Puerto Rico: su transformación en el tiempo

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Posts Tagged ‘Documentos de historia de Puerto Rico’

Documento y comentario: La Iglesia Católica y la prostitución durante el siglo 16

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 29 octubre 2013


El Rey-Concejo, justicias y regidores de la cibdad de Puerto Rico en la isla de San Juan.

 Bartolomé Conejo me hizo relación que por la honestidad de la cibdad y mujeres casadas della, e por excusar otros daños e inconvenientes, hay necesidad de que se haga en ella casa de mujeres públicas, y me suplicó e pidió por merced le diese licencia e facultad para que, en el sitio y lugar que vosotros le señaláredes, él pudiese edificar y hacer la dicha casa o como la mi merced fuese; por ende yo vos mando que, habiendo necesidad de la dicha casa de mujeres públicas en esa cibdad, señaléis al dicho Bartolomé Conejo lugar e sitio conveniente para que la pueda hacer, que yo por la presente, habiendo la dicha necesidad, le doy licencia e facultad para ello. E non fagades ende al.

Fecho en Granada a cuatro días del mes de agosto de 1526 años. Yo el Rey- Refrendada del Secretario Cobos– Señalada del Obispo de Osma e Canarias y Obispo de Cibdad Rodrigo.

Comentario:

 La prostitución comercial era ampliamente conocida en las grandes ciudades europeas y las quejas de los cristianos radicales y puritanos parecen demostrarlo. Las casas de Ginebra y Zurich, hechas a la comodidad del soltero e incluso vigiladas para impedir el acceso a los hombres casados, son una demostración de lo que acabo de decir. En todo caso, el compromiso con el supuesto pecado / delito era evidente. Eso también ayuda a comprender el temprano acceso a las casas de lenocinio en el San Juan Bautista del siglo 16.

Prostituta robando a un joven cliente. Grabado del siglo 16

Prostituta robando a un joven cliente. Grabado del siglo 16

En gran medida una ciudad, por grande o pequeña que fuese, donde viviese muchos hombres solteros o solos y hubiese una guarnición sin esposas necesitaba sitios para que los mismos consiguieran “expansionarse”. Ángel López Cantos ha identificado una tal Isabel Ortiz, blanca, que regenteaba una casa de prostitución hacia 1508. Los nombres de las prostitutas aparecen más tarde: hacia 1555 se puede identificar a Brígida, quien casualmente era parda joven y “puta pública de todos los que la quieren e ladrona, mentirosa e testimoniera e por tal es tenida”. El patrón de las acusaciones a la transgresora no es muy distinto al de brujomanía o al que se descubre en el caso de los esclavos rebeldes en el mundo colonial.

La decisión de Carlos V de otorgar a Bartolomé Conejo licencia para establecer una casa de prostitución en el Puerto Rico de San Juan, encajaba perfectamente dentro de los argumentos finamente elaborados a partir de la tradición agustiniana. De lo que se trataba era, y esto es muy importante, de “proteger la honestidad de la cibdad e muxeres cassadas della…” con una casa de mancebía donde las autoridades locales lo señalaran. Lo cierto es que de acuerdo con Salvador Brau, el desbalance sexual era notable en aquel momento. Mucho más notable era el que existía entre los hombres y las mujeres disponibles para el matrimonio. El orden interpretaba aquello como un potencial peligro para la moral pública y privada por todas las posibilidades que abría para la trasgresión ética. Si la casa del colono Conejo se abrió o no es asunto que no me interesa aclarar en este momento. La relevancia del incidente radica como ya señalé, en la naturaleza de los argumentos que se esgrimieron para justificarla y en el hecho de que la práctica de la prostitución fuese tolerada con argumentos paralelos hasta principios del siglo 18. Mientras tanto el sexo pagado se ejecutaría de los más diversos modos: en la privacidad de la casa de la prostituta. También es probable que algunos milicianos prostituyesen a sus parejas consensuales o sacramentales para su beneficio económico cediéndolas casualmente a sus superiores. En este caso naturalmente los fantasmas del sexo y los del poder se confunden en un juego que de momento no es pertinente aclarar.

