Puerto Rico: su transformación en el tiempo

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Transformaciones económicas y culturales en Puerto Rico (1765 en adelante)

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 9 noviembre 2014


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

A partir de 1765, la isla atraviesa por toda una serie de transformaciones que a la larga redundarán en la conformación de la imagen actual del Puerto Rico del siglo 19. En el campo socioeconómico el propósito más notable del imperio fue tratar de redirigir la economía de la colonia hacia el mercado exterior, estimulando la producción de bienes agrarios apetecibles en el extranjero. Esa era, teóricamente, una manera de poner coto al gran dilema de la economía subterránea –entiéndase, el contrabando- y de restarle espacios a la ineficiente agricultura de subsistencia.

Santo Domingo y Puerto Rico en un mapa del siglo 18Paralelamente se intentaba facilitar el tráfico entre las colonias y la península. La caña de azúcar, volvió a convertirse en la meta de los planificadores españoles. El café, recién introducido en la isla desde 1735, y el tabaco, producto autóctono que tan bien se producía entre los vegueros cubanos, cumplirían la función de productos alternos en aquel juego económico lleno de riesgos. El algodón, el jengibre, el añil, entre otros, seguirían durante mucho tiempo ocupando una posición de privilegio entre los productores de la isla. Si ese propósito se conseguía, las posibilidades de aumentar los ingresos del erario serían mucho mayores.

Para agilizar la agricultura en gran escala había que trabajar con el problema de la tierra. Dos problemas mayores había en este sentido. Por un lado, el hecho de que la mayoría de las tierras en Puerto Rico estuviesen sin titular u otorgadas en usufructo. Segundo, el dominio que los sectores ganaderos, los llamados hateros, tenían sobre amplias extensiones de tierras en la colonia. Demoler los hatos y transformarlos en tierras agrarias y titularlas para poder facturar un impuesto sobre la tierra y controlar mejor la producción eran soluciones que iban la una de la mano de la otra. El ofrecimiento de títulos a quienes decidieran dedicar sus tierras a cultivos exportables a cambio de un impuesto mínimo se convirtió en un estímulo al nuevo programa económico de finales del siglo 18.

Aquella economía agraria nueva contaría con el respaldo del estado el cual, incluso, trataría de facilitar el tráfico de esclavos a la isla. La venta de contratos a compañías monopolísticas se convertiría en la orden del día en aquel periodo. Hacia 1765 la Compañía Aguirre Aristegui de origen catalán dominó el tráfico de esclavos, como ya se señaló en otra ocasión.

Las características de la colonia entre 1765 y 1807 justificaron aquella actitud. Si para 1765 había en la isla 44,883 habitantes de acuerdo con la estadística de Alejandro O’Reilly; hacia 1776, año en el cual comenzaron a hacerse censos anuales sistemáticos, la misma había aumentado a 70,355. Diecinueve años después, en 1795 sumaban 129,758 los habitantes y hacia 1807 la población estaba en los 183,211. Los demógrafos y comentaristas de la época como fray Iñigo Abad y Lasierra, opinaban que todavía habría espacios en el territorio colonial para sostener algo más que 300,000 personas.

Aquella población vivía dentro de los parámetros de una cultura rural en acelerada transición hacia una economía agraria comercial. Aquel fenómeno, reflejado en la vida cotidiana en el cambio forzoso en las formas de uso de la tierra, en la reconcentración de aquel recurso y en la amenaza de la pequeña propiedad, debió ser preocupación de todos los días de aquellos campesinos. Uno de los sectores que más rápido aumenta fue el de los esclavos. La política de agilización del tráfico negrero había funcionado. La clasificación de “indígenas”, se disuelve en la más flexible de “pardos” donde cabe cualquier elemento no blanco dentro de un orden cultural racista y que se convertirá en el código diferenciador en los libros parroquiales desde aquella época. También habría que apuntar el crecimiento de los sectores blancos durante aquel período.

