Puerto Rico: su transformación en el tiempo

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La invasión inglesa de 1797

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 7 febrero 2013


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

El Ciclo Revolucionario Atlántico implicó una revisión total de las relaciones internacionales y la política de alianza en Europa a fines del siglo 18. A la altura del año 1795, las relaciones entre el Reino de España, la República de Francia, controlada en aquel entonces por una Convención Nacional radical que atravesaba  por una crisis que anunciaba su disolución, y el Reino Unido de Inglaterra, se hicieron más tensas. Inglaterra confiaba en que la inestabilidad promovería rebeliones separatistas en el Imperio español de América. Las insurrecciones de los comuneros de la actual Colombia y Venezuela en el 1781 parecían anticipar aquella eventualidad. Los ingleses ya soñaban con una América soberana en que podrían establecer su hegemonía política y su dominio comercial.

Inglaterra parecía confiar en que España, en nombre de los ideales monárquicos, se aliaría con ella con el fin de frenar el empuje de las ideas republicanas dominantes en Francia. Sin embargo España, contrario al deseo inglés, pactó un acuerdo con la República de Francia en 1796. En su decisión mediaron dos consideraciones importantes: primero, el fuerte espíritu anti-inglés de los hispanos y, segundo, que las nuevas autoridades francesas organizadas en el llamado Directorio, no resultaban amenazantes por su carácter moderado. En 1796 Francia y España normalizaron sus relaciones políticas y económicas a pesar de la reticencia de la diplomacia inglesa.

1797La alianza franco-española y el Caribe

La situación condujo a los ingleses a aumentar la presión militar en las zonas periféricas de control hispano. Con ello en mente, agredieron el Cabo de San Vicente en Portugal, atacaron la ciudad portuaria de Cádiz que había sido el punto de origen de los descubrimientos y un importante lugar de intercambio comercial con Indias, y arremetieron contra Tenerife en Islas Canarias. En el Caribe Insular atacaron y tomaron la Isla de Trinidad en febrero de 1797 y en abril se dirigieron hacia Puerto Rico. Los ingleses confiaban en que San Juan caería con facilidad porque, una vez en la zona, reconocieron que  no había una escuadra española encargada de defenderla permanentemente.

Los ingleses no conocían, sin embargo, la situación defensiva y militar de Puerto Rico en aquel año. La colonia era gobernada por el Capitán General Ramón de Castro y Gutiérrez, contaba con cerca de 6,500 efectivos para su defensa, distribuidos entre soldados profesionales estacionados en la capital y todos aquellos que habían sido convocados del resto del territorio. Disponía además de un “Plan de Defensa” bien articulado y la alianza con Francia, había hecho posible la integración de unos 270 a 300 franceses a los cuerpos militares españoles gracias a las gestiones del cónsul de ese país en la capital, Augustin Paris. Las fortificaciones de la capital habían sido revisadas desde 1765, como se sabe y se encontraban modernizadas y apertrechadas. El escenario de 1797 era el de una ciudad bien defendida y artillada en la cual Francia y España medían fuerzas ante Reino Unido en el contexto de un conflicto internacional.

Escudo de la Capital

Puerto Rico no había sufrido una agresión directa de Reino Unido de Inglaterra desde la 1598, cuando una escuadra al mando de Sir George Clifford intentó  tomar el territorio. La agresión de 1797 reprodujo en parte la táctica militar del 1598: el objetivo inicial no serían las fuerzas del Morro y el San Cristóbal. Los ingleses desembarcarían por la zona de Santurce y avanzarían hacia la Isleta por tierra.

El General Ralph Abercromby (1734–1801), y el Almirante William Harvey, comandaron una impresionante escuadra de entre 60 y 68 buques y un ejército de cerca 14,100 hombres, de acuerdo con informes oficiales de la gobernación. La escuadra inglesa se divisó el 17 de abril y el 18 se escenificó un desembarco de por lo menos 1,200 invasores por la playa de Cangrejos. Los avances de primer momento justificaron un nuevo desembarco de sobre 3,000 efectivos. Aquella fuerza ocupó sin problemas el barrio de Santurce desde el Puente de San Antonio hasta el de Martín Peña, y estableció su centro de operaciones en la casa episcopal de Cangrejos, donde hoy se encuentra la Iglesia de San Mateo de Cangrejos.