Tomado de Mario R. Cancel, “Flores de la noche: las mujeres públicas y el orden a fines del siglo 19” en Historia marginales: otros rostros de Jano. Mayagüez: Centro de Publicaciones Académicas, 2006: 102-104.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

Posted in Ángel López Cantos, Bartolomé Conejo, Documento de historia de Puerto Rico, Educación en historia, Historia de la Iglesia Católica, Historia de Puerto Rico, Historias marginales: otros rostros de Jano, Iglesia Católica, Mario R. Cancel, Prostitución, Puerto Rico en el siglo 16, Salvador Brau | Etiquetado: , , , , , , , , , , | 1 Comment »

Proyecto para la Abolición de la Esclavitud de 1867

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 17 marzo 2011


Capítulo VIII: Debe abolirse la esclavitud en Puerto Rico, aunque sea sin indemnización. Debe abolirse también, aunque sea con reglamentación del trabajo. La abolición debe ser radical e inmediata. ¿Es objeción para que se mantenga la esclavitud en Puerto Rico la proximidad de esta Isla a la de Cuba?

Como anteriormente dejamos expuesto, la indemnización, que es fácil y llevadera repartida entre el Estado y la Provincia, considerada en sus fundamentos y en su utilidad, es de equidad, de buena política, de justicia y de reconocida conveniencia para los esclavos, tanto al menos como para los propietarios.

Segundo Ruiz Belvis

Supongamos, sin embargo, que esta indemnización no sea posible; supongamos que por un conjunto de dolorosas circunstancias no hay otro medio sino optar entre la abolición sin indemnización o la continuación de la esclavitud: en este caso, hemos dicho al contestar a la primera parte del interrogatorio primero y repetimos ahora, “suprímase la esclavitud en Puerto Rico y olvídese, si se quiere, que hay un gran número de propietarios a quienes se priva de una propiedad hasta aquí considerada como legítima”. En cualquiera de los casos, con indemnización o sin ella, la esclavitud no debe durar ya un solo día. La conciencia de los hombres honrados y la del mismo Gobierno deben sentir como el peso de una acción criminal cuando, pudiendo borrar con facilidad y en un momento hasta los vestigios de esa institución, aplazan, sin embargo, indefinidamente su resolución, unos por temores que la razón desecha, pero que la imaginación agiganta; el otro, por consideraciones cuyo valer no podemos en estos instantes calificar.

Puede suceder que la indemnización, imposible al principio, sea posible en un plazo más o menos largo; en este caso, y con mayor razón, proclámese desde luego la emancipación, échense las bases y fíjense los plazos.

Esto que decimos de la esclavitud decimos igualmente en lo que al trabajo de los emancipados se refiere. Creemos, y así lo hemos sostenido en otra ocasión, que la economía política, la conveniencia pública y la más estricta justicia reclaman la completa libertad del trabajo en todos y cada uno de los individuos de una sociedad; hemos dicho también, concretándonos a la clase libre de color en Puerto Rico, compuesta en parte de ingenuos y de libertos, que no deben, en bien propio y del país, estar sujetos a reglamentación alguna en el trabajo; pero si esto, por temores también exagerados, se cree que puede ser dañoso a la prosperidad de Puerto Rico, venga enhorabuena la reglamentación, con tal que no exceda de un período de cinco años.

En suma: queremos y pedimos en nombre de la honra y del porvenir de nuestro país la abolición inmediata, radical y definitiva de la esclavitud; en cuanto a los medios para llevar a cabo este gran acto de justicia, aunque señalados por nosotros aquellos que estimamos más fundados en una política prudente y elevada, los encomendamos siempre a la ilustrada iniciativa del Gobierno y a la recta conciencia de la opinión pública.

Esta petición nuestra, que, aun siendo individual, fuera digna de ser tenida en cuenta, recibe aquí autoridad ilimitada, porque con más honra que merecimientos, somos en esta ocasión los elegidos por el voto de algunas poblaciones y además los representantes, no tan elocuentes como fieles, de las opiniones, sentimientos y doctrinas de la mayor parte de los naturales de Puerto Rico.

