Puerto Rico: su transformación en el tiempo

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Posts Tagged ‘Crisis económica’

La Economía de Hacienda Azucarera

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 5 marzo 2011


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

 

Las Haciendas Azucareras fueron un tipo peculiar de empresa. Eran complejos de producción que controlaban la fase agraria y la fase industrial de la generación de un bien social. Su ingerencia en el mercado terminaba al momento de colocar el producto en el mercado internacional, momento en el que cedían el poder a los agentes de negocios y a los comerciantes. La fase agraria incluía la siembra, cultivo, cosecha y corte de la caña de azúcar. La fase industrial envolvía la molienda, procesamiento y empaque del producto. Los productos generados incluían azúcar y sus derivados, tales como miel de purga, alimento para animales, ron y abono. Se trataba de una empresa compleja que convirtió a los Hacendados en un signo interesante de poder social. En términos muy generales estaban estructurados como los Ingenios del siglo 16 y 17 en la medida en que integraban una finca de gran extensión y una fábrica.

Casa Grande de Hacienda la Esperanza en Manatí (1977)

Una característica de las Haciendas Azucareras usaban tecnologías baratas y simples por lo que  producían azúcar moscabada o morena. Muchas no tenían  capacidad para producir azúcar refinado o blanco por lo que su capacidad para competir en un Mercado que ya producía azúcar de remolacha o de resina de arce, era poca. Durante la época de oro de la Economía de Hacienda Azucarera en Puerto Rico, la superproducción del azúcar abarató el producto limitando los márgenes de ganancia de los empresarios.

Otra característica determinante fue que dependían de la mano de obra esclava importaba del extranjero o reproducida localmente. El Estado y la Iglesia apoyaban la reproducción del sistema esclavista. El primero toleraba el tráfico negrero a pesar de la campaña internacional contra el mismo y de los tratados que había firmado el reino de España para abolirlo. Por otro lado, el Derecho Civil y Eclesiástico actuaban en connubio y aceptaba la validez de lo que denomino la Doctrina del Vientre Esclavo: el hijo de una mujer esclava crecería como esclavo independientemente de la condición jurídica del padre. El encarecimiento de los esclavos, favoreció la integración de mano de obra libre o jornaleros en las tareas de las haciendas. Se trataba de un mercado laboral mixto.

Debo llamar la atención sobre el hecho de que las Reformas Económicas en la colonia  dependieron de la subsistencia de la esclavitud para funcionar e incluso, ratificaron su valor social. En 1834 había 41,814 esclavos activos. En  1846 había 51,256 suma que representa el  tope en la estadística. Desde aquel momento en adelante, su presencia física comenzó a disminuir.

La geografía de la Economía de Haciendas Azucareras ofrece pistas sobre el desarrollo urbano de Puerto Rico en la primera mitad del siglo 19. Como se sabe, proliferó en la zona costanera: Mayagüez, Ponce y Guayama fueron tres de los más significativos grandes centros del dulce. Hacia 1850 había 789 Haciendas Azucareras registradas en el país. El territorio llegó a producir  el 5% del azúcar del mundo, y a ser el segundo proveedor de azúcar a Estados Unidos, detrás de Cuba. Ello explica que cerca del 60 % de la producción local se destinara a aquel mercado y es un factor que hay que tomar en cuenta a la hora de evaluar el 1898.

 

Las debilidades de la Economía de Haciendas Azucareras

Aquel espacio de producción fue un foco de intensas contradicciones de clase. Los choques entre amos y esclavos, patronos y jornaleros, esclavos y jornaleros, unidos a las competencias entre hacendados extranjeros, españoles y puertorriqueños, y entre la clase de los hacendados  y los comerciantes-prestamistas, fueron a su vez el  fermento de importantes luchas políticas.  Una de las más relevantes fue el debate sobre la necesidad y la moralidad de poseer esclavos. Los jornales de hambre que recibían los trabajadores  por una tarea de sol a sol, las malas condiciones de vida de los esclavos y los jornaleros, las mismas ventajas fiscales que por mucho tiempo disfrutaron los inversionistas españoles y los extranjeros fueron cuestionados. Eran debates que se podían politizar con facilidad. El  Estado y la Iglesia la censuraron por el peligro que representaba ponerla sobre la mesa categorizándolas como inconvenientes o subversivas.

