cerca de la muerte y con su conciencia como único censor, hablaba sobre su país.

Lo primero que llama mi atención es la excesiva preocupación de Barbosa  porque el partido de Gobierno, el Unión de Puerto Rico, y el país en general, están minados por la ideología independentista que él siempre identificó con el antiamericanismo. En un país en el cual no se había avanzado ni un ápice hacia la independencia política, la percepción de Barbosa sorprende y resulta exagerada. En una carta a Roberto H Todd del 5 de marzo de 1921, su juicio es tajante: “los unionistas están unidos todos por un solo ideal, por el odio al partido Republicano, odio a los americanos”. Para Barbosa los unionistas no eran sinceros con el país. No les interesaba realmente la independencia: estaban dominados por el “amor a los cheques” y los dividendos que la irresolución del estatus les garantizaban. Para Barbosa, el gobierno del Partido Unión, con Antonio R. Barceló a la cabeza, no era más que “un gobierno igual al gobierno español, en cuanto a que hay un cacique que en vez de llamarse Ubarri se llama Barceló”. Caciquismo y oposición al cambio minaban a aquel partido. El desprecio al pasado hispánico dominaba a Barbosa y a  los Estadoístas en 1920, precisamente cuando una intelectualidad nacionalista e hispanófila comenzaba a quedarse con el poder en el discurso cultural del país.

Lo segundo que llama mi atención es la capacidad que poseía el Partido Republicano Puertorriqueño para gobernar desde la oposición. Otra carta de Todd, firmada el  16 de marzo de 1921, ratificaba las conjuras que se organizaban cuando había un cambio en el puesto de Gobernador. El Presidente nombraba, es cierto, pero el proceso era mucho más complejo que ello. La salida de Arthur Yager (1913-1921) de la posición, abrió un intenso cabildeo en el cual los nombres del general Edwards, apoyado por Horace M. Towner, luego gobernador en 1923; y un tal Darling, “candidato de la gente de Massachussets” apoyado por Calvin Coolidge, se barajaban como opciones.

Barbosa despreciaba al gobernador Yager por unas razones muy particulares: su americanismo tenía ciertos límites. En la carta citada, se quejaba de que “está completamente entregado a los unionistas”, o sea, gobernaba con ellos y rechazaba a los republicanos. De acuerdo con Barbosa, por cuenta de la fragilidad de Yager, “los independentistas mandan en todas partes” y para demostrarlo, se quejaba de que “se presentó en el Ayuntamiento una resolución para que el retrato de De Diego se colocase en los salones del Ayuntamiento como apóstol  del ideal independentista” y el gobernador no se opuso.

Dos protagonistas de su tiempo, por Mario Brau

Dos protagonistas de su tiempo, por Mario Brau Zuzuarregui

Y en otra nota del 24 de mayo de 1921 al mismo Todd, celebraba su salida del puesto porque “a pesar  de ser Yager un mamao los tuvo [a los Unionistas] en jaque por algún tiempo, pero el día que se vio en lo de Domenech, desde ese día los convirtieron en un muñeco y muñeco ha sido hasta el momento de abandonar a Puerto Rico.” El manuscrito demuestra que Barbosa había comenzado a escribir la palabra “excéntrico”, la cual tachó antes de colocar la voz “mamao” que, en efecto, significaba mejor sus intenciones.

Aquella correspondencia también demuestra que puestos como el de Juez de la Corte Suprema, o las vacantes en las plazas federales en el país, eran de la competencia del Partido Republicano a pesar de que no era el partido de gobierno y la Estadidad no era una opción para Puerto Rico.En la carta de 21 de marzo, abierta una vacante Corte Suprema por el retiro de Conrado Hernández, se destacaba la  “gran importancia política” del puesto, a la vez que Barbosa sugería Todd “empezar a trabajar para que (Emilio del) Toro (Cuebas) sea nombrado Presidente, y se llene la vacante con un buen republicano”. En la misma nota, Todd endosaba  a un tal William Sopris para Comisionado de Inmigración de Puerto Rico porque “es un buen republicano, anti-independentista y capaz para ese puesto.” Barbosa rogaba que se nombrase a un buen republicano para la posición de Jefe de Correos y que a Lee Nixon, el saliente, se le diese un puesto de jerarquía en la Policía Insular. Lo cierto es que la capacidad para ocupar un puesto era menos importante que el republicanismo y el antiindependentismo siempre.

