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Archive for the ‘Segundo Ruiz Belvis’ Category

Reflexiones en torno al separatismo en el siglo 19

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 22 marzo 2013


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

El separatismo fue una de las propuestas ideológicas más importantes del siglo 19. A pesar de que nunca consiguió las metas que se propuso, su impacto sobre la identidad puertorriqueña es incuestionable. Reducir el separatismo a una propuesta política, simplifica un discurso y una praxis que irradia en todas direcciones la cultura  puertorriqueña de los últimos dos siglos.

Una definición

El separatismo es un movimiento en esencia político e ideológicamente diverso que aparece mencionado por primera vez en documentos puertorriqueños del año 1795. En aquel el concepto sugería una aspiración amenazante que atemorizaba a las autoridades del Reino de España en la medida en que ponía en entredicho su soberanía sobre las colonias Hispanoamericanas y Caribeñas. La meta política inmediata del separatismo era separar o enajenar a Puerto Rico del Reino de España. La meta política futura, la cuestión de hacia donde conduciría la separación, era un asunto más complejo.

El separatismo no terminaba con la ruptura con el poder colonial hispano. Las posibilidades que quedaban abiertas después de la separación eran varias. Por un lado, se podía asociar a Puerto Rico separado a otro poder mayor en busca de seguridad política y económica. Por otro lado, se podía vincular a Puerto Rico separado a las otras Antillas en una Confederación en el modelo de la Confederación Germánica articulada por Napoleón Bonaparte, o la Confederación Americana emanada del 1776. Ocasionalmente ambas posibilidades se entremezclaban, elemento que complica el panorama ideológico del separatismo decimonónico.

En diversas instancias, la Confederación que se aspiraba constituir podía terminar como parte de un poder internacional confiable que después de 1808, podía ser lo mismo la Gran Colombia o Estados Unidos. A pesar de que es probable que muchos separatistas soñaran constituir el Puerto Rico separado en un país independiente y soberano, no parece que aquella haya sido la tendencia dominante en aquel momento. El separatismo parece haber sido un programa de minorías que seguía el modelo del Ciclo Revolucionario Atlántico en América. Por aquel entonces no se confiaba en la capacidad de los territorios pequeños o insulares para la soberanía y la independencia. En síntesis, el separatismo fue la base del movimiento independentista en sus diversas manifestaciones pero también de todo movimiento anexionista.

Cirilo Villaverde

Cirilo Villaverde

El Separatismo Anexionista

Su meta política era, como sugiere su nombre,  separar a Puerto Rico del Reino de España para anexarlo a otro país. Su tradición puede documentarse con varios modelos más o menos conocidos por los investigadores. El primero es la conjura de 1815 organizada por el diputado a Cortes de origen hispano-cubano, militar y mercenario  José Álvarez de Toledo y Dubois (1779-1858). Álvarez de Toledo aspiraba separar las tres Antillas Mayores del Reino de España con el fin de fundar una Confederación de las Antillas que, una vez constituida, solicitaría su integración a la Confederación de Estados Unidos como un territorio más. La conjura fue promovida por intereses económicos de aquel país pero no gozó del respaldo de su gobierno y el conspirador cayó en manos de las autoridades hispanas.

El segundo es la conspiración de 1821 cuyo cerebro organizativo fue el General Antonio Valero de Bernabé (1760-1863). El militar nacido en Fajardo redactó un “Plan de Invasión a Puerto Rico” que proponía separar a Puerto Rico del Reino de España pero con la finalidad de convertirlo en el Estado de Borinquen de la Gran Colombia. Por último, se encuentra otra conjura esta vez del año 1822, preparada por el militar y mercenario alemán General Luis Guillermo Doucoudray Holstein (1772-1839). Aquella tuvo como centro de operaciones la isla holandesa de Curaçao y se sabe que poseía contactos en la ciudad de Filadelfia, Pennsylvania. El conspirador aspiraba a convertir a Puerto Rico en el estado de Boricua de Estados Unidos y planeaba invadir y administrar su proyecto desde la costa oeste del territorio probablemente Mayagüez o Aguadilla. El Separatismo Anexionista estuvo muy activo en la década de 1850 en particular en Cuba y hacia el 1868, cuando estalló el Grito de Lares y el de Yara y era, sin duda, era una de las fuerzas políticas más pujantes dentro de los sectores separatistas. En Puerto Rico, el médico José F. Basora y el empresario Juan Chavarri, ambos de Mayagüez y cercanos de Ramón E. Betances Alacán y Segundo Ruiz Belvis, fueron dos figuras centrales.