Mercedita en Ponce hacia 1908

Otra fragilidad fue, como se ha sugerido, la ausencia de un sistema crediticio moderno en la colonia no había una banca comercial activa. El crédito agrario se obtenía de los comerciantes mediante el Sistema de Refacción en el cual los Hacendados sin dinero debían hipotecar la producción y las propiedades inmobiliarias para garantizar el pago de sus gastos a un comerciante-prestamista. El comerciante prestamista  pagaba los gastos de la cosecha por adelantado, pero facturaba entre un 12 y un 36 % de intereses, además de una comisión por vender el producto en el mercado internacional. Los comerciantes-prestamistas eran vistos por los hacendados como un adversario. Todo parece indicar que el sector estaba dominado por  españoles y extranjeros. La ausencia de crédito comercial fue un problema de largo alcance en el siglo 19. El primer banco comercial apareció en 1877: la Sociedad Anónima de Crédito Mercantil cuando ya la industria estaba en problemas.

La otra debilidad era que los precios del producto no se fijaban en Puerto Rico y dependían  de un mercado incontrolable y de los precios que se establecieran en la Bolsa de Londres. Puerto Rico fue un socio menor en la economía mundial. La combinación de todos esos factores fue la base de la crisis de la Economía de Haciendas Azucareras.

 

La esclavitud negra en la Economía de Haciendas Azucareras

Entre 1815 y 1850 la Trata Negrera y la Esclavitud fueron condenadas por la comunidad internacional, pero el crecimiento económico de Puerto Rico, dependía de la esclavitud. En 1817 España e Inglaterra acordaron abolir la Trata Negrera hacia 1820. Dado que no se podían sustraer esclavos del  África al norte de la línea del Ecuador, los consumidores de la isla los compraban al sur de la línea ecuatorial y en Estados Unidos. En 1835 se firmó un nuevo tratado entre España e Inglaterra el cual creó un sistema de registro bilateral y se dispusieron buques de guerra para la vigilancia del tránsito marítimo sospechoso. El acuerdo facultó la creación de tribunales hispano-ingleses que juzgaran a los violadores y estableció que las sentencias eran inapelables.

En noviembre de 1839, la Iglesia Católica Romana se expresó sobre el asunto. El Papa Gregorio 16 emitió Bula condenando la Trata Negrera y condenó a excomunión a los traficantes. Se trataba de una expresión moderada y simbólica: la Bula no condenó la esclavitud.  Por fin en 1845,  se firmó un nuevo tratado de abolición de la Trata Negrera extensivo a Puerto Rico. A partir de ese momento, la propuesta de Abolir la Esclavitud, tomó fuerza. El efecto de todo ello había sido que los precios de los esclavos subieron dramáticamente. La Economía de Haciendas Azucareras se encontraba en una incómoda situación. El reto era que había que modernizar la industria, comenzar a producir azúcar refinada y a la vez revisar los métodos de producción a la luz del cambio en el mercado laboral. Se hizo imperiosa la necesidad de maquinaria moderna y de instituir el trabajo libre. Cuando en 1848, en medio de la rebelión social en Europa, los precios internacionales del azúcar moscabado cayeron, la crisis económica azotó a la industria.

En  aquel ambiente maduraron otras ideologías políticas y sociales amenazantes. El pensamiento abolicionista, junto a las propuestas identificadas con el liberalismo, el constitucionalismo, el anexionismo y el separatismo polarizaron el debate público. La reacción de Estado fue afirmar el autoritarismo y el control sobre las clases subalternas y estrechar la vigilancia sobre los ciudadanos considerados subversivos.