El objetivo era  avanzar desde allí hacia la capital pero, para alcanzar ese fin, tenían que conseguir dos cosas. Primero, tomar las defensas de la isla de Miraflores, el Fortín de San Gerónimo en el Boquerón y el Puente de San Antonio con el fin de avanzar al noroeste hacia el San Juan Viejo. Segundo, evitar una agresión por la zona sur procedente de Hato Rey o Bayamón. Los choques más violentos fueron en la banda norte del territorio controlado por los ingleses por la urgencia que tenían de tomar la capital de inmediato y evitar una guerra larga. Su posición los ponía en riesgo de enfrentar ataques en dos frentes: al norte y al sur.

El 18 de abril, un día después del desembarco, los ingleses controlaban el territorio que iba del Puente de San Antonio hasta el de Martín Peña, pero reconocían su desventaja de fuerzas y lo peligroso de su situación si la guerra se prolongaba. Bajo aquellas condiciones se arriesgaron a pedir la rendición de la plaza de San Juan. El gobernador de Castro les dijo que los defensores estaban “dispuestos a vender caras sus vidas” y se negó a conceder la ciudad. De Castro conocía la ventaja táctica que poseía y confiaba en que los ingleses, si no avanzaban hacia la Isleta, se verían en la necesidad de retirarse.

Para el día 22 de abril los ingleses, atrincherados frente al San Gerónimo del Boquerón, mostraban desaliento por su situación y comenzaban a reconocer la escasez de víveres. El fuego más intenso se desarrollaba entre el San Gerónimo y el San Antonio, en manos españolas, y las trincheras y  una batería de artillería en el Olimpo, hoy Miramar, controlado por los ingleses. Con el fin de romper el impasse, el 28 de abril los ingleses desplazaron unos buques hacia la zona del Castillo de San Felipe del Morro. Los españoles respondieron con una avanzada militar por tierra  al sur de la zona de control inglesa y movilizaron una fuerza de 1,200 hombres en su mayoría criollos o puertorriqueños contra el Puente Martín Peña. Esa fue la batalla que más popularidad alcanzó de aquella confrontación y fue clave en la derrota de los británicos.

Las diferencias entre Abercromby y Harvey y lo incómodo de su posición, explican que el 30 de abril levantaran sus campamentos y comenzaran a reembarcar, dejando tras de sí armas, municiones y pólvora. El 2 de mayo ya no estaban en aguas de Puerto Rico. El 4 de mayo hubo desfile militar, misa de acción de gracias y fiesta en la capital, como era de esperarse.

Gob. Ramón de Castro y Gutiérrez por José Campeche (1801)

Gob. Ramón de Castro y Gutiérrez por José Campeche (1801)

 

Un juicio

Las razones para la derrota de los ingleses son varias:

1. La disparidad de  fuerzas entre los españoles y los ingleses a favor de los primeros fue clave. España siempre contó con tropas frescas a su disposición siempre. El flujo de refuerzos de Bayamón, Cataño o Guaynabo, fue muy eficiente.

2. Las fuerzas españolas nunca estuvieron en peligro de una escasez de suplementos militares y alimentos por lo que podían aguardar con comodidad el agotamiento de las fuerzas invasoras.

3. El apoyo de los criollos o puertorriqueños a las autoridades españolas fue total y sincero. Por entonces dominaba un poderoso espíritu anti-sajón en los insulares y las autoridades lo aprovecharon en su beneficio. Ello explica el contante flujo de voluntarios civiles a las fuerzas.

4. El Brigadier y Gobernador Militar Ramón de Castro, era un estratega extraordinario y tenía tropas que le eran fieles y estaban bien entrenadas. Todo ello, vinculado al hecho de que las defensas se hallaban en un estado óptimo, aseguraron la victoria española en 1797.

Por último, la interpretación de los hechos de 1797 ha sido contradictoria. Las autoridades españolas reconocieron el heroísmo de los defensores fuesen estos peninsulares o insulares, pero lo interpretaron como una reafirmación de su fidelidad a la bandera española. El 1799 una Real Orden impuso que el escudo de armas de San Juan incluyera una orla con la frase “Por su constancia, amor y fidelidad, es muy noble y muy Leal esta Ciudad”. La historiografía nacionalista ha destacado en aquellos eventos un signo digno de orgullo puertorriqueño por el hecho de que muchos de los héroes militares no eran españoles. Lo cierto es que después de aquellos combates Puerto Rico fue español hasta el 1898 cuando otro poder sajón, Estados Unidos, lo tomó sin dificultad de manos hispanas.