Una objeción, de la cual es bien hacerse en este punto cargo, se opone por algunos a la abolición en nuestra Antilla: su proximidad a Cuba y el precedente que desde luego establecería. No desconocemos lo que este argumento vale, pero a nuestra vez podríamos preguntar: ¿creen los que tal dicen, cree el mismo Gobierno que es posible sostener ese sistema de inmovilidad y petrificación en la cuestión social de la esclavitud? ¿Creen que esta terrible iniquidad, borrada ya de todas las naciones del mundo, condenada por todas las conciencias, rechazada por los más elevados intereses se estancará y durará mucho tiempo en las Antillas españolas? No es posible que lo crean; y si esto es así, la política más trivial y ligera aconseja que se debe empezar a abolir allí donde todas las circunstancias brindan a la reforma, donde la población esclava es corta, donde hay una población libre, densa y numerosa, donde la riqueza no necesita de aquella institución y donde, en fin, la tranquilidad no puede turbarse porque desaparezca en un día próximo y determinado. Si esto se hace, no solamente se dará cumplida satisfacción a las necesidades de Puerto Rico —que, al fin, tiene pleno derecho para ser escuchado y atendido independientemente de la isla de Cuba—, sino que, además, y ésta es una consideración muy importante, España, que nada ha hecho en la abolición de la esclavitud y cuyos sentimientos en este punto son, en concepto de algunos, un tanto sospechosos, dará, suprimiéndola en nuestra isla, un ejemplo al mundo de la sinceridad de sus protestas, de su política en lo porvenir y de la rectitud de sus intenciones.

No necesitamos resumir lo que llevamos dicho. Hemos procurado determinar los orígenes de la esclavitud en Puerto Rico, lo hemos examinado después en alguna de sus más importantes relaciones y en todos casos hemos llegado a una conclusión verdaderamente consoladora, a saber: que lo que está condenado por la justicia y por la moral lo está también en rigor por la historia, por la riqueza y por la conciencia pública. La abolición, por lo tanto, es de todo punto necesaria. Los medios que, por cumplir con un propósito tan honroso como satisfactorio, hemos propuesto para aboliría, serán más o menos acertados, más o menos fáciles de llevar a cabo: en este punto nos sometemos de ahora para siempre a lo que con los ojos puestos en el bien del país y en prin­cipios de justicia, se resuelva y determine.

Lo que hemos querido dejar asentado es que la institución de la esclavitud es un hecho perturbador, inmoral y preñado de peligros que conviene alejar inmediatamente y .sin levantar mano del seno de nuestra hermosa Antilla.

¿Qué no ha corrompido, en efecto, en nuestras sociedades de América el hecho de la esclavitud? En el orden material ha envilecido el trabajo, ley necesaria para que el hombre realice las aspiraciones de su propia naturaleza; en el orden económico, al convertir al hombre en propiedad, ha provocado la depreciación de las demás propiedades; en el orden civil, al violar la personalidad del esclavo, al negarle hasta el consuelo de la familia, ha llevado la corrupción hasta el seno mismo de las familias privilegiadas; en el orden administrativo ha hecho necesaria, imprescindible, la omnipotencia del poder, porque allí donde las relaciones de derecho están sacrílegamente perturbadas, el orden no puede nacer sino del miedo de los que sufren y de la violencia de los que mandan; en el orden político ha entronizado un estado de cosas en que la energía del individuo se extingue y las virtudes se acaban y la virilidad en el carácter es casi imposible, porque estas grandes prendas necesitan para vivir del aire de la libertad; en el orden social, la esclavitud ha creado una especie de aristocracia sin más tradición que el color y sin más poder que la riqueza; y en el orden moral y religioso ha arrojado aquella sociedad a una vida pasiva sin ideal y a un estado de cosas basado sobre la injusticia y la iniquidad.

Así, por esta funesta y universal trascendencia, la esclavitud, que no fuera en un principio más que un elemento obligado de producción, ha llegado a ser el origen y la causa permanente de todos los males que hoy pesan sobre las colonias españolas. La cuestión social, por lo tanto, al reducirse entera a la institución de la esclavitud, ha ganado en intensidad todo lo que ha perdido en extensión.

Al lado de este peligro, cuya importancia no procuramos amenguar, la institución de la esclavitud ofrece para su resolución, y una vez realizada, un gran número de ventajas que no podemos sino rápidamente indicar. El carácter único con que refleja la cuestión social, es la primera.