 

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Documento y comentario: Sociedades Secretas, la Torre del Viejo

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 31 marzo 2010


  • Dr. Félix Tió y Malaret (1855-1932)

Era el último tercio del año 1886. En el viejo Partido Liberal Reformista existían para ese tiempo dos tendencias: la primera, capitaneada por Celis Aguilera, quien quería la asimilación de la Isla a la Península, sirvió de base para constituir el Partido Asimilista; la otra, permanecía fiel a su programa de reformas liberales. Ambas tendencias eran absolutamente contrarias al Partido Conservador Incondicional, que sostenía el statu-quo y que conceptuaba separatistas a todos los que no militaban en sus filas. La sesión celebrada en San Juan en el 1883 fue la que dio origen a esa división y a las contiendas periodísticas que se sucedieron.

(…)

En Ponce, algunos elementos separatistas se aprovecharon de esa asamblea de puertorriqueños amantes de la libertad de su nativa tierra, para hacer propaganda a favor de una sociedad secreta que venía funcionando desde hacía ya algunos meses, ideada, según se dijo, por el nunca bien llorado patriota Don Ramón Emeterio Betances, residente, para entonces, en Santo Domingo. Esta sociedad copiaba el sistema de “boycott” irlandés que tanto daño estaba haciendo a Inglaterra y fue introducido en Santo Domingo por el Dr. Pagani, a su regreso a ese país. En dicha sociedad fue iniciado por los separatistas puertorriqueños que residían en Santo Domingo, conspirando contra España, entre otros, el señor Aurelio Méndez.

Mercado popular en Puerto Rico

Antes de comenzar a narrar la historia de la sociedad secreta LA TORRE DEL VIEJO, llamada también Secos y Mojados, y antes de hablar sobre el infame componte, debo significar que los que militábamos en el Partido Liberal odiábamos a los gobiernos despóticos y tiránicos de España, pero amábamos a los españoles peninsulares. Odiábamos a la España colonial, pero queríamos a la España peninsular. Hijos o descendientes de españoles la mayoría de nosotros, y educados en la Península, nos habíamos creado en ella afectos, y estrechas y sinceras amistades; habíamos gozado allí de los placeres juveniles en esa edad que deja siempre gratos recuerdos. Éramos, eso sí, o fuimos desleales a los gobiernos españoles, porque no podíamos expresar libremente nuestros pensamientos y sentimientos a fin de no exponernos a perder la libertad personal. Trabajábamos secretamente por la redención de nuestro país, pero queríamos a España. (…) Teníamos que ser desleales a la fuerza y teníamos, a la fuerza, que aparentar ser leales para no ser deportados, reducidos a prisión o mutilados.

La Torre del Viejo era, pues, una sociedad secreta en la que sólo se admitía a los hijos del país. El propósito era obligar a los peninsulares, incondicionalmente españoles, y a los voluntarios, a abandonar la Isla, usando para ello, como único medio, el “boycott”; es decir: no comprándoles nada en sus tiendas o comercios y estorbándolos en sus negocios de manera que no pudieran enriquecerse a costa del empobrecimiento de los nuestros.

Con esos propósitos se fundó dicha sociedad, la cual estaba constituida por un número indeterminado de comités, cuyos miembros se trasmitían verbalmente los acuerdos tomados, ya que estábales prohibido en absoluto escribir nada que con ella se relacionara. Sus miembros se llamaban secos y a sus enemigos se les aplicaba la denominación de mojados. El signo o saludo de reconocimiento de sus miembros era el siguiente: levantaban el dedo índice de la mano derecha, cuando deseaban darse a conocer, y el que contestaba bajaba el suyo, señalando hacia abajo. Este saludo significaba: nosotros encima, ellos debajo. También se daban a conocer sus miembros diciendo al saludar el uno “La Torre del Viejo” y contestando el otro “Secreto inviolable.” Siete miembros constituían un comité y éste recibía los acuerdos y órdenes verbalmente, sin saber el origen o procedencia de los mismos. Esos acuerdos, pues, se iban trasmitiendo de uno otro comité. Del “boycotting” estaban, naturalmente, exceptuados los españoles que colaboraban con nosotros a favor de la consecución de mayores libertades para nuestro país. El “boycotting” se hacía extensivo a los enemigos de esas libertades solamente, fuesen españoles o puertorriqueños: puertorriqueños voluntarios y austriacantes como se llamaba a los nativos contrarios al Partido Liberal y al Partido Autonomista que defendían la causa de Puerto Rico.

