Puerto Rico: su transformación en el tiempo

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Invitación a la lectura: Revista Siglo 22

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 6 octubre 2022


Revista Siglo 22: Puerto Rico y Estados Unidos: análisis, opinión, crónicas e investigación

QUIENES SOMOS
Los individuos que pensamos e iniciamos Siglo 22 nos enfrentamos a un país que convoca y desorienta. Nacemos en tiempo de barruntos y en un año presagioso. El cambio climático se profundiza. Francia tuvo las temperaturas más altas desde que lleva récords. El calor calcinó a Inglaterra. En Ucrania, la invasión rusa repercute en el continente, crea un conflicto directo con la Unión Europea y la OTAN, y mustia el horizonte. En Estados Unidos, ideas y prácticas del arsenal fascista son más que evidentes. En Puerto Rico, los cadáveres se amontonan en ese trasmundo paralelo de lo cotidiano. Los cuerpos que aparecen en lo macabro de su final no parecen ser vistos. Los desarrolladores quieren vender una porción del Bosque Seco y construir un parque acuático en el Lago de Toa Baja. La elite política del binomio colonialista continúa con su corrupción, ceguera y traspiés conocidos. Bad Bunny es un fenómeno global. Nacemos en varios mundos en pugna, en un enredo.

Nuestro país desorienta y reta, y buscamos en su historia y su maraña actual asideros posibles.
En la historia definitoria del pasado siglo y este, Puerto Rico ha sufrido períodos de desazón y transformaciones colectivas.

La elite política del 1898 vio sus logros autonomistas derrumbarse tras el estruendo de una invasión militar que trajo la novedad de lenguaje, bandera y prioridades económicas. El nuevo orden encontró una clase trabajadora que ya pulseaba en lo social y desarrolló suficiente conciencia de su fuerza para competir electoralmente. Los nuevos cambios podían desorientar, pero las luchas sociales abrían puertas a la esperanza.

La generación de los años treinta, la que nos precede en azares parecidos, también vivió empobrecimiento, un huracán, inestabilidad política, aumento de los fondos federales y luchas sociales de envergadura. Pero vivían en la pobreza y los cambios que comenzaron a ver a partir del 1941 fueron de mejoría.

Los profundos cambios de la modernización, hincados en los puntales de la industrialización, emigración masiva, inversión pública en educación, salud e infraestructura y, finalmente, en el barnizado a la colonia que se llamó Estado Libre Asociado, cercenaron bolsillos de pobreza, crearon otros y aseguraron—nos dijeron–el descubrimiento de la fórmula perfecta para garantizar progreso. Cuerpos enflaquecidos del campesinado dieron paso a otros, la biopolítica vacunaba, caminos de polvo recibieron brea, terrenos baldíos fueron parada para caseríos y la Universidad de Puerto Rico fue un hervidero de ideas, refriegas y movilidad social.

Otra vez, estas transformaciones, con la acelerada llegada de lo nuevo, dislocaron el balance político y emocional de muchos. Pero el futuro no lucía lóbrego.

Las pasadas dos décadas han sido distintas. Son veinte años de empobrecimiento y precarización. El país sufrió sequía y chikungunya. María dejó una estela de más de tres mil muertos. La pandemia es responsable por más de cuatro mil. Entre el 2011 y el 2021, Puerto Rico perdió el 11% de la población, un porciento que se traduce en cuatrocientas mil personas. La tasa de fertilidad se desplomó. La depredación de lo público se hizo deporte, los torbellinos de imágenes y cháchara nos entumecen. El Estado Libre Asociado, con aquello de que era un “convenio” que no podía alterarse sin el consentimiento de las dos partes, pasó a peor vida. La Junta de Control Fiscal llegó para dictar disciplina fiscal a los partidos de la colonia. Hasta sonidos diurnos y nocturnos cambiaron. Hay ráfagas de balas de día y de noche. En avenidas y en áreas de la ruralía. De pronto, el mundo de los vivos cohabita con cadáveres inadvertidos e invisibilizados hasta por el ojo estatal. Los nacimientos escasean. Los entierros abundan. El crepúsculo abrazó a la colonia. Nuestro mapa mental se trastocó.

