Puerto Rico: su transformación en el tiempo

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Documento y comentario: Insurrección de Lares, Sociedades Secretas

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 13 marzo 2010


I

Sabido es por los documentos publicados en Nueva York por los rebeldes, que la insurrección de Yara se incubó en las escuelas, se atizó con proclamas incendiarias y calumniosas contra España, se le dio cohesión con la propaganda de El Siglo y que otras varias circunstancias concurrieron a extraviar la opinión pública en las Antillas. Pero lo que no se sabe sino de un modo imperfecto es que las escuelas, los papeles subversivos, la prensa pseudo-reformista, la literatura indiófila y los demás manantiales de aguas laborantes no fueron más que arroyos que confluían a un punto céntrico oculto, donde estaba la gran manufactura del separatismo. Todos los signos exteriores de la, al parecer, latente conspiración no eran más que las arterias de un cuerpo cuyo cerebro era invisible. La gran manufactura, el cerebro del laborantismo que precedió a los acontecimientos de Lares y de Yara, estaba en las sociedades secretas, sociedades que a la hora en que estas líneas trazamos existen reorganizadas en Puerto Rico.

(…)

Si al siguiente día de ocurridas las escandalosas escenas de la noche del día 23 de setiembre en Lares, se hubiese constituido allí el alcalde mayor Navascués, celoso servidor de España e inteligente criminalista, muchos secretos habría descubierto en sus indagatorias, porque a aquel íntegro juez no se le ocultó desde las primeras diligencias que hizo en Ponce que la insurrección se había organizado en las sociedades secretas, y su mayor deseo ha sido perennemente recoger cuantos detalles pudo sobre estos centros de la traición. Pero los rebeldes habían tenido tiempo de destruir sus papeles, pues hasta el día 6 de octubre no se constituyó el juzgado en Lares, es decir, trece días después de los acontecimientos del 23 de setiembre cuando las personas más importantes habían sido imperfectamente indagadas por el alcalde Mediavilla y por su sucesor San Antonio, sin sacar nada en claro, inmediatamente después de desalojados los insurrectos, sobre cómo se había tramado la rebelión,  y a no ser por una gran casualidad, que fue causa, como en otro lugar referiremos, de que el coronel Iturriaga, comandante militar de Arecibo, prendiese el 21 a don Manuel María González, presidente de la sociedad secreta de Camuy, situada en el barrio del Palomar y denominada Comité Lanzador del Norte número 1, de seguro que ignoraríamos del todo la organización general de estas numerosas asociaciones. La prisión de este prominente cabecilla ha sido el motivo principal de que abortase el movimiento general que se tenía acordado hacer el 29 simultáneamente en toda la Isla, y dio ocasión a que cayera en manos de la autoridad el borrador del Reglamento formado por nosotros los fundadores de la Asociación para la libertad e independencia de la Isla de Puerto Rico.

(…)

II

He aquí las bases generales de las mencionadas asociaciones. Sus miembros eran de tres clases: maestres, priores y hermanos. En cada pueblo de la Isla debía de haber un maestre, y en la capital, en Mayagüez o en otro punto residía el maestre director o sea el jefe general de todas las sociedades.

Para ingresar en la última escala, en la categoría de hermano, era preciso tener buenas costumbres; no ser el afiliado, por ejemplo, dado a la bebida para que no pudiera involuntariamente revelar los secretos o la existencia del club: los maestres y priores eran los que autorizaban o rehusaban la entrada de un hermano. Antes de iniciárseles se les leía un manifiesto antiespañol que suponemos sea una de las proclamas que insertamos en el Apéndice. No se permitía el ingreso, sin haber hecho muchos y especiales méritos laborantes, a ningún peninsular o español, ni a personas que ejercieran cargos públicos, cualquiera que fuese su profesión, ni a los jueces, abogados, procuradores, alcaldes, jueces de paz ni a los secretarios de estos últimos; ni tampoco, añade textualmente el reglamento, «a los que estén en contacto con estas clases, recibiendo de ellas beneficios directos o lucrando indirectamente en sus negocios y manejos». Acerca de la admisión de hermanos había especial encargo de proceder con toda prudencia consultando siempre entre sí los priores y el maestre.