El asunto es complicado. Una cultura dominante de raíces blancas se sobrepondrá sobre una cultura de masas de origen no blanco en donde predominan los elementos afrocaribeños. Hacia 1800, la idea de un Puerto Rico diferenciado de España, de lo puertorriqueño, de lo insular y de lo que significa ser criollo está vigente en la colonia. La conciencia cultural diferenciadora es innegable. El tiempo de la conciencia política, con todas sus complejidades vendrá después.

Algunos observadores ilustrados extranjeros como Fernando Miyares (1775), el citado fray Iñigo Abad y Lasierra (1788) y el naturalista francés André Pierre Ledrú (1797) fueron capaces de hablar de un carácter propiamente insular. Distinguieron en la vida cotidiana de los puertorriqueños, unos patrones que los hacían distintos de la “gente de la otra banda” (los peninsulares). Desde las actitudes, hasta la música popular, todo en ellos se distancia del imperio que los forzó a nacer. También se desprende de aquellas observaciones el papel predominante de la cultura no blanca, es decir mulata, en aquel periodo del desarrollo de la nacionalidad.

La cultura académica y la cultura popular caminan por rutas diferentes y el dinamismo de la cultura popular fue mucho más notable. En Puerto Rico, la urbe es un fenómeno de excepción. San Juan y San Germán se distinguen en aquella categoría. La personalidad de ambos órdenes es muy distinta. A fines del siglo 18 la capital ha desarrollado sus rasgos actuales, con sus estrechas calles adoquinadas incluso y todas las murallas que, en parte, desaparecieron a fines del siglo 19 como consecuencia del aumento desmedido de la población.

En la ciudad convive el arte europeo con los primeros atisbos de un arte colonial reflejo de aquel. La arquitectura sirve de pie a aquel perfil del San Juan de Puerto Rico o del San Germán de Auxerre de fines del 18. En un mundo que vive alrededor de la fe católica, el arte religioso es una clave. Mobiliario, imaginería religiosa, orfebrería, buena parte de ello proviene de Europa. Las artes locales se desarrollaron marginalmente. El pintor mulato José Campeche trabaja con técnicas europeas un mundo ideológico puertorriqueño. En ello y en la difusión internacional de su obra radica su importancia. Su labor como retratista, pintor de temas religiosos, histórico e incluso sociales lo convierte en una sorpresa en el tardío siglo 18.

Paralelamente, un arte local tradicional crece y se distingue. La talla de santos en palo viene a cumplir una función compleja dentro del orbe del catolicismo popular e incluso del oficial. San Germán fue uno de los grandes centros de aquel proceso como demuestra la colección de tallas del Convento Porta Coeli. En síntesis, hacia el 1800 la idea de Puerto Rico y “lo puertorriqueño” había avanzado. El siglo 19 tan sólo la politizará y la pondrá en manos de los sectores criollos blancos quienes virtualmente la cerrarán a los otros grupos sociales.

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De vitrina a chatarra: elogio del pesimismo

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 2 abril 2014


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

Cualquier fracaso económico de Puerto Rico es un fracaso del ELA colonial. Estoy de acuerdo con ello. La declaración de los bonos del ELA como chatarra lo demuestra una vez más. El potencial político de esta situación es incontestable. La indignación con la relación colonial debería ser la orden del día.  Pero ello no significa que luchar “contra el ELA” o a “favor de la Independencia y/o la Estadidad” o por “culminar la autonomía”, aun lográndolo, represente una solución inmediata a la situación. El estatus es parte del problema de Puerto Rico, es cierto, pero no es todo el problema. Su solución no es una panacea.

Establecer la Capitalismo_crisisresponsabilidad por la crisis tampoco en difícil. La clase política desde 1968 a esta parte, se ha visto involucrada en una carrera infinita por sostener una ficción de crecimiento y solvencia sobre la base del crédito. Se trata de la metáfora del consumidor conspicuo en la megatienda camino a convertirse en un “window shopper”. La práctica económica apoyada en el paradigma “la última la paga el diablo”, funcional en alguna medida durante el neoliberalismo de primera fase, hoy colapsa. No las paga el diablo, las paga el país.