La sociedad secreta La Torre del viejo no fue, como dice don Francisco Mariano Quiñones en sus “Apuntes Para La Historia”, una liga económica formada por jóvenes irresponsables. Esto, sin duda, lo dice por haber publicado dicha obra en tiempos de la dominación española, casi a raíz de la desaparición de la llamada “época del terror”, con el fin de destruir la desconfianza que aún existía en el gobierno y en el Partido Español y aminorar así un hecho que pudiera tener en el futuro fatales consecuencias. Había que amansar la fiera que esperaba todavía la ocasión de devorarnos. No debíamos excitarla. La Torre del Viejo era una sociedad secreta de fines políticos, aunque apelaba a medios económicos para arrojar a los españoles y a los conservadores lejos de nuestra patria. No podíamos hacerlo por medio de la fuerza, por medio de una revolución armada, y lo hacíamos imitando lo que estaba haciendo Irlanda para redimirse del dominio de Inglaterra. La Torre del Viejo estaba compuesta por elementos responsables, jóvenes y viejos, adalides de nuestras libertades, que tenían por único objeto abatir el poder de nuestros enemigos políticos, valiéndonos de la única manera de que podíamos hacerlo: auxiliando a nuestros paisanos—patriotas en sus negocios y tratando de perjudicar en los suyos a los peninsulares y a los hijos del país que eran voluntarios. Esperábamos concluir así con el monopolio que tenían en el comercio y en los negocios. Ese monopolio era de tal naturaleza y tan irritante, que no daba acceso a los hijos del país: en las tiendas y almacenes de los españoles no se ofrecía empleo a los puertorriqueños. Los españoles traían de España hombres para ocupar no va los puestos de dependientes, sino para ocupar hasta los más humildes menesteres, como el de barrendero, por ejemplo. Era, por lo tanto, nuestra sociedad, un modo de hacerles la guerra en la misma forma en que ellos nos la hacían. Esto era justo. Si no era un crimen lo que ellos hacían, tampoco podía ser criminal que los puertorriqueños tratasen de ayudar a los suyos.

En el fondo, esta llamada Liga Económica tenía también tendencias separatistas como las tuvo el “boycott” en Irlanda y como las tiene en la India. Es un medio económico efectivo al que recurren todos los pueblos, aún siendo de la misma raza y condición, cuando se hallan bajo un yugo opresor. Sólo aquellos pueblos como el Canadá, Australia, la Colonia del Cabo y otros que fueron, o son, colonias de Inglaterra, pero que se consideran bajo el mismo pie de igualdad que el resto de los ingleses, y que gozan de todas las libertades, se mantienen fieles a los pueblos que los adoptan y protegen. Actualmente, Puerto Rico es respetado por los Estados Unidos, por eso los que sufrimos la persecución en los tiempos de España sólo aspiramos hoy a que Puerto Rico sea, en su día, un Estado igual a los otros Estados de la Unión Americana.

Para la difusión y propaganda de La Torre del Viejo se aprovechó la oportunidad de que en ocasión de la asamblea del Partido Liberal se había reunido en Ponce un gran número de liberales de todos los pueblos de la Isla, viejos y jóvenes, de lo más selecto del país. No “jóvenes irresponsables,” sino de alta cultura intelectual, moral y social; jóvenes incapaces de ligarse con criminales, pero capaces de trabajar por todos los medios lícitos de acuerdo con su conciencia (aunque no de acuerdo con las leyes de gobierno que cohíben la libertad de pensar y de actuar) para alcanzar su libertad.

Esa sociedad tenía ya un gran número de adeptos en Ponce, y Ponce fue el lugar escogido para su propaganda, iniciada por el Dr. Pagani en Aguadilla, primero, con el auxilio de la casa de Silva, de esa ciudad, de la cual era socio gestor el señor Abril, un connotado liberal.

