Puerto Rico: su transformación en el tiempo

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Posts Tagged ‘Ramón Emeterio Betances’

Betances y la epidemia del cólera

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 16 junio 2010


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Si hemos de creer la aseveración del Dr. Francisco X. Veray de que Betances es uno de los “fundadores de la medicina académica puertorriqueña”, forzoso es apuntar que la epidemia de cólera de 1855 a 1856 fue el laboratorio donde se forjó el gran médico. En abril de 1856 convalidó Betances su título en Puerto Rico y ya para agosto 5 lo hallamos trabajando de lleno contra la peligrosa enfermedad. Iniciada su práctica en mayo, el joven galeno contaba apenas con tres meses de experiencia para afrontar tan ardua tarea.

Justo es señalar que es durante este período (1856-1859) que se teje el perfil romántico y de héroe de pueblo de Betances. En estos breves apuntes trataremos de señalar la presencia histórica real de Betances en este trágico episodio.

Dr. Ramón E. Betances Alacán

La campaña contra el cólera en Mayagüez fue coordinada desde el Ayuntamiento por uno de esos héroes anónimos que raras veces figura en los libros de historia. Fue el Regidor José Antonio Ruiz Gandía, originario de Aguada y de distinguido linaje, padre de Segundo, Antonio y Mariano Ruiz, quien elaboró con José Francisco Basora y el propio Betances las prevenciones necesarias.

A principios de agosto de 1856, Ruiz informó la presencia del cólera en Naguabo, al este de la Isla, y consiguió el 3 de agosto, se autorizara tomar fondos del erario para cubrir las erogaciones de los auxilios a los invadidos, cantidades que se cubrirían con un reintegro basado en la cuota individual de cada vecino. Fue Ruiz el individuo comisionado para visitar las boticas y percatarse estuviesen bien surtidas de medicinas.

Para cumplir con esta tarea, Ruiz Gandía tuvo que laborar en estrecha relación con los dos oficiales médicos del Ayuntamiento: José Francisco Basora, médico titular, y Ramón Emeterio Betances, cirujano de sanidad con carácter interino. Establecida la debida comunicación, fueron los médicos los que se ocuparon de diseñar un plan de prevención dado el caso de que el mismo 5 de agosto “diez casos de colerina muy graves” habían sido detectados en la comunidad. Betances y Basora recomendaron se dividiese la población en dos trazos o áreas. El norte le competiría a Basora y el sur a Betances.

El principio de higiene, difundido por la Gaceta, tanto de ranchos de esclavos y habitaciones como de consumos, fue defendido ampliamente por los médicos. Sin embargo, el profundo compromiso de Betances con los desposeídos produjo roces y quejas ya que, de acuerdo con el Jefe de la Guarnición de Mayagüez, el caborrojeño no ponía suficiente interés en velar por la salud de los militares acuartelados en la Villa. La cantidad de víctimas en agosto y septiembre (alrededor de 1,500 personas), nos habla del cúmulo de trabajo que tuvieron que desplegar ambos médicos durante la epidemia.

El levantamiento de una contribución mensual para hospitales de coléricos, de una relación de voluntarios y la creación de cementerios provisionales fueron también medidas que sirvieron para disminuir los efectos nocivos de la colerina.

La epidemia debió dramatizar ante los ojos de Betances la injusta situación de pobreza y coloniaje en que vivía la Isla. En este sentido, la imagen del Padre de la Patria Puertorriqueña, la leyenda del médico que fatigaba cinco caballos, la figura del doctor de los pobres y del defensor de los negros, se forjan con esta experiencia en donde el caborrojeño demostró su hombría de bien y, fuera de toda duda, sus incuestionables capacidades como científico.

Nota: Publicado en Revista / Review Interamericana Otoño-Invierno 1988. Vol. XVIII. No. 3-4. Págs. 133-134.