“Pan, Tierra, Libertad”, el lema político que movilizó a una generación mutó en algo distinto. Pan: esas son las siglas de un programa federal (Programa de Asistencia Nutricional) que combate el hambre. Tierra: en manos de desarrolladores y turistas buscando sitios para pagar menos impuestos. El Banco Gubernamental de Fomento, con su obrero fornido moviendo una rueda metálica, quebró. El orgullo que una vez fue la Autoridad de Energía Eléctrica pasó a manos del capital privado. La UPR vio una merma considerable en su presupuesto. El ELA intentó el refugio de la quiebra y sufrió la indignidad de que se lo negaran. En algún lugar del país hay una millonaria inversión de molinos. Sus aspas están tiesas.

La virtualidad del gobierno quedó al descubierto. Desde mediados de los años setenta, Puerto Rico bamboleaba su felicidad y desparpajo sostenido por la fragilidad. Las ganancias de las corporaciones siempre han sido reales, los corruptos siempre han amasado sus mal habidos dólares, pero todo el aparato gubernamental estaba anclado en lo externo y fuera de control: los fondos federales y el endeudamiento. Los gobernantes eran estibadores de puertos. Su legitimidad dependía de lo que llegaba. Cuando los mercados financieros pasaron factura y cancelaron el crédito, el escaparate colapsó. Las alternativas eran más subsidios federales (que el Congreso no daría); o la bancarrota (negada por el carácter territorial); o los siete.

Llegaron los siete. La “vitrina de la democracia”, “the Shining Star of the Caribbean” en los anuncios turísticos de los ochenta, está en quiebra. Es poco, si acaso algo, lo que amortigua reconocer que la precarización tocó las puertas de clases medias bajas y de los trabajadores. Los pobres, en su marginación, han levitado por cerca de medio siglo y aún levitan en una dimensión de pobreza, dependencia en ayudas federales y condiciones de violencia existencial.

En el espacio divisorio, de existir, entre un crepúsculo y una larga noche, nos insertamos. La revista se concibe como un espacio de libertad para atajarle el paso a esa posible noche. Somos un grupo que une diversidad de talentos, trabajos y militancia. No somos los primeros ni los únicos. El Verano del 19, el debilitamiento de las otrora poderosas maquinarias de los dos partidos coloniales, el surgimiento de una nueva fuerza política, el crecimiento de la opción electoral independentista, la Primavera de Justicia Salarial y las luchas ecológicas en este año, son interrupciones de la marcha nocturnal.

Nos unimos a otras revistas que hoy ennoblecen el ámbito político y cultural de Puerto Rico. Concebida en libertad, la nuestra tiene parámetros imprescindibles para proteger ese espacio que deseamos construir. Defendemos los análisis rigurosos, la descolonización, la soberanía, la justicia social, el respeto a la naturaleza, el reconocimiento de la dignidad ineludible de cada ser humano, todo el acervo de derechos que constituyen una democracia con representatividad genuina y dentro de normas constitucionales que jamás deben quedar a la discreción de mayoría alguna. Defendemos la reflexión sobre el pasado que nos define con sus luchas, errores y tormentos. Creemos y queremos que esa riqueza profunda, tan clara en distintas áreas del saber y quehacer de nuestro andar colectivo, hallen expresión en nuestras páginas como ya la encuentran en otros medios. Queremos llegar y también construir un público que puede y debe entender las posibles salidas a lo que hoy vivimos y para que no nos coja la noche. Deseamos ser un espacio donde no solo los análisis sino también la literatura, el arte, la filosofía, la fotografía y toda la creatividad de nuestro entorno sea bienvenida.

Lo anterior debe contestar la pregunta ¿Por qué otra revista? Con más claridad en nuestra respuesta, pensamos que, a mayor profundidad en la crisis social y política en Puerto Rico y en Estados Unidos y ante mayores peligros planetarios, más diversos y numerosos también deben ser los espacios de discusión y deliberación.

