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Archive for the ‘Separatismo puertorriqueño’ Category

Reflexiones en torno al separatismo en el siglo 19

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 22 marzo 2013


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

El separatismo fue una de las propuestas ideológicas más importantes del siglo 19. A pesar de que nunca consiguió las metas que se propuso, su impacto sobre la identidad puertorriqueña es incuestionable. Reducir el separatismo a una propuesta política, simplifica un discurso y una praxis que irradia en todas direcciones la cultura  puertorriqueña de los últimos dos siglos.

Una definición

El separatismo es un movimiento en esencia político e ideológicamente diverso que aparece mencionado por primera vez en documentos puertorriqueños del año 1795. En aquel el concepto sugería una aspiración amenazante que atemorizaba a las autoridades del Reino de España en la medida en que ponía en entredicho su soberanía sobre las colonias Hispanoamericanas y Caribeñas. La meta política inmediata del separatismo era separar o enajenar a Puerto Rico del Reino de España. La meta política futura, la cuestión de hacia donde conduciría la separación, era un asunto más complejo.

El separatismo no terminaba con la ruptura con el poder colonial hispano. Las posibilidades que quedaban abiertas después de la separación eran varias. Por un lado, se podía asociar a Puerto Rico separado a otro poder mayor en busca de seguridad política y económica. Por otro lado, se podía vincular a Puerto Rico separado a las otras Antillas en una Confederación en el modelo de la Confederación Germánica articulada por Napoleón Bonaparte, o la Confederación Americana emanada del 1776. Ocasionalmente ambas posibilidades se entremezclaban, elemento que complica el panorama ideológico del separatismo decimonónico.

En diversas instancias, la Confederación que se aspiraba constituir podía terminar como parte de un poder internacional confiable que después de 1808, podía ser lo mismo la Gran Colombia o Estados Unidos. A pesar de que es probable que muchos separatistas soñaran constituir el Puerto Rico separado en un país independiente y soberano, no parece que aquella haya sido la tendencia dominante en aquel momento. El separatismo parece haber sido un programa de minorías que seguía el modelo del Ciclo Revolucionario Atlántico en América. Por aquel entonces no se confiaba en la capacidad de los territorios pequeños o insulares para la soberanía y la independencia. En síntesis, el separatismo fue la base del movimiento independentista en sus diversas manifestaciones pero también de todo movimiento anexionista.

Cirilo Villaverde

Cirilo Villaverde

El Separatismo Anexionista

Su meta política era, como sugiere su nombre,  separar a Puerto Rico del Reino de España para anexarlo a otro país. Su tradición puede documentarse con varios modelos más o menos conocidos por los investigadores. El primero es la conjura de 1815 organizada por el diputado a Cortes de origen hispano-cubano, militar y mercenario  José Álvarez de Toledo y Dubois (1779-1858). Álvarez de Toledo aspiraba separar las tres Antillas Mayores del Reino de España con el fin de fundar una Confederación de las Antillas que, una vez constituida, solicitaría su integración a la Confederación de Estados Unidos como un territorio más. La conjura fue promovida por intereses económicos de aquel país pero no gozó del respaldo de su gobierno y el conspirador cayó en manos de las autoridades hispanas.

El segundo es la conspiración de 1821 cuyo cerebro organizativo fue el General Antonio Valero de Bernabé (1760-1863). El militar nacido en Fajardo redactó un “Plan de Invasión a Puerto Rico” que proponía separar a Puerto Rico del Reino de España pero con la finalidad de convertirlo en el Estado de Borinquen de la Gran Colombia. Por último, se encuentra otra conjura esta vez del año 1822, preparada por el militar y mercenario alemán General Luis Guillermo Doucoudray Holstein (1772-1839). Aquella tuvo como centro de operaciones la isla holandesa de Curaçao y se sabe que poseía contactos en la ciudad de Filadelfia, Pennsylvania. El conspirador aspiraba a convertir a Puerto Rico en el estado de Boricua de Estados Unidos y planeaba invadir y administrar su proyecto desde la costa oeste del territorio probablemente Mayagüez o Aguadilla. El Separatismo Anexionista estuvo muy activo en la década de 1850 en particular en Cuba y hacia el 1868, cuando estalló el Grito de Lares y el de Yara y era, sin duda, era una de las fuerzas políticas más pujantes dentro de los sectores separatistas. En Puerto Rico, el médico José F. Basora y el empresario Juan Chavarri, ambos de Mayagüez y cercanos de Ramón E. Betances Alacán y Segundo Ruiz Belvis, fueron dos figuras centrales.