Francisco M. Quiñones

En Europa, las mejores inteligencias se pierden cuando quieren descubrir en ese conjunto de grandes cuestiones sociales —el proletariado, la propiedad, el impuesto, etc.—, un principio superior, una solución única que remedie todos los males y concierte en armonía superior todos los derechos. En las Antillas, por el contrario, el problema social, vario y múltiple en sus partes, se ha concentrado en una sola institución: en la esclavitud. Resolver este problema es resolverlos todos. ¿Quién puede apreciar la nueva vida que se desenvolverá en esas sociedades, hoy castigadas por la esclavitud, el día en que esta institución desaparezca tranquila y satisfactoriamente para todos? La filosofía enseña que allí donde la acción y reacción de dos razas libres son más enérgicas, el progreso es más rápido y la organización social más vigorosa; la historia prueba que con medidas prudentes y previsoras, colonias como las islas Mauricio, Las Barbadas, Martinica y Antigua llegan a ser más ricas y felices. La moral, en fin, la fe profunda que debemos abrigar en todas las grandes causas, nos dicen que devolver en una sociedad una buena parte de su población a los goces de la familia y de la libertad; que consagrar la igualdad de todos los hombres ante el Estado como está consagrada por la religión ante Dios; que ampararles en su personalidad, en su trabajo y en su propiedad, es una empresa grande, digna de ser llevada a cabo aun a costa de algunos sacrificios.

Podemos, pues, asentar como cierto que si todos los males que hoy se dejan sentir en las Antillas españolas nacen directa e inmediatamente de la institución de la esclavitud, todos los bienes, en cambio, todo el progreso con que aquella sociedad sueña, sin poderlo conseguir jamás, lo debe esperar de la emancipación de sus esclavos.

La historia comprueba esta verdad. No ha habido un solo colono, ni existe un solo partidario de la esclavitud, como dice un distinguido escritor, que no haya anunciado con una convicción profunda que la emancipación produciría estos tres resultados:

La cesación del trabajo y la ruina completa de las colonias.

La vuelta de los negros a la barbarie.

El robo y el asesinato.

Los hechos han, felizmente, desmentido tan fatales augurios.

“El resultado de la emancipación llevada a cabo en las Islas Occidentales —decía en 1842 Lord Stanley, Ministro de las Colonias en Inglaterra— ha sobrepujado hasta las más lisonjeras esperanzas de aquellos más ardientes partidarios de la prosperidad colonial; no solamente ha aumentado la riqueza material de cada una de las islas, sino que, lo que es mejor, ha habido un gran progreso en las costumbres industriales, un perfeccionamiento en el sistema social y religioso y un desarrollo en los individuos de esas cualidades intelectuales y morales que son más necesarias a la dicha que los objetos materiales de la vida. Los negros son hoy felices y viven satisfechos; entregados al trabajo, han aumentado su bienestar, y, al mismo tiempo que han disminuido los crímenes, han llegado a ser mejores las costumbres. El número de matrimonios ha crecido, y, merced a la influencia de los ministros de la religión, la instrucción se ha propagado. Tales son las consecuencias de la emancipación; su éxito ha sido completo en cuanto al fin principal de la medida.”

Estas ventajas, acreditadas por la historia, no pueden faltar en Puerto Rico si la abolición se lleva a cabo. Suprimida la esclavitud y destruida, por lo tanto, la causa de tantos y tan graves males como antes hemos enumerado, aumentará la población porque las relaciones entre los individuos serán muy libres y naturales, vendrán capitales extranjeros, hoy completamente retraídos, y, por consiguiente, aumentarán las transacciones y se desarrollará la industria; movilizada la propiedad territorial, hoy punto menos que estancada, se desenvolverá el valor de la riqueza y el crédito dentro y fuera de la isla; la mayor demanda de trabajo y la baratura de los artículos de primera necesidad mejorarán la condición material de las clases obreras; reducido el interés del dinero, se desgravará la propiedad, y, como consecuencia de todas estas inmensas ventajas, se desarrollará el espíritu de asociación, se crearán instituciones de ahorro y de crédito, de que ahora carecemos; se perfeccionarán los procedimientos agrícolas e industriales y, últimamente, la sociedad ganará en vida moral, que es la fuente suprema de donde nacen el respeto a los derechos y garantías individuales.

En cuanto al tránsito de la esclavitud al estado libre, en otras partes tan temido por lo radical, en Puerto Rico carece, afortuna­damente, de importancia. La población de color libre, tan numerosa en Puerto Rico y uno de los elementos que más coadyuvan al porvenir de aquella sociedad, hace allí las veces de una clase intermediaria entre la raza esclava y la población blanca. Dios sólo sabe lo que tenemos que agradecer a esa clase honrada y laboriosa que, por un lado, aumenta la riqueza, ayuda a la población blanca, y, por el otro, se ofrece como un eterno y brillante ideal a los ojos de la raza africana. El esclavo en Puerto Rico no envidia al blanco: la degradación de su estado de una parte y su ignorancia de otra, impiden que su ambición raye tan alto: lo que el esclavo allí contempla con amor y con envidia es el desenvolvimiento de la clase de color libre, porque conoce que ése es el estado inmediato al de su redención y que en él ha de vivir para llegar un día al término de sus esperanzas.