Acordada la admisión de un hermano, el prior le leía el manifiesto y todo el reglamento de las asociaciones. En seguida con la mayor solemnidad y en presencia de cuatro testigos escogidos de entre los asociados, o mayor número si los había a mano, el prior le hacía prestar sobre los Santos Evangelios juramento de cumplir las obligaciones contenidas en una fórmula que empezaba así: «Juro por Dios y por mi honor ser fiel a esta sociedad, obedecer cumplidamente todos sus preceptos, así como también guardar toda reserva respecto de la existencia de la sociedad; contribuir con mi persona y bienes al sostenimiento de la misma, estando dispuesto a poner la mano donde se me mande o la suerte decida, etc.» El hermano, al ser admitido, quedaba obligado según el reglamento:

1.° a cumplir todos y cada uno de sus artículos;

2.a a profesar y practicar los principios contenidos en el manifiesto de una fecha que no se cita y que hemos dicho suponemos sea una de las proclamas que van al fin de esta obra;

3.° a propagar las doctrinas antiespañolas en todas partes y hacer toda clase de esfuerzos privados para conseguir el mayor número posible de miembros para la asociación;

4.° a trabajar con la mayor diligencia por la causa de la libertad y de la independencia no esquivando fatigas ni sacrificios de ninguna especie;

5.° a prestar absoluta obediencia a las órdenes de su prior o jefe inmediato sin replicar ni pedir explicaciones;

6.° a no poner jamás óbice ni excusa alguna cuando se tratase de prestar algún servicio extraordinario, ya fuera de carácter personal, pecuniario o ya afectase a sus bienes;

7.° a concurrir en el momento y al puesto que se le designase a la hora del conflicto, sin que sirviese de excusa el estado de la familia ni motivo alguno particular, marchando a la orden de su jefe abandonándolo todo.

Para que el neófito no se asustase ante la magnitud del compromiso, se le prometía cuidar por la asociación de su familia proveyendo a su manutención, seguridad y demás necesidades con parte de los fondos que se recaudaban para material de guerra. Por último, el socio que cometiese alguna infracción de los estatutos de la sociedad, se obligaba a recibir resignada y humildemente la pena que acordasen los priores con el maestre, aunque esta pena fuera la de muerte.

(…)

Las reuniones eran semanales y no tenían lugar siempre a la misma hora y hasta a veces variaban de local, a cuyo efecto para cada uno de estos meetings se avisaba de antemano a los socios por medio del hermano de guardia. El no asistir un miembro a estas reuniones sin causa legítima, se consideraba como una falta grave, suficiente para que el que en ella incurriese perdiese el aprecio y la confianza de la asociación.

Tomado de Pérez Moris, J., & Cueto y González Quijano, L. (1975). Historia de la insurrección de Lares, precedida de una reseña de los trabajos separatistas que se vienen haciendo en la Isla de Puerto Rico desde la emancipación de las demás posesiones hispano-ultramarinas y seguida de todos los documentos a ellas referentes. Clásicos Puertorriqueños Edil. Río Piedras: Editorial Edil. Págs. 75-80. Edición de Kenneth Lugo del Toro.

Comentario:

Pérez Moris responsabilizaba a la escuela, la propaganda clandestina y la prensa por “extraviar la opinión pública” y producir la Insurrección de Lares en 1868, pero reconocía el protagonismo que habían tenido las “Sociedades Secretas” en convertir la conjura en una realidad. Los fragmentos incluidos describen el funcionamiento de las mismas. Toda la información que se tenía de las mismas provenía del “Reglamento…” incautado el 21 de septiembre a Manuel María González, jefe del comité “Lanzador del Norte Número 1”, grupo activo en el Barrio Palomar de Camuy. Las “Sociedades Secretas”son calificadas como el “cerebro…invisible” de la rebelión y como “centros de la traición” a la hispanidad.

