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Archive for the ‘Salvador Brau’ Category

Documento y comentario: La Iglesia Católica y la prostitución durante el siglo 16

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 29 octubre 2013


El Rey-Concejo, justicias y regidores de la cibdad de Puerto Rico en la isla de San Juan.

 Bartolomé Conejo me hizo relación que por la honestidad de la cibdad y mujeres casadas della, e por excusar otros daños e inconvenientes, hay necesidad de que se haga en ella casa de mujeres públicas, y me suplicó e pidió por merced le diese licencia e facultad para que, en el sitio y lugar que vosotros le señaláredes, él pudiese edificar y hacer la dicha casa o como la mi merced fuese; por ende yo vos mando que, habiendo necesidad de la dicha casa de mujeres públicas en esa cibdad, señaléis al dicho Bartolomé Conejo lugar e sitio conveniente para que la pueda hacer, que yo por la presente, habiendo la dicha necesidad, le doy licencia e facultad para ello. E non fagades ende al.

Fecho en Granada a cuatro días del mes de agosto de 1526 años. Yo el Rey- Refrendada del Secretario Cobos– Señalada del Obispo de Osma e Canarias y Obispo de Cibdad Rodrigo.

Comentario:

 La prostitución comercial era ampliamente conocida en las grandes ciudades europeas y las quejas de los cristianos radicales y puritanos parecen demostrarlo. Las casas de Ginebra y Zurich, hechas a la comodidad del soltero e incluso vigiladas para impedir el acceso a los hombres casados, son una demostración de lo que acabo de decir. En todo caso, el compromiso con el supuesto pecado / delito era evidente. Eso también ayuda a comprender el temprano acceso a las casas de lenocinio en el San Juan Bautista del siglo 16.

Prostituta robando a un joven cliente. Grabado del siglo 16

Prostituta robando a un joven cliente. Grabado del siglo 16

En gran medida una ciudad, por grande o pequeña que fuese, donde viviese muchos hombres solteros o solos y hubiese una guarnición sin esposas necesitaba sitios para que los mismos consiguieran “expansionarse”. Ángel López Cantos ha identificado una tal Isabel Ortiz, blanca, que regenteaba una casa de prostitución hacia 1508. Los nombres de las prostitutas aparecen más tarde: hacia 1555 se puede identificar a Brígida, quien casualmente era parda joven y “puta pública de todos los que la quieren e ladrona, mentirosa e testimoniera e por tal es tenida”. El patrón de las acusaciones a la transgresora no es muy distinto al de brujomanía o al que se descubre en el caso de los esclavos rebeldes en el mundo colonial.

La decisión de Carlos V de otorgar a Bartolomé Conejo licencia para establecer una casa de prostitución en el Puerto Rico de San Juan, encajaba perfectamente dentro de los argumentos finamente elaborados a partir de la tradición agustiniana. De lo que se trataba era, y esto es muy importante, de “proteger la honestidad de la cibdad e muxeres cassadas della…” con una casa de mancebía donde las autoridades locales lo señalaran. Lo cierto es que de acuerdo con Salvador Brau, el desbalance sexual era notable en aquel momento. Mucho más notable era el que existía entre los hombres y las mujeres disponibles para el matrimonio. El orden interpretaba aquello como un potencial peligro para la moral pública y privada por todas las posibilidades que abría para la trasgresión ética. Si la casa del colono Conejo se abrió o no es asunto que no me interesa aclarar en este momento. La relevancia del incidente radica como ya señalé, en la naturaleza de los argumentos que se esgrimieron para justificarla y en el hecho de que la práctica de la prostitución fuese tolerada con argumentos paralelos hasta principios del siglo 18. Mientras tanto el sexo pagado se ejecutaría de los más diversos modos: en la privacidad de la casa de la prostituta. También es probable que algunos milicianos prostituyesen a sus parejas consensuales o sacramentales para su beneficio económico cediéndolas casualmente a sus superiores. En este caso naturalmente los fantasmas del sexo y los del poder se confunden en un juego que de momento no es pertinente aclarar.

Tomado de Mario R. Cancel, “Flores de la noche: las mujeres públicas y el orden a fines del siglo 19” en Historia marginales: otros rostros de Jano. Mayagüez: Centro de Publicaciones Académicas, 2006: 102-104.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

Posted in Ángel López Cantos, Bartolomé Conejo, Documento de historia de Puerto Rico, Educación en historia, Historia de la Iglesia Católica, Historia de Puerto Rico, Historias marginales: otros rostros de Jano, Iglesia Católica, Mario R. Cancel, Prostitución, Puerto Rico en el siglo 16, Salvador Brau | Etiquetado: , , , , , , , , , , | 1 Comment »

Documento y comentario: Puertorriqueños, así somos nosotros

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 31 marzo 2010


  • Salvador Brau Asencio (1842-1912)

Preciso es reconocer grandes cualidades de carácter en el pueblo puertorriqueño; cualidades inherentes algunas a toda la extensa familia española, pero muy en especial nuestras; otras, tan especiales que sería en vano buscarlas en todas esas nacionalidades nutridas con española savia en los vastísimos territorios de vecino continente.