(…)

Además de irresponsables nos calificó don Francisco Mariano de imprudentes. Conformes estamos con el calificativo de imprudentes, imprudentes son todos aquellos que luchan por sus ideas de libertad contra sus opresores, que en nuestro caso eran los peninsulares y los voluntarios que pertenecían a un cuerpo armado. Fuimos imprudentes porque nos esperaba la cárcel o el tormento como premio por la defensa de nuestras ideas. Imprudentes fueron los habitantes de la América del Sud al tomar las armas y pelear para arrojar del país a sus opresores. Imprudentes fueron los nativos de la América del Norte por la misma causa. Imprudentes son en la actualidad los irlandeses y los indostanos que luchan contra el poder inglés por medio de sus sociedades secretas y su “boycotting.” Este es el medio de que se valen todos los pueblos débiles que desean sacudir el yugo que los oprime, el medio de que se valen los países a los cuales se les niega el derecho de su propia determinación: es el único medio de legítima defensa con las únicas armas de que pueden disponer.

Tomado de René Jiménez Malaret (1903-), ed. Dr. Félix Tió Malaret. Epistolario histórico. San Juan : Sociedad Histórica de Puerto Rico, 1999. Edición al cuidado del Dr. Carlos F. Tió Mendoza.

Comentario:

Entre 1883 y 1886, el Partido Liberal se dividió en dos tendencias marcadamente opuestas: la asimilista y otra que, según el autor, “permanecía fiel a su programa de reformas liberales”. Esta segunda tendencia es la que se ha denominado especialista y que desembocó en el autonomismo según se conoció en el siglo 19.

Durante la Asamblea de Ponce de 1887 el Partido Liberal parece invadido por agentes separatistas, responsables de la promoción del método del “boycott” y su aplicación a la lucha por el cambio en Puerto Rico. El autor alega que el promotor del “boycott” fue Ramon E. Betances desde Santo Domingo, donde alega residía, siguiendo el modelo de lucha de los irlandeses contra los ingleses tras la meta de su separación. Se trata de la misma táctica aplicada por los rebeldes americanos ante el poder inglés después de 1776 durante sus luchas emancipadoras.

El “boycott” estimuló la organización de nuevas “sociedades secretas” que recuerdan a las que elaboraron el Grito de Lares en 1868. “La Torre del Viejo”, “La Boicotizadora”, “Secos y Mojados” o “Mano Negra”, son algunos de los nombres que adoptó el “Boycott” en el país. La aclaración del autor de que “odiábamos a la España colonial, pero queríamos a la España peninsular” es importante para calibrar sus posturas políticas y, en especial, el momento en que se escribieron estas memorias: pleno siglo 20 mucho después de los hechos.

Los rasgos de las “sociedades secretas” son cruciales. El hecho de que “sólo se admitía a los hijos del país” confirma su larvado nacionalismo. El carácter económico de la lucha se valida en la frase de que demostraban su resistencia “no comprándoles nada en sus tiendas o comercios y estorbándolos en sus negocios”. El nacionalismo es el disfrute de la riqueza nacional por los nacionales. Pero se trataba de una organización flexible que aceptaba a los españoles que la favorecían y rechazaba a los puertorriqueños que se oponían a ella.

Los parecidos con las “sociedades secretas” abolicionistas y con las de Lares son muchos. El principio de no escribir los acuerdos es el más notable. El “santo y seña”, las frases en clave, y la afirmación de que tenía “fines políticos, aunque apelaba a medios económicos para arrojar a los españoles y a los conservadores lejos de nuestra patria”, demuestra la originalidad de los conspiradores de aquel momento. Pero también confirma el reconocimiento de que “no podíamos hacerlo por medio de la fuerza, por medio de una revolución armada”. El “boycott” es un reconocimiento de la debilidad política. Los métodos de “resistencia pasiva”, “legítima defensa”, la “solidaridad” y “fraternidad” nacional y social, representan la gran novedad del “boycott”.