El Separatismo Independentista

Su meta política era separar a Puerto Rico del Reino de España para convertirlo en un país soberano y, desde la soberanía, promover la constitución de una Federación o Confederación de las Antillas con Cuba y Santo Domingo.  Como ya se ha señalado, los documentos registran su presencia desde  1795 cuando se investigó a supuestos separatistas en el contexto del temor producido en la oficialidad colonial por motivo de la Revolución Francesa. Aquel año se aprobó la Constitución del Año III de la Revolución tras la desaparición del  violento Club de los Jacobinos, como antesala del golpe militar del 18 Brumario de Napoleón Bonaparte. El movimiento separatista independentista alcanzó plena madurez política entre los años 1837 y 1865.

Los historiadores tradicionales vinculan el desarrollo del Separatismo Independentista al hecho de que se excluyera a Puerto Rico del amparo de la Constitución de 1836 y a la promesa de Leyes Espaciales para su gobierno promesa que, como se sabe, las autoridades hispanas nunca cumplieron. Sus organizadores favorecieron el establecimiento de alianzas con los Separatistas Anexionistas y con los Liberales Reformistas más exigentes, en especial aquellos que defendían la Autonomía colonial. Su manifestación política más conocida fue la Insurrección de Lares de 23 de septiembre de 1868 y todas las conjuras que le sucedieron por lo menos hasta los Comités de Pólvora animado por el Dr. Betances Alacán y que todavía seguían activos en 1874.

Andres_VizcarrondoNo se trataba de un movimiento homogéneo. Las tendencias dominantes parecen haber estado determinadas por la naturaleza del liderato y sus preferencias tácticas. Mis investigaciones me permiten de momento distinguir entre una facción eminentemente militarista y otra civilista. El Separatismo Independentista Militarista  era políticamente antimonárquico y de tendencias republicanas. Su liderato estaba constituido por militares profesionales que provenían del Estado Mayor del Ejército Español en Puerto Rico y su centro de acción se encontraba en la capital, San Juan. Su activismo puede documentarse en actos  conspirativas desde 1848 hasta 1865 y se sabe que negociaban el apoyo político y económico de los gobiernos de la República de Venezuela y de Gran Bretaña para su causa. Hacia el 1863 se organizaron en el poco conocido Gran Club de Borinquen cuyos encargados eran los militares Andrés y Juan Eugenio Vizcarrondo. La táctica que los define es la necesidad que muestran por articular un golpe militar eficaz con el más amplio apoyo popular con el fin de proclamar la independencia. La confianza en que la gente seguiría a su liderato era completa. Los gastos de la guerra de independencia se pagarían con un préstamo a los británicos, pagadero después de la independencia.

El Separatismo Independentista Civilista era también antimonárquico y republicano.  Fue una facción liderada por civiles e intelectuales activos en Puerto Rico y atrajo a los pequeños grupos de exiliados políticos que habían hallado refugio en el Caribe y Estados Unidos. Hacia el año 1857, sus dirigentes más notables eran los citados Betances Alacán y  Ruiz Belvis quienes negociaban el apoyo de Estados Unidos y de las Repúblicas de Perú y Chile para su causa política. Desde 1865, se aliaron con la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico en Nueva York, organización encabezada por Cirilo Villaverde (1812-1894), cubano, y el citado Basora, ambos anexionistas. La mancomunidad de intereses entre los Separatistas Independentistas Civilistas y los Anexionistas es evidente. Su táctica consistía en  organizar una invasión a Cuba y Puerto Rico desde Estados Unidos y con apoyo de algunos países de Hispanoamérica, a la vez que se estimulaba un levantamiento o insurrección popular en ambas islas. Todo parece indicar que estaban dispuestos a contratar militares profesionales para coordinar la invasión y la guerra pero que el protagonismo del proceso recaería en los civiles, la gente o el pueblo común.

Ambas tendencias Separatistas Independentistas y Anexionistas apoyaban las ideas políticas y económicas liberales como el libre mercado, la libre competencia, y simpatizan con la construcción de un sistema democrático que se apoyara en la gente común o el pueblo siguiendo el modelo de la Revolución Francesa. Los grados en cuanto al énfasis que ponían en una cosa o la otra no están del todo claros. Lo cierto es que aquellos grupos representan lo mejor de la revolución burguesa que la isla no vivió durante el siglo 19.

 

Posted in Andrés Vizcarrondo, Anexionismo Puertorriqueño, Antonio Valero de Bernabé, Cirilo Villaverde, José Álvarez de Toledo y Dubois, José F. Basora, Juan Chavarri, Juan Eugenio Vizcarrondo, Luis Guillermo Doucoudray Holstein, Ramón Emeterio Betances, Segundo Ruiz Belvis, Separatismo puertorriqueño | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , | 1 Comment »

Reflexiones en torno al abolicionismo en el siglo 19

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 15 marzo 2013


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

Aunque no se puede olvidar el papel protagónico de los esclavos rebeldes afroantillanos en la causa abolicionista, la historiografía tradicional asigna el papel de propulsores del movimiento abolicionista puertorriqueño a un sector muy específico de las elites sociales insulares. Se trata de numerosos intelectuales y profesionales quienes, educados en el extranjero en carreras de vanguardia, se desarrollaron como ideólogos y activistas liberales comprometidos. Las carreras de vanguardia no era sino el derecho, la medicina, agronomía, ingeniería, la geografía, las ciencias físicas y las matemáticas, entre otras. El desarrollo de una clase profesional fue una novedad en el Puerto Rico en crecimiento que se afirmó alrededor de las reformas de 1812 a 1815.