El Separatismo Independentista

Su meta política era separar a Puerto Rico del Reino de España para convertirlo en un país soberano y, desde la soberanía, promover la constitución de una Federación o Confederación de las Antillas con Cuba y Santo Domingo.  Como ya se ha señalado, los documentos registran su presencia desde  1795 cuando se investigó a supuestos separatistas en el contexto del temor producido en la oficialidad colonial por motivo de la Revolución Francesa. Aquel año se aprobó la Constitución del Año III de la Revolución tras la desaparición del  violento Club de los Jacobinos, como antesala del golpe militar del 18 Brumario de Napoleón Bonaparte. El movimiento separatista independentista alcanzó plena madurez política entre los años 1837 y 1865.

Los historiadores tradicionales vinculan el desarrollo del Separatismo Independentista al hecho de que se excluyera a Puerto Rico del amparo de la Constitución de 1836 y a la promesa de Leyes Espaciales para su gobierno promesa que, como se sabe, las autoridades hispanas nunca cumplieron. Sus organizadores favorecieron el establecimiento de alianzas con los Separatistas Anexionistas y con los Liberales Reformistas más exigentes, en especial aquellos que defendían la Autonomía colonial. Su manifestación política más conocida fue la Insurrección de Lares de 23 de septiembre de 1868 y todas las conjuras que le sucedieron por lo menos hasta los Comités de Pólvora animado por el Dr. Betances Alacán y que todavía seguían activos en 1874.

Andres_VizcarrondoNo se trataba de un movimiento homogéneo. Las tendencias dominantes parecen haber estado determinadas por la naturaleza del liderato y sus preferencias tácticas. Mis investigaciones me permiten de momento distinguir entre una facción eminentemente militarista y otra civilista. El Separatismo Independentista Militarista  era políticamente antimonárquico y de tendencias republicanas. Su liderato estaba constituido por militares profesionales que provenían del Estado Mayor del Ejército Español en Puerto Rico y su centro de acción se encontraba en la capital, San Juan. Su activismo puede documentarse en actos  conspirativas desde 1848 hasta 1865 y se sabe que negociaban el apoyo político y económico de los gobiernos de la República de Venezuela y de Gran Bretaña para su causa. Hacia el 1863 se organizaron en el poco conocido Gran Club de Borinquen cuyos encargados eran los militares Andrés y Juan Eugenio Vizcarrondo. La táctica que los define es la necesidad que muestran por articular un golpe militar eficaz con el más amplio apoyo popular con el fin de proclamar la independencia. La confianza en que la gente seguiría a su liderato era completa. Los gastos de la guerra de independencia se pagarían con un préstamo a los británicos, pagadero después de la independencia.

El Separatismo Independentista Civilista era también antimonárquico y republicano.  Fue una facción liderada por civiles e intelectuales activos en Puerto Rico y atrajo a los pequeños grupos de exiliados políticos que habían hallado refugio en el Caribe y Estados Unidos. Hacia el año 1857, sus dirigentes más notables eran los citados Betances Alacán y  Ruiz Belvis quienes negociaban el apoyo de Estados Unidos y de las Repúblicas de Perú y Chile para su causa política. Desde 1865, se aliaron con la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico en Nueva York, organización encabezada por Cirilo Villaverde (1812-1894), cubano, y el citado Basora, ambos anexionistas. La mancomunidad de intereses entre los Separatistas Independentistas Civilistas y los Anexionistas es evidente. Su táctica consistía en  organizar una invasión a Cuba y Puerto Rico desde Estados Unidos y con apoyo de algunos países de Hispanoamérica, a la vez que se estimulaba un levantamiento o insurrección popular en ambas islas. Todo parece indicar que estaban dispuestos a contratar militares profesionales para coordinar la invasión y la guerra pero que el protagonismo del proceso recaería en los civiles, la gente o el pueblo común.