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Documento y comentario: Betances ante la invasión de 1898

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 12 julio 2010


Carta Núm.1 De Ramón E. Betances a  Julio Henna

Arcachón (Gironde), 16 abril ’98

Querido Julio:

La noche del día en que usted me escribió (primero de abril) estaba yo moribundo. Me dio un ataque de opresión (uremia) al llegar de París, que se repitió el 5. Después me quedé con congestión pulmonar doble y todavía no he salido, en este país donde el tiempo es primaveral, sino un par de veces a tres o cuatrocientos pasos del Hotel. Espero reponerme un poco para volver a París.

Sección de Puerto Rico (1896)

Contesto su carta: Veo que está usted siempre muy excitado contra Estrada y usted me perdonará hacerle algunas reflexiones que no tienen más objeto que el bien de la revolución en Puerto Rico. No se exaspere tanto. Lo más que necesitamos es unión. Es bueno ponerse en su lugar y yo me pregunto si cualquier otro cubano, en su lugar, no hubiera hecho otro tanto, y si teniendo a su disposición de armas para Puerto Rico, donde la sublevación era problemática, no hubiera echado manos de esas armas urgentemente pedidas por sus compatriotas próximos a ser degollados. Además, no hay que juzgar a todo un pueblo por uno de los suyos. Estrada no es Cuba, y allí tenemos gran número de simpatizantes, desde Masó, Gómez, Calixto, Mayía, Miró, Lacret y otros Generales, entre los cuales figuró Antonio Maceo, hasta nuestros capitanes y tenientes borinqueños.

Cálmese y obremos de acuerdo. Así estaremos seguros de alcanzar más pronto nuestro objeto. Porque hay que desengañarse: la América es una gran nación pero no le es simpática a todo el mundo. Es claro que, si no se puede obtener otra cosa, valdría más llegar a formar un estado en la Unión que seguir siendo españoles; pero ninguno de nosotros tiene el derecho, como los jefes africanos, de coger el país y entregarlo a un poder extranjero. Esa decisión no le pertenece sino a todo el pueblo portorriqueño. Yo doy mi nombre para la revolución; no para la conquista de mi tierra.

Ya usted ve que en esas condiciones no le puedo dar importancia a la «Revolución» de los clubes de Santo Domingo.

***

Hablemos ahora de mí. Yo que nunca he temido a nada en este mundo, tiemblo al pensar lo que habrá de ser mi situación cuando vuelva a París. En otra ocasión le escribí a usted que apenas me quedaba clientela alguna como médico. La que una vez fue suficientemente numerosa, la he descuidado para dedicarle todas mis actividades a la causa de Cuba. Hoy soy como un apestado con quien no quieren cuenta aquellos que quieren seguir bien con España; y los hay que cuando me ven llegar, me huyen, temerosos de que voy a pedirles para la causa de Cuba.

Naturalmente que hay excepciones en este último terreno, pues son muchos los que mensualmente contribuyen espontáneamente con cantidades generosas; pero esto es lo que tiene que ver con el Agente de Cuba. El doctor Betances, como tal doctor, no tiene clientela y ha tenido, para vivir, que ir vendiendo todo aquello que tenía precio y podía venderse fácilmente. Sólo me queda un objeto de arte, y precisamente por serlo, nadie quiere comprarlo. Me refiero al célebre retrato que me hizo el pintor español Domingo, que figuró en la Exposición de París, y que fue tan admirado. Nadie compra un retrato del doctor Betances, aunque lo haya pintado el celebrado pintor Domingo. Veremos.

Betances

Carta Núm. 2: De Ramón E. Betances a Eugenio María de Hostos

París, 7 de junio de 1898

Querido Hostos:

Ya debe usted haber llegado a esta fecha al centro de operaciones. ¡Cuánto me alegro!

Por desgracia yo estoy también muy lejos y por mil razones no puedo hacer como usted. Conviene mucho que usted esté ahí y que, como yo, haga presión todo lo posible sobre Henna, para que se mueva hasta obtener para Puerto Rico las mismas concesiones, siquiera, que se le hacen a Cuba.