Esto constituye un elemento de orden y una segura garantía de que se puede resueltamente proceder a la abolición inmediata de la esclavitud.

Tal es, al menos, nuestra más profunda y sincera convicción. ¡Ojalá que el Gobierno, ojalá que la opinión pública de España acojan este nuestro voto, que es también el voto de todas las buenas almas de nuestra nación, porque de esta suerte se alejarán para siempre las complicaciones y peligros de que está preñada esta institución aborrecible.

De cualquier manera y sea cual sea el resultado de este nuestro humilde trabajo, lo que no se podía menos de reconocer, y esto basta para la satisfacción de nuestra conciencia, es que defender los fueros de la justicia, intentar la desaparición de una iniquidad que deshonra nuestro nombre, romper para siempre las cadenas de la esclavitud y todo esto sin perjudicar los intereses creados y sin perturbar la vida general del país, es un propósito honrado y fecundo, que podremos no alcanzar, pero que de seguro merecerá de todos los buenos consideración y respeto.

Junta Informativa de Reformas, Madrid, 10 de abril de 1867. — S. Ruiz Belvis, José Julián Acosta, Francisco M. Quiñones

Comentario:

El documento que antecede resume la posición de los Comisionados de Puerto Rico a la Junta Informativa de Reformas (1866-1867). Se trata del alegato más visible por “la completa libertad de trabajo” en el siglo 19 puertorriqueño. En el mismo se solicita la “abolición radical” de la esclavitud, entendida en el principio de que debía ser “inmediata” pero “con indemnización o sin ella”. Pero también sugiere la necesidad de desregular el “trabajo de lo emancipados” porque la economía política requiere la más “completa libertad del trabajo”. La esclavitud negra, sostiene los Comisionados, es un crimen y un acto aborrecible.

El otro punto interesante es que los Comisionados alegan ser los representantes legítimos de “las opiniones, sentimientos y doctrinas de la mayor parte de los naturales de Puerto Rico”. El argumento se esgrime por el hecho de que en aquel entonces se posponía la abolición por el peligro de la “guerra de razas” que presumiblemente aquella reforma podía producir en Cuba. Los puertorriqueños aspiran a que la situación de Puerto Rico sea tratada de manera separada de la de Cuba. La razones para ello son tres. Primero que acá “la población esclava es corta”, que en esta isla hay “una población libre, densa” y que “la riqueza no necesita de aquella institución” para crecer. En Cuba ocurría todo lo contrario. En el proceso trata de seducir a la Corona alegando que mediante la abolición en Puerto Rico, la imagen internacional de España mejorará, en la medida en que demostrará “la sinceridad de su protestas” o compromiso con el cambio. Los pensadores puertorriqueños piensa que la esclavitud está condenada, lo mismo por la justicia, la moral, la historia, la riqueza y la conciencia pública.

En la parte final de alegato precisan que, mientras en Europa, el problema o la cuestión social se centra en “el proletariado, la propiedad, el impuesto”, en las Antillas “se ha concentrado…en la esclavitud”. En ambas esferas se trata de asuntos relacionados con el modo de producción social que era una preocupación de la economía política de la época. La idea de que resolviendo uno y otro, se resolvían todos los demás problemas es comprensible pero fantasiosa. Por último los autores tratan de convencer a la Junta de lo inapropiado de ver en la abolición de la esclavitud un estímulo a la barbarie y a la violencia. Por el contrario, en su propuesta la reforma estimularía la reactivación de una economía que, en 1867, daba la impresión de estar empantanada y ausente de algunos de los signos determinantes de una economía de libre mercado moderna. En cierto modo, esta es la síntesis de la filosofía de una revolución burguesa y liberal que nunca se dio del todo en el Puerto Rico del siglo 19.

El documento que antecede resume la posición de los Comisionados de Puerto Rico a la Junta Informativa de Reformas (1866-1867). Se trata del alegato más visible por “la completa libertad de trabajo” en el siglo 19 puertorriqueño. En el mismo se solicita la “abolición radical” de la esclavitud, entendida en el principio de que debía ser “inmediata” pero “con indemnización o sin ella”. Pero también sugiere la necesidad de desregular el “trabajo de lo emancipados” porque la economía política requiere la más “completa libertad del trabajo”. La esclavitud negra, sostiene los Comisionados, es un crimen y un acto aborrecible.