El “Reglamento…” dividía jerárquicamente a los miembros en maestres, priores y hermanos, a la manera de los gremios artesanales o las logias secretas tradicionales. Los maestres y priores eran responsables de atraer a los nuevos hermanos o aprendices y un Maestre Director regía toda la organización desde San Juan o Mayagüez.  El maestre es un título militar asociado al gobierno económico de una empresa; y el prior es un título religioso que significa el primero o superior en una orden. Es probable que la titularidad implicara una separación entre las funciones militares y civiles entre los asociados. La exclusión de los peninsulares o españoles y la afirmación de la pulcritud moral y las buenas costumbres de los hermanos o aprendices, son elementos comunes en organizaciones nacionalistas y que aspiran a una disciplina militar.

La iniciación comprometía el honor del laborante. Consistía en la lectura ante cuatro testigos de un “Manifiesto” antiespañol y del “Reglamento”, y en el juramento de fidelidad sobre los “Santos Evangelios”, ritual que contradice el carácter anticatólico del liderato rebeldes , pero a la vez sugiere que la Insurrección fue organizada por un grupo bastante plural que toleraba la diferencias. La ceremonía requería “buenas costumbres” y una fidelidad y obediencia a toda prueba,  hermano con el fin de conseguir la “independencia” y la “libertad”. También aclara que ningún español o funcionario público debía ser aceptado en la organización.

De acuerdo con Pérez Moris, se trataba de una organización bien articulada que celebraba reuniones semanales en locales rotativos y se consideraba una “falta grave”ausentarse a las mismas. El lenguaje de los documentos citados por Pérez Moris  no deja duda de que en su redacción no participaron los anexionistas y demuestra el carácter nacionalista de la Insurrección.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

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Segundo Ruiz Belvis: Una aventura de la memoria

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 4 junio 2009


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

“Se cruzará contigo en una calle y acaso notarás que es alto y gris y que mira las cosas”.

El forastero, Jorge Luis Borges

ruiz_belviscSegundo Ruiz Belvis es una de las personalidades más enigmáticas de la historia de Puerto Rico en el siglo 19. A pesar de su papel protagónico en la evolución de las ideas y del activismo político insular entre 1857 y 1867, la llamada “década intranquila”, el hormiguereño ha sido interpretado como un apéndicede otras figuras de relieve de su tiempo de las que fue par, colaborador e incluso modelo.

En ese sentido, Ruiz Belvis es un tema que no se ha cerrado aún en la historiografía puertorriqueña. Al cabo de los años me he dado cuenta de que los esfuerzos de Luis M. Díaz Soler por contextualizar el Proyecto para la abolición de la esclavitud en Puerto Rico, y los de Ada Suárez Díaz por construir una biografía del abogado, no fueron esfuerzos vanos. Tal vez lo que más ha pesado sobre la oscura imagen que se tiene del dirigente abolicionista y separatista sea la brevedad de una vida que se inició en el Hormigueros de 1829, y terminó en condiciones en extremo polémicas en el Valparaíso de 1867.

O tal vez se trata del peso que se ha puesto en la construcción de la imagen de Ramón Emeterio Betances como síntesis de una idea de lo nacional y como “Padre de la Patria”. A esas claves me voy a referir a lo largo de este ensayo a fin de ratificar dos cosas. Primero, que para el patriciado la muerte es vida y en ocasionesritual de paso a una forma sublimada de la eternidad. Y segundo, que detrás de la magia del procerato había unos seres humanos concretos distintos, en ocasiones, de la imagen que se ha inventado la gente de ellos.