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La Invasión de 1898: apuntes generales

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 29 abril 2010


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

La invasión de 1898 fue un acontecimiento crucial que cambió de modo dramático la situación de Puerto Rico. El país que se había desarrollado mirando hacia Sevilla y Madrid, se vio forzado a girar hacia el polo de Washington. En alguna medida, Puerto Rico dejó de ser parte de Europa y se insertó de una vez y por todas en América. Las fuerzas que condujeron a esa situación fueron diversas y complejas.

En primer lugar, el Republicanismo Nacionalista representado por el presidente William McKinley (1897-1901), cumplió un papel crucial en el proceso. McKinley gobierna aquel cuatrienio en un periodo de depresión económica después de una campaña en la cual la guerra y el expansionismo fueron componentes de su promesa de “prosperidad”.

En segundo lugar, favoreció la situación una “guerra mediática” bien articulada. La prensa escrita corporativa cumplió la función de crear un “clima de opinión” favorable a la intervención de Estados Unidos en las posesiones españolas en el Caribe y el Pacífico. La guerra iniciada con el “Grito de Baire” (1895), favoreció el ingreso de  corresponsales de guerra americanos en las zonas de combate. Un lugar común del lenguaje de la prensa fue la acusación de que los españoles torturaban a los campesinos cubanos y a que los mantenían cautivos en “campos de reconcentrados” para evitar que se conectaran con las guerrillas y bandas separatistas.

En tercer lugar, los imperialistas neo-aristocráticos, en particular la Marina de Guerra fue muy eficientes en convencer al Estado y al Pueblo americano de que la posesión de colonias ultramarinas no sólo prestigiaría a la Nación, sino que resultaban necesarias para garantizar la seguridad nacional y su hegemonía en el hemisferio.

La combinación de aquellas fuerzas produjo un notable consenso popular que consideró que la intervención militar y la expansión ultramarina, constituían un deber nacional y un acto de justicia. El americano promedio aceptaba el relato de la Inocencia de la Nación. En general apropió la Guerra Hispanoamericana como una responsabilidad o un  deber humanitario ineludible. McKinley mismo definió la situación como una intervención neutral en abril de 1898: el universalmente conocido argumento de que “nos vimos forzados a” intervenir, fue tan eficaz como después de la tragedia del 11 de septiembre de 2001 que justificó la “Guerra contra el Terrorismo”.

Las causas inmediatas y el escenario

En febrero de 1898 el acorazado Maine estaba de vista en La Habana, Cuba en “visita de buena voluntad”. La discusión de si la visita era de “buena voluntad” o una “demostración de fuerza” o una “provocación” siempre ha estado abierta. Cuando el día 15 el Maine estalló y murieron 266 personas, las autoridades de Estados Unidos acusaron a los españoles de torpedearlo desde un submarino o sumergible, mientras los españoles  alegaron que se trataba de un accidente dentro de la nave de guerra. El fragor del debate público no permitió una investigación sosegada en torno al incidente.

Por otro lado, en marzo se arrestó en San Juan, Puerto Rico al periodista y fotógrafo William Freeman del New York Herald. Freeman fue acusado por las autoridades coloniales de espionaje político dado que estaba fotografiando instalaciones militares españolas. El Gobierno de Estados Unidos usó ambos incidentes para justifica la agresión y la Declaración Formal fue divulgada el 25 de abril. El presidente McKinley llamó a filas 200,000 voluntarios, y encargó a los Generales de la Guerra Civil de 1864 la administración de la campaña. La Guerra Hispanoamérica tuvos dos características notables: su popularidad entre el americano medio y que fue dirigida por un generalato profundamente nacionalista.