Originarios de las provincias peninsulares del mediodía, los primitivos colonizadores del suelo borincano, nos trajeron la vivacidad de imaginación y la delicadeza en el sentir que les eran peculiares; pero de ningún modo la vehemencia en el obrar que les distingue.

Salvador Brau Asencio

Esta observación salta a la vista, y de tal manera descuella, que cualquiera poco conocedor de los orígenes del pueblo puertorriqueño, le crearía procedente no del mediodía sino del norte de Europa al observar la parsimonia con que procede en muchos de sus actos sociales.

Es verdad que lo expansivo del carácter, lo generoso y sufrido, y lo propenso a resignarse con una promesa, a veces con una simple fórmula de cortesía (que consideramos generalmente como augurio venturoso) bastan para calificar la riqueza soñadora de nuestra fantasía, descubriéndose pronto su verdadera procedencia; pero, a pesar de esto o quizás por esto mismo, somos un pueblo especial, fácil de dirigir y muy aficionado a dejar hacer, sin inquietarse mucho cuando no lo hallamos hecho, por más que nos lo hayan ofrecido.

Conocidos estos antecedentes, parecerá extraño que la calidad predominante entre los puertorriqueños sea la independencia de carácter; con todo, hay que reconocerlo así.

Sea por razón del aislamiento en que hemos vivido, sea por los hábitos de la vida campestre, sea por desconocimiento de ciertas conveniencias sociales, ello es que el puertorriqueño estima en mucho su libertad individual, y no se muestra dispuesto a sacrificarla a etiquetas y fórmulas convencionales.

Si es esto un bien o un mal no tratamos de averiguarlo ni lo necesitamos para nuestro propósito. Nosotros describimos; encárguense de juzgar otros…

Y que describimos estudiando la naturaleza, es indudable.

Por de contado somos los puertorriqueños los peores cortesanos del mundo. Hablamos en términos generales, y convencidos de que no faltarán entre nosotros personas aficionadas a frecuentar encumbrados salones, y muy hábiles para proceder en ellos con ese exquisito amaneramiento propio de la etiqueta palaciega, mas no puede juzgarse la colectividad por el individuo, sobre todo cuando el individuo ha podido modificarse por circunstancias extrañas a sus congéneres.

Estudiad al puertorriqueño en cualquiera localidad de la isla, y le veréis decidor y jovial en sus reuniones, pero circunspecto y hasta desabrido en la vida pública; muy respetuoso con la autoridad, pero evitando todo lo posible el rozarse con ella hasta para asuntos que le interesan. Si la autoridad le llama no dejará de responder al llamamiento, pero se le hará agradable el retirarse de su presencia, para regresar a su conuco (finca rústica de corta extensión) o a sus quehaceres.

Si la necesidad os conduce a la casa de un puertorriqueño —hablamos del carácter genuino, no del adulterado— veréis con qué delicadeza ejerce el deber de la hospitalidad, por mucho que podáis serle desconocido, mas no esperéis que él venga a la vuestra a solicitar correspondencia.

En sus deberes nacionales es un modelo. ¿Peligra la integridad del suelo patrio? Pues pronto le hallaréis a defenderla. ¿Sufren sus hermanos en provincias lejanas? Su bolsa está pronta para socorrerles. ¿Celebra la nación alguna hazaña gloriosa? Al júbilo general se asocia espontáneamente.

Estos son rasgos típicos de nuestro pueblo; mas, por el extremo contrario, ¿le oprime a él alguna calamidad? A nadie acude para remediarla. Si le dan, acepta; si le ofrecen, aguarda; si le burlan en sus esperanzas, se resigna.

Podrá decir alguno: «Si a estas notables condiciones se le agregase cierta dosis de ductilidad y un ligero abandono al retraimiento, para asistir a tertulias oficiales y frecuentar las oficinas públicas, ese pueblo sacaría mejor partido de los encargados de administrarle y dirigirle.» La observación será exacta, pero ¿qué le hemos de hacer? Nosotros somos así. Educados en la soledad, nos avenimos mal con el bullicio cortesano.

El régimen colonial contribuyó mucho a acrecentar esos instintos solitarios, y los desengaños sufridos, si no son suficientes para amenguar nuestra lealtad ingénita, bastan para hacernos cautos y recelosos.

Es verdad que de ese alejamiento habitual de los círculos autoritarios, a que nos lleva la índole de carácter y la educación política que hemos recibido, han sacado provecho ciertas gentes para suponernos díscolos y mal avenidos con los poderes públicos; pero nosotros somos así, y, contando siempre con nuestra buena fe, seguimos creyendo, a pesar de todo, que a los pueblos se les debe juzgar por su historia y no por la insidia de mal avenidos consejeros.

Y tan apegados nos hallamos a nuestras costumbres, que no damos muestras de corrección.