José Julián Acosta y Calbo

José Julián Acosta y Calbo

Se trata de personas mucho más visibles que los esclavos por su vinculación de sangre al poderoso sector de los hacendados y los comerciantes. Dentro de aquel pequeño sector también había pensadores no tradicionales fuesen masones o librepensadores, que veían en la  Iglesia Católica Española un adversario por su abierta defensa de la esclavitud y el estado de hecho colonial. El espacio que ofrecía el Estado para la discusión del problema era escaso: el valor del trabajo o compensación laboral, la separación o la abolición eran asuntos que no se podían vetear públicamente. Ser abolicionista implicaba un riesgo político.

Las figuras más comentadas del abolicionismo en Puerto Rico pueden reducirse a las siguientes. En San Juan destacó el Prof. José Julián Acosta y Calbo (1825-1891), un liberal reformista con formación en física y matemática que había sido educado en Madrid y Berlín y uno de los pilares de la historiografía puertorriqueña. La otra fue el también Prof. Román Baldorioty de Castro (1822-1889), educado en San Juan y Madrid también en física y matemática de tendencias liberales que le condujeron hacia el autonomismo radical y soberanista en la década de 1880.

En Mayagüez desarrolló un particular activismo el Dr. Ramón E. Betances (1827-1898),  médico educado en París, pensador anticlerical, literato, masón y librepensador. Muy cerca de aquél estuvo el Lcdo. Segundo Ruiz Belvis (1829-1867), abogado educado en Caracas y Madrid, también masón y librepensador. Ambos apoyaban el separatismo independentista y fueron precursores de la idea de la Confederación de la Antillas como alternativa al estatus colonial desde 1860.

 

El activismo abolicionista en Mayagüez

Entre 1856-1857 se fundó en la  ciudad una “Sociedad Abolicionista Secreta”. La misma reunió activistas de  Mayagüez, San Germán, Cabo Rojo y Aguadilla. La “Sociedad Abolicionista Secreta” funcionaba como una Logia Masónica o una Sociedad Secreta Revolucionaria. Los pocos datos que se tienen de ella indican que la organización no tenía ni un reglamento ni listas escritas de sus miembros con el fin de proteger a su militancia, y que se reunían en residencias privadas  y templos masónicos de la región. La “Sociedad Abolicionista Secreta” se dedicaba a recogían fondos para la causa, imponían cuotas regulares a los miembros y simpatizantes y utilizaban el dinero para comprar la libertad de niños esclavos en el momento del bautismo. La manumisión o liberación por la mano era un proceso legal que, si bien aumentaba la población de libertos, dejaba a lo niño liberados bajo la custodia de sus madres y, en consecuencia, de sus amos. También se tomaban, de acuerdo con un testimonio de Betances, riesgos mayores cuando apoyaban las fugas y la emigración de esclavos prófugos o evadidos al extranjero.

Los líderes abolicionistas de San Juan y Mayagüez fueron vigilados por el Estado. En Mayagüez la presión del gobierno se condujo a través de las autoridades de Ayuntamiento y su Corregidor o jefe de policía. La situación no produjo el efecto deseado. La insistencia de las autoridades española en vincular el abolicionismo con el Separatismo Independentista y Anexionista no era del todo errada.

 

El Movimiento Abolicionista Español

En el reino de  España la discusión de la abolición era legal y crecía como consecuencia de una  serie de factores. Primero, la presión del Reino Unido de Inglaterra o Gran Bretaña contra la institución de la esclavitud negra. Segundo, la Guerra de Secesión o Guerra Civil en Estados Unidos (1861-1864) que culminó con la abolición de aquel sistema de trabajo en aquel país. En ambos casos se trataba de emblemas que cuestionaban el absolutismo monárquico dominante en la península. Las figuras más significativas de aquel momento fueron varias. Se trataba de Intelectuales españoles y antillanos radicados en Madrid.

Julio L. Vizcarrondo

Julio L. Vizcarrondo

Ya hacia el año 1864, los abolicionistas se reunían en el hogar de un puertorriqueño: Julio L. Vizcarrondo Coronado (1829-1889). Vizcarrondo estaba vinculado a una poderosa familia de la isla que había tenido vinculaciones con las fuerzas armadas locales. Se había educado en Madrid y París, era periodista y escritor, activista social y un destacado filántropo. El 2 de abril de 1865, aquellos intelectuales fundaron la “Sociedad Abolicionista Española”, eligieron como Presidente Salustiano de Olózaga (1805-1873) militar, escritor, abogado y político español, y su Secretario el citado Vizcarrondo. La organización publicaba un periódico militante titulado “El Abolicionista Español” y tenía un contacto en Puerto Rico: el Prof. Acosta y Calbo.