El otro punto interesante es que los Comisionados alegan ser los representantes legítimos de “las opiniones, sentimientos y doctrinas de la mayor parte de los naturales de Puerto Rico”. El argumento se esgrime por el hecho de que en aquel entonces se posponía la abolición por el peligro de la “guerra de razas” que presumiblemente aquella reforma podía producir en Cuba. Los puertorriqueños aspiran a que la situación de Puerto Rico sea tratada de manera separada de la de Cuba. La razones para ello son tres. Primero que acá “la población esclava es corta”, que en esta isla hay “una población libre, densa” y que “la riqueza no necesita de aquella institución” para crecer. En Cuba ocurría todo lo contrario. En el proceso trata de seducir a la Corona alegando que mediante la abolición en Puerto Rico, la imagen internacional de España mejorará, en la medida en que demostrará “la sinceridad de su protestas” o compromiso con el cambio. Los pensadores puertorriqueños piensa que la esclavitud está condenada, lo mismo por la justicia, la moral, la historia, la riqueza y la conciencia pública.

En la parte final de alegato precisan que, mientras en Europa, el problema o la cuestión social se centra en “el proletariado, la propiedad, el impuesto”, en las Antillas “se ha concentrado…en la esclavitud”. En ambas esferas se trata de asuntos relacionados con el modo de producción social que era una preocupación de la economía política de la época. La idea de que resolviendo uno y otro, se resolvían todos los demás problemas es comprensible pero fantasiosa. Por último los autores tratan de convencer a la Junta de lo inapropiado de ver en la abolición de la esclavitud un estímulo a la barbarie y a la violencia. Por el contrario, en su propuesta la reforma estimularía la reactivación de una economía que, en 1867, daba la impresión de estar empantanada y ausente de algunos de los signos determinantes de una economía de libre mercado moderna. En cierto modo, esta es la síntesis de la filosofía de una revolución burguesa y liberal que nunca se dio del todo en el Puerto Rico del siglo 19.

Los interesados pueden también consultar Segundo Ruiz Belvis: política y modernidadSegundo Ruiz Belvis: una aventura de la memoria

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Posted in Abolicionismo, Documento de historia de Puerto Rico, Esclavitud negra, Francisco Mariano Quiñones, José Julián Acosta y Calbo, Junta Informativa de Reformas, Liberalismo puertorriqueño, Puerto Rico en el siglo 19, Segundo Ruiz Belvis, Separatismo puertorriqueño | Etiquetado: , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Proyecto para la Abolición de la Esclavitud de 1867

Documento y comentario: Betances ante la invasión de 1898

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 12 julio 2010


Carta Núm.1 De Ramón E. Betances a  Julio Henna

Arcachón (Gironde), 16 abril ’98

Querido Julio:

La noche del día en que usted me escribió (primero de abril) estaba yo moribundo. Me dio un ataque de opresión (uremia) al llegar de París, que se repitió el 5. Después me quedé con congestión pulmonar doble y todavía no he salido, en este país donde el tiempo es primaveral, sino un par de veces a tres o cuatrocientos pasos del Hotel. Espero reponerme un poco para volver a París.

Sección de Puerto Rico (1896)

Contesto su carta: Veo que está usted siempre muy excitado contra Estrada y usted me perdonará hacerle algunas reflexiones que no tienen más objeto que el bien de la revolución en Puerto Rico. No se exaspere tanto. Lo más que necesitamos es unión. Es bueno ponerse en su lugar y yo me pregunto si cualquier otro cubano, en su lugar, no hubiera hecho otro tanto, y si teniendo a su disposición de armas para Puerto Rico, donde la sublevación era problemática, no hubiera echado manos de esas armas urgentemente pedidas por sus compatriotas próximos a ser degollados. Además, no hay que juzgar a todo un pueblo por uno de los suyos. Estrada no es Cuba, y allí tenemos gran número de simpatizantes, desde Masó, Gómez, Calixto, Mayía, Miró, Lacret y otros Generales, entre los cuales figuró Antonio Maceo, hasta nuestros capitanes y tenientes borinqueños.