Ya usted sabrá las exigencias de los americanos.

1. ° Puerto Rico entregado a los Estados Unidos, definitivamente, como indemnización de guerra.

2. ° Cuba entregada temporalmente hasta que los cubanos hayan organizado un gobierno.

Y tenemos que los puertorriqueños, bajo la influencia española, pretenden resistir a la invasión americana. Los jíbaros no sueltan su escarapela sangre y oro del sombrero, y se arman con decisión. Esta situación puede traer a la isla inmensas desgracias.

New York Times (1898)

He perdido mi tiempo queriendo abrir los ojos a los políticos españoles, para que tratásemos directamente sobre la base de nuestra independencia lo que hubiera impedido la intervención yankee y habría sido aceptado por el pueblo. No ha sido posible hacerles comprender esta necesidad, que les habría conservado nuestras simpatías y ventajas comerciales, además de una indemnización.

Por otro lado me parece que Henna no se preocupa sino de arrancar la isla de manos de los españoles, aunque caiga luego en la de los americanos como territorio.

Le he escrito que deben dos o tres formarse en comisión, ponerse a la voz con el gobierno yankee y hablar claro; esto es, decir la verdad: Puerto Rico no quiere pertenecer a la Unión. Está resuelto a resistir. Esto puede producir desastres irreparables. América debe ser generosa. No puede pedir que nos sometamos a una conquista, cuando casi todo nuestro comercio y nuestras industrias hemos de tenerlo con ella. La independencia para nosotros es nuestra salvación y para los americanos una fuente más considerable de riquezas.

Un pueblo pequeño en un país muy poblado no puede hacer más que trabajar, para ser feliz, etc., etc.

Yo estoy preparando aquí el terreno para ver si se puede ejercer alguna influencia sobre los hombres de Madrid y sobre los de Washington.

Escríbanle a Henna en el mismo sentido. Yo lo he hecho ya y seguiré haciéndolo. Henna desgraciadamente es muy yankee, pero va equivocado, y le he escrito que sería un crimen de parte de nosotros, exponer el pueblo puertorriqueño a las desgracias que puede traer una resistencia ciega.

La independencia absoluta es lo que puede salvarnos. Yo creo que estaremos; para ella, en mejores condiciones todavía que los cubanos.

Yo le hubiera ya escrito a Máximo Gómez y a Calixto García, haciéndoles estas reflexiones; pero creo que mis cartas no llegarán a sus manos. Vea si de ahí usted puede hacerlo directamente.

Esta situación me llena de inquietud.

***

Entiéndanse también en ésa con Guzmán Rodríguez (de Añasco), que está en Macorís expulso. Le escribo que se vea con usted.

***

En este día se ha corrido la noticia que hay revolución en Santo Domingo.

Trabajemos en bien de nuestra pobre «islilla», que puede hacer la felicidad de su millón de habitantes, si tenemos la fortuna de ver nuestro sueño realizado.

Con un abrazo cordial.

Betances

Tomadas de Ramón Emeterio Betances, Las Antillas para los antillanos. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1975. págs. 239-241 y 258-261. Prólogo de Carlos M. Rama.

Comentario:

La carta a Henna fue escrita desde Arcachon, cerca de Burdeos, donde convalecía de insuficiencia renal. Su situación de salud de Betances ya no mejoró  Betances, además, había sufrido el rechazo de un sector de la migración cubana en París y no se encontraba en una buena situación económica. Por otro lado, la guerra se cernía sobre la inmigración y el exilio, hecho que reclamaba revisar las tácticas para poder enfrentar el proceso y sacar ventajas del mismo. El 15 de febrero había ocurrido el hundimiento del Maine. El 28 de marzo, una Comisión Investigativa americana determinó que la causa del incidente era una mina, conclusión que negó una Comisión española. El 25 de abril Estados Unidos declaró la guerra a España. Pocos días después del 25, Betances tuvo una reunión con el influyente Embajador de Estados Unidos en Francia, Gen. Horace Porter, como parte de las indagaciones del diplomático en torno a la frágil situación financiera de la monarquía española.