Tercero y último, Barbosa no ponía reparos mayores cuando de debilitar al independentismo se trataba. Para Barbosa, todo aquel que se opusiera a la Estadidad era un Independentista, visión bastante cuestionable tratándose de una persona con una inteligencia privilegiada. Lo cierto es que cuando Yager se fue, no nombraron ni a Edwards ni a Darling. Nombraron a Emett Montgomery Riley (1921-1923): o el cabildeo republicano no fue suficiente o simplemente no los escucharon, como era lo usual. Barbosa celebró al gobernador Riley por la sola razón de que  se manifestó abiertamente en favor de la Estadidad y ello sería de utilidad “para matar el empuje de la independencia…”

Recordemos a Barbosa, no hay problema, pero recordémoslo como el acto histórico que fue. El Barbosa que yo evoco es una persona de carne y hueso, invadida por las emociones y las angustias hasta el punto de la intransigencia. El Barbosa y el Albizu Campos de la ancianidad, no diferían mucho. La pasión por la ideología en la cual ambos habían invertido sus vidas desde polos opuestos se parecían mucho. Allí estaba los rencores y las desilusiones acumuladas por la invisibilidad de ambos ante las autoridades estadounidenses. Recordarlo así, inmerso en su humanidad, es algo que puedo hacer sin el menor reparo.

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Espiritismo y modernidad en Rosendo Matienzo Cintrón (1855-1913)

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 21 abril 2013


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

Fragmento del ensayo “Espiritismo y modernidad: magia e historia en Puerto Rico a principios del siglo 20” en Historias marginales: otros rostros de Jano (Mayagüez, 2007)

Rosendo Matienzo Cintrón nacido el 22 de abril de 1855 fue, sin lugar a dudas, una de las figuras claves del Puerto Rico de la primera década del siglo 20. Su personalidad contradictoria dificulta al historiador de las resistencias políticas y sociales en Puerto Rico eslabonarlo con la tradición rebelde del Puerto Rico del siglo 19, asociada con demasiada facilidad a la figura de Ramón E. Betances, a la tradición de Cuba en armas y a la utopía antillanista. De hecho, el republicanismo radical que siempre caracterizó las posturas políticas de Matienzo Cintrón, no le condujo a converger con el separatismo confederacionista ni con el anexionista. Aquella postura fue un aliciente para tomar distancia del autonomista posibilista muñocista y para acercarse a un sector republicano que se había hecho fuerte dentro de aquella organización. El distanciamiento del muñocismo lo descartó del panorama canónico y la historiografía liberal autonomista lo relegó a un oscuro segundo plano dentro de una tradición política con la cual no encajaba

(…)

La filiación republicana de Matienzo Cintrón se manifestó tras la solución del conflicto militar del 1898. Desde aquel momento en adelante el concepto republicanismo adoptó unos contenidos distintos de los heredados por aquella tradición radical enraizada en el 1791 francés. La revisión domesticó el republicanismo hasta transformarlo en un sinónimo de la política profesional dominante en Estados Unidos. El fenómeno de la fusión, tan criticado por los autonomistas republicanos, los ortodoxos, a la altura de 1897 se reiteraba bajo la soberanía nueva. En los primeros dos bienios del siglo 20, periodo que se caracterizó por el control del Partido Republicano Puertorriqueño encabezado por José Celso Barbosa, el fenómeno se complicó aún más. El nuevo gobierno colonial y sus aliados fueron permisivos en extremo y el republicanismo exigente y la violencia política, entiéndase las turbas,  se transformaron en un dueto ingénito que el espiritista y humanista que había en Matienzo Cintrón no iba a tolerar.

rosendo_matienzo_cintronA pesar de lo que pueda imaginarse el analista, ello no fue suficiente para que el abogado perdiera la fe en la fórmula que identificaba la americanización y la modernización de la sociedad insular. De ese modo traducían algunos ideólogos liberales post bellum los proyectos regeneracionistas que tomarían auge en España después de 1898 marcando a la generación del cambio de siglo. En ambos casos, tanto la intelectualidad insular como la peninsular interpretó que la guerra había implicado la pérdida de una pasado, de una continuidad histórica y responsabilizó a los intelectuales de formular una explicación racional de las causas de aquella escisión. Detrás del regeneracionismo se ocultaba el afán romántico de la recuperación de algo perdido. Lo que se perdía era la presunta continuidad orgánica de la historia. Una historia escindida o discontinua no cabía en las mentes de aquellos intelectuales formados en la tradición ilustrada y positivista que partía de la premisa de la regularidad de los sistemas históricos.