Las convergencias entre el abolicionismo puertorriqueño y el español eran varias. Primero, compartían la admiración a los estados progresistas del Norte de Estados Unidos. Segundo, coincidían en que esclavitud negra debía ser abolida en beneficio del mercado laboral libre y que esa reforma liberal era necesaria e inevitable para estimular el progreso material y social. Tercero, coincidían en que la abolición de la esclavitud de los negros estaba en manos de los blancos y que había que evitar una guerra de razas a toda costa.

Las divergencias del abolicionismo puertorriqueño y español eran también notables. En Puerto Rico algunos abolicionistas querían separar a Puerto Rico del Reino de España o alterar la relación política entre ambos territorios. Tampoco se ponían de acuerdo en cuanto a las tácticas que debían implementar para adelantar la causa y algunos defendían la abolición gradual mientras otros auspiciaban medidas más radicales para presionar al Estados a decidirla. El abolicionismo fue una fase importante del movimiento liberal burgués del siglo 19 tanto en España como el Puerto Rico.

 

La Junta Informativa de Reformas de 1866-1867

En 1864 se disolvió el viejo Consejo de Indias, responsable de articular una política colonial desde 1517, y se instituyó el Ministerio de Ultramar con las mismas responsabilidades. Poco después, en 1865. El Ministro de Ultramar, Ramón M. Narváez (1800-1868) convocó una Junta Informativa de Reformas en Madrid con el fin de diseña una política racional en el manejo de los asunto ultramarinos. El objetivo de la Junta era diverso: debía discutir la cuestión política o las Leyes Especiales prometidas en 1837, la cuestión económica o la reforma del mercado y la cuestión social o el asunto de la esclavitud. Con ello en mente, se invitó a las colonias a enviar Comisionados o Informadores a la Junta. Cuba, Puerto Rico y Filipinas enviarían 28 comisionados en total. La delegación de Puerto Rico sería de 6 comisionados. La elección de los mismos dejó un resultado muy interesante. Tres de los elegidos fueron liberales y abolicionistas: Segundo Ruiz Belvis (Mayagüez), Francisco M. Quiñones (San Germán) y José Julián Acosta (San Juan). Los otros tres electos resultaron ser conservadores y esclavistas: Manuel Valdez Linares (San Juan), Manuel de Jesús Zeno Correa (Arecibo) y Luis Becerra (Ponce). Con algún retraso, en octubre de 1866, la Junta abrió sus sesiones.

Salustiano de Olózaga

Salustiano de Olozaga

La discusión de la cuestión política y económica, favoreció el desarrollo de políticas liberales en ambos ámbitos. En lo que compete al abolicionismo, es decir la discusión de la cuestión social, fue más problemática. Desde un principio quedó claro que la intención de la Junta era preservar la esclavitud y mejorar las relaciones laborales. Dada esa situación, en abril de 1867 los tres abolicionistas de Puerto Rico presentaron el Proyecto para la Abolición de la Esclavitud. En el documento reclamaron la abolición inmediata de la esclavitud sin compensación económica a los esclavistas. La acción provocó un escándalo y los proponentes fueron puestos bajo vigilancia. De paso, se informó a las autoridades de Puerto Rico que debían vigilarlos a su regreso a la Isla. La propuesta abolicionista no fue tomada en cuenta por la Junta.

 

Los argumentos de los abolicionistas puertorriqueños

La mejor manera de comprender el abolicionismo a la altura de 1867 es fijarse en los argumentos jurídicos que usaron. Se trataba de una concepción liberal del derecho que insistía en que el derecho debía ser revisado para crecer, no para ser restringido. Aplicada la lógica liberal a  la cuestión social, argüían que, si a los esclavos se les reconocía algún derecho, a la larga resultaba inevitable reconocerle todos los derechos en el futuro. El reconocimiento de todos los derechos equivalía a la libertad. Los razonamientos económicos eran simples y contundentes y estaban dirigidos al interés privado de los esclavistas: el trabajo libre era más costo eficiente que el trabajo esclavo. Para ello contaron con apoyo estadístico: entre 1846 y 1867 la producción agraria había crecido, aseguraban. Pero durante el mismo periodo las cantidades de esclavos habían bajado. Con ello sostenían que la producción no dependía de la esclavitud negra.

A su regreso a Puerto Rico, Quiñones y Acosta, negociaron con el Gobernador Militar José María Marchessi y Oleaga (1801-1882) una tregua. Ruiz Belvis se evadió del país con el apoyo de Ramón E. Betances y el Párroco de Hormigueros Antonio González. Los historiadores miran en aquel gesto el evento que justificó la Insurrección de Lares de 1868.