Gen. Horace Porter

La carta a Hostos, escrita desde París se redacta tras el bombardeo de San Juan el 12 de mayo y poco después de la movilización de la Marina estadounidense hacia las costas de Cuba. En ella Betances ha definido una táctica que espera acelere la consecución de la Independencia de Puerto Rico en el marco de la Guerra Hispanoamericana por Cuba y Filipinas. Los documentos reflejan, pues, la tensión de Betances ante los hechos que se aceleran sin control.

La propuesta de Betances es simple. Primero, hay que evitar los choques entre cubanos y puertorriqueños hasta donde sea posible y mantener la unidad. A Henna le recomienda que tolere las actitudes de Estrada Palma en nombre de los fines estratégicos del proyecto revolucionario. La expresión “América es una gran nación” demuestra que todavía se confiaba en que la invasión de Estados Unidos abriría una puerta para la independencia de las islas. Betances debía afirmar ese hecho en particular ante Henna quien defendía públicamente la anexión. Todavía anexionistas e independentistas podían trabajar por una causa común. La voluntad francamente modernizadora y progresista de Betances, le lleva a afirmar que “valdría más llegar a formar un estado en la Unión que seguir siendo españoles”. Eso no lo convertía en un anexionista como han alegado algunos comentaristas: le afirmaba como antiespañol y le ponía en posición de convencer a Henna de que debían y podían aunar esfuerzos “contra España” por encima de su divergencias estratégicas.

Segundo, insiste en aprovechar que el destino de Puerto Rico dependía del destino de Cuba. Betances recomienda que se evite resistir a los invasores porque ello “puede traer a la isla inmensas desgracias”; y que se cree una Comisión que informe a los americanos que “Puerto Rico no quiere pertenecer a la Unión” para, de ese modo, impedir pacíficamente la anexión. Entonces se estará en posición de negociar un acuerdo y convencer a Estados Unidos de que un Puerto Rico soberano sería “una fuente más considerable de riquezas” que uno anexado. La nota a Hostos demuestra que, en ese momento, confía más en la capacidad del mayagüezano para enfrentar el conflicto que en la de Henna. El camino de la Independencia lo abrirá la diplomacia inteligente. No contaba Betances con que Hostos no favorecía esa táctica sino el plebiscito racional, como articuló luego en la Liga de Patriotas.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

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La Invasión de 1898: apuntes generales

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 29 abril 2010


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

La invasión de 1898 fue un acontecimiento crucial que cambió de modo dramático la situación de Puerto Rico. El país que se había desarrollado mirando hacia Sevilla y Madrid, se vio forzado a girar hacia el polo de Washington. En alguna medida, Puerto Rico dejó de ser parte de Europa y se insertó de una vez y por todas en América. Las fuerzas que condujeron a esa situación fueron diversas y complejas.

En primer lugar, el Republicanismo Nacionalista representado por el presidente William McKinley (1897-1901), cumplió un papel crucial en el proceso. McKinley gobierna aquel cuatrienio en un periodo de depresión económica después de una campaña en la cual la guerra y el expansionismo fueron componentes de su promesa de “prosperidad”.

En segundo lugar, favoreció la situación una “guerra mediática” bien articulada. La prensa escrita corporativa cumplió la función de crear un “clima de opinión” favorable a la intervención de Estados Unidos en las posesiones españolas en el Caribe y el Pacífico. La guerra iniciada con el “Grito de Baire” (1895), favoreció el ingreso de  corresponsales de guerra americanos en las zonas de combate. Un lugar común del lenguaje de la prensa fue la acusación de que los españoles torturaban a los campesinos cubanos y a que los mantenían cautivos en “campos de reconcentrados” para evitar que se conectaran con las guerrillas y bandas separatistas.

En tercer lugar, los imperialistas neo-aristocráticos, en particular la Marina de Guerra fue muy eficientes en convencer al Estado y al Pueblo americano de que la posesión de colonias ultramarinas no sólo prestigiaría a la Nación, sino que resultaban necesarias para garantizar la seguridad nacional y su hegemonía en el hemisferio.

La combinación de aquellas fuerzas produjo un notable consenso popular que consideró que la intervención militar y la expansión ultramarina, constituían un deber nacional y un acto de justicia. El americano promedio aceptaba el relato de la Inocencia de la Nación. En general apropió la Guerra Hispanoamericana como una responsabilidad o un  deber humanitario ineludible. McKinley mismo definió la situación como una intervención neutral en abril de 1898: el universalmente conocido argumento de que “nos vimos forzados a” intervenir, fue tan eficaz como después de la tragedia del 11 de septiembre de 2001 que justificó la “Guerra contra el Terrorismo”.