Para el caso de Puerto Rico la situación resultaba más anómala. Garantizar esa continuidad perdida implicaba aceptar las bondades de la americanización material. La regeneración soñada dependía, en última instancia, de la presencia de Estados Unidos en la isla y de la integración de la parte al todo. La percepción de la anexión o la estadidad como una meta histórica valorable se afirmó en aquel sector ideológico. El impacto de la situación en Matienzo Cintrón es incierto, pero durante los años 1902 y 1903, se involucró en dos campañas pública disímiles solo en apariencia que vale la pena comentar brevemente: la de la unión y la del espiritismo. No se trata, debo aclarar, de un simple proceso de radicalización político social. En aquel contexto las ideas de Matienzo Cintrón resultaban lo suficientemente novedosas como para calificarlo como un revolucionario sin haber pisado aún la frontera de independentismo o de la izquierda. Se trata de un encuentro de corrientes paralelas de sistemas ideológicos que por alguna razón, comenzaron a caminar juntos en busca de un mismo propósito.

La primera de las campañas la inició probablemente hacia 1902,  cuando comenzaban sus disgustos con el Partido Republicano, y fue dirigida a crear la “Unión de Puerto Rico”, frente o asociación no electoral que, de hecho, se haría llamar en 1904 “agrupación de patriotas” a la vez que afirmaba que no tendría el carácter de “partido combatiente”.  La idea de la unión no era una novedad en el ámbito puertorriqueño. La Liga de Patriotas ideada por Eugenio María de Hostos es un antecedente interesante de la misma. En el documento “A los puertorriqueños” firmado en Nueva York el 10 de septiembre de 1898 el mayagüezano sintetizaba los fines de la organización. Por un lado, poner “a nuestra madre isla en condiciones de derecho” y “educar a un pueblo en la práctica de las libertades.”  La meta de Hostos era simple: “salir del pasado ibérico y entrar en el porvenir americano.”  El principio del borrón y la historia nueva era la actitud dominante. La Liga reclamaba con extremo candor la subordinación de las ideas políticas personales al “porvenir de nuestra isla”  voluntad que implicaba la subordinación de la política partidista al poder social.

El artefacto político propuesto por Hostos para enfrentar la situación de derecho era el plebiscito para “llegar a un convenio de gobierno temporal de los Estados Unidos en la isla”  y determinar al cabo si los puertorriqueños querían o no ser ciudadanos americanos. El corolario del proyecto consistía en “ayudar a los puertorriqueños a entrar con entero dominio de sí mismos en la verdadera y efectiva nueva era” y “ayudar a los americanos a americanizar la vida toda del país.”  Americanización y modernización se comprendían como sinónimos y como parte de un proceso inevitable que se debía auspiciar y celebrar. El modelo de aquel convenio colectivo del poder social se sustraía de la percepción que Hostos tenía de la sociedad estadounidense como un orden racional que los capacitaba para articular sanas “políticas de compromiso.”

Del mismo modo, en abril de 1899 José J. Henna propuso a Luis Muñoz Rivera, con el visto bueno del Comisionado en Washington del Partido Republicano el novelista Manuel Zeno Gandía, la consolidación de una unión puertorriqueña para hacer ciertas reclamaciones al gobierno de Estados Unidos. El proyecto pretendía comprometer a los tres líderes con el propósito de “facilitar el olvido de las pasadas luchas políticas, excluyendo el nombre de los ya disueltos partidos.”  De lo que se trataba era de afianzar una precaria solidaridad sobre la base del olvido del pasado hispánico, en la medida en que se ponía coto al afianzamiento de cualquier poder unipersonal. La meta última era, igual que la del proyecto de la Liga de Patriotas, promover un proceso plebiscitario que autorizara el ingreso de Puerto Rico a la unión americana.