Cálmese y obremos de acuerdo. Así estaremos seguros de alcanzar más pronto nuestro objeto. Porque hay que desengañarse: la América es una gran nación pero no le es simpática a todo el mundo. Es claro que, si no se puede obtener otra cosa, valdría más llegar a formar un estado en la Unión que seguir siendo españoles; pero ninguno de nosotros tiene el derecho, como los jefes africanos, de coger el país y entregarlo a un poder extranjero. Esa decisión no le pertenece sino a todo el pueblo portorriqueño. Yo doy mi nombre para la revolución; no para la conquista de mi tierra.

Ya usted ve que en esas condiciones no le puedo dar importancia a la «Revolución» de los clubes de Santo Domingo.

***

Hablemos ahora de mí. Yo que nunca he temido a nada en este mundo, tiemblo al pensar lo que habrá de ser mi situación cuando vuelva a París. En otra ocasión le escribí a usted que apenas me quedaba clientela alguna como médico. La que una vez fue suficientemente numerosa, la he descuidado para dedicarle todas mis actividades a la causa de Cuba. Hoy soy como un apestado con quien no quieren cuenta aquellos que quieren seguir bien con España; y los hay que cuando me ven llegar, me huyen, temerosos de que voy a pedirles para la causa de Cuba.

Naturalmente que hay excepciones en este último terreno, pues son muchos los que mensualmente contribuyen espontáneamente con cantidades generosas; pero esto es lo que tiene que ver con el Agente de Cuba. El doctor Betances, como tal doctor, no tiene clientela y ha tenido, para vivir, que ir vendiendo todo aquello que tenía precio y podía venderse fácilmente. Sólo me queda un objeto de arte, y precisamente por serlo, nadie quiere comprarlo. Me refiero al célebre retrato que me hizo el pintor español Domingo, que figuró en la Exposición de París, y que fue tan admirado. Nadie compra un retrato del doctor Betances, aunque lo haya pintado el celebrado pintor Domingo. Veremos.

Betances

Carta Núm. 2: De Ramón E. Betances a Eugenio María de Hostos

París, 7 de junio de 1898

Querido Hostos:

Ya debe usted haber llegado a esta fecha al centro de operaciones. ¡Cuánto me alegro!

Por desgracia yo estoy también muy lejos y por mil razones no puedo hacer como usted. Conviene mucho que usted esté ahí y que, como yo, haga presión todo lo posible sobre Henna, para que se mueva hasta obtener para Puerto Rico las mismas concesiones, siquiera, que se le hacen a Cuba.

Ya usted sabrá las exigencias de los americanos.

1. ° Puerto Rico entregado a los Estados Unidos, definitivamente, como indemnización de guerra.

2. ° Cuba entregada temporalmente hasta que los cubanos hayan organizado un gobierno.

Y tenemos que los puertorriqueños, bajo la influencia española, pretenden resistir a la invasión americana. Los jíbaros no sueltan su escarapela sangre y oro del sombrero, y se arman con decisión. Esta situación puede traer a la isla inmensas desgracias.

New York Times (1898)

He perdido mi tiempo queriendo abrir los ojos a los políticos españoles, para que tratásemos directamente sobre la base de nuestra independencia lo que hubiera impedido la intervención yankee y habría sido aceptado por el pueblo. No ha sido posible hacerles comprender esta necesidad, que les habría conservado nuestras simpatías y ventajas comerciales, además de una indemnización.

Por otro lado me parece que Henna no se preocupa sino de arrancar la isla de manos de los españoles, aunque caiga luego en la de los americanos como territorio.

Le he escrito que deben dos o tres formarse en comisión, ponerse a la voz con el gobierno yankee y hablar claro; esto es, decir la verdad: Puerto Rico no quiere pertenecer a la Unión. Está resuelto a resistir. Esto puede producir desastres irreparables. América debe ser generosa. No puede pedir que nos sometamos a una conquista, cuando casi todo nuestro comercio y nuestras industrias hemos de tenerlo con ella. La independencia para nosotros es nuestra salvación y para los americanos una fuente más considerable de riquezas.

Un pueblo pequeño en un país muy poblado no puede hacer más que trabajar, para ser feliz, etc., etc.

Yo estoy preparando aquí el terreno para ver si se puede ejercer alguna influencia sobre los hombres de Madrid y sobre los de Washington.

Escríbanle a Henna en el mismo sentido. Yo lo he hecho ya y seguiré haciéndolo. Henna desgraciadamente es muy yankee, pero va equivocado, y le he escrito que sería un crimen de parte de nosotros, exponer el pueblo puertorriqueño a las desgracias que puede traer una resistencia ciega.