La declaración de guerra puso a los Independentistas y Anexionistas en compás de espera. Ambos sectores esperaban que tras la invasión el Gobierno de estados Unidos tomara una decisión favorable a su aspiración política. Una excepción notable fue la opinión de Ramón E. Betances quien, desde París, sugirió que se hiciera un levantamiento y que se recibiera a los invasores con las armas en la mano. Los Autonomistas adoptaron un discurso pro-español abierto con toda seguridad con el propósito de “pagar” con su fidelidad el decreto de la Carta Autonómica de 1897. En ese sentido, los Autonomistas convergieron con los Conservadores, sus tradicionales enemigos políticos.

Los hechos de la invasión en Puerto Rico

La táctica de los invasores consistió en ejecutar un eficaz  bloqueo naval a los puertos de la isla. Con ello de lograba cerrar la entrada y salida de mercancías, hecho que produjo una visible escasez de bienes de consumo que desestabilizó la vida de las comunidades pobres. El 10 de mayo la Escuadra del Alm. William T. Sampson (1840-1902) se estacionó frente al San Cristóbal. El fuego del Castillo, justificó un bombardeo de 3 horas –entre las 5:00 y las  8:00 AM- contra la ciudad capital el día 12 de mayo.  El 22 de junio hubo un nuevo intercambio de fuego frente al San Cristóbal. La función del fuego cruzado era medir la “capacidad de fuego” de España y mantener a la Guarnición de la Capital ocupada con el fin de facilitar la segunda fase: la invasión.

El desembarco de tropas se ejecutó por 4 zonas poco defendidas el 25 de julio. El principal de ello fue por la bahía de Guánica. Los puertos de  Fajardo, Arroyo y Ponce fueron el escenario de desembarcos de apoyo. En Guánica y Ponce se leyó una Proclama de propaganda acreditada al Gen. Nelson A. Miles (1839-1925) explicando la invasión. El plan de los invasores era que las tropas se desplazarían por tierra, tomaría los pueblos uno a uno y convergerían en la Capital bloqueada a mediados de agosto. Lo cierto es que la resistencia ofrecida por los Alcaldes y los Municipios fue poca. El 12 de agosto, un día después de la toma de la ciudad de Mayagüez se firmó un cese al fuego. La campaña fue bélicamente eficaz y limpia.

La Invasión de 1898: El balance

Resulta innegable que, en general, la resistencia de parte de las fuerzas españolas a los invasores fue muy limitada. Las confrontaciones estuvieron protagonizadas por las Patrullas Volantes o Macheteros: tropas informales de soldados puertorriqueños mal armados que actuaban a las órdenes del Ejército de España. Las tropas formales recibieron orden de retirarse honrosamente y evitar una confrontación. Una lectura de la tradición oral del 1898 se burla y ridiculiza al Ejército Español, hecho que puede interpretarse como que el mismo se desprestigió ante la gente común.

El vacío de poder generó una gran confusión política. El Partido Unión Autonomista –en el poder- por voz de Luis Muñoz Rivera, se puso a la orden del ejército invasor, negoció su apoyo, a cambio de que los dejaran administrar el país. Los Autonomistas dieron, por lo tanto, un giro de dramático en su opinión con el fin de acomodarse al lado de los vencedores. De hecho, en 1899, cuando se formalizó el traspaso de soberanía, defendieron la Anexión como Estado. Todo parece indicar que, en aquel momento, Estadidad y Autonomía eran consideradas equivalentes. José Celso Barbosa, republicano bajo España,  se asoció al Partido Republicano americano en el poder. Todo parece indicar que Barbosa admiraba el orden Federal Americano, como buen republicano federalista, y pensaba que los Estados eran Soberanos. La configuración de la opción de la Estadidad –la integración a la Unión Americana- fue una respuesta radical ante la desaparición del blasón español de la isla que también recibió el apoyo de artesanos y obreros y de parte de la intelectualidad del país.