El acuerdo de abril de 1899 no prosperó. De acuerdo con la documentación Muñoz Rivera alegó “que no podía haber acuerdo porque él representaba el Partido Liberal; Henna al Revolucionario; pero Zeno aunque Comisionado a Washington no era Jefe de Partido ni representaba a nadie. Los partidos Revolucionario y Liberal se habían evaporado con la guerra.”  La percepción de que un tramo de la historia había terminado con las eventualidades de 1898 era utilizada ahora para sabotear las posibilidades del proyecto político unitario ante Estados Unidos. El hecho de que la oposición hubiese venido de Muñoz Rivera no tiene que sorprender a nadie dada la actitud caudillista que siempre caracterizó al conflictivo político de Barranquitas. El cabecilla no parecía muy dispuesto a olvidar el pasado histórico. Para Muñoz Rivera el orden de los partidos políticos modernos estaba muy por encima del utópico poder social presentado por Hostos.

La “Unión puertorriqueña-americana” que propuso Matienzo Cintrón desde julio de 1902 estaba intrínsecamente vinculada a aquellos esfuerzos fallidos. Las circunstancias eran un tanto distintas. Desde el 1ro. de mayo de 1900 Puerto Rico había estrenado un régimen colonial civil mediante el estatuto Joe Benson Foraker. Las discusiones para la aprobación del estatuto habían hecho pública toda la desconfianza que tenían los congresistas de Estados Unidos en cuanto a la capacidad de los puertorriqueños para el gobierno propio o los merecimientos que poseían para gozar el privilegio de la ciudadanía americana.

Matienzo Cintrón consideraba fundamental que la organización fuese capaz de unir las voluntades de los puertorriqueños en un reclamo para la solución definitiva del problema estatutario del país a la vez que se desarrollaba una política más atrevida para confrontar los problemas económicos del país. La sintonía de este proyecto con la propuesta teórica hostosiana es notable: los dos debían mucho al positivismo y al pensamiento crítico del siglo 19. Del mismo modo, existe una distancia notable entre aquella concepción y la tosca traducción que Luis Muñoz Rivera hizo del concepto a partir de 1904. El Partido Unión de Puerto Rico, aunque les aseguró el poder hasta 1928, mucho les costó en términos del anquilosamiento ideológico y la confusión en que redundó. La “Unión de Puerto Rico” se imaginó como una gran fraternidad, utópica ciertamente, capaz de traducir la voz de todos los puertorriqueños ante una realidad que se consideraba opresiva. Cuestionar la supremacía la capacidad de los partidos políticos para resolver un dilema de aquella índole era problemático por el hecho de que aquel tipo de organizaciones representaban uno de los mayores logros del orden burgués y la democracia liberal representativa o delegativa. La experiencia de los partidos políticos en Puerto Rico apenas había iniciado, con muchas limitaciones, en 1871. Decir a la altura de 1899 o 1903 que aquellos artefactos que tanto había costado perfeccionar no representaban una alternativa viable resultaba difícil de comprender para la clase de los políticos profesionales.

(…)

La “Unión”  propuesta por Matienzo Cintrón, transformada por la fuerza de los hechos en Partido Unión de Puerto Rico, tan sólo usó el mito de la fraternidad sostenida por el frágil andamiaje que significaba “Base quinta”  para  tratar de comprometer a las mayorías puertorriqueñas para fines electorales y garantizar su control del presupuesto. El unionismo no era más que una fachada y un arreglo de lenguaje. El poder hegemónico del muñocismo dentro de la organización era evidente.

(…)

Parece obvio además el hecho de que el independentismo colectivamente visto nunca interpretó a José de Diego como un traductor fiel de lo que aquella propuesta ideológica contenida en la Base Quinta defendía. Ese fue el caso de Luis Lloréns Torres y Nemesio R. Canales quienes hicieron de de Diego el centro de sus más acerbas críticas de manera reiterada en la medida en que la Unión de Puerto Rico se convertía en una organización política colaboradora del establishment colonial.  Todo ello sirvió de cimiento para que en 1912 se consolidara una asociación independentista, denominada con el mismo lenguaje que se había designado a la Unión, llamada Partido de la Independencia de Puerto Rico al margen del independentismo dieguista.