El autor hace una interesante crítica a la interpretación un tanto cínica y acomodaticia  que Francisco Mariano Quiñones hizo del  tema, quien tildó el “boycott” como un irresponsable e imprudente. También confirma su posterior afinidad xon la ideología anexionista a Estados Unidos lo cual demuestra que se podía ser separatista e independentista ante España en el siglo 19, y anexionista ante Estados Unidos en el siglo 20.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

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Documento y comentario: André-Pierre Ledrú (1797)

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 3 julio 2009


André Pierre Ledrú. Viaje a la isla de Puerto Rico (Fragmento) (Río Piedras: Instituto de Literatura Puertorriqueña, 1957, pp. 117-120). Se publicó por primera vez en 1810. El viaje de la expedición de Ledrú al país se realizó desde los primeros meses de 1797.

[Deterioro del progreso en Puerto Rico]

Hay aún otras causas que han detenido hasta hoy el progreso de la Colonia a pesar de los esfuerzos del gobierno.

  1. El trabajo personal, merced a una absurda preocupación, está envilecido a los ojos de la generalidad: la agricultura, la primera y más honrosa de las artes, está entregada a manos de los esclavos como una ocupación envilecida y deshonrosa (I), de modo que 17,500 hombres son los únicos encargados de satisfacer las necesidades de 136,000 habitantes.
  2. La falta de caminos, puentes y esclusas. Si tuvieran salida las aguas estancadas, si se atravesase la Isla de grandes carreteras que al par que facilitasen el transporte de sus frutos permitieran la libre circulación del aire, Puerto Rico sería indudablemente una de las Colonias más fértiles del Nuevo Mundo, y no tardaría mucho tiempo en ser una de las más ricas y saludables.
  3. La prohibición que existe de vender al extranjero los frutos del país.
  4. El ningún uso que se hace del arado que pudiera emplearse con grandes ventajas en el cultivo del arroz, maíz y patatas.

Comercio

Hasta el año 1778 el comercio de Puerto Rico con España y las otras posesiones de esta nación fue de poca importancia. Los correos o paquebotes exportaban de la isla una pequeña cantidad de café, malagueta y algunos cueros que hacían en total un valor anual de 100,000 francos. Estas exportaciones han aumentado mucho.

Además de los objetos mencionados, España exportaba de la Isla azúcar, jengibre, algodón en bruto e hilado, guayacán, naranjas y otras frutas, e introduce en cambio algún vino, aceite y granos, que llegan exclusivamente á la Capital, mientras que los extranjeros comercian con los demás puertos de la Isla.

La mayoría de los habitantes, y en particular los del interior de la Isla, no consumen otros artículos que los que produce el país, pero los que viven en las costas compran a los extranjeros harina, vino, aceite, aguardiente y salazones, así como telas de hilo y algodón, armas, quincallería, alhajas y los vestidos que usan. La preferencia que se da a las mercancías extranjeras sobre las españolas nace de que estas, siendo inferiores en su clase, son al mismo tiempo más caras que las francesas e inglesas que vienen á ofrecérseles en sus mismas costas, tomando en pago productos coloniales. Este tráfico ofrece a los colonos un beneficio de 25 a 30 % que tendrían que perder si fuesen a proveerse a la Capital, que es el único puerto habilitado para hacer el comercio.

En efecto, la distancia que media entre la Capital y las principales poblaciones de la Isla, el mal estado de los caminos, la falta de puentes y barcas para atravesar los ríos, dificultan el transporte de los frutos, y los costos duplican su valor. Un simple ejemplo bastaría para probar esta verdad. El trabajo de un hombre vale en la Isla cuatro reales diarios, y el de un caballo ocho. Estos animales no pueden cargar regularmente sino dos fanegas de café o sean ocho arrobas, que a doce reales cada una hacen un total de noventiséis reales o sea doce pesos. Supongamos que un colono que reside a veinte leguas de la Capital quisiese enviar allí un saco de café. El viaje duraría por lo menos dos días para la ida y dos para la vuelta, y teniendo doce reales de gastos cada día, tendría de costo el saco de café seis pesos, de modo que el colono perdería en solo la conducción la mitad del valor el café, teniendo además en cuenta que en la Capital pagaría los derechos establecidos. Por eso, pues, prefiere venderles a los extranjeros que llegan constantemente a todos los puntos accesibles de la costa y los que en cambio le ofrecen mercancías mejores y más baratas que las españolas.