La independencia absoluta es lo que puede salvarnos. Yo creo que estaremos; para ella, en mejores condiciones todavía que los cubanos.

Yo le hubiera ya escrito a Máximo Gómez y a Calixto García, haciéndoles estas reflexiones; pero creo que mis cartas no llegarán a sus manos. Vea si de ahí usted puede hacerlo directamente.

Esta situación me llena de inquietud.

***

Entiéndanse también en ésa con Guzmán Rodríguez (de Añasco), que está en Macorís expulso. Le escribo que se vea con usted.

***

En este día se ha corrido la noticia que hay revolución en Santo Domingo.

Trabajemos en bien de nuestra pobre «islilla», que puede hacer la felicidad de su millón de habitantes, si tenemos la fortuna de ver nuestro sueño realizado.

Con un abrazo cordial.

Betances

Tomadas de Ramón Emeterio Betances, Las Antillas para los antillanos. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1975. págs. 239-241 y 258-261. Prólogo de Carlos M. Rama.

Comentario:

La carta a Henna fue escrita desde Arcachon, cerca de Burdeos, donde convalecía de insuficiencia renal. Su situación de salud de Betances ya no mejoró  Betances, además, había sufrido el rechazo de un sector de la migración cubana en París y no se encontraba en una buena situación económica. Por otro lado, la guerra se cernía sobre la inmigración y el exilio, hecho que reclamaba revisar las tácticas para poder enfrentar el proceso y sacar ventajas del mismo. El 15 de febrero había ocurrido el hundimiento del Maine. El 28 de marzo, una Comisión Investigativa americana determinó que la causa del incidente era una mina, conclusión que negó una Comisión española. El 25 de abril Estados Unidos declaró la guerra a España. Pocos días después del 25, Betances tuvo una reunión con el influyente Embajador de Estados Unidos en Francia, Gen. Horace Porter, como parte de las indagaciones del diplomático en torno a la frágil situación financiera de la monarquía española.

Gen. Horace Porter

La carta a Hostos, escrita desde París se redacta tras el bombardeo de San Juan el 12 de mayo y poco después de la movilización de la Marina estadounidense hacia las costas de Cuba. En ella Betances ha definido una táctica que espera acelere la consecución de la Independencia de Puerto Rico en el marco de la Guerra Hispanoamericana por Cuba y Filipinas. Los documentos reflejan, pues, la tensión de Betances ante los hechos que se aceleran sin control.

La propuesta de Betances es simple. Primero, hay que evitar los choques entre cubanos y puertorriqueños hasta donde sea posible y mantener la unidad. A Henna le recomienda que tolere las actitudes de Estrada Palma en nombre de los fines estratégicos del proyecto revolucionario. La expresión “América es una gran nación” demuestra que todavía se confiaba en que la invasión de Estados Unidos abriría una puerta para la independencia de las islas. Betances debía afirmar ese hecho en particular ante Henna quien defendía públicamente la anexión. Todavía anexionistas e independentistas podían trabajar por una causa común. La voluntad francamente modernizadora y progresista de Betances, le lleva a afirmar que “valdría más llegar a formar un estado en la Unión que seguir siendo españoles”. Eso no lo convertía en un anexionista como han alegado algunos comentaristas: le afirmaba como antiespañol y le ponía en posición de convencer a Henna de que debían y podían aunar esfuerzos “contra España” por encima de su divergencias estratégicas.

Segundo, insiste en aprovechar que el destino de Puerto Rico dependía del destino de Cuba. Betances recomienda que se evite resistir a los invasores porque ello “puede traer a la isla inmensas desgracias”; y que se cree una Comisión que informe a los americanos que “Puerto Rico no quiere pertenecer a la Unión” para, de ese modo, impedir pacíficamente la anexión. Entonces se estará en posición de negociar un acuerdo y convencer a Estados Unidos de que un Puerto Rico soberano sería “una fuente más considerable de riquezas” que uno anexado. La nota a Hostos demuestra que, en ese momento, confía más en la capacidad del mayagüezano para enfrentar el conflicto que en la de Henna. El camino de la Independencia lo abrirá la diplomacia inteligente. No contaba Betances con que Hostos no favorecía esa táctica sino el plebiscito racional, como articuló luego en la Liga de Patriotas.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

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