Las causas inmediatas y el escenario

En febrero de 1898 el acorazado Maine estaba de vista en La Habana, Cuba en “visita de buena voluntad”. La discusión de si la visita era de “buena voluntad” o una “demostración de fuerza” o una “provocación” siempre ha estado abierta. Cuando el día 15 el Maine estalló y murieron 266 personas, las autoridades de Estados Unidos acusaron a los españoles de torpedearlo desde un submarino o sumergible, mientras los españoles  alegaron que se trataba de un accidente dentro de la nave de guerra. El fragor del debate público no permitió una investigación sosegada en torno al incidente.

Por otro lado, en marzo se arrestó en San Juan, Puerto Rico al periodista y fotógrafo William Freeman del New York Herald. Freeman fue acusado por las autoridades coloniales de espionaje político dado que estaba fotografiando instalaciones militares españolas. El Gobierno de Estados Unidos usó ambos incidentes para justifica la agresión y la Declaración Formal fue divulgada el 25 de abril. El presidente McKinley llamó a filas 200,000 voluntarios, y encargó a los Generales de la Guerra Civil de 1864 la administración de la campaña. La Guerra Hispanoamérica tuvos dos características notables: su popularidad entre el americano medio y que fue dirigida por un generalato profundamente nacionalista.

La declaración de guerra puso a los Independentistas y Anexionistas en compás de espera. Ambos sectores esperaban que tras la invasión el Gobierno de estados Unidos tomara una decisión favorable a su aspiración política. Una excepción notable fue la opinión de Ramón E. Betances quien, desde París, sugirió que se hiciera un levantamiento y que se recibiera a los invasores con las armas en la mano. Los Autonomistas adoptaron un discurso pro-español abierto con toda seguridad con el propósito de “pagar” con su fidelidad el decreto de la Carta Autonómica de 1897. En ese sentido, los Autonomistas convergieron con los Conservadores, sus tradicionales enemigos políticos.

Los hechos de la invasión en Puerto Rico

La táctica de los invasores consistió en ejecutar un eficaz  bloqueo naval a los puertos de la isla. Con ello de lograba cerrar la entrada y salida de mercancías, hecho que produjo una visible escasez de bienes de consumo que desestabilizó la vida de las comunidades pobres. El 10 de mayo la Escuadra del Alm. William T. Sampson (1840-1902) se estacionó frente al San Cristóbal. El fuego del Castillo, justificó un bombardeo de 3 horas –entre las 5:00 y las  8:00 AM- contra la ciudad capital el día 12 de mayo.  El 22 de junio hubo un nuevo intercambio de fuego frente al San Cristóbal. La función del fuego cruzado era medir la “capacidad de fuego” de España y mantener a la Guarnición de la Capital ocupada con el fin de facilitar la segunda fase: la invasión.

El desembarco de tropas se ejecutó por 4 zonas poco defendidas el 25 de julio. El principal de ello fue por la bahía de Guánica. Los puertos de  Fajardo, Arroyo y Ponce fueron el escenario de desembarcos de apoyo. En Guánica y Ponce se leyó una Proclama de propaganda acreditada al Gen. Nelson A. Miles (1839-1925) explicando la invasión. El plan de los invasores era que las tropas se desplazarían por tierra, tomaría los pueblos uno a uno y convergerían en la Capital bloqueada a mediados de agosto. Lo cierto es que la resistencia ofrecida por los Alcaldes y los Municipios fue poca. El 12 de agosto, un día después de la toma de la ciudad de Mayagüez se firmó un cese al fuego. La campaña fue bélicamente eficaz y limpia.

La Invasión de 1898: El balance

Resulta innegable que, en general, la resistencia de parte de las fuerzas españolas a los invasores fue muy limitada. Las confrontaciones estuvieron protagonizadas por las Patrullas Volantes o Macheteros: tropas informales de soldados puertorriqueños mal armados que actuaban a las órdenes del Ejército de España. Las tropas formales recibieron orden de retirarse honrosamente y evitar una confrontación. Una lectura de la tradición oral del 1898 se burla y ridiculiza al Ejército Español, hecho que puede interpretarse como que el mismo se desprestigió ante la gente común.