La meteórica presencia de aquel independentismo en la segunda década del siglo 20 puertorriqueño, es uno de los fenómenos más interesantes de toda la historia puertorriqueña. Lo curioso es que la propuesta atrajera a un segmento significativo de los unionistas de 1903 que se disgustaron con el proyecto político partidista de unión de Muñoz Rivera. El partido o asociación no fue interpretado como una alternativa viable en su tiempo.

(…)

La segunda de las campañas de Matienzo Cintrón estuvo dirigida a consolidar la Federación de Espiritistas de Puerto Rico bajo la nueva soberanía en Mayagüez a partir del año 1903. Matienzo Cintrón fue uno de los oradores invitados a la asamblea fundacional que escogió a Francisco Vincenty como primer presidente.  Aquella organización se convirtió, por lo menos hasta 1913, en un influyente órgano patriótico y creador de opinión dentro del país. No se trataba sólo del compromiso humanitario que siempre fue una de las claves del espiritismo organizado desde el último tercio del siglo 19.  La Federación de Espiritistas se interpretó a sí misma como un cuerpo cívico –no sólo religioso o ético- centrado, igual que la “Unión de Puerto Rico”, en aquel concepto de la fraternidad que se había convertido en un lugar común entre buena parte de las elites intelectuales más significativos de aquel periodo. De hecho, todavía en 1913 cuando se consolidó el órgano literario modernista por antonomasia la Revista de las Antillas, pieza clave de la bibliografía de afirmación nacional del siglo 20, Nemesio R. Canales y Luis Lloréns Torres hacían voz común en el texto “Vendimia literaria” para asegurar que las metas del proyecto literario eran el “progreso” y la “fraternidad”,  los mismos objetivos de la referida Federación de Espiritistas. Había un consenso tácito que percibía que la modernidad se encontraba en una situación de crisis que había que enfrentar de algún modo. La espiritualidad y la estética fueron dos mecanismos primados en la confrontación de aquel proceso.

Si en términos de la búsqueda de la fraternidad Matienzo Cintrón caminaba al lado de su generación, en otros ámbitos representaba un contrapunto que es meritorio recordar. Su espiritismo kardeciano militante penetraba, por decirlo así, las ideologías que defendía. Su visión de mundo era, primero, la de un espiritista. Era a través de ese crisol que interpretaba los otros ámbitos de su ideología.

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La Invasión de 1898: apuntes generales

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 29 abril 2010


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

La invasión de 1898 fue un acontecimiento crucial que cambió de modo dramático la situación de Puerto Rico. El país que se había desarrollado mirando hacia Sevilla y Madrid, se vio forzado a girar hacia el polo de Washington. En alguna medida, Puerto Rico dejó de ser parte de Europa y se insertó de una vez y por todas en América. Las fuerzas que condujeron a esa situación fueron diversas y complejas.

En primer lugar, el Republicanismo Nacionalista representado por el presidente William McKinley (1897-1901), cumplió un papel crucial en el proceso. McKinley gobierna aquel cuatrienio en un periodo de depresión económica después de una campaña en la cual la guerra y el expansionismo fueron componentes de su promesa de “prosperidad”.

En segundo lugar, favoreció la situación una “guerra mediática” bien articulada. La prensa escrita corporativa cumplió la función de crear un “clima de opinión” favorable a la intervención de Estados Unidos en las posesiones españolas en el Caribe y el Pacífico. La guerra iniciada con el “Grito de Baire” (1895), favoreció el ingreso de  corresponsales de guerra americanos en las zonas de combate. Un lugar común del lenguaje de la prensa fue la acusación de que los españoles torturaban a los campesinos cubanos y a que los mantenían cautivos en “campos de reconcentrados” para evitar que se conectaran con las guerrillas y bandas separatistas.

En tercer lugar, los imperialistas neo-aristocráticos, en particular la Marina de Guerra fue muy eficientes en convencer al Estado y al Pueblo americano de que la posesión de colonias ultramarinas no sólo prestigiaría a la Nación, sino que resultaban necesarias para garantizar la seguridad nacional y su hegemonía en el hemisferio.

La combinación de aquellas fuerzas produjo un notable consenso popular que consideró que la intervención militar y la expansión ultramarina, constituían un deber nacional y un acto de justicia. El americano promedio aceptaba el relato de la Inocencia de la Nación. En general apropió la Guerra Hispanoamericana como una responsabilidad o un  deber humanitario ineludible. McKinley mismo definió la situación como una intervención neutral en abril de 1898: el universalmente conocido argumento de que “nos vimos forzados a” intervenir, fue tan eficaz como después de la tragedia del 11 de septiembre de 2001 que justificó la “Guerra contra el Terrorismo”.