Imagino a Ruiz Belvis creciendo entre el barrioHormigueros de San Germán, y el Mayagüez y el San Germán urbanos de la década de 1830 a 1839. Estos tres ambientes debieron marcar por siempre la volátil sicología del joven. La personalidad histórica del Hormigueros barrio, marcada por una centenaria tradición milagrosa que el fenecido amigo Antulio Parrilla Bonilla, Obispo Titular de Ucres, distinguía siempre como un poderoso signo de la nacionalidad puertorriqueña; la calle del Convento del San Germán viejo, de rancio abolengo aristocrático y colonial que trazaba en fuga su historia hasta el mismo siglo 16 de los conquistadores; el Mayagüez de proyección moderna que desde 1760 se alzaba como gran ciudad y donde la familia Ruiz tenía intereses materiales que proteger y una casa en la antigua calle de la Candelaria del barrio de la Cárcel.

En aquel Hormigueros, ya perdido bajo el manto del cambio material, Ruiz Belvis aprendió el arte del manejo de las armas y de la equitación. La tradición oral ha sido capaz de preservar el icono de una figura que se iba transformando en héroe desde la más transparente niñez como si hubiese estado destinado a ello. Esa energía de la oralidad en la figuración de la persona y el militante, habla mucho del impacto y la necesidad del “hombre prometeíco” en un pueblo en que el heroísmo parece flor extraña.

Tradición y modernidad, en consecuencia, fueron dos fuerzas en pugna en la visión de mundo de Ruiz Belvis. A fin de cuentas, esa fue la situación de toda aquella generación de intelectuales que alcanzó la madurez alrededor de los años 1840 y 1850, y que el antropólogo Eugenio Fernández Méndez identificó con la personalidad del caborrojeño Salvador Brau. Lo cierto es, y esto me consta de propio conocimiento, que si Brau y Alejandro Tapia y Rivera son los signos mayores de aquel momento en el mundo liberal, en la historiografía y el pensamiento social; ese mismo papel jugaron Ruiz Belvis y Ramón E. Betances en el orbe del hacer político, del activismo y de la revolución en el siglo 19.

Fue en la propiedad de Mayagüez y con maestros privados o instructores particulares, donde Ruiz Belvis hizo las primeras letras. Su formación superior, que inicia hacia el 1845 cuando apenas contaba 16 años, habría de hacerla, de acuerdo con otra persistente tradición oral, en la ciudad de Caracas, capital de la República de Venezuela. Nadie ha podido demostrar la historicidad de esta presunción. La mitología popular, sin embargo, se ha servido de la misma para crear vínculos poco probables entre el Ruiz Belvis joven y los veteranos de la intentona revolucionaria de 1838 en Puerto Rico, aquella que inmortalizó los nombres de Andrés Salvador y Juan Vizcarrondo Martínez, los precursores de Lares, según los llamase en alguna ocasión Betances.

betancescEs posible que hacia 1848 estuviese de vuelta en Hormigueros, en los preparativos de su viaje a España a culminar sus estudios en derecho y jurisprudencia en la Universidad Central de Madrid. Nada se sabe con certeza de esta estadía. Otra vez es la tradición oral la que lo ubica viajando, entre febrero y marzo de 1849 de acuerdo con mis cálculos, con destino a algún puerto de la península. Este viaje y esta fecha se convertirán a la larga en un punto de viraje, en un meandro en la vida de Ruiz Belvis. Si se ha de dar crédito a esa poética oralidad que tanta historia guarda, en aquel viaje conoció a Betances quien se dirigía a París a terminar sus estudios en la Escuela de Medicina de dicha ciudad. Tanto para el biógrafo de Betances como para el de Ruiz Belvis, aquel es un momento culminante en la construcción del procerato nacional puertorriqueño: los cerebros de la subversión de 1868 al fin se habían encontrado.

En su hospedaje en la calle de Pavía en Madrid y en las aulas, entró en contacto con una serie de figuras de profundo significado para el siglo 19 nacional: Alejandro Tapia y Rivera, Román Baldorioty de Castro, José Julián Acosta, Eugenio María de Hostos, entre los insulares; Emilio Castelar, Julio Nombela y Miguel Morayta, entre los peninsulares, por sólo mencionar un puñado de los más destacados. Se trata de una elite académica con deseos de dirigir a las gentes, de traducir la voluntad popular a la causa genérica del liberalismo con sus variantes de paciencia e impaciencia que no podemos discutir en el contexto de este ensayo.