 

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Proyecto para la Abolición de la Esclavitud de 1867

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 17 marzo 2011


Capítulo VIII: Debe abolirse la esclavitud en Puerto Rico, aunque sea sin indemnización. Debe abolirse también, aunque sea con reglamentación del trabajo. La abolición debe ser radical e inmediata. ¿Es objeción para que se mantenga la esclavitud en Puerto Rico la proximidad de esta Isla a la de Cuba?

Como anteriormente dejamos expuesto, la indemnización, que es fácil y llevadera repartida entre el Estado y la Provincia, considerada en sus fundamentos y en su utilidad, es de equidad, de buena política, de justicia y de reconocida conveniencia para los esclavos, tanto al menos como para los propietarios.

Segundo Ruiz Belvis

Supongamos, sin embargo, que esta indemnización no sea posible; supongamos que por un conjunto de dolorosas circunstancias no hay otro medio sino optar entre la abolición sin indemnización o la continuación de la esclavitud: en este caso, hemos dicho al contestar a la primera parte del interrogatorio primero y repetimos ahora, “suprímase la esclavitud en Puerto Rico y olvídese, si se quiere, que hay un gran número de propietarios a quienes se priva de una propiedad hasta aquí considerada como legítima”. En cualquiera de los casos, con indemnización o sin ella, la esclavitud no debe durar ya un solo día. La conciencia de los hombres honrados y la del mismo Gobierno deben sentir como el peso de una acción criminal cuando, pudiendo borrar con facilidad y en un momento hasta los vestigios de esa institución, aplazan, sin embargo, indefinidamente su resolución, unos por temores que la razón desecha, pero que la imaginación agiganta; el otro, por consideraciones cuyo valer no podemos en estos instantes calificar.

Puede suceder que la indemnización, imposible al principio, sea posible en un plazo más o menos largo; en este caso, y con mayor razón, proclámese desde luego la emancipación, échense las bases y fíjense los plazos.

Esto que decimos de la esclavitud decimos igualmente en lo que al trabajo de los emancipados se refiere. Creemos, y así lo hemos sostenido en otra ocasión, que la economía política, la conveniencia pública y la más estricta justicia reclaman la completa libertad del trabajo en todos y cada uno de los individuos de una sociedad; hemos dicho también, concretándonos a la clase libre de color en Puerto Rico, compuesta en parte de ingenuos y de libertos, que no deben, en bien propio y del país, estar sujetos a reglamentación alguna en el trabajo; pero si esto, por temores también exagerados, se cree que puede ser dañoso a la prosperidad de Puerto Rico, venga enhorabuena la reglamentación, con tal que no exceda de un período de cinco años.

En suma: queremos y pedimos en nombre de la honra y del porvenir de nuestro país la abolición inmediata, radical y definitiva de la esclavitud; en cuanto a los medios para llevar a cabo este gran acto de justicia, aunque señalados por nosotros aquellos que estimamos más fundados en una política prudente y elevada, los encomendamos siempre a la ilustrada iniciativa del Gobierno y a la recta conciencia de la opinión pública.

Esta petición nuestra, que, aun siendo individual, fuera digna de ser tenida en cuenta, recibe aquí autoridad ilimitada, porque con más honra que merecimientos, somos en esta ocasión los elegidos por el voto de algunas poblaciones y además los representantes, no tan elocuentes como fieles, de las opiniones, sentimientos y doctrinas de la mayor parte de los naturales de Puerto Rico.

Una objeción, de la cual es bien hacerse en este punto cargo, se opone por algunos a la abolición en nuestra Antilla: su proximidad a Cuba y el precedente que desde luego establecería. No desconocemos lo que este argumento vale, pero a nuestra vez podríamos preguntar: ¿creen los que tal dicen, cree el mismo Gobierno que es posible sostener ese sistema de inmovilidad y petrificación en la cuestión social de la esclavitud? ¿Creen que esta terrible iniquidad, borrada ya de todas las naciones del mundo, condenada por todas las conciencias, rechazada por los más elevados intereses se estancará y durará mucho tiempo en las Antillas españolas? No es posible que lo crean; y si esto es así, la política más trivial y ligera aconseja que se debe empezar a abolir allí donde todas las circunstancias brindan a la reforma, donde la población esclava es corta, donde hay una población libre, densa y numerosa, donde la riqueza no necesita de aquella institución y donde, en fin, la tranquilidad no puede turbarse porque desaparezca en un día próximo y determinado. Si esto se hace, no solamente se dará cumplida satisfacción a las necesidades de Puerto Rico —que, al fin, tiene pleno derecho para ser escuchado y atendido independientemente de la isla de Cuba—, sino que, además, y ésta es una consideración muy importante, España, que nada ha hecho en la abolición de la esclavitud y cuyos sentimientos en este punto son, en concepto de algunos, un tanto sospechosos, dará, suprimiéndola en nuestra isla, un ejemplo al mundo de la sinceridad de sus protestas, de su política en lo porvenir y de la rectitud de sus intenciones.