Las causas inmediatas y el escenario

En febrero de 1898 el acorazado Maine estaba de vista en La Habana, Cuba en “visita de buena voluntad”. La discusión de si la visita era de “buena voluntad” o una “demostración de fuerza” o una “provocación” siempre ha estado abierta. Cuando el día 15 el Maine estalló y murieron 266 personas, las autoridades de Estados Unidos acusaron a los españoles de torpedearlo desde un submarino o sumergible, mientras los españoles  alegaron que se trataba de un accidente dentro de la nave de guerra. El fragor del debate público no permitió una investigación sosegada en torno al incidente.

Por otro lado, en marzo se arrestó en San Juan, Puerto Rico al periodista y fotógrafo William Freeman del New York Herald. Freeman fue acusado por las autoridades coloniales de espionaje político dado que estaba fotografiando instalaciones militares españolas. El Gobierno de Estados Unidos usó ambos incidentes para justifica la agresión y la Declaración Formal fue divulgada el 25 de abril. El presidente McKinley llamó a filas 200,000 voluntarios, y encargó a los Generales de la Guerra Civil de 1864 la administración de la campaña. La Guerra Hispanoamérica tuvos dos características notables: su popularidad entre el americano medio y que fue dirigida por un generalato profundamente nacionalista.

La declaración de guerra puso a los Independentistas y Anexionistas en compás de espera. Ambos sectores esperaban que tras la invasión el Gobierno de estados Unidos tomara una decisión favorable a su aspiración política. Una excepción notable fue la opinión de Ramón E. Betances quien, desde París, sugirió que se hiciera un levantamiento y que se recibiera a los invasores con las armas en la mano. Los Autonomistas adoptaron un discurso pro-español abierto con toda seguridad con el propósito de “pagar” con su fidelidad el decreto de la Carta Autonómica de 1897. En ese sentido, los Autonomistas convergieron con los Conservadores, sus tradicionales enemigos políticos.

Los hechos de la invasión en Puerto Rico

La táctica de los invasores consistió en ejecutar un eficaz  bloqueo naval a los puertos de la isla. Con ello de lograba cerrar la entrada y salida de mercancías, hecho que produjo una visible escasez de bienes de consumo que desestabilizó la vida de las comunidades pobres. El 10 de mayo la Escuadra del Alm. William T. Sampson (1840-1902) se estacionó frente al San Cristóbal. El fuego del Castillo, justificó un bombardeo de 3 horas –entre las 5:00 y las  8:00 AM- contra la ciudad capital el día 12 de mayo.  El 22 de junio hubo un nuevo intercambio de fuego frente al San Cristóbal. La función del fuego cruzado era medir la “capacidad de fuego” de España y mantener a la Guarnición de la Capital ocupada con el fin de facilitar la segunda fase: la invasión.

El desembarco de tropas se ejecutó por 4 zonas poco defendidas el 25 de julio. El principal de ello fue por la bahía de Guánica. Los puertos de  Fajardo, Arroyo y Ponce fueron el escenario de desembarcos de apoyo. En Guánica y Ponce se leyó una Proclama de propaganda acreditada al Gen. Nelson A. Miles (1839-1925) explicando la invasión. El plan de los invasores era que las tropas se desplazarían por tierra, tomaría los pueblos uno a uno y convergerían en la Capital bloqueada a mediados de agosto. Lo cierto es que la resistencia ofrecida por los Alcaldes y los Municipios fue poca. El 12 de agosto, un día después de la toma de la ciudad de Mayagüez se firmó un cese al fuego. La campaña fue bélicamente eficaz y limpia.

La Invasión de 1898: El balance

Resulta innegable que, en general, la resistencia de parte de las fuerzas españolas a los invasores fue muy limitada. Las confrontaciones estuvieron protagonizadas por las Patrullas Volantes o Macheteros: tropas informales de soldados puertorriqueños mal armados que actuaban a las órdenes del Ejército de España. Las tropas formales recibieron orden de retirarse honrosamente y evitar una confrontación. Una lectura de la tradición oral del 1898 se burla y ridiculiza al Ejército Español, hecho que puede interpretarse como que el mismo se desprestigió ante la gente común.