Ambas tendencias Separatistas Independentistas y Anexionistas apoyaban las ideas políticas y económicas liberales como el libre mercado, la libre competencia, y simpatizan con la construcción de un sistema democrático que se apoyara en la gente común o el pueblo siguiendo el modelo de la Revolución Francesa. Los grados en cuanto al énfasis que ponían en una cosa o la otra no están del todo claros. Lo cierto es que aquellos grupos representan lo mejor de la revolución burguesa que la isla no vivió durante el siglo 19.

 

Posted in Andrés Vizcarrondo, Anexionismo Puertorriqueño, Antonio Valero de Bernabé, Cirilo Villaverde, José Álvarez de Toledo y Dubois, José F. Basora, Juan Chavarri, Juan Eugenio Vizcarrondo, Luis Guillermo Doucoudray Holstein, Ramón Emeterio Betances, Segundo Ruiz Belvis, Separatismo puertorriqueño | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , | 1 Comment »

Reflexiones en torno al abolicionismo en el siglo 19

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 15 marzo 2013


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

Aunque no se puede olvidar el papel protagónico de los esclavos rebeldes afroantillanos en la causa abolicionista, la historiografía tradicional asigna el papel de propulsores del movimiento abolicionista puertorriqueño a un sector muy específico de las elites sociales insulares. Se trata de numerosos intelectuales y profesionales quienes, educados en el extranjero en carreras de vanguardia, se desarrollaron como ideólogos y activistas liberales comprometidos. Las carreras de vanguardia no era sino el derecho, la medicina, agronomía, ingeniería, la geografía, las ciencias físicas y las matemáticas, entre otras. El desarrollo de una clase profesional fue una novedad en el Puerto Rico en crecimiento que se afirmó alrededor de las reformas de 1812 a 1815.

José Julián Acosta y Calbo

José Julián Acosta y Calbo

Se trata de personas mucho más visibles que los esclavos por su vinculación de sangre al poderoso sector de los hacendados y los comerciantes. Dentro de aquel pequeño sector también había pensadores no tradicionales fuesen masones o librepensadores, que veían en la  Iglesia Católica Española un adversario por su abierta defensa de la esclavitud y el estado de hecho colonial. El espacio que ofrecía el Estado para la discusión del problema era escaso: el valor del trabajo o compensación laboral, la separación o la abolición eran asuntos que no se podían vetear públicamente. Ser abolicionista implicaba un riesgo político.

Las figuras más comentadas del abolicionismo en Puerto Rico pueden reducirse a las siguientes. En San Juan destacó el Prof. José Julián Acosta y Calbo (1825-1891), un liberal reformista con formación en física y matemática que había sido educado en Madrid y Berlín y uno de los pilares de la historiografía puertorriqueña. La otra fue el también Prof. Román Baldorioty de Castro (1822-1889), educado en San Juan y Madrid también en física y matemática de tendencias liberales que le condujeron hacia el autonomismo radical y soberanista en la década de 1880.

En Mayagüez desarrolló un particular activismo el Dr. Ramón E. Betances (1827-1898),  médico educado en París, pensador anticlerical, literato, masón y librepensador. Muy cerca de aquél estuvo el Lcdo. Segundo Ruiz Belvis (1829-1867), abogado educado en Caracas y Madrid, también masón y librepensador. Ambos apoyaban el separatismo independentista y fueron precursores de la idea de la Confederación de la Antillas como alternativa al estatus colonial desde 1860.

 

El activismo abolicionista en Mayagüez

Entre 1856-1857 se fundó en la  ciudad una “Sociedad Abolicionista Secreta”. La misma reunió activistas de  Mayagüez, San Germán, Cabo Rojo y Aguadilla. La “Sociedad Abolicionista Secreta” funcionaba como una Logia Masónica o una Sociedad Secreta Revolucionaria. Los pocos datos que se tienen de ella indican que la organización no tenía ni un reglamento ni listas escritas de sus miembros con el fin de proteger a su militancia, y que se reunían en residencias privadas  y templos masónicos de la región. La “Sociedad Abolicionista Secreta” se dedicaba a recogían fondos para la causa, imponían cuotas regulares a los miembros y simpatizantes y utilizaban el dinero para comprar la libertad de niños esclavos en el momento del bautismo. La manumisión o liberación por la mano era un proceso legal que, si bien aumentaba la población de libertos, dejaba a lo niño liberados bajo la custodia de sus madres y, en consecuencia, de sus amos. También se tomaban, de acuerdo con un testimonio de Betances, riesgos mayores cuando apoyaban las fugas y la emigración de esclavos prófugos o evadidos al extranjero.