La actitud ante el cambio de soberanía fue, en general, esperanzadora. Los productores de azúcar y café vieron el cambio una oportunidad. La situación podía sacar a la industria azucarera de su crisis, o abrir el mercado del café en Estados Unidos. La clase artesanal, los sectores medios urbanos,  los pequeños comerciantes intentaron adaptarse al cambio y atraer al invasor-consumidor con ofertas en inglés.  Los  intelectuales y profesionales confiaban en la promesa de  Progreso y la Democracia Americana. Dos distinguidos líderes del independentismo en 1912, R. Matienzo Cintrón y R. López Landrón, vieron en el 1898 una  Revolución Modernizadora y manifestaron un abierto menosprecio a  España como un poder retrógrado y oscurantista. Los trabajadores diestros y no diestros, rurales y urbanos, confiaban en que la Democracia Americana reconocería sus derechos laborales.

La Invasión de 1898: el apoyo y la resistencia

La elite política local del Partido Unión Autonomista y el Partido Autonomista Ortodoxo favorecieron la Anexión. La Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cunabo, encabezada por J.J. Henna y Roberto H. Todd, vieron en el 1898 una Oportunidad para la Libertad e incluso ofreció su Plan de Invasión, un Cuerpo de Porto Rican Scouts, e información  sobre las defensas de España a la Oficina del Secretario de la Marina Theodore Roosevelt. En julio de 1898, Antonio Mattei Lluveras y Mateo Fajardo Cardona, hicieron gestiones para que los exiliados vinieran a Puerto Rico con los americanos y, de paso, se comprometieron a no solicitar la soberanía tras la invasión

La resistencia se limitó a los combates menores de Los Macheteros. En la zona oeste, los hubo en Guánica, Susúa-Yauco, Hormigueros y el  Guasio en Añasco. En la zona este, ocurrieron en los pueblos de Arroyo, Guayama, Fajardo y Coamo. Y en la montaña,  se efectuaron en Ciales y  Guamaní, Cayey. Un resultado directo de la Invasión fue que estimuló y legitimó la violencia contra los españoles. Se trataba de grupos armados campesinos, conocidos como las Partidas Sediciosas o los Tiznados. La tradicional violencia de la ruralía puertorriqueña de siglo 19, se manifestó una vez más. Los Tiznados estaban organizados en bandas o guerrillas y se movían al amparo de los bosques de la zona montañosa central. Ejecutaban ataques nocturnos contra españoles que fluctuaban entre la agresión, el robo y la violencia física. Pero investigaciones ejecutadas durante la conmemoración del 1898 en su centenario, sugieren que también tuvieron por objetivo a los americanos en la forma del sabotaje al ejército y la violencia armada. Los  Tiznados fueron perseguidos y disueltas por el ejército y son considerados como una manifestación de la violencia rural endémica no politizada típica del Puerto Rico de aquel siglo.

El balance indica que entre 1898 y 1900, las masas del país favorecían la Estadidad. El momento para anexar a Puerto Rico, si esa hubiese sido la meta de los invasores, era aquel. Pero todo concurre en indicar que aquel no era el plan del Gobierno de Estados Unidos con el país caribeño.

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Documento y comentario: Sociedades Secretas, la Torre del Viejo

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 31 marzo 2010


  • Dr. Félix Tió y Malaret (1855-1932)

Era el último tercio del año 1886. En el viejo Partido Liberal Reformista existían para ese tiempo dos tendencias: la primera, capitaneada por Celis Aguilera, quien quería la asimilación de la Isla a la Península, sirvió de base para constituir el Partido Asimilista; la otra, permanecía fiel a su programa de reformas liberales. Ambas tendencias eran absolutamente contrarias al Partido Conservador Incondicional, que sostenía el statu-quo y que conceptuaba separatistas a todos los que no militaban en sus filas. La sesión celebrada en San Juan en el 1883 fue la que dio origen a esa división y a las contiendas periodísticas que se sucedieron.