No necesitamos resumir lo que llevamos dicho. Hemos procurado determinar los orígenes de la esclavitud en Puerto Rico, lo hemos examinado después en alguna de sus más importantes relaciones y en todos casos hemos llegado a una conclusión verdaderamente consoladora, a saber: que lo que está condenado por la justicia y por la moral lo está también en rigor por la historia, por la riqueza y por la conciencia pública. La abolición, por lo tanto, es de todo punto necesaria. Los medios que, por cumplir con un propósito tan honroso como satisfactorio, hemos propuesto para aboliría, serán más o menos acertados, más o menos fáciles de llevar a cabo: en este punto nos sometemos de ahora para siempre a lo que con los ojos puestos en el bien del país y en prin­cipios de justicia, se resuelva y determine.

Lo que hemos querido dejar asentado es que la institución de la esclavitud es un hecho perturbador, inmoral y preñado de peligros que conviene alejar inmediatamente y .sin levantar mano del seno de nuestra hermosa Antilla.

¿Qué no ha corrompido, en efecto, en nuestras sociedades de América el hecho de la esclavitud? En el orden material ha envilecido el trabajo, ley necesaria para que el hombre realice las aspiraciones de su propia naturaleza; en el orden económico, al convertir al hombre en propiedad, ha provocado la depreciación de las demás propiedades; en el orden civil, al violar la personalidad del esclavo, al negarle hasta el consuelo de la familia, ha llevado la corrupción hasta el seno mismo de las familias privilegiadas; en el orden administrativo ha hecho necesaria, imprescindible, la omnipotencia del poder, porque allí donde las relaciones de derecho están sacrílegamente perturbadas, el orden no puede nacer sino del miedo de los que sufren y de la violencia de los que mandan; en el orden político ha entronizado un estado de cosas en que la energía del individuo se extingue y las virtudes se acaban y la virilidad en el carácter es casi imposible, porque estas grandes prendas necesitan para vivir del aire de la libertad; en el orden social, la esclavitud ha creado una especie de aristocracia sin más tradición que el color y sin más poder que la riqueza; y en el orden moral y religioso ha arrojado aquella sociedad a una vida pasiva sin ideal y a un estado de cosas basado sobre la injusticia y la iniquidad.

Así, por esta funesta y universal trascendencia, la esclavitud, que no fuera en un principio más que un elemento obligado de producción, ha llegado a ser el origen y la causa permanente de todos los males que hoy pesan sobre las colonias españolas. La cuestión social, por lo tanto, al reducirse entera a la institución de la esclavitud, ha ganado en intensidad todo lo que ha perdido en extensión.

Al lado de este peligro, cuya importancia no procuramos amenguar, la institución de la esclavitud ofrece para su resolución, y una vez realizada, un gran número de ventajas que no podemos sino rápidamente indicar. El carácter único con que refleja la cuestión social, es la primera.

Francisco M. Quiñones

En Europa, las mejores inteligencias se pierden cuando quieren descubrir en ese conjunto de grandes cuestiones sociales —el proletariado, la propiedad, el impuesto, etc.—, un principio superior, una solución única que remedie todos los males y concierte en armonía superior todos los derechos. En las Antillas, por el contrario, el problema social, vario y múltiple en sus partes, se ha concentrado en una sola institución: en la esclavitud. Resolver este problema es resolverlos todos. ¿Quién puede apreciar la nueva vida que se desenvolverá en esas sociedades, hoy castigadas por la esclavitud, el día en que esta institución desaparezca tranquila y satisfactoriamente para todos? La filosofía enseña que allí donde la acción y reacción de dos razas libres son más enérgicas, el progreso es más rápido y la organización social más vigorosa; la historia prueba que con medidas prudentes y previsoras, colonias como las islas Mauricio, Las Barbadas, Martinica y Antigua llegan a ser más ricas y felices. La moral, en fin, la fe profunda que debemos abrigar en todas las grandes causas, nos dicen que devolver en una sociedad una buena parte de su población a los goces de la familia y de la libertad; que consagrar la igualdad de todos los hombres ante el Estado como está consagrada por la religión ante Dios; que ampararles en su personalidad, en su trabajo y en su propiedad, es una empresa grande, digna de ser llevada a cabo aun a costa de algunos sacrificios.

Podemos, pues, asentar como cierto que si todos los males que hoy se dejan sentir en las Antillas españolas nacen directa e inmediatamente de la institución de la esclavitud, todos los bienes, en cambio, todo el progreso con que aquella sociedad sueña, sin poderlo conseguir jamás, lo debe esperar de la emancipación de sus esclavos.

La historia comprueba esta verdad. No ha habido un solo colono, ni existe un solo partidario de la esclavitud, como dice un distinguido escritor, que no haya anunciado con una convicción profunda que la emancipación produciría estos tres resultados:

La cesación del trabajo y la ruina completa de las colonias.