Los líderes abolicionistas de San Juan y Mayagüez fueron vigilados por el Estado. En Mayagüez la presión del gobierno se condujo a través de las autoridades de Ayuntamiento y su Corregidor o jefe de policía. La situación no produjo el efecto deseado. La insistencia de las autoridades española en vincular el abolicionismo con el Separatismo Independentista y Anexionista no era del todo errada.

 

El Movimiento Abolicionista Español

En el reino de  España la discusión de la abolición era legal y crecía como consecuencia de una  serie de factores. Primero, la presión del Reino Unido de Inglaterra o Gran Bretaña contra la institución de la esclavitud negra. Segundo, la Guerra de Secesión o Guerra Civil en Estados Unidos (1861-1864) que culminó con la abolición de aquel sistema de trabajo en aquel país. En ambos casos se trataba de emblemas que cuestionaban el absolutismo monárquico dominante en la península. Las figuras más significativas de aquel momento fueron varias. Se trataba de Intelectuales españoles y antillanos radicados en Madrid.

Julio L. Vizcarrondo

Julio L. Vizcarrondo

Ya hacia el año 1864, los abolicionistas se reunían en el hogar de un puertorriqueño: Julio L. Vizcarrondo Coronado (1829-1889). Vizcarrondo estaba vinculado a una poderosa familia de la isla que había tenido vinculaciones con las fuerzas armadas locales. Se había educado en Madrid y París, era periodista y escritor, activista social y un destacado filántropo. El 2 de abril de 1865, aquellos intelectuales fundaron la “Sociedad Abolicionista Española”, eligieron como Presidente Salustiano de Olózaga (1805-1873) militar, escritor, abogado y político español, y su Secretario el citado Vizcarrondo. La organización publicaba un periódico militante titulado “El Abolicionista Español” y tenía un contacto en Puerto Rico: el Prof. Acosta y Calbo.

Las convergencias entre el abolicionismo puertorriqueño y el español eran varias. Primero, compartían la admiración a los estados progresistas del Norte de Estados Unidos. Segundo, coincidían en que esclavitud negra debía ser abolida en beneficio del mercado laboral libre y que esa reforma liberal era necesaria e inevitable para estimular el progreso material y social. Tercero, coincidían en que la abolición de la esclavitud de los negros estaba en manos de los blancos y que había que evitar una guerra de razas a toda costa.

Las divergencias del abolicionismo puertorriqueño y español eran también notables. En Puerto Rico algunos abolicionistas querían separar a Puerto Rico del Reino de España o alterar la relación política entre ambos territorios. Tampoco se ponían de acuerdo en cuanto a las tácticas que debían implementar para adelantar la causa y algunos defendían la abolición gradual mientras otros auspiciaban medidas más radicales para presionar al Estados a decidirla. El abolicionismo fue una fase importante del movimiento liberal burgués del siglo 19 tanto en España como el Puerto Rico.

 

La Junta Informativa de Reformas de 1866-1867

En 1864 se disolvió el viejo Consejo de Indias, responsable de articular una política colonial desde 1517, y se instituyó el Ministerio de Ultramar con las mismas responsabilidades. Poco después, en 1865. El Ministro de Ultramar, Ramón M. Narváez (1800-1868) convocó una Junta Informativa de Reformas en Madrid con el fin de diseña una política racional en el manejo de los asunto ultramarinos. El objetivo de la Junta era diverso: debía discutir la cuestión política o las Leyes Especiales prometidas en 1837, la cuestión económica o la reforma del mercado y la cuestión social o el asunto de la esclavitud. Con ello en mente, se invitó a las colonias a enviar Comisionados o Informadores a la Junta. Cuba, Puerto Rico y Filipinas enviarían 28 comisionados en total. La delegación de Puerto Rico sería de 6 comisionados. La elección de los mismos dejó un resultado muy interesante. Tres de los elegidos fueron liberales y abolicionistas: Segundo Ruiz Belvis (Mayagüez), Francisco M. Quiñones (San Germán) y José Julián Acosta (San Juan). Los otros tres electos resultaron ser conservadores y esclavistas: Manuel Valdez Linares (San Juan), Manuel de Jesús Zeno Correa (Arecibo) y Luis Becerra (Ponce). Con algún retraso, en octubre de 1866, la Junta abrió sus sesiones.