(…)

En Ponce, algunos elementos separatistas se aprovecharon de esa asamblea de puertorriqueños amantes de la libertad de su nativa tierra, para hacer propaganda a favor de una sociedad secreta que venía funcionando desde hacía ya algunos meses, ideada, según se dijo, por el nunca bien llorado patriota Don Ramón Emeterio Betances, residente, para entonces, en Santo Domingo. Esta sociedad copiaba el sistema de “boycott” irlandés que tanto daño estaba haciendo a Inglaterra y fue introducido en Santo Domingo por el Dr. Pagani, a su regreso a ese país. En dicha sociedad fue iniciado por los separatistas puertorriqueños que residían en Santo Domingo, conspirando contra España, entre otros, el señor Aurelio Méndez.

Mercado popular en Puerto Rico

Antes de comenzar a narrar la historia de la sociedad secreta LA TORRE DEL VIEJO, llamada también Secos y Mojados, y antes de hablar sobre el infame componte, debo significar que los que militábamos en el Partido Liberal odiábamos a los gobiernos despóticos y tiránicos de España, pero amábamos a los españoles peninsulares. Odiábamos a la España colonial, pero queríamos a la España peninsular. Hijos o descendientes de españoles la mayoría de nosotros, y educados en la Península, nos habíamos creado en ella afectos, y estrechas y sinceras amistades; habíamos gozado allí de los placeres juveniles en esa edad que deja siempre gratos recuerdos. Éramos, eso sí, o fuimos desleales a los gobiernos españoles, porque no podíamos expresar libremente nuestros pensamientos y sentimientos a fin de no exponernos a perder la libertad personal. Trabajábamos secretamente por la redención de nuestro país, pero queríamos a España. (…) Teníamos que ser desleales a la fuerza y teníamos, a la fuerza, que aparentar ser leales para no ser deportados, reducidos a prisión o mutilados.

La Torre del Viejo era, pues, una sociedad secreta en la que sólo se admitía a los hijos del país. El propósito era obligar a los peninsulares, incondicionalmente españoles, y a los voluntarios, a abandonar la Isla, usando para ello, como único medio, el “boycott”; es decir: no comprándoles nada en sus tiendas o comercios y estorbándolos en sus negocios de manera que no pudieran enriquecerse a costa del empobrecimiento de los nuestros.

Con esos propósitos se fundó dicha sociedad, la cual estaba constituida por un número indeterminado de comités, cuyos miembros se trasmitían verbalmente los acuerdos tomados, ya que estábales prohibido en absoluto escribir nada que con ella se relacionara. Sus miembros se llamaban secos y a sus enemigos se les aplicaba la denominación de mojados. El signo o saludo de reconocimiento de sus miembros era el siguiente: levantaban el dedo índice de la mano derecha, cuando deseaban darse a conocer, y el que contestaba bajaba el suyo, señalando hacia abajo. Este saludo significaba: nosotros encima, ellos debajo. También se daban a conocer sus miembros diciendo al saludar el uno “La Torre del Viejo” y contestando el otro “Secreto inviolable.” Siete miembros constituían un comité y éste recibía los acuerdos y órdenes verbalmente, sin saber el origen o procedencia de los mismos. Esos acuerdos, pues, se iban trasmitiendo de uno otro comité. Del “boycotting” estaban, naturalmente, exceptuados los españoles que colaboraban con nosotros a favor de la consecución de mayores libertades para nuestro país. El “boycotting” se hacía extensivo a los enemigos de esas libertades solamente, fuesen españoles o puertorriqueños: puertorriqueños voluntarios y austriacantes como se llamaba a los nativos contrarios al Partido Liberal y al Partido Autonomista que defendían la causa de Puerto Rico.