La vuelta de los negros a la barbarie.

El robo y el asesinato.

Los hechos han, felizmente, desmentido tan fatales augurios.

“El resultado de la emancipación llevada a cabo en las Islas Occidentales —decía en 1842 Lord Stanley, Ministro de las Colonias en Inglaterra— ha sobrepujado hasta las más lisonjeras esperanzas de aquellos más ardientes partidarios de la prosperidad colonial; no solamente ha aumentado la riqueza material de cada una de las islas, sino que, lo que es mejor, ha habido un gran progreso en las costumbres industriales, un perfeccionamiento en el sistema social y religioso y un desarrollo en los individuos de esas cualidades intelectuales y morales que son más necesarias a la dicha que los objetos materiales de la vida. Los negros son hoy felices y viven satisfechos; entregados al trabajo, han aumentado su bienestar, y, al mismo tiempo que han disminuido los crímenes, han llegado a ser mejores las costumbres. El número de matrimonios ha crecido, y, merced a la influencia de los ministros de la religión, la instrucción se ha propagado. Tales son las consecuencias de la emancipación; su éxito ha sido completo en cuanto al fin principal de la medida.”

Estas ventajas, acreditadas por la historia, no pueden faltar en Puerto Rico si la abolición se lleva a cabo. Suprimida la esclavitud y destruida, por lo tanto, la causa de tantos y tan graves males como antes hemos enumerado, aumentará la población porque las relaciones entre los individuos serán muy libres y naturales, vendrán capitales extranjeros, hoy completamente retraídos, y, por consiguiente, aumentarán las transacciones y se desarrollará la industria; movilizada la propiedad territorial, hoy punto menos que estancada, se desenvolverá el valor de la riqueza y el crédito dentro y fuera de la isla; la mayor demanda de trabajo y la baratura de los artículos de primera necesidad mejorarán la condición material de las clases obreras; reducido el interés del dinero, se desgravará la propiedad, y, como consecuencia de todas estas inmensas ventajas, se desarrollará el espíritu de asociación, se crearán instituciones de ahorro y de crédito, de que ahora carecemos; se perfeccionarán los procedimientos agrícolas e industriales y, últimamente, la sociedad ganará en vida moral, que es la fuente suprema de donde nacen el respeto a los derechos y garantías individuales.

En cuanto al tránsito de la esclavitud al estado libre, en otras partes tan temido por lo radical, en Puerto Rico carece, afortuna­damente, de importancia. La población de color libre, tan numerosa en Puerto Rico y uno de los elementos que más coadyuvan al porvenir de aquella sociedad, hace allí las veces de una clase intermediaria entre la raza esclava y la población blanca. Dios sólo sabe lo que tenemos que agradecer a esa clase honrada y laboriosa que, por un lado, aumenta la riqueza, ayuda a la población blanca, y, por el otro, se ofrece como un eterno y brillante ideal a los ojos de la raza africana. El esclavo en Puerto Rico no envidia al blanco: la degradación de su estado de una parte y su ignorancia de otra, impiden que su ambición raye tan alto: lo que el esclavo allí contempla con amor y con envidia es el desenvolvimiento de la clase de color libre, porque conoce que ése es el estado inmediato al de su redención y que en él ha de vivir para llegar un día al término de sus esperanzas.

Esto constituye un elemento de orden y una segura garantía de que se puede resueltamente proceder a la abolición inmediata de la esclavitud.

Tal es, al menos, nuestra más profunda y sincera convicción. ¡Ojalá que el Gobierno, ojalá que la opinión pública de España acojan este nuestro voto, que es también el voto de todas las buenas almas de nuestra nación, porque de esta suerte se alejarán para siempre las complicaciones y peligros de que está preñada esta institución aborrecible.

De cualquier manera y sea cual sea el resultado de este nuestro humilde trabajo, lo que no se podía menos de reconocer, y esto basta para la satisfacción de nuestra conciencia, es que defender los fueros de la justicia, intentar la desaparición de una iniquidad que deshonra nuestro nombre, romper para siempre las cadenas de la esclavitud y todo esto sin perjudicar los intereses creados y sin perturbar la vida general del país, es un propósito honrado y fecundo, que podremos no alcanzar, pero que de seguro merecerá de todos los buenos consideración y respeto.

Junta Informativa de Reformas, Madrid, 10 de abril de 1867. — S. Ruiz Belvis, José Julián Acosta, Francisco M. Quiñones

Comentario:

El documento que antecede resume la posición de los Comisionados de Puerto Rico a la Junta Informativa de Reformas (1866-1867). Se trata del alegato más visible por “la completa libertad de trabajo” en el siglo 19 puertorriqueño. En el mismo se solicita la “abolición radical” de la esclavitud, entendida en el principio de que debía ser “inmediata” pero “con indemnización o sin ella”. Pero también sugiere la necesidad de desregular el “trabajo de lo emancipados” porque la economía política requiere la más “completa libertad del trabajo”. La esclavitud negra, sostiene los Comisionados, es un crimen y un acto aborrecible.