De todas maneras, valga decir que Ruiz Belvis, de acuerdo con Tapia y Rivera en Mis memorias, destacó como una figura “susceptible e impaciente” lo cual debe traducirse, partiendode la premisa de quién y qué pensaba políticamente Tapia, como un radical. Esa concepción del “radical” todavía permanece un poco velada en la historiografía puertorriqueña en la medida en que se ha aplicado una mecánica interpretativa en donde, además de darse una imagen inmóvil y fría de las ideologías, tampoco han sido capaces los historiadores de determinar la fluidez de las fronteras entre el conservador, el liberal y el separatista con sus complejidades íntimas.

Como era de esperarse, el privilegio de nacer en el seno de una familia acaudalada le abrió a Ruiz Belvis la ruta de las profesiones y las posibilidades del saber-poder.Pero también, valga decirlo, le dejó la avenida expedita del pensamiento libertario y de la democracia radical que en Europa, en especial en Francia, había madurado al calor de la Comuna de París de febrero de 1848. Aquel fue el momento de la Segunda República Francesa y desde entonces republicanismo, antimonarquismo y anticlericalismo fueron las claves ideológicas de la promoción joven. El impacto de aquella experiencia en liberales y separatistas de todo tipo fue notable. De aquellas fuentes bebió la generación rebelde del Puerto Rico de 1850 a la cual tanto debe la cultura nacional según concebida en el siglo 19.

Aquellos jóvenes, Ruiz Belvis incluso, no fueron sólo los arúspices del destino nacional por todas sus vías. También sintieron la inquietud de explicarse de una manera novedosa el problema de la naturaleza y el contenido del ser nacional. Las armas de un romanticismo militante que se hacía las mismas preguntas fueron de profunda utilidad para ellos. La necesidad de un discurso genealógico sobre lo nacional se hizo patente en los estudiantes.

El mes de marzo de 1851, Tapia y Rivera, a instancias de Baldorioty de Castro fundaba la “Sociedad recolectora de documentos históricos de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico.” En la misma colaboraron, además de Acosta, Ruiz Belvis y Betances, los jóvenes Lino Dámaso Saldaña, José Cornelio Cintrón, Calixto Romero Togores, Genaro Aranzamendi, Juan Viñals y Federico González. En 1854 Tapia y Rivera publicó buena parte del producto de aquellas labores en su clásico tomo Biblioteca histórica de Puerto Rico. El esfuerzo era loable: la intención era responder a la pregunta del qué somos los puertorriqueños colectivamente considerados a la luz de la documentación histórica desde 1492 hasta 1797. Para ello debían ofrecer un acervo documental capaz de servir de base para la articulación de un proyecto nacional viable. La pregunta clásica de la modernidad emergente estaba sobre la mesa.

En general, no se trataba de un libro de historia en el sentido en que hoy podemos entender ese concepto. La Biblioteca histórica de Puerto Rico, cargada de nociones historicistas y positivistas propias del siglo, sólo pretendía exponer las cosas tal como habían sido y para ello el documento escrito parecía la fuente irrefutable. Construido a la manera de una enciclopedia, el volumen devino en un verdadero ejercicio de erudición fría. A la larga, aquella colección se convirtió en un código público para explicar la genealogía de la historia de Puerto Rico dentro de las tradiciones hispánicas más adustas.

Habría que esperar a los esfuerzos postreros de Brau, el mismo Tapia Y Rivera, José Marcial y Francisco Mariano Quiñones, entre otros, para poder hablar de historia y sociología disciplinares en el Puerto Rico del siglo 19. Sin embargo, aquel relato fragmentado del pasado insular sería durante cerca de un siglo recurso documental único para la apreciación del pasado colonial español de Puerto Rico en sus fuentes. La aportación particular de Ruiz Belvis a la misma sería, según se sabe,la traducción del francés de las partes referentes a Puerto Rico del “Libro primero” de Juan de Laet.