La sociedad secreta La Torre del viejo no fue, como dice don Francisco Mariano Quiñones en sus “Apuntes Para La Historia”, una liga económica formada por jóvenes irresponsables. Esto, sin duda, lo dice por haber publicado dicha obra en tiempos de la dominación española, casi a raíz de la desaparición de la llamada “época del terror”, con el fin de destruir la desconfianza que aún existía en el gobierno y en el Partido Español y aminorar así un hecho que pudiera tener en el futuro fatales consecuencias. Había que amansar la fiera que esperaba todavía la ocasión de devorarnos. No debíamos excitarla. La Torre del Viejo era una sociedad secreta de fines políticos, aunque apelaba a medios económicos para arrojar a los españoles y a los conservadores lejos de nuestra patria. No podíamos hacerlo por medio de la fuerza, por medio de una revolución armada, y lo hacíamos imitando lo que estaba haciendo Irlanda para redimirse del dominio de Inglaterra. La Torre del Viejo estaba compuesta por elementos responsables, jóvenes y viejos, adalides de nuestras libertades, que tenían por único objeto abatir el poder de nuestros enemigos políticos, valiéndonos de la única manera de que podíamos hacerlo: auxiliando a nuestros paisanos—patriotas en sus negocios y tratando de perjudicar en los suyos a los peninsulares y a los hijos del país que eran voluntarios. Esperábamos concluir así con el monopolio que tenían en el comercio y en los negocios. Ese monopolio era de tal naturaleza y tan irritante, que no daba acceso a los hijos del país: en las tiendas y almacenes de los españoles no se ofrecía empleo a los puertorriqueños. Los españoles traían de España hombres para ocupar no va los puestos de dependientes, sino para ocupar hasta los más humildes menesteres, como el de barrendero, por ejemplo. Era, por lo tanto, nuestra sociedad, un modo de hacerles la guerra en la misma forma en que ellos nos la hacían. Esto era justo. Si no era un crimen lo que ellos hacían, tampoco podía ser criminal que los puertorriqueños tratasen de ayudar a los suyos.

En el fondo, esta llamada Liga Económica tenía también tendencias separatistas como las tuvo el “boycott” en Irlanda y como las tiene en la India. Es un medio económico efectivo al que recurren todos los pueblos, aún siendo de la misma raza y condición, cuando se hallan bajo un yugo opresor. Sólo aquellos pueblos como el Canadá, Australia, la Colonia del Cabo y otros que fueron, o son, colonias de Inglaterra, pero que se consideran bajo el mismo pie de igualdad que el resto de los ingleses, y que gozan de todas las libertades, se mantienen fieles a los pueblos que los adoptan y protegen. Actualmente, Puerto Rico es respetado por los Estados Unidos, por eso los que sufrimos la persecución en los tiempos de España sólo aspiramos hoy a que Puerto Rico sea, en su día, un Estado igual a los otros Estados de la Unión Americana.

Para la difusión y propaganda de La Torre del Viejo se aprovechó la oportunidad de que en ocasión de la asamblea del Partido Liberal se había reunido en Ponce un gran número de liberales de todos los pueblos de la Isla, viejos y jóvenes, de lo más selecto del país. No “jóvenes irresponsables,” sino de alta cultura intelectual, moral y social; jóvenes incapaces de ligarse con criminales, pero capaces de trabajar por todos los medios lícitos de acuerdo con su conciencia (aunque no de acuerdo con las leyes de gobierno que cohíben la libertad de pensar y de actuar) para alcanzar su libertad.

Esa sociedad tenía ya un gran número de adeptos en Ponce, y Ponce fue el lugar escogido para su propaganda, iniciada por el Dr. Pagani en Aguadilla, primero, con el auxilio de la casa de Silva, de esa ciudad, de la cual era socio gestor el señor Abril, un connotado liberal.