Dos crisis marcaron el periodo del 1968 al presente: la de 1971- 73 y la que inició entre 2004-06. En el ínterin hubo años económicamente desastrosos que hoy pocos recuerdan. En verdad,  la impresión que deja una mirada sosegada a ese largo periodo es que el ELA nunca se recuperó del todo de la primera crisis petrolera del siglo pasado. Es como si se hubiese vivido un fastidioso proceso de derrumbe con algunos oasis de esperanza inútil.

Los administradores del país durante ese tiempo son fáciles de identificar. La clase política en tiempos de bipartidismo tiene nombre y apellido. La prosapia de algunos apellidos llega del siglo 19 y, en algunos casos, se extiende al mismo siglo 16. Los restos de la parafernalia roja y azul, en ese orden, reposan por todas partes como el signo inconfundible  de un desastre esperado por todos y temido por muchos. Por eso sorprende al observador la candidez de algunos: esperar que aquellos que manufacturaron el infierno y obtuvieron beneficios de ese proceso sean capaces de sacar al país del mismo es un acto de candor. Por eso conmueve el cinismo de otros: el gobernador dice que no es responsable de un centavo de la deuda mientras un Roselló envejecido hace otro tanto.

No cabe la menor duda de que la crisis es enorme. Lo adeudado excede la capacidad de pago del Estado y una economía que anduvo de la lentificación a la parálisis, desembocó en el estancamiento y el decrecimiento. La desconfianza de los “mercados”, en la capacidad de recuperación de Puerto Rico es mucha. Los juicios de las agencias acreditadoras lo justifican y lo estimulan.

Sorprende que la resistencia al cambio y la moderación sigan siendo la nota dominante en el país desde 1968. Al momento de la crisis, en lugar de enfrentar las circunstancias, la puerta de la emigración siempre está abierta. Molesta también la manía partidista de desplazar la culpa en el otro: la “inteligencia” de la clase política es un fraude. Y aunque es cierto que eso lo sabíamos hace mucho tiempo, llama aún más la atención hoy cuando el desprendimiento y el compromiso ciudadano hacen más falta que nunca. Puerto Rico es, otra vez, el cadáver de una sociedad que no ha nacido.

No me atrevo a decir qué opciones le quedan al país. La experiencia me dice que las pistas para salir del atolladero están en todas partes. El país  cuenta con un caudal de capital cultural que monologa incesantemente sin que el poder  muestre disposición a escucharlo y tomarlo en cuenta. Los años  me han demostrado que la clase política es sorda a cualquier voz que no salga de su propio rebaño.

El pesimismo es casi una obligación moral ante semejante espectáculo. Lo lamento por la gente del país: la fosa entre la clase política y la gente es cada vez más profunda. El optimismo, sin actos concretos que lo animen, es autoengaño. De un modo u otro el país saldrá de atolladero.  Por cual ruta, no lo sé. Los mismos sectores que manufacturaron la debacle reclamarán la victoria al final del camino. Probablemente seguirán en el poder durante mucho tiempo más. Siempre ha sido de ese modo. Lo que puede y debe cambiar es esa credulidad de la gente con respecto a la transparencia de los que reclaman representarlos. Las posibilidades están sobre la mesa. A ver si el país las aprovecha.

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Puerto Rico: su transformación en el tiempo en 2013

Posted by Mario R. Cancel-Sepúlveda en 1 enero 2014


Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

El Museo del Louvre tiene 8.5 millones de visitantes por año. Este blog fue visto cerca de 130.000 veces en 2013. Si fuese una exposición en el Museo del Louvre, se precisarían alrededor de 6 días para que toda esa gente la visitase.

Haz click para ver el reporte completo.

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