Salustiano de Olózaga

Salustiano de Olozaga

La discusión de la cuestión política y económica, favoreció el desarrollo de políticas liberales en ambos ámbitos. En lo que compete al abolicionismo, es decir la discusión de la cuestión social, fue más problemática. Desde un principio quedó claro que la intención de la Junta era preservar la esclavitud y mejorar las relaciones laborales. Dada esa situación, en abril de 1867 los tres abolicionistas de Puerto Rico presentaron el Proyecto para la Abolición de la Esclavitud. En el documento reclamaron la abolición inmediata de la esclavitud sin compensación económica a los esclavistas. La acción provocó un escándalo y los proponentes fueron puestos bajo vigilancia. De paso, se informó a las autoridades de Puerto Rico que debían vigilarlos a su regreso a la Isla. La propuesta abolicionista no fue tomada en cuenta por la Junta.

 

Los argumentos de los abolicionistas puertorriqueños

La mejor manera de comprender el abolicionismo a la altura de 1867 es fijarse en los argumentos jurídicos que usaron. Se trataba de una concepción liberal del derecho que insistía en que el derecho debía ser revisado para crecer, no para ser restringido. Aplicada la lógica liberal a  la cuestión social, argüían que, si a los esclavos se les reconocía algún derecho, a la larga resultaba inevitable reconocerle todos los derechos en el futuro. El reconocimiento de todos los derechos equivalía a la libertad. Los razonamientos económicos eran simples y contundentes y estaban dirigidos al interés privado de los esclavistas: el trabajo libre era más costo eficiente que el trabajo esclavo. Para ello contaron con apoyo estadístico: entre 1846 y 1867 la producción agraria había crecido, aseguraban. Pero durante el mismo periodo las cantidades de esclavos habían bajado. Con ello sostenían que la producción no dependía de la esclavitud negra.

A su regreso a Puerto Rico, Quiñones y Acosta, negociaron con el Gobernador Militar José María Marchessi y Oleaga (1801-1882) una tregua. Ruiz Belvis se evadió del país con el apoyo de Ramón E. Betances y el Párroco de Hormigueros Antonio González. Los historiadores miran en aquel gesto el evento que justificó la Insurrección de Lares de 1868.

 

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La Carta Autonómica y la Guerra del 1898

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 15 abril 2011


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903) cumplió su compromiso con los autonomistas puertorriqueños  cuando llegó a la posición de Primer Ministro. A partir del 25 de noviembre de  1897 dictó 3 decretos con el fin de articular la Autonomía Moderada y Colonial en Puerto Rico y mediar en el conflicto cubano. El hecho de que el Partido Autonomista Puertorriqueño estuviese minado por el divisionismo desde la negociación del Pacto con Sagasta, no frenó un proceso que se formuló, esencialmente, pensando en los beneficios que  España España obtendría del mismo.

El primero de los decretos fue el que autorizó la aplicación del Título I de la Constitución Española de 1876, con lo que se reconocían los derechos civiles básicos, condición jurídica necesaria para legitimar el proceso de cambio. El segundo fue el que hizo extensiva a la isla la Ley Electoral española de 1890, la cual autorizaba el voto universal masculino a los ciudadanos mayores de 25 años. El tercero fue la prometida Carta Autonómica colonial y moderada, un documento que regulaba la administración de la colonia y que difícilmente equivalía a una constitución formal.

Práxedes Mateo Sagasta

Las reacciones de las elites políticas en las Antillas fueron las esperadas. En Cuba, en armas desde 1895, la oferta se recibió con frialdad. El ejército y el gobierno de Cuba en Armas, confiaba en que una intervención de Estados Unidos, evento que la autonomía esperaba evitar, favorecería la separación. En Puerto Rico, donde no había una guerra en el horizonte y la colaboración entre autonomistas y separatistas era poca, la recibieron con gusto. Aquella elite autonomista, vio en el gesto de emergencia de España, el cumplimiento de la promesa de Leyes Especiales de 1837 y 1876.