El vacío de poder generó una gran confusión política. El Partido Unión Autonomista –en el poder- por voz de Luis Muñoz Rivera, se puso a la orden del ejército invasor, negoció su apoyo, a cambio de que los dejaran administrar el país. Los Autonomistas dieron, por lo tanto, un giro de dramático en su opinión con el fin de acomodarse al lado de los vencedores. De hecho, en 1899, cuando se formalizó el traspaso de soberanía, defendieron la Anexión como Estado. Todo parece indicar que, en aquel momento, Estadidad y Autonomía eran consideradas equivalentes. José Celso Barbosa, republicano bajo España,  se asoció al Partido Republicano americano en el poder. Todo parece indicar que Barbosa admiraba el orden Federal Americano, como buen republicano federalista, y pensaba que los Estados eran Soberanos. La configuración de la opción de la Estadidad –la integración a la Unión Americana- fue una respuesta radical ante la desaparición del blasón español de la isla que también recibió el apoyo de artesanos y obreros y de parte de la intelectualidad del país.

La actitud ante el cambio de soberanía fue, en general, esperanzadora. Los productores de azúcar y café vieron el cambio una oportunidad. La situación podía sacar a la industria azucarera de su crisis, o abrir el mercado del café en Estados Unidos. La clase artesanal, los sectores medios urbanos,  los pequeños comerciantes intentaron adaptarse al cambio y atraer al invasor-consumidor con ofertas en inglés.  Los  intelectuales y profesionales confiaban en la promesa de  Progreso y la Democracia Americana. Dos distinguidos líderes del independentismo en 1912, R. Matienzo Cintrón y R. López Landrón, vieron en el 1898 una  Revolución Modernizadora y manifestaron un abierto menosprecio a  España como un poder retrógrado y oscurantista. Los trabajadores diestros y no diestros, rurales y urbanos, confiaban en que la Democracia Americana reconocería sus derechos laborales.

La Invasión de 1898: el apoyo y la resistencia

La elite política local del Partido Unión Autonomista y el Partido Autonomista Ortodoxo favorecieron la Anexión. La Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cunabo, encabezada por J.J. Henna y Roberto H. Todd, vieron en el 1898 una Oportunidad para la Libertad e incluso ofreció su Plan de Invasión, un Cuerpo de Porto Rican Scouts, e información  sobre las defensas de España a la Oficina del Secretario de la Marina Theodore Roosevelt. En julio de 1898, Antonio Mattei Lluveras y Mateo Fajardo Cardona, hicieron gestiones para que los exiliados vinieran a Puerto Rico con los americanos y, de paso, se comprometieron a no solicitar la soberanía tras la invasión

La resistencia se limitó a los combates menores de Los Macheteros. En la zona oeste, los hubo en Guánica, Susúa-Yauco, Hormigueros y el  Guasio en Añasco. En la zona este, ocurrieron en los pueblos de Arroyo, Guayama, Fajardo y Coamo. Y en la montaña,  se efectuaron en Ciales y  Guamaní, Cayey. Un resultado directo de la Invasión fue que estimuló y legitimó la violencia contra los españoles. Se trataba de grupos armados campesinos, conocidos como las Partidas Sediciosas o los Tiznados. La tradicional violencia de la ruralía puertorriqueña de siglo 19, se manifestó una vez más. Los Tiznados estaban organizados en bandas o guerrillas y se movían al amparo de los bosques de la zona montañosa central. Ejecutaban ataques nocturnos contra españoles que fluctuaban entre la agresión, el robo y la violencia física. Pero investigaciones ejecutadas durante la conmemoración del 1898 en su centenario, sugieren que también tuvieron por objetivo a los americanos en la forma del sabotaje al ejército y la violencia armada. Los  Tiznados fueron perseguidos y disueltas por el ejército y son considerados como una manifestación de la violencia rural endémica no politizada típica del Puerto Rico de aquel siglo.

El balance indica que entre 1898 y 1900, las masas del país favorecían la Estadidad. El momento para anexar a Puerto Rico, si esa hubiese sido la meta de los invasores, era aquel. Pero todo concurre en indicar que aquel no era el plan del Gobierno de Estados Unidos con el país caribeño.

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