(…)

Además de irresponsables nos calificó don Francisco Mariano de imprudentes. Conformes estamos con el calificativo de imprudentes, imprudentes son todos aquellos que luchan por sus ideas de libertad contra sus opresores, que en nuestro caso eran los peninsulares y los voluntarios que pertenecían a un cuerpo armado. Fuimos imprudentes porque nos esperaba la cárcel o el tormento como premio por la defensa de nuestras ideas. Imprudentes fueron los habitantes de la América del Sud al tomar las armas y pelear para arrojar del país a sus opresores. Imprudentes fueron los nativos de la América del Norte por la misma causa. Imprudentes son en la actualidad los irlandeses y los indostanos que luchan contra el poder inglés por medio de sus sociedades secretas y su “boycotting.” Este es el medio de que se valen todos los pueblos débiles que desean sacudir el yugo que los oprime, el medio de que se valen los países a los cuales se les niega el derecho de su propia determinación: es el único medio de legítima defensa con las únicas armas de que pueden disponer.

Tomado de René Jiménez Malaret (1903-), ed. Dr. Félix Tió Malaret. Epistolario histórico. San Juan : Sociedad Histórica de Puerto Rico, 1999. Edición al cuidado del Dr. Carlos F. Tió Mendoza.

Comentario:

Entre 1883 y 1886, el Partido Liberal se dividió en dos tendencias marcadamente opuestas: la asimilista y otra que, según el autor, “permanecía fiel a su programa de reformas liberales”. Esta segunda tendencia es la que se ha denominado especialista y que desembocó en el autonomismo según se conoció en el siglo 19.

Durante la Asamblea de Ponce de 1887 el Partido Liberal parece invadido por agentes separatistas, responsables de la promoción del método del “boycott” y su aplicación a la lucha por el cambio en Puerto Rico. El autor alega que el promotor del “boycott” fue Ramon E. Betances desde Santo Domingo, donde alega residía, siguiendo el modelo de lucha de los irlandeses contra los ingleses tras la meta de su separación. Se trata de la misma táctica aplicada por los rebeldes americanos ante el poder inglés después de 1776 durante sus luchas emancipadoras.

El “boycott” estimuló la organización de nuevas “sociedades secretas” que recuerdan a las que elaboraron el Grito de Lares en 1868. “La Torre del Viejo”, “La Boicotizadora”, “Secos y Mojados” o “Mano Negra”, son algunos de los nombres que adoptó el “Boycott” en el país. La aclaración del autor de que “odiábamos a la España colonial, pero queríamos a la España peninsular” es importante para calibrar sus posturas políticas y, en especial, el momento en que se escribieron estas memorias: pleno siglo 20 mucho después de los hechos.

Los rasgos de las “sociedades secretas” son cruciales. El hecho de que “sólo se admitía a los hijos del país” confirma su larvado nacionalismo. El carácter económico de la lucha se valida en la frase de que demostraban su resistencia “no comprándoles nada en sus tiendas o comercios y estorbándolos en sus negocios”. El nacionalismo es el disfrute de la riqueza nacional por los nacionales. Pero se trataba de una organización flexible que aceptaba a los españoles que la favorecían y rechazaba a los puertorriqueños que se oponían a ella.

Los parecidos con las “sociedades secretas” abolicionistas y con las de Lares son muchos. El principio de no escribir los acuerdos es el más notable. El “santo y seña”, las frases en clave, y la afirmación de que tenía “fines políticos, aunque apelaba a medios económicos para arrojar a los españoles y a los conservadores lejos de nuestra patria”, demuestra la originalidad de los conspiradores de aquel momento. Pero también confirma el reconocimiento de que “no podíamos hacerlo por medio de la fuerza, por medio de una revolución armada”. El “boycott” es un reconocimiento de la debilidad política. Los métodos de “resistencia pasiva”, “legítima defensa”, la “solidaridad” y “fraternidad” nacional y social, representan la gran novedad del “boycott”.

El autor hace una interesante crítica a la interpretación un tanto cínica y acomodaticia  que Francisco Mariano Quiñones hizo del  tema, quien tildó el “boycott” como un irresponsable e imprudente. También confirma su posterior afinidad xon la ideología anexionista a Estados Unidos lo cual demuestra que se podía ser separatista e independentista ante España en el siglo 19, y anexionista ante Estados Unidos en el siglo 20.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

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