Vistos desde esa perspectiva, el propósito estratégico de la Carta Autonómica no se cumplió. Por un lado, no  frenó el Separatismo en Cuba y, a la larga, tampoco evitó que Estados Unidos interviniera militarmente en las Antillas. Las razones para el fracaso geopolítico de la Carta Autonómica deben buscarse en el hecho de que la reforma llegó políticamente tarde. Si en el 1887 se hubiese respondido a la fundación del Partido Autonomista Puertorriqueño en lugar de con los Compontes, con una oferta de Autonomía, la historia hubiese sido distinta. El otro elemento estuvo fuera del control de España. En febrero de 1898, el hundimiento accidental del acorazado Maine en La Habana mientras estaba estacionado en medio de una extraña visita de buena voluntad en medio del conflicto, justificó la declaración de guerra en Estados Unidos.

Se trata, en cierto modo, de un tradicional 11 de septiembre en pequeña escala. Los americanos responsabilizaron, sin prueba alguna, a los españoles de lanzar un torpedo desde un submarino de prueba contra la nave. Se difundió la patraña de que los rebeldes mambises ejecutaron el acto de terror con el fin de acelerar la intervención americana. Se sospechó que se trataba de un trabajo desde el interior con el fin de justificar la declaración de guerra. Lo más moderados sospecharon que se trataba de un accidente provocado por un descuido y solicitaron la intervención de un cuerpo investigativo imparcial, hecho que no se concretó en aquel momento. Para Estados Unidos era más importante la legitimación de la agresión que la aclaración juiciosa de la situación. En abril de 1898, el Presidente de Estados Unidos William McKinley (1843-1901) declaró la guerra a España.

La Carta Autonómica: una evaluación crítica

La Carta Autonómica fue un documento defectuoso, hecho con prisa, pensado con el fin de resolver los problemas geopolíticos de España. Interpretarla como una reforma graciosa de la hispanidad para la siempre fiel isla de Puerto Rico, o como un logro extraordinario del Partido Autonomista Puertorriqueño mutilado por la ruptura o trauma del 1898, tal y como lo hizo la Historiografía Liberal,   ya no resulta convincente. La ruta hacia la consolidación de la Autonomía Moderada y Colonial estuvo plagada de defectos procesales. De hecho, no fue discutida ni aprobada legalmente por el Parlamento Español, y tampoco se consultó a los puertorriqueños y los cubanos sobre su contenido y su alcance.

William McKinley

También contenía defectos de derecho  que la hacían antidemocrática. La más notable es que no abolió la relación colonial. Lo cierto es que los derechos individuales se pueden garantizar incluso en una colonia. El Puerto Rico del Estado Libre Asociado es una demostración de ello. Pero eso no hace que la relación colonial, cimentada en el principio de la disparidad, la asimetría y la ausencia de soberanía, pueda confundirse con una relación democrática. La relación de 1897 garantizó el control de España sobre las relaciones diplomáticas, las fuerzas armadas y la defensa del territorio. Los parecidos con la relación de 1952 son notables. El Rey continuó siendo la autoridad suprema en el país y nombraba al Gobernador, y el país seguía pagando los gastos inherentes a la Corona de su Tesoro, restringiendo las posibilidades de reinvertir el mismo en obras públicas racionales.

La Carta Autonómica ofreció pocas cosas nuevas. Lo más duradero fue la Cámara de Representantes electiva sobre bases  restrictivas. Estableció además que se consultara a los colonos por medio de sus representantes sobre acuerdos económicos y diplomáticos  internacionales que involucraran los intereses del país. Pero ello, distinto a lo que concluyeron los Juristas Nacionalistas de la Generación del 1930, no hacía a Puerto Rico un país soberano. A pesar de esas limitaciones, el arreglo garantizó la fidelidad de los autonomistas a España y los distanció de los separatistas anexionistas e independentistas de una manera permanente.

Por último, la Carta Autonómica nunca entró plenamente en funciones. En cuanto la guerra se cernió sobre las colonias, los derechos civiles concedidos por el Título I fueron derogados y se dio paso a un gobierno autoritario de tiempos de guerra. En la coyuntura, la Cámara de Representantes suspendió  sus reuniones. El 25 de julio de 1898 la invasión liquidó régimen. La Carta Autonómica o las Leyes Especiales, nunca pudieron demostrar su eficacia.

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