¿Viene un gobernador nuevo? Le recibiremos con palmas. ¿Nos dirige cuatro frases halagüeñas? Le elevamos al séptimo cielo. ¿Demuestra hacer algo en bien del país? Le proclamamos nuestro bienhechor, nuestro salvador, y no encontramos sitio bastante digno donde estampar su nombre; pero nos mantenemos siempre a respetuosa distancia: a la capa, como suelen llamar los marinos a una de sus más hábiles maniobras. Esto, dicen algunos que es inconveniente; podrá serlo, pero hay que confesar que tiene sus ventajas.

Si el gobernador no cumple nada de lo ofrecido, si se inclina del lado de los especuladores políticos y nos da el gran camelo, no nos vemos obligados a ponernos en franquicia, diciendo como la zorra: están verdes. La reserva observada evita tan penoso trance. No se debe, pues, estudiar la medalla sólo por el anverso.

Conviene, por otra parte, tener presente que puede suceder, mejor dicho, ha sucedido, que un gobernador reformista se torne en furibundo conservador, o que dando oídos a consejas y tradiciones fantásticas, como el miedo es contagioso, concluya por abrumarnos con expedientes gubernativos o aturdimos con gritos estentóreos, marchándose luego en paz a recoger como premio, un marquesado o cosa semejante: para hechos tales parece creado expresamente el carácter de los puertorriqueños.

Con una calma estoica oímos los dicharachos: con admirable sangre fría dejamos que cursen los expedientes sobre las soñadas conspiraciones; y cuando nos llega la noticia de que el héroe se ha dado los honores del triunfo allá en el Capitolio, o cuando mendiga nuestros votos para que le encumbramos a los escaños de la Representación Nacional, nos conformamos con dejar que juguetee en nuestros labios y anime nuestro semblante una significativa sonrisa. Así somos nosotros.

El Domingo, 9-IX-1883.

Comentario:

Salvador Brau Asencio es considerado uno de los precursores de la historiografía y la sociología puertorriqueñas. Fue activista abolicionista, liberal y autonomista, y trabajó al servicio de España y Estados Unidos en el cambio del siglo 19 al 20. El documento de 1883 es un interesante juicio sobre la percepción de la identidad puertorriqueña a los ojos de  este olvidado intelectual de Cabo Rojo.

Brau Asencio reconoce el papel fundamental de la Hispanidad en la Puertorriqueñidad, pero llama la atención sobre ciertas cualidades “tan especiales” que solo pueden ser nuestras. Entre lo hispánico lo puertorriqueño existen, por lo tanto, elementos de continuidad y de discontinuidad. Los argumentos de Brau Asencio en torno a lo que heredamos de España son histórico-sociales, producto de la observación social y de la racionalidad. Pero cuando enfrenta lo que nos hace “tan especiales”, es decir, el solo local o lo que nos hace únicos, su argumentación se desplaza hacia el terreno de las consideraciones morales y emocionales  más elusiva. Después de todo, afirma, con un tono de aceptación que “así somos nosotros”.

Las marcas del carácter son por demás interesantes. La descripción de Puerto Rico y los puertorriqueños como un pueblo “sufrido” y fantasioso, “fácil de dirigir y muy aficionado a dejar hacer”, “respetuoso con la autoridad, pero evitando todo lo posible el rozarse con ella” y “en sus deberes nacionales es un modelo” acaba por proyectar la sumisión y la credulidad como virtudes o, en última instancia, como  condiciones insuperables por naturales u orgánicas.

El autor no quiere hacer una lista de virtudes y defectos. La decisión la debe tomar el lector. Pero, en general, los rasgos que Brau Asencio distingue son los siguientes:

1. La “vivacidad de imaginación y la delicadeza”.

2. Lo “expansivo del carácter, lo generoso y sufrido, y lo propenso a resignarse con una promesa”.

3. La “independencia de carácter” y el hecho de que el “puertorriqueño estima en mucho su libertad individual”.

4. La  “parsimonia con que procede” y la ausencia de “vehemencia en el obrar”.

5. Manifiesta “instintos solitarios” y tiene por virtud la “hospitalidad”.

6. Son “los peores cortesanos del mundo”, distantes del boato, el formalismo, los protocolos y el lujo.

7. Es un pueblo  “decidor y jovial en sus reuniones, pero circunspecto y hasta desabrido en la vida pública”.

8.  Es un pueblo “fácil de dirigir y muy aficionado a dejar hacer” y, a la vez,  “respetuoso con la autoridad, pero evitando todo lo posible el rozarse con ella”, el cual cumpliendo “sus deberes nacionales es un modelo”.

9. “¿Viene un gobernador nuevo? Le recibiremos con palmas”, pero “si el gobernador no cumple nada de lo ofrecido (…) no nos vemos obligados a ponernos en franquicia” o protestar y prefiere guardar silencio.

10. No cambian con facilidad: “apegados nos hallamos a nuestras costumbres” de donde deriva su tesis central de que “así somos nosotros”.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Posted in Autonomismo puertorriqueño, Documento de historia de Puerto Rico, Educación en historia, Historia de Puerto Rico, Puerto Rico en el siglo 19, Salvador Brau | Etiquetado: , , , , , , | 14 Comments »

 
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