En un mundo acelerado donde las cosas parecen llanas y envueltas en la celeridad de imágenes cucubanas, de apariciones y desapariciones, apostamos a la reflexión que interrumpe la prisa, al arte con su traducción que ennoblece y embellece y a la palabra capaz de alumbrar en sus momentos benévolos.

La revista será bianual sin cerrar la opción de una frecuencia mayor. Sus puertas están abiertas a toda persona que coincida con los parámetros aquí expuestos.

En tiempos de barrunto, comenzamos. Aprenderemos, confiamos, a navegarlos o, como se decía con una palabra quizás olvidada, a “capearlos”.

Junta Editorial:

Eduardo Aguiar
Luis Raúl Albaladejo
Roberto Alejandro
Mario R. Cancel Sepúlveda
María de Lourdes Lara
Félix López Román
Rafael Matos
Marcos Pastrana
Aaron Gamaliel Ramos
Garvin Sierra

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Los arcaicos: una introducción

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 14 marzo 2021


  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador

Una introducción a los Arcaicos y las comunidades preagrarias y precerámicas de Puerto Rico.

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Transformaciones económicas y culturales en Puerto Rico (1765 en adelante)

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 9 noviembre 2014


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

A partir de 1765, la isla atraviesa por toda una serie de transformaciones que a la larga redundarán en la conformación de la imagen actual del Puerto Rico del siglo 19. En el campo socioeconómico el propósito más notable del imperio fue tratar de redirigir la economía de la colonia hacia el mercado exterior, estimulando la producción de bienes agrarios apetecibles en el extranjero. Esa era, teóricamente, una manera de poner coto al gran dilema de la economía subterránea –entiéndase, el contrabando- y de restarle espacios a la ineficiente agricultura de subsistencia.

Santo Domingo y Puerto Rico en un mapa del siglo 18Paralelamente se intentaba facilitar el tráfico entre las colonias y la península. La caña de azúcar, volvió a convertirse en la meta de los planificadores españoles. El café, recién introducido en la isla desde 1735, y el tabaco, producto autóctono que tan bien se producía entre los vegueros cubanos, cumplirían la función de productos alternos en aquel juego económico lleno de riesgos. El algodón, el jengibre, el añil, entre otros, seguirían durante mucho tiempo ocupando una posición de privilegio entre los productores de la isla. Si ese propósito se conseguía, las posibilidades de aumentar los ingresos del erario serían mucho mayores.

Para agilizar la agricultura en gran escala había que trabajar con el problema de la tierra. Dos problemas mayores había en este sentido. Por un lado, el hecho de que la mayoría de las tierras en Puerto Rico estuviesen sin titular u otorgadas en usufructo. Segundo, el dominio que los sectores ganaderos, los llamados hateros, tenían sobre amplias extensiones de tierras en la colonia. Demoler los hatos y transformarlos en tierras agrarias y titularlas para poder facturar un impuesto sobre la tierra y controlar mejor la producción eran soluciones que iban la una de la mano de la otra. El ofrecimiento de títulos a quienes decidieran dedicar sus tierras a cultivos exportables a cambio de un impuesto mínimo se convirtió en un estímulo al nuevo programa económico de finales del siglo 18.

Aquella economía agraria nueva contaría con el respaldo del estado el cual, incluso, trataría de facilitar el tráfico de esclavos a la isla. La venta de contratos a compañías monopolísticas se convertiría en la orden del día en aquel periodo. Hacia 1765 la Compañía Aguirre Aristegui de origen catalán dominó el tráfico de esclavos, como ya se señaló en otra ocasión.

Las características de la colonia entre 1765 y 1807 justificaron aquella actitud. Si para 1765 había en la isla 44,883 habitantes de acuerdo con la estadística de Alejandro O’Reilly; hacia 1776, año en el cual comenzaron a hacerse censos anuales sistemáticos, la misma había aumentado a 70,355. Diecinueve años después, en 1795 sumaban 129,758 los habitantes y hacia 1807 la población estaba en los 183,211. Los demógrafos y comentaristas de la época como fray Iñigo Abad y Lasierra, opinaban que todavía habría espacios en el territorio colonial para sostener algo más que 300,000 personas.