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La Insurrección de Lares (Parte I)

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 1 febrero 2009


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

Los rebeldes que se alzaron el 23 de septiembre de 1868, tenían un programa concreto para Puerto Rico. En su sentido más general, aquella fue una propuesta política antimonárquica y republicana. La tradición revolucionaria francesa, tanto la de 1791 como la de 1848, estaba presente en sus ideólogos.

Las causas o motivaciones del Grito o Insurrección de Lares fueron las siguientes. En lo político expresó el disgusto con la monarquía y el autoritarismo del gobierno militar español manifiesto en el poco respeto que mostraban los Gobernadores y Capitanes Generales nombrados por las autoridades esoañolas a las libertades y derechos civiles más elementales. La censura del pensamiento liberal justificó la persecución de sus proponentes mdiante el recurso a las multas, la cárcel o el destierro. La historiografía política tradicional explicaba la situación que se vivía en 1868 como muy tensa. Para los sectore liberales puertorriqueños, españa había incumplido una promesa hecha en 1837: la de reformar su relación pol;itica con lacolonia en el marco de unas “leyes especiales” liberales que nunca se concedieron.

En lo económico la situación era igual de compleja. Los rebeldes protestaban contra el poder excesivo de los comerciantes españoles y su control del crédito agrario, comercial e industrial sobre la base de altos intereses pero también por el hecho de que el autoriratismo del gobierno militar y los altos costos para su mantenimiento eran usado para imponer tasas contributivas -sobre la propiedad y la ganancia) y arancelarias (sobre el coemrcio interior y exterior) muy altas a fin de pagar los gastos del  Estado. Para asgurar la fidelidad de los peninsulares y sus acceso a la maquinaria del poder, el Estado le reconocía privilegios que negaba a los puertorriqueños. La queja económica fundamental era ante el subdesarrollo material de Puerto Rico.

En lo social lo que más preocupaba a los rebeldes era el régimen de la esclavitud negra y el oredenamiento de l a libreta de jornaleros por lo que críticaban su carácter deshumanizador y la forma en que esos sistemas devaluaban el trabajo productivo al convertirlo en una actividad obligatoria. Ante ello reclamamaba la institución del trabajo libre mediante la abolición de ambos regímenes. A aquellas condiciones achacaban la  pobreza de los trabajadores rurales y urbanos en general, la difícil situación de los pequeños propietarios, campesinos o jíbaros, y depositaban buena parte de las esperanzas de su proyecto revolucionario en el respaldo de aquellos sectores. Otra queja esencial giraba alrededor de la poca inversión que hacía el gobierno español en la educación de los puertorriqueños y en las obras públicas, renglones de los cuales dependía el progreso de la economía del país.

En lo cultural los ideólogos más articulados de la insurrección, resentían el desprecio que expresaban  los españoles hacia  los puertorriqueños a quienes veían como personas inferiores por su origen insular y el racismo institucional español que devaluaba a la gente que no fuese blanca y española

En 1867 las contradicciones y problemas señalados habían llegado al extremo. La  persecución que desató el Estado en 1867 por cuenta de un motín laboral en el cuartel de los artilleros de la capital y que se utilizó para justificar la citación y el destierro del  lideratoliberal más visible incluyendo a algunos de los conspiradores de Lares, colmó la copa. En términos generales la insurrección aspiraba a establecer un gobierno civil que reconociera los derechos ciudadanos. El carácter antiespañol de su discurso era evidente.