Santo Domingo, Jamaica, Santa Cruz, Santomás son las islas que más ventajas sacan del comercio clandestino, y las dos últimas exportan por este medio la mayor parte de su ganado, caballos y cueros. El extranjero que conoce la situación del colono impone a éste la ley, y él mismo es el que fija el precio de lo que vende y lo que compra, quedando aquel, sin embargo, muy contento del negocio y dispuesto siempre a tratar con el primer navegante que quiera acercarse a sus costas.

El contrabando se hace más frecuentemente con los puertos de Fajardo, Humacao, Guayama, Coamo, Ponce, Yauco, Cabo Rojo, Mayagüez, Añasco, Aguadilla, Isabela y Arecibo.

Una considerable parte de los víveres que se consumen en el país se importan del extranjero. Los Estados Unidos lo abastecen de harinas. La Habana da cera y azúcar blanca; la Margarita sal y pescado salado; Santo Domingo tabaco y cerdos y Costa Firme arroz. El numerario del país se emplea casi todo en proporcionarse esas subsistencias, que sin embargo, le cuestan menos que si se las procurase en la misma Isla.

Esos abusos tan nocivos á los intereses de la Isla como á los del fisco, subsistirán tanto tiempo cuanto existan esas leyes represivas que prohíben al colono las comunicaciones por mar con la Capital, adonde podrían llevar sus frutos, so pretexto que los buques empleados en ese tráfico pueden ocuparse en el negocio de contrabando.

Desde que España está en paz con la Francia, y ambas naciones en guerra con la Inglaterra, nuestros intrépidos corsarios han conducido a los distintos puertos de la Isla más de doscientas presas hechas a su común enemigo. La venta de esos buques ha surtido al país de toda clase de mercancías y puesto en circulación gran cantidad de dinero. Esta riqueza accidental morirá con la paz, a menos que el Gobierno no rompa las trabas que mantienen estacionaria la prosperidad real de la Colonia. Si la Corte de Madrid decretase la liberad de comerciar con los puertos de la Isla, aunque solo fuese por treinta años, Puerto Rico veria triplicar bien pronto sus productos, los navegantes que imponen hoy sus leyes al colono se convertirían en tributarios suyos, y los ganados, las maderas y todos los frutos del país contarían con un mercado seguro.

Comentario:

Se trata de la imagen de la colonia a través de los ojos de otro extranjero: André-Pierre Ledru,  naturalista francés  nacido en Chatenai, cerca de Le Mans. La idea de explicar el “deterioro” del progreso de Puerto Rico sobre bases racionales, sugiere que el autor cree en la posibilidad de devolver el dinamismo a la economía de la localidad. Las causas son cuatro, a saber: el desprecio del español al trabajo manual, la poca inversión en infraestructura vial, el atraso tecnológico de la agricultura y la  escasa libertad de comercio que limita el mercado. Si a ello se añade la crítica de la esclavitud negra, Ledrú hace un diagnóstico “moderno” de un sistema colonial “retrógrado” que merece y necesita ser revisado  la luz de las concepciones de la burguesía progresista que representa. La concepción de que el libre mercado es la panacea o solución universal a todos los males visibles que aquejan a la isla, se hace patente.

El autor destaca el aislamiento al que España ha sometido a la colonia como una explicación de su pobreza. Las dificultades del comercio legal estimulan el contrabando. Los espacios más fructíferos del trato ilegal son enumerados en detalle. El documento enaltece además la alianza franco-española ante el enemigo común de ambas, Inglaterra, y solicita la libertad de comercio para el país.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

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