El vacío de poder generó una gran confusión política. El Partido Unión Autonomista –en el poder- por voz de Luis Muñoz Rivera, se puso a la orden del ejército invasor, negoció su apoyo, a cambio de que los dejaran administrar el país. Los Autonomistas dieron, por lo tanto, un giro de dramático en su opinión con el fin de acomodarse al lado de los vencedores. De hecho, en 1899, cuando se formalizó el traspaso de soberanía, defendieron la Anexión como Estado. Todo parece indicar que, en aquel momento, Estadidad y Autonomía eran consideradas equivalentes. José Celso Barbosa, republicano bajo España,  se asoció al Partido Republicano americano en el poder. Todo parece indicar que Barbosa admiraba el orden Federal Americano, como buen republicano federalista, y pensaba que los Estados eran Soberanos. La configuración de la opción de la Estadidad –la integración a la Unión Americana- fue una respuesta radical ante la desaparición del blasón español de la isla que también recibió el apoyo de artesanos y obreros y de parte de la intelectualidad del país.

La actitud ante el cambio de soberanía fue, en general, esperanzadora. Los productores de azúcar y café vieron el cambio una oportunidad. La situación podía sacar a la industria azucarera de su crisis, o abrir el mercado del café en Estados Unidos. La clase artesanal, los sectores medios urbanos,  los pequeños comerciantes intentaron adaptarse al cambio y atraer al invasor-consumidor con ofertas en inglés.  Los  intelectuales y profesionales confiaban en la promesa de  Progreso y la Democracia Americana. Dos distinguidos líderes del independentismo en 1912, R. Matienzo Cintrón y R. López Landrón, vieron en el 1898 una  Revolución Modernizadora y manifestaron un abierto menosprecio a  España como un poder retrógrado y oscurantista. Los trabajadores diestros y no diestros, rurales y urbanos, confiaban en que la Democracia Americana reconocería sus derechos laborales.

La Invasión de 1898: el apoyo y la resistencia

La elite política local del Partido Unión Autonomista y el Partido Autonomista Ortodoxo favorecieron la Anexión. La Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cunabo, encabezada por J.J. Henna y Roberto H. Todd, vieron en el 1898 una Oportunidad para la Libertad e incluso ofreció su Plan de Invasión, un Cuerpo de Porto Rican Scouts, e información  sobre las defensas de España a la Oficina del Secretario de la Marina Theodore Roosevelt. En julio de 1898, Antonio Mattei Lluveras y Mateo Fajardo Cardona, hicieron gestiones para que los exiliados vinieran a Puerto Rico con los americanos y, de paso, se comprometieron a no solicitar la soberanía tras la invasión

La resistencia se limitó a los combates menores de Los Macheteros. En la zona oeste, los hubo en Guánica, Susúa-Yauco, Hormigueros y el  Guasio en Añasco. En la zona este, ocurrieron en los pueblos de Arroyo, Guayama, Fajardo y Coamo. Y en la montaña,  se efectuaron en Ciales y  Guamaní, Cayey. Un resultado directo de la Invasión fue que estimuló y legitimó la violencia contra los españoles. Se trataba de grupos armados campesinos, conocidos como las Partidas Sediciosas o los Tiznados. La tradicional violencia de la ruralía puertorriqueña de siglo 19, se manifestó una vez más. Los Tiznados estaban organizados en bandas o guerrillas y se movían al amparo de los bosques de la zona montañosa central. Ejecutaban ataques nocturnos contra españoles que fluctuaban entre la agresión, el robo y la violencia física. Pero investigaciones ejecutadas durante la conmemoración del 1898 en su centenario, sugieren que también tuvieron por objetivo a los americanos en la forma del sabotaje al ejército y la violencia armada. Los  Tiznados fueron perseguidos y disueltas por el ejército y son considerados como una manifestación de la violencia rural endémica no politizada típica del Puerto Rico de aquel siglo.

El balance indica que entre 1898 y 1900, las masas del país favorecían la Estadidad. El momento para anexar a Puerto Rico, si esa hubiese sido la meta de los invasores, era aquel. Pero todo concurre en indicar que aquel no era el plan del Gobierno de Estados Unidos con el país caribeño.

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