Aquella población vivía dentro de los parámetros de una cultura rural en acelerada transición hacia una economía agraria comercial. Aquel fenómeno, reflejado en la vida cotidiana en el cambio forzoso en las formas de uso de la tierra, en la reconcentración de aquel recurso y en la amenaza de la pequeña propiedad, debió ser preocupación de todos los días de aquellos campesinos. Uno de los sectores que más rápido aumenta fue el de los esclavos. La política de agilización del tráfico negrero había funcionado. La clasificación de “indígenas”, se disuelve en la más flexible de “pardos” donde cabe cualquier elemento no blanco dentro de un orden cultural racista y que se convertirá en el código diferenciador en los libros parroquiales desde aquella época. También habría que apuntar el crecimiento de los sectores blancos durante aquel período.

El asunto es complicado. Una cultura dominante de raíces blancas se sobrepondrá sobre una cultura de masas de origen no blanco en donde predominan los elementos afrocaribeños. Hacia 1800, la idea de un Puerto Rico diferenciado de España, de lo puertorriqueño, de lo insular y de lo que significa ser criollo está vigente en la colonia. La conciencia cultural diferenciadora es innegable. El tiempo de la conciencia política, con todas sus complejidades vendrá después.

Algunos observadores ilustrados extranjeros como Fernando Miyares (1775), el citado fray Iñigo Abad y Lasierra (1788) y el naturalista francés André Pierre Ledrú (1797) fueron capaces de hablar de un carácter propiamente insular. Distinguieron en la vida cotidiana de los puertorriqueños, unos patrones que los hacían distintos de la “gente de la otra banda” (los peninsulares). Desde las actitudes, hasta la música popular, todo en ellos se distancia del imperio que los forzó a nacer. También se desprende de aquellas observaciones el papel predominante de la cultura no blanca, es decir mulata, en aquel periodo del desarrollo de la nacionalidad.

La cultura académica y la cultura popular caminan por rutas diferentes y el dinamismo de la cultura popular fue mucho más notable. En Puerto Rico, la urbe es un fenómeno de excepción. San Juan y San Germán se distinguen en aquella categoría. La personalidad de ambos órdenes es muy distinta. A fines del siglo 18 la capital ha desarrollado sus rasgos actuales, con sus estrechas calles adoquinadas incluso y todas las murallas que, en parte, desaparecieron a fines del siglo 19 como consecuencia del aumento desmedido de la población.

En la ciudad convive el arte europeo con los primeros atisbos de un arte colonial reflejo de aquel. La arquitectura sirve de pie a aquel perfil del San Juan de Puerto Rico o del San Germán de Auxerre de fines del 18. En un mundo que vive alrededor de la fe católica, el arte religioso es una clave. Mobiliario, imaginería religiosa, orfebrería, buena parte de ello proviene de Europa. Las artes locales se desarrollaron marginalmente. El pintor mulato José Campeche trabaja con técnicas europeas un mundo ideológico puertorriqueño. En ello y en la difusión internacional de su obra radica su importancia. Su labor como retratista, pintor de temas religiosos, histórico e incluso sociales lo convierte en una sorpresa en el tardío siglo 18.

Paralelamente, un arte local tradicional crece y se distingue. La talla de santos en palo viene a cumplir una función compleja dentro del orbe del catolicismo popular e incluso del oficial. San Germán fue uno de los grandes centros de aquel proceso como demuestra la colección de tallas del Convento Porta Coeli. En síntesis, hacia el 1800 la idea de Puerto Rico y “lo puertorriqueño” había avanzado. El siglo 19 tan sólo la politizará y la pondrá en manos de los sectores criollos blancos quienes virtualmente la cerrarán a los otros grupos sociales.

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