El otro punto interesante es que los Comisionados alegan ser los representantes legítimos de “las opiniones, sentimientos y doctrinas de la mayor parte de los naturales de Puerto Rico”. El argumento se esgrime por el hecho de que en aquel entonces se posponía la abolición por el peligro de la “guerra de razas” que presumiblemente aquella reforma podía producir en Cuba. Los puertorriqueños aspiran a que la situación de Puerto Rico sea tratada de manera separada de la de Cuba. La razones para ello son tres. Primero que acá “la población esclava es corta”, que en esta isla hay “una población libre, densa” y que “la riqueza no necesita de aquella institución” para crecer. En Cuba ocurría todo lo contrario. En el proceso trata de seducir a la Corona alegando que mediante la abolición en Puerto Rico, la imagen internacional de España mejorará, en la medida en que demostrará “la sinceridad de su protestas” o compromiso con el cambio. Los pensadores puertorriqueños piensa que la esclavitud está condenada, lo mismo por la justicia, la moral, la historia, la riqueza y la conciencia pública.

En la parte final de alegato precisan que, mientras en Europa, el problema o la cuestión social se centra en “el proletariado, la propiedad, el impuesto”, en las Antillas “se ha concentrado…en la esclavitud”. En ambas esferas se trata de asuntos relacionados con el modo de producción social que era una preocupación de la economía política de la época. La idea de que resolviendo uno y otro, se resolvían todos los demás problemas es comprensible pero fantasiosa. Por último los autores tratan de convencer a la Junta de lo inapropiado de ver en la abolición de la esclavitud un estímulo a la barbarie y a la violencia. Por el contrario, en su propuesta la reforma estimularía la reactivación de una economía que, en 1867, daba la impresión de estar empantanada y ausente de algunos de los signos determinantes de una economía de libre mercado moderna. En cierto modo, esta es la síntesis de la filosofía de una revolución burguesa y liberal que nunca se dio del todo en el Puerto Rico del siglo 19.

El documento que antecede resume la posición de los Comisionados de Puerto Rico a la Junta Informativa de Reformas (1866-1867). Se trata del alegato más visible por “la completa libertad de trabajo” en el siglo 19 puertorriqueño. En el mismo se solicita la “abolición radical” de la esclavitud, entendida en el principio de que debía ser “inmediata” pero “con indemnización o sin ella”. Pero también sugiere la necesidad de desregular el “trabajo de lo emancipados” porque la economía política requiere la más “completa libertad del trabajo”. La esclavitud negra, sostiene los Comisionados, es un crimen y un acto aborrecible.

El otro punto interesante es que los Comisionados alegan ser los representantes legítimos de “las opiniones, sentimientos y doctrinas de la mayor parte de los naturales de Puerto Rico”. El argumento se esgrime por el hecho de que en aquel entonces se posponía la abolición por el peligro de la “guerra de razas” que presumiblemente aquella reforma podía producir en Cuba. Los puertorriqueños aspiran a que la situación de Puerto Rico sea tratada de manera separada de la de Cuba. La razones para ello son tres. Primero que acá “la población esclava es corta”, que en esta isla hay “una población libre, densa” y que “la riqueza no necesita de aquella institución” para crecer. En Cuba ocurría todo lo contrario. En el proceso trata de seducir a la Corona alegando que mediante la abolición en Puerto Rico, la imagen internacional de España mejorará, en la medida en que demostrará “la sinceridad de su protestas” o compromiso con el cambio. Los pensadores puertorriqueños piensa que la esclavitud está condenada, lo mismo por la justicia, la moral, la historia, la riqueza y la conciencia pública.

En la parte final de alegato precisan que, mientras en Europa, el problema o la cuestión social se centra en “el proletariado, la propiedad, el impuesto”, en las Antillas “se ha concentrado…en la esclavitud”. En ambas esferas se trata de asuntos relacionados con el modo de producción social que era una preocupación de la economía política de la época. La idea de que resolviendo uno y otro, se resolvían todos los demás problemas es comprensible pero fantasiosa. Por último los autores tratan de convencer a la Junta de lo inapropiado de ver en la abolición de la esclavitud un estímulo a la barbarie y a la violencia. Por el contrario, en su propuesta la reforma estimularía la reactivación de una economía que, en 1867, daba la impresión de estar empantanada y ausente de algunos de los signos determinantes de una economía de libre mercado moderna. En cierto modo, esta es la síntesis de la filosofía de una revolución burguesa y liberal que nunca se dio del todo en el Puerto Rico del siglo 19.

Los interesados pueden también consultar Segundo Ruiz Belvis: política y modernidadSegundo Ruiz Belvis: una aventura de la memoria

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

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