La Insurrección de Lares

En el plano cultural, la Insurrección ayudó a crear un lenguaje simbólico lleno de contenido. El componente de una bandera, la que hoy significa a la municipalidad, una bandera roja y una bandera blanca, entre otras, fue muy significativo. El hecho de que la revuelta se asociara a un himno y a numerosas canciones populares que celebraban la revolución también. Se trataba de los signos de una nación-estado moderna en gestación.

El levantamiento había sido señalado para el 29 de septiembre. En el Santoral Católico, ese es el día de Miguel, Rafael y Gabriel, Arcángeles que destierran a Lucifer del Cielo al Infierno. La selección de la fecha debió estar relacionada con esa tradición, sin duda.  Sin embargo, una vez descubierta la conjura, la misma fue adelantada para el 23 de septiembre, día del Equinoccio de Otoño que, en todo calendario mágico, sugiere la voluntad igualadora de la Naturaleza. El hecho de que buena parte del liderato rebelde estuviese ligado a la Masonería, podría explicar la elección de la nueva fecha.

lares2En el descubrimiento de la conspiración se conjugaron varios factores. Por un lado, un miliciano que escuchó la conversación casual de dos conspiradores en Camuy informó el asunto. Por otro lado, un espía informó desde San Tomás sobre actividades sospechosas que se relacionaban con la isla. Por último, el liberal Calixto Romero Togores informó al gobierno los acercamientos tendenciosos de algunos delegados revolucionarios quienes le solicitaron dinero para el proyecto. La pregunta de por qué se adelanto en lugar de posponerse todavía no ha sido respondida con propiedad.

La revuelta

La jefatura militar de la revuelta quedó en manos del hacendado cafetalero venezolano-puertorriqueño Manuel Rojas, quien tuvo a su disposición un ejército compuesto por civiles armados. La tropa se organizó en su Hacienda La Esperanza, avanzó hasta la zona urbana de Lares y, tras tomarla sin mucha oposición, proclamó la República por medio de un decreto sencillo. En esto consiste el “Grito” o declaración formal de la República. La elección de Francisco Ramírez como Presidente, y la sacralización del acto mediante una misa de agradecimiento o Te Deum, completó el ritual. Los rituales del Grito y la misa servían para dar legitimidad a la acción y asegurar el compromiso de la gente común.

La primera decisión militar de Rojas fue dirigirse a San Sebastián del Pepino. La meta era la toma de la Plaza Pública, el escenario del pueblo y, a la vez, el centro en donde convergía tanto el poder civil con el religioso. La comunidad y los cuerpos de milicianos de El Pepino los estaban esperando. El hecho de que fracasaran dos veces en tomar el objetivo, unido al temor de que llegaran los refuerzos de la Tropa Veterana de Aguadilla, un cuerpo profesional del ejército español, hizo que se retiraran. En cierto modo, la línea de mando fue rota por un acto de indisciplina. Rojas recomendó la ejecución de una tercera avanzadilla, pero su gente insistió en la negativa y, en cierto modo, se insubordinó. La actitud parece propia de un ejército de civiles con poco entrenamiento y mal armado.

A su regreso a Lares, la tropas se reunieron en la hacienda de Rojas a esperar noticias de otros actos rebeldes, o del desembarco de Ramón E. Betances con el barco “El Telégrafo” que había sido armado en la Antillas Menores y esperaban arribara desde Santo Domingo.  En ausencia de los mismos, se dispersaron por los montes de las Lomas de Lares en guerrillas pequeñas. Todo parece indicar que su capacidad de resistencia fue poca.

Una ola de arrestos de sospechosos caracterizó los meses de septiembre a diciembre de 1868. De acuerdo con el historiador Germán delgado Pasapera, 545 personas de todas las clases, profesiones y razas fueron puestas bajo arresto. Los convictos eran liberales, independentistas y anexionistas. Todo parece indicar que las autoridades utilizaron la insurrección como una excusa para “limpiar la casa.” Lo mismo sucedió con la ola de arrestos de 1887 y conocido como los “Compontes”; y con la confección de “Listas de subversivos” a la manera macartysta auspiciada por el populismo desde 1948.

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